martes, 15 de agosto de 2017

Libreto para video de Youtube: Por qué escribí ‘Me cago en la cara de Uribe’




ESCENA 1: Escritorio con portátil de trabajo. En ángulo de ¾, recostado sobre el posabrazos habla el suscrito a la cámara con mirada serena, dentro del espíritu de reconciliación que debe cobijarnos a todos.

Hola, soy Jorge Gómez Pinilla. Tal vez me recuerden por la columna que provocó mi salida de Semana, titulada María Isabel Rueda y su fábrica de mala leche. Pero lo que hoy nos reúne aquí no es esa sino otra columna, que me ha traído tal vez más dolores de cabeza, titulada Me cago en la cara de Uribe.

Lo primero que trajo fue una carta de la bancada del Centro Democrático a El Espectador, donde lamentaban la ausencia de censura. Lo segundo, una denuncia penal del abogado uribista Abelardo de la Espriella por calumnia e injuria. Lo tercero… Bueno, eso tercero me lo reservo por ahora. No le quiero meter ají al picante.

A los que no pasaron del título en esa columna, les aclaro: yo comencé hablando de una expresión que, para mi asombro, es de uso muy común en España: “¡me cago en la hostia!”. Ahí manifesté mi dificultad para entender por qué un español puede ofender algo tan sagrado como la hostia que representa el cuerpo de Jesucristo… ¡y no pasa nada!

Y hablé también de otra imprecación con alto contenido ofensivo, que es cuando un argentino dice “andate a la puta madre que te parió”, algo tan corriente allá que hasta lo cantan las ancianas gauchas. Miren que no miento.

Y bueno, en esa columna confesé que cuando supe que Uribe se había ido hasta Atenas a hablar mal de Colombia, a un foro internacional llamado Concordia –vaya paradoja, concordia-, lo primero que se me vino a la cabeza fue precisamente la imprecación argentina: “¡la puta madre que lo parió!”.

Y expliqué que eso mismo lo dijo la revista Semana, pero en términos indoloros. Dijo “a Uribe se le fue la mano”. Y agregó: “él tiene todo el derecho a desprestigiar al gobierno, pero no el de desprestigiar al país”. Y Matador lo pintó en pose de atleta olímpico sosteniendo un rollo de papel higiénico, para que limpie –supongo- la ‘cagada’ (entre comillas, ojo) que cometió con Colombia ante el mundo. (Ver caricatura)

Esto para que se entienda que yo no abrigaba ningún propósito ofensivo ni difamatorio, fue solo la expresión de una descarga emocional motivada por lo que percibí como una traición a la patria, pues es evidente que Uribe sometió a Colombia al escarnio público solo para satisfacer un apetito político egoísta, el de hacer quedar mal al presidente Juan Manuel Santos ante el planeta entero.

“¡La puta madre que lo parió!”, exclamaba yo para mis adentros. Ofendido, no he de negarlo. Y entonces recordé –y entendí- el sentimiento de indignación de un Tano Pasman, fanático del River Plate argentino que se hizo inmortal la tarde que puteó a su equipo durante la transmisión de un partido de ida contra el Belgrano. Vean.

Si se me permite una segunda confesión –por no decir infidencia- la primera reacción de desagrado hacia mi columna provino de la asistente personal del director de El Espectador, don Fidel Cano, a quien ella se la pasó (casi escandalizada) y me dijo “espere que la está leyendo”. Y yo callado durante casi diez eternos minutos con el teléfono pegado al oído, en una escena cargada de emoción y suspenso, hasta que María Isabel dijo “espere ya se lo paso”. Y me lo pasó, y don Fidel en su salomónico dictamen dijo “no veo ningún problema en publicarla”.

¿Significaba eso que el eminentísimo director de El Espectador se convirtió de la noche a la mañana en otro comunista solapado como Juan Manuel Santos, de esos que quieren convertir a Bogotá en cabeza de playa del castrochavismo internacional? No señores, yo creo que no. Significa fue que leyó la columna completa, y así venció el rechazo que por supuesto provoca el título (entre comillas, ojo), y si no me pidió que lo cambiara fue porque comprendió que era el más adecuado para la columna. Léanla y se convencerán.

