lunes, 17 de julio de 2017

Debemos silenciar a Uribe




Cada vez con mayor frecuencia se escucha que Colombia es un país enfermo, y los variados síntomas que presenta dan para pensar que el diagnóstico es acertado. Uno de esos síntomas reside en la ominosa eventualidad –o inminente peligro- de que el próximo Presidente de la República sea “el que escoja” un tipo que tiene a un hermano preso por matar gente. Hablamos por supuesto de Santiago Uribe Vélez, acusado de comandar un grupo paramilitar conocido como Los 12 apóstoles, y de quien según el director de Human Rights Watch, José Miguel Vivanco, “la acusación (contra él) contiene pruebas y argumentos serios”. (Ver trino).

Es cierto que no existen los delitos de sangre, y el tema me atañe bajo el precedente de un Ernesto Yamhure que me ha señalado de ser “hermano de un peligroso narcotraficante”. Pero una cosa es ser víctima –en cuanto a prestigio familiar menoscabado- de un pariente que cayó en la tentación de un dinero fácil y pagó su culpa hace muchos años, y otra es haber estado rodeado la mayor parte de su vida con personas envueltas en líos con la justicia, comenzando por un hermano acusado de “concierto para delinquir y homicidio agravado” sobre 164 víctimas, según la calificación de mérito de la Fiscalía.

Está además su ‘parcero’ primo Mario, con quien creó el partido Colombia Democrática que lo condujo a la Presidencia, condenado a 90 meses de cárcel por haberse hecho elegir senador en alianza con autodefensas de Córdoba y Antioquia que le aportaron cuantiosas votaciones en municipios donde nunca estuvo; y luego una sobrina y una cuñada también capturadas, para hablar solo de los que están presos y no meternos con el súbito enriquecimiento de sus hijos después de haber comprado unos lotes en Mosquera que por arte de magia terminaron convertidos en Zonas Francas, justo cuando su padre era el todopoderoso Presidente de Colombia.

Ya salidos del círculo parental, debería pesarle a Uribe como piano a la espalda la casi interminable lista de delincuentes que llamó a trabajar con él, desde un círculo tan cercano como su primer director del DAS, un Jorge Noguera condenado a 25 años por facilitar la muerte del académico Alfredo Correa D’Andreis, continuando con sus dos consecutivos jefes de Seguridad, Mauricio Santoyo y Flavio Buitrago presos por narcotráfico y paramilitarismo, pasando por un Salvador Arana con 40 años de cárcel por homicidio y a quien Uribe quiso proteger con un cargo diplomático en Chile, hasta un Álvaro ‘el Gordo’ García determinador de la masacre de Macayepo (40 años de prisión), y rematando en un ‘alias Job’ recibido en el Palacio de ‘Nari’ para armar un plan contra la Corte Suprema con entrada subrepticia por el parqueadero, providencialmente –para Uribe- silenciado dos meses después mientras almorzaba en un restaurante de Medellín.

Ante tan nutrido ramillete de delincuentes convertidos en aliados suyos, lo primero que surge preguntarse es por qué en Colombia hay tanta gente convencida de que un tipo que ha estado rodeado de tantos pillos… es diferente a ellos.

En alguna ocasión el caricaturista Matador definió a Uribe como el tumor de Juan Manuel Santos, con el agravante de que el tumor no mata al paciente, pero no existe medicina que logre erradicarlo. Llegó ahí, para quedarse. (Ver tumor). Es hora de entender que el tumor ha hecho metástasis al país entero, y los directores de los principales medios de comunicación parecen haber comenzado a ‘pellizcarse’ sobra la catadura del personaje, a raíz de la infame calumnia que profirió contra Daniel Samper Ospina al tildarlo de “violador de niños”.

En respuesta, más de 60 reconocidos periodistas y directores de medios han dicho que “es tiempo de que el expresidente esté a la altura del enorme poder del que ha venido abusando sin mayores consecuencias”, y rematan pidiéndole “al calumniador que se detenga” (Ver carta).

Sana preocupación, en coyuntura que debería ser aprovechada con sentido autocrítico para que esos mismos periodistas por fin sean conscientes de su irresponsabilidad cuando reproducen cuanta barrabasada se le ocurre espetar al exmandatario, dándole así nutrido abono de crecimiento a sus odios, falacias, engaños y mentiras. Lo que hoy plasman en esa carta es, el reconocimiento del refrán “cría cuervos y te sacarán los ojos”.

Se requiere entonces que periodistas, medios y opinión pública sensata comencemos a silenciarlo, pero no del modo en que una mano negra ‘silenció’ a un alias Job, a un Pedro Juan Moreno o a un Francisco Villalba, sino aplicándole el filtro de la duda tanto a sus declaraciones públicas como a todo trino que salga de su infestada cuenta de Twitter.

Lo cierto es que esa acusación no fue producto de una súbita ofuscación ante una supuesta ofensa, sino una jugada calculada con alevosía y premeditación, pues detrás apareció un ejército de troles matoneando con unos mensajes privados entre Daniel y su colega Julio Sánchez Cristo. El resultado final fue que el periodista terminó acusado de haber publicado “pornografía infantil”, por cuenta de unas fotos de la revista Soho en torno a las cuales la modelo de las mismas despejó cualquier duda. (Ver aclaración). Sea como fuere, la estrategia de Uribe es clara: echarles agua sucia a sus críticos para distraer la atención sobre los señalamientos que le hacen.