Esto es como cuando en Gargantúa y Pantagruel, un clásico de la literatura universal escrito por François Rabelais en 1530, un caballero corteja así a una dama:
- “Sabed, señora, que estoy tan enamorado de vos que no puedo mear ni cagar. Como comprenderéis, puede sobrevenirme una enfermedad y, ¿qué ocurriría entonces?
- ¡Idos, idos! –le responde ella. Eso a mí no me importa. Dejadme rezar.
Pero el tipo insiste, y llevado por el afán de su apetencia carnal le ruega a la airosa dama: ¡Dadme, por favor, vuestro paternóster!
- Y la dama le responde: Ah, tomadlo pues, y no me importunéis más.”

“Vuestro paternóster”, háganme el favor. En pleno apogeo de la Santa Inquisición Rabelais tuvo la temeraria osadía (blasfemia, en últimas) de comparar el Padre Nuestro con la vulva femenina… ¡y no pasó nada! Y ella se dejó convencer… y le dio el paternóster.

En el caso que nos ocupa, solo aspiro a vuestra compresión para que entendáis que cuando dije “me cago en la cara de Uribe” fue en sentido coloquial, como entre amigos, solo que uno de ellos se expresó en Sol sostenido mayor, ofendido.

Es como cuando los costeños exclaman ¡Eche no joda, ese man sí manda es cáscara! O como cuando los argentinos gritan ¡la puta madre que lo parió! O como cuando los españoles dicen encojonados ¡me cago en la hostia!

Pero bueno, eso ya quedó atrás. Hoy estamos en plan de borrón y cuenta nueva, así que si a alguien ofendí, me disculpo y me retracto. Tratemos de vivir en paz, hagamos un país donde quepamos todos.

Ah, y no dejen de suscribirse a mi canal. Y esperen mi segundo libro".

domingo, 13 de agosto de 2017

El secreto (descifrable) que Frechette se llevó a la tumba




En preparación de un libro que viene en camino, luego de varias semanas de insistencia logré que Myles Frechette, embajador de Estados Unidos durante el gobierno de Ernesto Samper, me concediera una entrevista el pasado viernes 31 de marzo. Hablamos durante casi cuatros horas en la recepción del Hyatt Bethesda de Washington, sobre todo del asesinato del líder conservador Álvaro Gómez Hurtado, y nada me hizo pensar que tuviera una enfermedad terminal. (Ver entrevista).

Por el contrario, lo noté vigoroso y ágil de pensamiento, con algunas lagunas de memoria en ciertos nombres de colombianos, pero muy lúcido en sus planteamientos. Hoy pienso que si ya sabía que se acercaba su muerte, y si aceptó conceder la entrevista, fue porque había cosas que quería que se supieran, a sabiendas de que “hay secretos de Estado que no contaré”.

Una de las cosas que ocultó, fue la identidad del colombiano que una noche lo visitó en su residencia para preguntarle qué pensaría el gobierno de EE.UU. si se llevara a cabo un golpe contra Samper. Algo que, en la práctica, era como si le estuvieran pidiendo permiso para hacerlo.

Hay cosas que debo reservar para el libro en camino, pero resulta imposible sustraerse a la muerte de Myles Frechette sin dejar constancia de los esfuerzos que hice por tratar de sacarle quién fue ese misterioso personaje “de bastante influencia en Colombia”. Lean ustedes lo que aquí contó Frechette, a ver si con algo de espíritu detectivesco es posible llegar hasta su escondida identidad. Lo que sí afirmó sin subterfugios, es que era alguien que asistía a las tertulias que organizaba el humorista Jaime Garzón en su casa.

En su libro con Gerardo Reyes (Frechette se confiesa) usted cuenta que “llegó una persona distinguida de la sociedad colombiana y me dijo embajador, ¿cuál sería la reacción de Estados Unidos si hubiera un golpe contra Samper?”. ¿Cree usted que algún día sea posible saber quién fue esa persona… por ejemplo hoy?
Mire, a mí se me acercaban muchas personas, me preguntaban, me acechaban en cocteles, yo sabía lo que querían. Y yo les contestaba “EE UU no tiene nada que ver, nosotros no hacemos eso, olvídese, eso no tiene cabida, ni considerarlo”. Usted sabe, a los colombianos les encantan los chismes. Y el hecho de que hubiera llegado un montón de personas a hacerme la misma pregunta no era fundamento alguno para pensar que esa persona tenía alguna involucración o algún interés en un golpe de Estado. Es por eso que nunca he revelado quién fue, porque al revelarlo se puede disparar una marcha loca de acusaciones, y hacerle un grave daño a esa persona, quien por cierto era de bastante influencia en Colombia. Cuando esa persona vino a mi residencia, la admití porque era una persona muy importante. Me hizo la pregunta y le respondí “olvídese. Esos días de matar gente o de hacer golpes de Estado se acabaron”.

Pero a ver: el hecho de que usted cuente quién fue esa persona, no se traduce de inmediato en que quede señalada o acusada…
Yo sé muy bien cómo son los medios en Colombia. Ahí se va a disparar un corre-corre. Y no quiero hacerle daño a una persona que nunca me hizo daño a mí. Además, yo no tenía la menor sospecha de que tuviera algún interés en eso.

¿Esa persona era un civil o un militar?
Ah no, yo no hablé con militares. Yo como embajador tenía que tratar con el presidente y el ministro de Defensa, o con algún alto oficial jefe de la institución. Yo no hablaba mucho con gente del Ejército, ni en la Policía ni en la Armada. Lo mío era de gobierno a gobierno. No se lo voy a decir porque tengo un miedo tremendo, yo conozco a Colombia, claro, y lo que va a pasar es que va a haber una serie de acusaciones, que por qué esto y por qué lo otro. Y el pobre tipo se va a quedar diciendo “¿qué coños le hice yo al embajador Frechette para que fuera a soltar contra mí los perros?”.

¿Pero no será que al conocerse su nombre, esa misma persona puede ayudar a aclarar las cosas y llegar a la verdad?
Usted tiene que entender que yo tengo otro criterio. Podría ser, pero yo sé lo que realmente va a pasar. Eso podría propiciar una declaración de esa persona, sí, pero yo no quiero hacer ese tipo de daño en forma loca, como un carro desbocado.

¿Esa persona de la que me habla, usted considera que es alguien honorable…?
A ver: en términos colombianos, en política, muchas personas en EE UU podrían no ser personas honorables, pero en Colombia sí lo son. Gente de la alta sociedad, funcionarios, jefes de grandes compañías.

Correcto. Pero al menos permítame preguntarle si era políticamente contrario a Samper, o sea de la oposición.
Bueno, en las reuniones donde Jaime Garzón había mucha gente que hacía política contra Samper, y otras que eran más moderadas. Todos en la casa de Garzón hablando, relajándose, tomando trago, comiendo algo que nos había preparado la esposa de Garzón. Así que era una mezcla. Era una persona que yo conocí y que todo el mundo conoce, pero no hay razón para tirarle una piedra.

¿O sea que esa persona asistía a las reuniones donde Jaime Garzón…?
Sí señor.

Si es una persona honorable, sabrá dar las explicaciones del caso. ¿No le parece?
Yo viví cuatro años en Colombia y he visto personas que no han sabido defenderse, o que han sido acusadas por error. Uno no puede ir como embajador a un país y hacerle daño a una persona que no haya estado violando los acuerdos de Colombia con EEUU. Para ponerle un ejemplo: una persona que haya hecho chanchullo en asuntos financieros, bueno, de pronto. Pero no es una persona involucrada directamente en el narcotráfico. Yo no tenía ninguna razón para pensar mal. Claro, la gente que trabajaba en la embajada leía reportes de periódicos y me traían esas cosas…