Esteban Carlos Mejía dijo en su última columna que Uribe “encarna lo más ruin, nauseabundo y siniestro de la “raza antioqueña”, y el problema de fondo es que los medios no parecen advertir que es así, que esa es su ralea. Estamos ante un sujeto 'bajo sospecha' en los más variados frentes, desde las licencias para pistas y avionetas de Pablo Escobar siendo director de Aerocivil, pasando por haber nombrado en el mismo cargo al mafioso César Villegas (también ‘silenciado’ y a quien se refirió Myles Frechette en reciente entrevista), llegando hasta el extraño accidente de su amigo Pedro Juan Moreno, quien según el general Rito Alejo del Río “fue asesinado”. (Ver noticia).

Toda crisis traduce oportunidad, y esta parece la ideal para que los medios mediten con espíritu autocrítico en el papel que hasta hoy han jugado como catapultas del prestigio de un ser tan repulsivo, tóxico, dañino y disociador como Álvaro Uribe Vélez, a toda hora relacionado con delincuentes o envuelto en prácticas delictivas, y hoy empeñado en acabar a como dé lugar con la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) para que nunca se sepa la verdad sobre los incontables crímenes cuya autoría real aún reclaman las víctimas.

DE REMATE: “Esta semana tuve la oportunidad de cargar a Amapola. Me puse a pensar y me dije cuál mano le pongo: la dura o la blandita”. Esta frase, pronunciada al presentar a Paloma Valencia durante la convención del Centro Democrático, también puede ser interpretada en el sentido “morboso” que le quieren dar a un mensaje privado entre @jsanchezcristo y @DanielSamperO.


lunes, 10 de julio de 2017

Abelardo de la Espriella le dispara a mi escopeta


El pasado 15 de junio recibí en mi correo una carta con membrete de la firma De la Espriella Lawyers Enterprise donde su dueño y representante legal, el abogado Abelardo de la Espriella, se refería a una columna mía titulada Ante la cagada de Uribe en Atenas. Allí, en referencia a Losirreverentes.com de Ernesto Yamhure, dije que “es una página sin dirección conocida ni responsable legal, dedicada a calumniar y denigrar de todo lo que no sea uribista. Se dice que es financiada por Abelardo de la Espriella y cuenta con su orientación ‘informativa’, la cual comparte con Iván Cancino y José Obdulio Gaviria (primo hermano de Pablo Escobar, el más sanguinario asesino en la historia de Colombia), los tres tan tóxicos y disociadores como el individuo que escondido detrás de su máscara virtual reparte basura mediática a diestra y siniestra”. (Ver carta).

El abogado en mención comenzó afirmando en tonito despectivo que “es la primera vez que leo una columna de su autoría, pues de usted no tengo referencia alguna”, para pasar luego a ‘disparar’ su advertencia: “debo conminarlo a que en el término de la distancia haga la respectiva rectificación, pues me imputa usted la comisión del delito de calumnia”. Dijo que lo califiqué de “calumniador”, razón por la cual manifestó darme “la oportunidad para que, en el mismo espacio, con la misma difusión y en el mismo medio, se retracte de ese señalamiento temerario”, so pena de verse “en la obligación” de formular la respectiva denuncia penal.

Lo primero que pensé –tras la ‘obligada’ carcajada que me provocó la lectura de su ucase- es que el hombre debía andar muy desocupado para fijarse en alguien de quien no tenía “referencia alguna”, sobre todo porque yo no lograba ver en qué lo había calumniado, siendo que lo de “calumniar y denigrar” versó sobre la página de Yamhure, no sobre el agresivo abogado de marras, quien al parecer ignora el principio constitucional de que la opinión es libre.

La perla que habría de completar el collar de sus incoherencias se dio cuando al mejor estilo del Chavo del Ocho –o sea, sin  querer queriendo- en el último párrafo parece concederme la razón sobre la financiación de Los Irreverentes, cuando dice que “en mi criterio, aquel es un estupendo portal que se ha ganado un importante espacio (…) por reivindicar verdades que nadie dice e incluir las opiniones que son desoídas en nuestro país. Soy amigo de su director, Ernesto Yamhure, y tenga la certeza de que el día que él me lo solicite estaré muy complacido en aportarle económicamente a ese proyecto…”.

A primera vista se nota que De la Espriella defiende a un calumniador, y hay cómo probar que Yamhure lo es, por ejemplo cuando acusa al exmagistrado Iván Velásquez de estar “señalado de haber cometido un homicidio en Guatemala”, o cuando me sindica de ser “hermano de un peligroso narcotraficante”. (Ver artículo).

Ya repuesto del ataque de risa por la ‘carta-bomba’, en un principio pensé en llamar al famoso picapleitos con el noble propósito de hacerle caer en cuenta de su disparate, e incluso proponerle que fuera mi apoderado en la confección de una denuncia penal contra el citado Yamhure, ahí sí por injuria y calumnia, pero luego medité en que debido a la estrecha amistad que los une, podría declararse impedido...

Ahora bien, alcancé a dilucidar que el remitente quizá esperaba que yo me defendiera de su ‘amenaza’ dedicándole mi siguiente columna, para así ganar indulgencias ante su patrón Álvaro Uribe, por lo que preferí guardar silencio y ni siquiera responder a lo que tomé como un calculado aspaviento. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando el pasado 29 de junio recibí, ya no por correo electrónico sino vía Whatsapp (asedio multipolar, mejor dicho), la primera página de la denuncia que entabló contra mí en compañía de su colega Iván Cancino, por los delitos de “calumnia indirecta e injuria directa agravadas”, basado en los flojos argumentos que ya cité y en que “la solicitud de rectificación jamás fue respondida por el periodista”. (Ver denuncia).