O sea que si usted tuviera alguna sospecha de que esa persona que fue a consultarle tuviera algo que ver con algo indebido, ¿en ese caso sí revelaría su nombre?
Bueno, tendría que pensarlo bien. No quiero darle una respuesta a puertas abiertas. Pero yo lo hubiera pensado más, definitivamente. Una de las cosas que yo quería dejar muy claro en Colombia, era que los días de los golpes de Estado apoyados por EEUU, como fue el caso en Chile, se habían terminado. Ya no existía eso, el Congreso había hecho una gran investigación y todo eso había sido prohibido, incluso el asesinato de personas. Yo quería que la gente entendiera eso porque yo pensaba, caracho, yo conozco muy bien esta región. De repente la gente agarra a pensar como que aquí en Colombia EE UU tuvo el dedo metido, y yo no quiero que se piense eso.

¿En algún momento Álvaro Gómez le consultó sobre el tema, teniendo en cuenta que como usted mismo ha revelado, a él mismo le propusieron ese golpe de Estado?
No. Él nunca vino a verme a mi oficina ni a mi residencia. Lo veía en reuniones sociales y en esas reuniones todo el mundo se portaba muy bien.

¿Esa persona que lo fue a visitar… era del Partido Conservador?
No, no era de ningún partido en esa época.

¿Un empresario, entonces?
No, no, no. Era una persona que le interesaban todas esas cosas, pero no era miembro formal de ningún partido.

Deme su semblanza personal sobre Álvaro Gómez Hurtado
Álvaro era una persona muy de armas tomar en sus creencias políticas, como otros conservadores en Colombia, así que nunca hablamos mucho. Es decir, era un poco “no me toques, no me vayas a tiznar”.

¿Usted conoce a personas que hubieran ido a proponerle el golpe de Estado a Álvaro Gómez?
Lo que yo sé es que hubo militares que lo buscaron y le hicieron la pregunta. Yo no creo que fuera el tipo de persona que de entrada les hubiera dicho “absolutamente no”; les dijo “déjenme pensarlo”. Y creo que después de una cierta reflexión, él se dio cuenta de que por mucho que no le gustase Samper, él no haría eso. Y entonces les dijo a esas personas que habían ido a verle, que él no lo haría.

Una fuente colombiana de alto nivel me dijo que tiene información confiable según la cual a usted no fue a visitarlo una sola persona para consultarle lo del golpe, sino una comisión de conspiradores de alto nivel, y que entre ellos estaban Hernán Echavarría Olózaga, Enrique Gómez Hurtado y Juan Manuel Santos. ¿Se equivoca mi fuente?
Mentira total, eso no es cierto. La gente que me preguntó fue individualmente, y más o menos en secreto. Si estaba en una reunión social, por ejemplo, alguien me llevaba a un lugar apartado y allá me hacía la pregunta.

En el libro suyo con Reyes, cuando él le pregunta si cree que Samper estuvo involucrado en el asesinato de Gómez Hurtado, usted responde: “Samper puede ser muchas cosas pero no un asesino. Simplemente no le puedo decir por qué…”. Ahí, en ese “no le puedo decir por qué”, parecería que usted cometió un lapsus, como si se le hubiera soltado algo que no podía contar y hubiera tratado de corregirlo en el camino.
No es así. Ahí yo estaba diciendo la verdad.


martes, 8 de agosto de 2017

La batalla de Pienta y el orgullo santandereano herido




Colombia está tan desinformada en todos los aspectos que todavía se cree que la batalla definitiva de nuestra Independencia fue la de Boyacá, el 7 de agosto de 1819. Es cierto que fue allí donde el Libertador Simón Bolívar derrotó al ya diezmado ejército realista comandado por el coronel José María Barreiro, pero ello no habría sido posible si tres días antes unos 2.000 habitantes de Charalá (la mitad de su población total, excluyendo mujeres y niños) no hubieran corrido a cerrarles el paso en el puente sobre el río Pienta a los 1.800 soldados que llevaba el gobernador de la provincia del Socorro, Lucas González, para reforzar las tropas españolas.