A esa altura del partido consideré conveniente consultar con mi abogado, quien luego de conocer los pormenores de tan disparatada situación tampoco pudo contener la risa, y a continuación me sugirió responderles que “con base en el documento que ustedes mandan, procederé a entablar denuncio penal por falsa denuncia y fraude procesal”.

No sobra advertir que estamos ante un caso en que los pájaros les disparan a las escopetas, pues lo que pretende don Abelardo en contubernio con su compinche Iván Cancino (columnista de Los Irreverentes, por cierto), se enmarca en el talante de rufián de barrio que identifica a todo uribista ‘pura sangre’. Esto constituye sin duda un abuso contra un ‘humilde’ columnista, pues pretenden intimidarme valiéndose del poder que tienen como abogados penalistas, con la clara intención de acallar una opinión contraria a la suya.

Hablando de acallar, la confirmación del espíritu violento y atrabiliario de De la Espriella está en su columna del domingo pasado para El Heraldo, titulada Muerte al tirano, donde sin ruborizarse propone asesinar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y lo justifica diciendo que “no se trataría de un asesinato común, sino de un acto patriótico”. Es aquí cuando me pregunto si en lugar de ir preparando mi defensa… ¿no debería más bien solicitar un esquema de seguridad con escoltas y carro blindado?

Sea como fuere, es aquí también donde se entiende a qué quiso referirse cuando dijo que “la ética nada tiene que ver con el derecho”, y es a su vez lo que lo hace a uno sentirse ‘obligado’ a responderle que lo que no me mata… me fortalece. Y mientras más bravo el toro, mejor la faena.

Mejor dicho, señor de la Espriella, como decía Jaime Garzón: ¡coja oficio!

DE REMATE: El Partido Liberal debe dejarse de pendejadas, o sea de precandidaturas de medio pelo como la del imberbe neoderechista Juan Manuel Galán, y a la cabeza de Humberto de la Calle impulsar desde ya una amplia coalición de centro-izquierda en defensa de la paz.

lunes, 3 de julio de 2017

Centro Andino: crónica de otro montaje anunciado


Más dudas que certezas rodean la captura de los nueve presuntos miembros del Movimiento Revolucionario del Pueblo –MRP- supuestamente culpables del bombazo contra el Centro Andino que produjo la muerte de tres mujeres el pasado 17 de junio e hizo que pasara a tercer plano un acontecimiento histórico tan importante como la dejación definitiva de las armas por parte de las Farc.

La duda principal reside en una paradoja, pues se trata de un atentado en apariencia organizado y ejecutado por gente de extrema izquierda, pero que beneficia los intereses políticos de la extrema derecha.

Es cuando vienen a la memoria algunos ‘falsos positivos’ judiciales de circunstancias inquietantemente similares, como el asesinato de Gloria Lara en 1982 atribuido a la Organización Revolucionaria Popular –ORP- (solo cambia una letra con MRP), o las falsas capturas tras los asesinatos de Luis Carlos Galán y Jaime Garzón, realizadas con el propósito específico de desviar la investigación, como habría de comprobarse con el paso del tiempo.

Conviene fijar la atención sobre todo en el asesinato de Gloria Lara, ocurrido en momentos en que el gobierno de Belisario Betancur adelantaba unas negociaciones con el M-19 a las que se oponía con no disimulada furia el estamento militar, y cuyo objetivo habría sido –según documentado artículo de Las 2 Orillas- “mostrar al país que la izquierda era cruel y asesina y no digna de un proceso de paz”. (Ver artículo).

La principal similitud con lo del Centro Andino reside en que la ORP en efecto existió, como movimiento político de tendencia maoísta ligado a reivindicaciones campesinas, aunque al momento del secuestro de Lara se encontraba desactivado debido a contradicciones internas, pero ello no fue obstáculo para que a algunos de sus miembros se les hiciera ver como los culpables mediante la “siembra” de pruebas que condujeron a su captura. Luego habría de demostrarse que para el 'operativo' recurrieron a una banda de delincuentes comunes, la misma que secuestró al funcionario de la Texaco Kenneth Bishop, y cuya autoría también fue atribuida a la ORP.

En el caso de las capturas por lo del Centro Andino, la Fiscalía y la Policía han usado la palabra “trazabilidad” para señalar diversas culpas sobre los capturados, pero esa misma trazabilidad llevaría a pensar que se trata de un montaje donde se repite un modus operandi que ya ha sido escenificado, y con macabro éxito.

Lo cierto es que esos sospechosos han sido sometidos a un linchamiento mediático mediante la filtración selectiva de supuestas pruebas a diferentes medios de comunicación, en lo que luce como un plan orquestado por una mano negra interesada en que el país entero los ‘juzgue’ antes de ser llevados a la justicia ordinaria, y sin que hasta el momento sepamos si los que filtran la información pudieran ser un tentáculo más de la misma poderosa y verdadera mano negra que estaría detrás del atentado.

Porque es que, no nos digamos mentiras, resulta descabellado creer que un grupo de jóvenes abogados y ‘revoltosos’ de izquierda, a los que la revista Semana llama “inadaptados extremistas”, pudiera contar con la sofisticación logística y operativa requerida no solo para cometer un atentado en un sitio tan neurálgico, sino para desconocer el aprovechamiento político que de ello habrían de obtener los opositores al gobierno de Juan Manuel Santos, en la medida en que “siembra” contundentes dudas sobre el proceso de paz que se adelanta con el ELN, al cual se le adjudica de carambola el bombazo contra el Centro Andino, puesto que se señala al MRP como una célula de milicianos radicales pertenecientes a esa agrupación subversiva.