Esos valientes charaleños se enfrentaron con palos, machetes, piedras, garrotes, agua caliente y hasta pescozones a soldados armados con bayonetas y copiosa munición, y el resultado final habla de 300 patriotas muertos, mientras que en la batalla de Boyacá solo se contabilizaron 23 pérdidas fatales y 53 heridos. Lo cierto es que de no haber sido por la feroz resistencia de los charaleños en la batalla de Pienta, la balanza militar se habría inclinado a favor del rey Fernando VII.

¿Por qué la mitad de la población charaleña actuó con un arrojo hasta cierto punto suicida? En parte ‘ardidos’ por el fusilamiento de María Antonia Santos Plata la semana anterior (28 de julio), y en parte porque ya anidaba en sus corazones la chispa del orgullo herido que se había encendido con el aplastamiento de la insurrección de Los Comuneros, en la que también jugó un activo papel otra santandereana de armas tomar, Manuela Beltrán, quien en rebeldía al Impuesto de Barlovento rompió el edicto al grito de ¡Viva el rey, muera el mal gobierno!, dando así origen a la rebelión comunera.

Fueron casi 20.000 los santandereanos ‘arrechos’ que marcharon hasta la capital del virreinato y lograron forzar la firma de un documento conocido como las Capitulaciones de Zipaquirá (no porque se hubieran rendido sino porque se dividió en capítulos), donde fueron aceptadas todas las demandas de los rebeldes, incluida la rebaja de impuestos y alcabalas. Fue por ello que regresaron complacidos a sus lugares de origen, pero días después la Real Audiencia ordenó apresar a su líder José Antonio Galán, a quien ahorcaron y luego desmembraron su cuerpo, cuyos pies, manos y cabeza fueron exhibidos en los pueblos más activos de la insurrección, a modo de escarmiento. (Ver macabra sentencia de muerte).


En este contexto, son dignas de evocación las palabras que pronunció Policarpa Salavarrieta de cara a sus verdugos, el 14 de noviembre de 1817: "¡Pueblo indolente! Cuán distinta sería vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad; ved que aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más. ¡Yo os compadezco, porque algún día tendréis más dignidad!".

El día de la dignidad aún no ha llegado, pero sus palabras pueden servir de referente para entender el verdadero significado, el gran peso histórico que tuvo la participación del bravo pueblo santandereano en las gestas libertadoras, el cual no ha sido debidamente reconocido, por una razón de fondo: porque la historia la escribieron en Santa Fe de Bogotá, donde residía y sigue residiendo un poder central del que, vaya paradoja, el presidente en ejercicio es descendiente directo de Antonia Santos…


Algo que muy poco se menciona en los anales de la historia, es que fueron más de 80 mil los socorranos, sangileños y veleños que perdieron la vida por la libertad, unos agotados y otros acalambrados en los páramos, hambrientos, desangrados o mutilados por las bayonetas españolas. Según el historiador Emilio Arenas, entre el Grito de Independencia del 20 de Julio de 1810, la Batalla de Boyacá del 7 de Agosto de 1819 y las ‘Guerras Magnas’ que se prolongaron por el subcontinente hasta 1825, en todas ellas participaron tantos santandereanos que, de la sola provincia del Socorro, murió el 90 por ciento de la población de jóvenes mayores de 15 años y adultos hombres.
 
Así las cosas, se les debe dar cabida y honrosa memoria histórica a pueblos de espíritu combativo ante las injusticias como Socorro, Vélez, Charalá, San Gil, Encino, Cincelada, Riachuelo, Mogotes, Onzaga, Puente Nacional, Matanza, Suratá, Coromoro, Ocamonte, Pinchote (donde nació Antonia Santos) y en general las provincias de Socorro, Vélez y Guanentá. Este último nombre proviene de la tribu Guane, que habitaba las escarpadas breñas del Cañón del Chicamocha. Los indígenas fueron sometidos a partir del año 1540, los repartieron en encomiendas y los obligaron a pagar tributo, luego de fallidas rebeliones. De una población cercana a los 100 mil guanes que había antes del descubrimiento de América, en 1560 quedaban 25.000 y para 1617 solo eran 3.000, de los cuales 800 trabajaban en las encomiendas.