De acuerdo con la información suministrada por la Fiscalía (pero no a la jueza de control de garantías sino a Semana en artículo titulado Las comprometedoras pruebas del atentado al Centro Andino), a los capturados se les venía haciendo un detallado seguimiento desde meses atrás, que incluyó saber de “una extraña búsqueda de planos y geolocalizaciones específicas (…) cerca del Centro Andino”. Es entonces cuando el espectador capcioso se pregunta por qué no fue posible que los organismos de seguridad hubieran evitado el atentado, pero sí que hubieran capturado a los supuestos terroristas con sorprendente facilidad unos días después. (Ver artículo).

En todo conflicto librado entre hombres ‘guerreros’, poca importancia reviste cuando las víctimas colaterales son mujeres. Esta es otra coincidencia entre el asesinato de Gloria y las tres víctimas del Centro Andino. Y el bombazo en un baño femenino apunta directamente a culpar a los presuntos autores de otros estallidos dentro de baños en meses anteriores. En apariencia, todo fríamente calculado.

Sea como fuere, convendría que se supiera qué hay de cierto en que por misteriosa coincidencia el día del atentado no estaban funcionando las cámaras del Centro Andino, y que ese habría sido el motivo por el cual los organismos de seguridad entregaron a la opinión pública retratos hablados de dos de los supuestos implicados, cuya fisonomía en nada coincide con ninguno de los capturados, como lo advirtió el abogado penalista Ramiro Bejarano en este trino. ¿Y por qué quedó en el olvido la declaración de la esposa de Richard Emblin, director del periódico City Paper, según la cual cuando ella iba saliendo del baño donde luego explotó la bomba, se encontró con un hombre en su interior, a quien le peleó y le preguntó qué hacía allí? (Ver noticia).

Convendría que a la par con el despliegue que tuvo el linchamiento mediático, se le diera la misma divulgación al comunicado expedido por la Fundación Defensa de Inocentes, presidida por Sigifredo López, donde quedan en evidencia las falacias publicadas por Semana (“asaltada en su buena fe”) y se demuestra que la intención de quienes filtraron esa información “es la de construir un proceso paralelo al judicial ante un medio de comunicación, con el único objetivo de presentar a los jóvenes imputados como responsables del atentado terrorista”. (Ver comunicado).

Está además la carta que la parlamentaria alemana Heike Hänsel, Presidente de la Subcomisión para Naciones Unidas, Organizaciones Internacionales y Globalización, le dirigió al fiscal Néstor Humberto Martínez, donde le pide “que cesen las acusaciones y los señalamientos anticipados y se garantice el debido proceso en el contexto de una investigación seria y responsable”. (Ver carta).

No somos los periodistas ni los editores ni los directores –sobre quienes recae la mayor responsabilidad- los llamados a absolver o culpar a unos u otros, extrema izquierda o extrema derecha. De eso deben encargarse los jueces, no los medios a los que se les ha convertido en idiotas útiles de la propagación de una sola versión de los hechos, la que sirve a los intereses de aquellos que en incontables ocasiones han recurrido a ‘falsos positivos’ judiciales o militares para torcer el rumbo de las investigaciones al amaño –y al tapujo- de los verdaderos culpables.

DE REMATE: No entiendo: ¿Por qué tanta gente en Colombia está tan convencida de que un tipo que toda su vida ha estado rodeado de tantos pillos... no es un pillo?

martes, 27 de junio de 2017

Yidis Medina volvió a sus andanzas




Este domingo 2 de julio se escenifica en Barrancabermeja una contienda que tiene a dos políticos como principales protagonistas: en una orilla el alcalde en propiedad, Darío Echeverri Serrano, de filiación liberal; y en la otra orilla la exrepresentante a la Cámara por el Partido Conservador, Yidis Medina, quien hizo célebre a su ciudad natal cuando por deshonesta vendió su voto a cambio de una Notaría para aprobar la reelección del entonces presidente Álvaro Uribe.

Es un hecho político inocultable que la gobernabilidad de Darío Echeverri se encuentra golpeada, y al parecer obedece a que habría incumplido ciertos acuerdos políticos, frente a  lo que según una fuente de la alcaldía fueron “pretensiones inmanejables”. Ello habría dado lugar a que se conformara una especie de gavilla, en la que participan algunas personas que durante la campaña lo apoyaron pero hoy le quieren atravesar un precoz sucesor.

Si algo obra a favor del alcalde, es la multitudinaria acogida que tuvo su convocatoria a una marcha el pasado 18 de mayo en defensa del  Plan de Modernización de la Refinería (PMRB), con una asistencia superior a las 50.000 personas (Ver foto). Ello indica que posee un importante margen de acción, pero a la vez es preocupante que el actual proceso de revocatoria se haya convertido en un palo en la rueda contra esos legítimos esfuerzos de presión que se venían ejerciendo sobre el Gobierno Nacional, orientados a impedir que ocurra lo que parece sobrevenir, la progresiva chatarrización o ‘descuido’ de la refinería para luego privatizarla.

Sin modernización habrá un evidente retroceso económico y social, pues se pierden los 40 mil nuevos empleos en sectores diferentes al petróleo que esta traería. Lo preocupante entonces es que en lugar de la unidad que durante el año y medio que lleva Echeverri se venía generando alrededor de este propósito, ahora se advierte una dañina división, solo favorable a los intereses mezquinos de quienes quieren revocar al alcalde, con Yidis Medina entre ellos.