Una pregunta obligada es si ese espíritu rebelde persiste, y aquí adquiere pertinencia recordar que Antonia Santos era guerrillera, sí, porque fue ella quien creó lo que se conoció como “la guerrilla de Coromoro y Cincelada”, la primera que se formó en la provincia de Socorro para luchar contra la invasión española y de la que su hermano, Fernando Santos Plata, fue uno de sus jefes. Hoy, por cierto, un batallón del Ejército lleva su nombre: el Antonia Santos número 7, de Apoyo y Servicios para el Combate.

Durante reciente conferencia sobre Construcción de paz que dictó en el colegio San Pedro Claver de Bucaramanga, al padre jesuita Francisco de Roux se le escuchó decir que una mayoría simple de los comandantes de la guerrilla ha sido de Santander, mientras que en porcentaje bastante más elevado la mayoría de comandantes de grupos paramilitares provino de Antioquia.

No se trata aquí de equiparar la ancestral rebeldía del santandereano con los grupos guerrilleros, ni la beligerancia del antioqueño a la inversa, pero sí pone las cosas en una perspectiva regional: no fue por casualidad que el Ejército de Liberación Nacional (ELN) tuvo su origen en Barrancabermeja, en el corazón del ardiente Magdalena Medio, ni que haya sido también allí a donde llegaron los grupos paramilitares comandados por el antioqueño Carlos Castaño… a exterminar a esas guerrillas.

Ambos pasados violentos van quedando atrás (Comuneros y subversión armada) al ritmo de la cada día más creciente reconciliación nacional, pero las cuentas deben ser claras: al César lo que es del César, y a Santander lo que le corresponde.


DE REMATE: Rodolfo Hernández y Horacio Serpa son dos santandereanos ilustres, cada uno con sus propios méritos, tras una larga vida de luchas. Lo que pierde toda sindéresis es que uno de ellos se esté dejando utilizar por el uribismo para armarle una ‘vendetta’ a su adversario político. 

martes, 1 de agosto de 2017

El engaño de la 'superación personal'




Son tres las modalidades mediante las cuales millones de personas son sometidas a engaño colectivo en la sociedad actual: la religión, la política y la ‘filosofía’ de la superación personal.

La más efectiva es la religión, pues hace esclavos felices. Le sigue la política, dañina cuando convierte en idiotas útiles a naciones enteras que actúan en seguimiento de una causa populista o caudillista, y solo hasta el final de un camino accidentado son conscientes de su equivocación. Para la muestra, tres botones: Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, Franco en España. Tres visiones ideológicas de extrema derecha que se impusieron a la brava, siempre bajo el influjo de dañinos y perversos liderazgos.

Pero los tiempos cambian… y lo que ahora se impone es una forma de engaño seductor, revestido de una autoridad supuestamente culta o literaria. Hablamos de la filosofía de la superación personal, que tiene a sus ‘consumidores’ encadenados como borregos a la lectura de libros escritos en lenguaje de fácil digestión donde enseñan fórmulas mágicas para alcanzar el éxito y hacerse millonario, fórmulas que paradójicamente hacen multimillonarios es a sus autores y a los editores que acuden ansiosos a publicarlos…

Tratado de la obviedad
La filosofía de la superación personal traslada la religión al Marketing, brindando lo mismo: una sensación pasajera de ‘bienestar espiritual’. Mediante la compra de productos con apariencia intelectual te dicen cosas obvias que asumes como verdad revelada, y te ponen a consumir cada vez más del mismo entretenido heno (o sea, paja). Con el paso de los días compruebas que tu situación sigue igual o peor, pero no importa, porque te tienen entretenido, y la distracción consiste en que te convencieron de que solo falta hacerle algunos correctivos a tu “actitud triunfadora” para salir de la olla en que te encuentras.