Una clara manifestación de la cultura ‘traqueta’ que se impuso desde el gobierno Uribe es la notoriedad que  adquirieron ciertos personajes condenados por la justicia, sobre los cuales no se ejerce ninguna sanción social, sino lo contrario: su prontuario pareciera darles reconocimiento, distinción y prestancia. A Yidis la acompaña en esta meritocracia el exministro Fernando Londoño, más conocido como ‘el ladrón de Invercolsa’, o un alias ‘Popeye’ que aprovechando lo célebre que lo volvieron los medios, asistió en su  natal Medellín a una marcha uribista contra la corrupción (¡!) donde acusó en vivo y en directo al presidente Santos de ser “una rata”.

Medina tuvo una muy activa participación en la campaña que eligió a Darío Echeverri, a tal punto que bautizó su camioneta como la Yidis Móvil (ver camioneta), y se dice que los dos habrían pactado un acuerdo consistente en que el alcalde le daría cupos para meter a su gente como prestadores de servicios (OPS) de la Alcaldía. En este contexto, Yidis se estaría portando como la niña caprichosa que arma un berrinche porque no le dieron el juguete que esperaba, y es la demostración de que porta en sus genes un virus que debería ser desterrado, el de quienes asumen la política como una oportunidad para hacer negocios.

Según un barranqueño que trabajó con Yidis, “Darío le estaba cumpliendo, pero a medias. A su hermana Mayerlis le dio dos contratos como auxiliar de enfermería, pero no le aprobó un proyecto para víctimas”. Por eso ella grabó un video donde se despacha contra el alcalde, el cual parece producido por su peor enemiga, con la mirada perdida y tan pobre dicción que solo ve “oscuridá” y no logra pronunciar “ciudad” sino “la suidá que merecemos”. (Ver video).

Sumado a lo anterior, en su muro de Facebook anunció que se cambiaba de orilla y que “colocaré las denuncias de todas las irregularidades (…) ante la Fiscalía General de la Nación”, lo cual no hizo (ver publicación). Lo llamativo es que –pecando quizá de ingenua- aparece allí acompañada de Gustavo Duarte Ruiz, un reconocido contratista del anterior alcalde, Elkin Bueno, quien en sus cuatro años de gloria disoluta se dedicó a endeudar a la ciudad con tal desenfreno que al final de su administración hizo aprobar un empréstito por 170.000 millones de pesos para la ejecución de obras macondianas, como canchas de microfútbol con grama sintética que no pudieron ser usadas porque producían un calor insoportable. (Ver SOS por Barrancabermeja).

Sin el menor atisbo de vergüenza propia, ese mismo contratista le confesó a La Silla Vacía en artículo titulado La zancadilla de Yidis Medina al Alcalde de Barranca, que Echeverri “se montó con un discurso de unir fuerzas, pero (…) solos les dan OPS a los de otros lados”.

Un segundo motivo por el cual Yidis se despegó de Echeverri, es que quiso acomodarse en las filas de Jonathan Vásquez, un ‘pelado’ hijo de un concejal que por su pinta de galán comienza a tener acogida, sobre todo entre gente joven. Pero fue él mismo quien la puso a distancia, advirtiendo en su Facebook que “no existe razón alguna” para trabajar con ella. Y en lo que deja ver su verdadero talante, Yidis le responde ahí mismo pidiéndole cacao… (Ver publicación).

No es sano poner las manos en el fuego por un político –ni por nadie, incluidos parientes-, pero si me tocara escoger entre el alcalde Darío Echeverri y Yidis Medina, no dudaría un segundo en apoyar al que hoy rige los destinos de la ciudad que refina el 80 por ciento de la gasolina que consume el país. Urge no perder el impulso alcanzado en la lucha por obligar a Juan Manuel Santos a que cumpla la promesa que hizo cuando en el Hotel Pipatón, en desarrollo de su campaña para hacerse reelegir, nos dijo a los barranqueños que “tiene más reversa el río Magdalena que la modernización de la refinería”.

Moraleja y conclusión: el Presidente Santos está obligado a cumplirle a Barrancabermeja –y al país- lo que prometió. Solo así pasará a la Historia.

DE REMATE: Si votar la revocatoria es hacerlo a favor o en contra de Yidis, prefiero abstenerme. 

martes, 20 de junio de 2017

Vamos a romper el hechizo

Es cada día mayor el número de columnistas que advierte sobre la situación esquizoide que vive Colombia, consistente en que a medida que se consolida la paz se recrudecen los ataques de ciertas fuerzas oscuras contra el gobierno que la hizo posible. Ahora quieren convencernos de que “nos están engañando”, y la bomba del sábado pasado en el Centro Andino se inscribe dentro de ese propósito maligno.

Lo advierte Ricardo Silva cuando dice: “hay colombianos que piensan que el desarme de las Farc es mala noticia”. O Juan Fernando Londoño, en el mismo tono: "Si las FARC negocian es una estrategia porque no van a firmar, si firman es porque no van a cumplir, si cumplen es porque nos están engañando". O Héctor Abad: “Hay medio país al que le repugnan las buenas noticias”. Y Rudolf Hommes: “La aspiración de la derecha es que tiremos la posibilidad de vivir en paz por la borda y que reviva el terror”.

Esto indica que crece la audiencia de personas conscientes del daño que esas fuerzas oscuras inoculan en las conciencias (siembran miedo para vender seguridad); pero la preocupación no cesa, pues seguimos atados a la noria del eterno retorno: el año pasado tratamos de advertir lo mismo sobre la propaganda sucia que estaban vertiendo los promotores del NO por las redes sociales, pero de nada sirvió porque acabaron por imponer su voluntad mediante la perversa estrategia de engañar e indignar a la gente, como hubo de confesar en su torpeza el mismo gerente de la campaña, Juan Carlos Vélez. (Escuchar confesión).

Como a drogadictos, los domina un marcado síndrome de abstinencia… de guerra. Necesitan hacerle creer al país que estamos sometidos –como dijo Uribe en Atenas- a una “inmensa maquinaria de desinformación del Gobierno”; siendo que, por el contrario, a eso están dedicados ellos (y ellas): a aceitar la inmensa maquinaria de desinformación que usaron durante los días del plebiscito, la cual ahora apuntan con sus ruidosas baterías hacia el objetivo supremo de sentar en el solio presidencial a uno de los suyos, de su propia calaña, “el que Uribe elija”.

Persiste el peligro de que nos empujen por el desbarrancadero de un nuevo conflicto, incluso con características afines a una guerra civil como la vivida en España el siglo pasado, cuando el apoyo de la Iglesia Católica le permitió al ‘Generalísimo’ Francisco Franco gobernar con la legitimidad religiosa de la que carecía al comenzar su lucha fratricida. Hoy la situación en Colombia es otra, pues los católicos no tienen la poderosa influencia de antaño, pero se advierte igual la presencia de avanzadas que actúan como fuerzas de choque ideológico, compuestas por ejércitos de pastores cristianos y evangélicos reclutados –quizá hasta pagados- en torno a una causa de claro contenido fascista.

Para lograr el desmonte del odio y hacer renacer la semilla de la esperanza, se requiere acudir a las mismas armas de los sembradores de confusión. Meterle creatividad. Y el Gobierno Nacional debería ser el primero en reaccionar con urgentes medidas de choque, que hagan visible el mecanismo perverso que reposa detrás de tanta basura mediática.

Decía D’Alembert que “la guerra es el arte de destruir hombres, y la política es el arte de engañarlos”. En este contexto se requiere con urgencia una agresiva campaña de mercadeo político que muestre con precisión de relojero dónde está el engaño, en repuesta a la inmensa maquinaria de desinformación que maneja el uribismo, cuya fórmula le hace eco al estallido de la bomba en el Centro Andino: miedo a un futuro con las Farc incorporadas a la vida política, odio a Santos porque lo permite.

A esas fuerzas oscuras que con ‘minas quiebrapatas’ nos quieren dañar el caminado hacia un futuro mejor, se les debe demostrar que no pasarán. ¿Y cómo? Rompiendo el hechizo que ejercen sobre sus mansas ovejitas. Este amago de ‘libreto’ para una cuña de TV es solo una amable sugerencia, con toque surrealista si se quiere, pero alentado por un propósito pedagógico:

Se ve a un grupo de bañistas sumergidos en un riachuelo de aguas cristalinas, bañándose con deleite, mientras en la orilla unas personas agazapadas vierten una solución oscura, que comienza a enturbiar el remanso. Los envenenadores se esconden tras unos matorrales, y luego se ve venir a un grupo de personas alegres, cantando una canción de paz. Uno de ellos rasga una guitarra. Cuando pasan frente al lugar de donde emana la turbiedad, los que estaban escondidos comienzan a gritar: “¡Miren, miren! ¡Ahí están los que ensuciaron el agua donde todos nos bañamos!” Los que iban cantando quedan confundidos, pero les toca correr porque los bañistas salen de ahí –indignados- a perseguir a quienes creían les habían dañado el baño. Luego hay primeros planos con los rostros de rabia y angustia de perseguidores y perseguidos, y por último aparecen los ‘malos’ del paseo frotándose las manos, y al enfocarlos de espaldas se aprecia que cada uno lleva camuflada un arma bajo el cinturón. La cuña remata con este mensaje: “No te dejes engañar por los amigos de la oscuridad”.

¿Y qué tal si fuera posible –solo pregunto- convocar a personas creativas y de buen humor como Matador, Tola y Maruja, Daniel Samper Ospina, Antonio Morales o Vladdo para que aporten historias o situaciones similares dentro de la misma tónica de romper el hechizo, de ayudarle a abrir los ojos a tanta persona confundida, alienada o equivocada de buena fe?

Pasaba por acá a dejar esta ocurrencia loca para ayudar a salvar el país del lobo feroz y sus recuas de pastorcitos mentirosos, y sigo mi camino.

DE REMATE: Colombia vivió ocho años bajo el hechizo, influjo o engaño de un gobernante que se rodeó de funcionarios corruptos, peligrosos criminales (Jorge Noguera, Salvador Arana, Álvaro ‘el Gordo’ García, Flavio Buitrago, Mauricio Santoyo, Antonio López alias Job, etc.) y parientes enjuiciados o bajo sospecha de súbito enriquecimiento. Es hora de impedir que la historia se repita. 

martes, 13 de junio de 2017

Ante la ‘cagada’ de Uribe en Atenas



Mi columna del pasado viernes 9 de junio, titulada Me cago en la cara de Uribe, fue la faena del espontáneo que en lugar de ver el toro desde la barrera decide lanzarse al ruedo a enfrentar la bestia. (Ver columna).

El jueves 8, justo un día después de haber publicado algo sobre Los pastorcitos mentirosos y el lobo feroz, supe de la intervención de Álvaro Uribe en la Cumbre Concordia celebrada en Atenas, cuando con su inglés chapucero hizo ver a Colombia como un país en el que reinan la impunidad y el caos económico… y me hirvió la sangre.