El más obvio de los filósofos de la superación personal es Paulo Coelho, quien dice obviedades que la gente confunde con genialidades, como “todas las batallas de la vida sirven para enseñarnos algo, inclusive aquellas que perdemos”. ¡Por supuesto! O “lo que ahoga a alguien no es caerse al río, sino mantenerse sumergido en él”. Eh Ave María, descubrió que el agua ahoga. ¿O qué tal esta?: “Cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla”. Esto ya no es obviedad, sino mentira: es cierto que para conquistar una meta se requiere voluntad, pero nada te garantiza que solo con férrea voluntad alcanzarás el éxito. Es lo mismo que decir “Dios proveerá”, pues se traduce en que todo se resuelve con tener fe, para el caso de la religión fe en un ser supremo y para el de la superación personal fe en ti mismo.

La filosofía de la superación personal encarna también una ideología de derecha, pues parte de una actitud conformista, la del que cree que vivimos en el mejor de los mundos posibles y en tal medida al sistema no se le debe cambiar nada, solo hacerle ajustes. Dicho individuo se comporta como los ‘integrados’ de los que habló Humberto Eco, en oposición a los ‘apocalípticos’, o sea los que sí quieren cambiar el sistema por uno diferente, porque creen que vivimos en el peor de los mundos posibles. (Ver Los amos del apocalipsis).

Decía Carl Sagan que no puedes convencer a un creyente de nada diferente, porque sus creencias no están basadas en ninguna evidencia sino en una enraizada necesidad de creer. Igual aplica para quienes creyeron con fe ciega en un proyecto político que hoy sucumbe, pero sus seguidores parecen dispuestos a “incendiar el país” antes que admitir que les toquen a su cada día más cuestionado líder, a quien siguen con una devoción ciega, de algún modo emparentada con la religión. Equivocados de buena fe, pero equivocados.

Sea como fuere, no es eso lo que hoy nos ocupa, sino un engaño más universal: el de millones de almas confundidas a las que han hecho creer que quien fracasa en la sociedad del rendimiento individual se hace responsable a sí mismo, es el único culpable de sus errores. Su cerebro no está programado para que contemple la posibilidad de poner en duda a una sociedad que de pronto –ella sí- tiene parte de culpa en su fracaso, debido a una crisis sistémica estructural en la que siempre será inmensamente superior el número de personas que estrellan sus sueños contra el pavimento que el de quienes alcanzan el tan anhelado y sufrido éxito.

Lo preocupante es que han ido incorporando a niños y jóvenes a estos engranajes conformistas de producción de estados de conciencia ilusorios, revestidos de ‘genialidad’, con Internet como su motor de masificación y donde un solo youtuber, el chileno Germán Garmendia colapsó el año pasado la Feria Internacional del Libro de Bogotá con la presentación de su libro Chupa el perro.

¿Y qué es Chupa el perro? Un folletín de autoayuda que contribuye a integrar a los pelados y peladas a un esquema de pensamiento que de ningún modo contempla, como sí lo hacían los jóvenes de antes, cuestionar la sociedad donde nacieron. Son idiotas útiles de una masificación de gustos impuesta desde arriba, donde el tipo de ‘ideas’ que se maneja son como las que expone Garmendia en el libro citado: “para cumplir tus sueños, tienes que madrugar”; o “arriésgate a hacer lo que te gusta, no lo que la sociedad te impone”. ¡Brillante!

Niños, jóvenes y adultos permanecen sumergidos hasta el cuello en el hechizo de una oferta de contenidos que avanza a una velocidad alucinante, cada vez más superficial, cada vez más peligrosa. Les adormecen la conciencia, les atan a una silla virtual cargada de emociones pasajeras, una detrás de otra, a un ritmo endiablado, mientras les hacen creer que basta con tener actitud positiva para que lluevan “bendiciones” y se despeje el camino al éxito, pendejadas de esas.

A mediano plazo ensombrece el panorama un nuevo engaño, hacia la elección presidencial 2018: de la mano con las mismas fuerzas de apariencia religiosa que actuaron unidas por los días del plebiscito, hoy adiestradas para dar un nuevo zarpazo, tratarán de vendernos la oscuridad con cara de luz redentora.

DE REMATE: Nazismo alemán, fascismo italiano, franquismo español, uribismo colombiano, todos cortados por la misma tijera.