El motivo de la indignación residía en que siendo Presidente de Colombia, a raíz de una declaración de Piedad Córdoba durante un foro internacional de México donde ella pidió a los países ahí presentes que rompieran relaciones con el gobierno de Uribe, este respondió diciendo que denigrar del país era “traición a la patria”. Pero se va a Grecia, cuna de la civilización occidental… ¡y hace algo peor!

Con razón Semana conceptuó que “a Uribe se le fue la mano”, y agregó que “él tiene todo el derecho a desprestigiar al gobierno pero no el de desprestigiar al país”, mientras que Matador lo pintó en pose de atleta olímpico sosteniendo un rollo de papel higiénico, para que al menos limpie la ‘cagada’ que cometió con Colombia ante el mundo. (Ver caricatura).

A raíz de su desafortunada declaración a Piedad le montaron la perseguidora en cabeza de Alejandro Ordóñez, hasta lograr arrebatarle su curul de senadora, mientras que a Uribe los medios le celebraron y divulgaron su bajeza como si fuera la pilatuna de un niño travieso.

El asunto es que luego de escribir la columna citada, fui consciente de que el único título acorde con su contenido era el que le puse. Sabía que habría de causar rechazo, pero igual supuse que si lo titulaba por ejemplo Uribe ofendió a Colombia, la iban a leer tres pelagatos. Y para el caso que nos ocupa se trataba de acudir a la misma arma que utiliza el maquiavélico senador, la de generar escándalo, pero no para poner los ojos de Colombia sobre sus palabras cargadas de veneno, sino en respuesta a su infame proceder durante un foro internacional. O como expresó @fernandoposada_ en brillante trino: “Si usted va a repetir que el narcotráfico se tomó a Colombia, procure que sus 2 jefes de seguridad no estén presos en EE.UU. por narcotráfico”.

La columna provocó un verdadero pandemónium dentro del uribismo, que se vino –comenzando por su comandante en Jefe- con una poderosa descarga de artillería, que incluyó una carta del Centro Democrático a El Espectador donde manifestaron su asombro porque “queda en evidencia una total ausencia de criterio periodístico para permitir que un contenido de esta naturaleza sea publicado, irrespetando a los lectores”. (Ver carta de protesta).

He aquí el punto central a debatir, el del respeto, o sea lo que me motivó a escribir esta columna. No niego que hablar de cagarse en la cara de alguien suena vulgar o irrespetuoso –con el personaje, no con los lectores-, pero basta leer la columna hasta el final para entender que el título se justifica dentro una dinámica donde una falta de respeto (o lo que el embajador ante el Reino Unido, Néstor Osorio calificó de “insulto a Colombia”) provoca una reacción similar, entendible dentro de un contexto semántico coloquial donde los españoles hablan de cagarse en la hostia o los argentinos de “la puta madre que te parió”, de algún modo coincidentes con lo de “le doy en la cara, marica”.

El punto nodal es que con sus permanentes salidas de tono, sus sinuosas acusaciones sin fundamento, sus mentiras evidentes y sus medidas desesperadas para impedir que la JEP entre a operar, el mismo expresidente se está labrando un destino: que la gente le pierda el respeto. Esto se pudo captar en las centenares de emotivas reacciones que percibí cargadas de vituperios, en reflejo del grado de fastidio e indignación que viene provocando Álvaro Uribe entre millones de colombianos, hastiados ya de ver cómo en lugar de ayudar a construir un mejor país ha desatado en contravía del anhelo de nacional de paz una vindicta instrumentalizada por su bancada de lacayos, con el claro y subversivo propósito de “hacer invivible la república”.

Parte de ese pandemónium uribista se reflejó en un artículo de Losirreverentes.com, de autor anónimo, donde a la vez que acusan al exmagistrado Iván Velásquez de haber cometido un homicidio en Guatemala, me señalan de ser “hermano de un peligroso narcotraficante”. En lo que me corresponde se trata de un refrito que había sacado un año atrás Ernesto Yamhure, el cual respondí con algo que en su momento le calló la boca. (Ver respuesta).

Los Irreverentes es una pieza más de la “inmensa maquinaria de desinformación” que condujo al triunfo del NO en el plebiscito. Es una página sin dirección conocida ni responsable legal, dedicada a calumniar y denigrar de todo lo que no sea uribista. Se dice que es financiada por Abelardo de la Espriella y cuenta con su orientación “informativa”, la cual comparte con Iván Cancino y José Obdulio Gaviria (primo hermano de Pablo Escobar, el más sanguinario asesino en la historia de Colombia), los tres tan tóxicos y disociadores como el individuo que escondido detrás de su máscara virtual reparte basura mediática a diestra y siniestra, sin que la justicia pueda llamarlo a responder por sus injurias y calumnias porque se refugió en Miami cuando se descubrió que las columnas que escribía para El Espectador se las revisaba, corregía y aprobaba el comandante paramilitar Carlos Castaño, de quien fue cercano contertulio no propiamente en el colegio, sino cuando este ejercía como tenebroso delincuente. (Ver noticia).

DE REMATE: Esto me escribe una de las madres de Soacha a raíz de la columna citada: “Cagarse en la cara de Uribe es un acto de decencia con quien ordenó sembrar de sangre los caminos de Colombia, a costa de los jóvenes humildes acribillados en la modalidad de falsos positivos. ¿Tiene usted hijos? Pues póngase en los zapatos de las miles de madres colombianas a las que nos rompió el alma cuando debimos recoger a nuestros hijos masacrados por el Estado que Él dirigió”.

jueves, 8 de junio de 2017

“Me cago en la cara de Uribe”




En España hay una expresión de uso muy común: “Me cago en la hostia”. La usan con tanta frecuencia que en días recientes la escuché cuando visitaba en compañía de mi novia a un amigo español, justo cuando abría la nevera de su casa y comprobó que no quedaba nada para acompañar las aceitunas: “Se acabó la birra; ¡me cago en la hostia!”

Para los profanos en la materia, birra es cerveza y hostia es una pequeña oblea de harina (¿será harina bendita?) que los sacerdotes católicos alzan hacia el cielo en el momento de la elevación, y a continuación degluten. Si la memoria de exseminarista no me falla, la elevación es el instante en que el mismísimo Jesucristo se introduce en la hostia, y a eso lo llaman transubstanciación, y es por ello que el ritual va acompañado de la expresión “cuerpo de Cristo sálvame, sangre de Cristo embriágame.”

Siempre me costó trabajo entender por qué era tan fácil para un español ofender de manera tan flagrante el instante más sagrado de la eucaristía, pero comencé a comprender que no se le debía dar tanta importancia al anatema al ver que los argentinos usan una expresión con una carga igual o más ofensiva, y no pasa nada: “andate a la puta madre que te parió”.  Lo llamativo es que se la pueden estar diciendo a un amigo, quien lo toma como chanza sin importancia, y es tan popular que la pronuncia hasta una anciana como la que aparece en este hipervínculo.

Fue precisamente esa expresión, “la puta madre que lo parió”, lo primero que vino a mi cabeza cuando supe que el miércoles 7 de junio, durante un foro internacional en Atenas conocido como la Cumbre Concordia –una organización que reúne a líderes del mundo y no tiene tinte político- el senador Álvaro Uribe Vélez sometió a Colombia (su país, o sea que es como hablar mal de la mamá) al escarnio público con una intervención en la que afirmó cosas tan delirantes como que “la minería ilegal y el narcotráfico son los únicos sectores de la economía del país que están creciendo”, o que “las Farc gozan de total impunidad” y “son el mayor cartel del mundo”.

Conviene darles atención analítica a las últimas dos frases, porque permiten identificar la enfermedad que padece el senador Uribe: un fuerte síndrome de abstinencia de la guerra que ya pasó, pero que él sigue viendo presente, o mejor, necesitando. ¿Para qué? Para evitar a como dé lugar que comience a operar la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) que les quitará la impunidad de la que hasta ahora han gozado él y las fuerzas oscuras que comanda.

Ese desajuste psicológico le hace vivir en un delirio mediante el cual asume como verdad lo que hubiera podido ser cierto antes de la firma del acuerdo de paz, cuando el poder de las armas les daba a las Farc relativa impunidad para cometer sus crímenes y traficar con cocaína, sí, pero no al punto que se les pudiera considerar el cartel más grande del mundo. Sea como fuere, el punto central es que las Farc ya no son un grupo subversivo, pero Uribe y su bancada de lacayos sigue sembrando desesperación entre los colombianos haciendo creer que poseen la misma capacidad desestabilizadora de antes. Necesitan mantener al fantasma vivo, y ante esto no nos debemos llamar a engaños: son ellos los que están dedicados a desestabilizar el país, para impedir que un día reine la paz. Siembran el caos, para luego aparecer como los salvadores de la confusión que han creado.

En su defensa Uribe afirmó para la W Radio que “la oposición debe aprovechar los escenarios internacionales para enfrentar la inmensa maquinaria de desinformación del Gobierno en el exterior". Volviendo al plano psicológico, a esto se le conoce como mecanismo reflejo, consistente en ver en otros lo que al paciente le ocurre: basta acudir a la historia reciente para constatar por ejemplo que el triunfo del NO en el plebiscito del 2 de octubre se dio gracias a “la inmensa maquinaria de desinformación” que diseñó el uribismo, lo cual fue reconocido –o mejor, confesado- por el propio gerente de la campaña, Juan Carlos Vélez, en declaraciones donde además se hizo evidente que el propósito de fondo fue “dañarle la fiestecita a Santos”. Maquinaria que por cierto están calcando con pelos y señales hacia la campaña del 2018, como mostré en mi columna anterior.

Esto solo es reflejo de la desesperación en la que se encuentran Álvaro Uribe y sus dañinas huestes, conscientes de que el afianzamiento de la paz (y de la JEP) no solo los aniquila como opción política, sino que sacará a relucir todas las verdades que han querido mantener ocultas, comenzando por la pavorosa maquinaria genocida del gobierno anterior conocida como los ‘falsos positivos’.
 
Digámoslo sin ambages, lo que hizo Uribe ante ese foro internacional fue ‘cagarse’ en la imagen de Colombia, y es cuando uno se pregunta si será que el escritor Fernando Vallejo tenía razón cuando dijo que “la maldad de un ser humano debería medirse en Uribes”. Y es entonces también cuando llevados por la indignación ante semejante afrenta al país que nos vio nacer, dan ganas de gritar con sonoro acento patriótico: ¡me cago en la cara de Uribe!

DE REMATE: Es irresponsable la actitud de Uribe con la imagen de Colombia ante los inversionistas internacionales, sí, pero es igual de irresponsable –o más- la complacencia de los medios con cada nueva ‘cagada’ suya, cuando la difunden y la celebran como si se tratara de la pilatuna de un niño travieso.