lunes, 18 de junio de 2018

Aposté un millón de pesos… y perdí




Hay un amigo que me debe una plata, cinco millones de pesos para ser exactos. No es plata que yo le haya prestado, es por un trabajo que hice y la suma referida es el saldo a favor. Ese amigo se llama Ancízar Casanova y con él me encontré a tomar un café en la cafetería La Croissantina de Girón el sábado 16 de junio de 2018, un día antes de la elección de Iván Duque como presidente de Colombia.

Casanova no solo es un agudo estratega de la política nacional, sino alguien cuyo trabajo lo obliga a hacer mediciones mediante encuestas que él mismo contrata. Esa tarde, aunque nos reunimos a finiquitar un asunto editorial pendiente, aprovechó la ocasión para lanzarme una apuesta tentadora. Muy seguro de cada sílaba que pronunciaba, me dijo que al día siguiente iba a ganar Iván Duque y que la diferencia de votos con Gustavo Petro iba a ser superior a millón y medio de votos, y en la frase siguiente la puso superior a dos millones. Mientras tanto mi vaticinio, como lo había publicado en Facebook y Twitter, apuntaba a dos escenarios posibles: Petro perdía por una pequeña diferencia de votos, o ganaba por la misma pequeña diferencia.

Pero centrémonos en ese millón y medio de votos, porque corresponde a los términos que me propuso el amigo apostador -y calculador-, a saber: si Duque ganaba por una suma igual o inferior a 1’499.999 votos, o si Petro era elegido presidente, él ya no me debería cinco sino diez millones de pesos. Pero si Duque ganaba por una suma de votos superior a millón y medio de votos, la deuda de él conmigo quedaba saldada de inmediato.

Mi primera reacción casi a ojo cerrado fue aceptar la apuesta, pero antes tomé la precaución de preguntarle en qué se basaba para hacer tan osada y tentadora oferta. Queriendo convencerme de que no elucubraba, Ancízar comenzó por mostrarme un vaticinio que le hizo sobre una servilleta días antes de la primera vuelta a un político uribista que primero apoyó a Didier Tavera a la gobernación de Santander y luego regresó al uribismo, donde daba cifras cerradas sobre los resultados que obtendría cada uno de los cinco candidatos que se enfrentaron allí, y acertó en el orden que ocuparon estos y en el aproximado de votos para cada uno. (Ver servilleta).

Luego Casanova me habló sobre lo que iba a pasar el domingo, e hizo una sumatoria en la que a los inamovibles casi ocho millones de votos de Duque les agregó una proporción razonable de los que recibiría de Germán Vargas Lleras y demás ‘adherencias’ (conservadores, liberales, Cambio Radical, La U, etc.), y a Petro le descontó los que dejaría de recibir por la promoción del voto en blanco que de manera irresponsable hizo Sergio Fajardo dos días antes de la votación (viernes 15 de junio), y a continuación esbozó un cálculo del total de votos que recibiría Petro, y en su dictamen final pronosticó que Duque ganaría por más de dos millones de votos, pero a efectos de la apuesta lo redujo al millón y medio ya referido.

No quiero alargar la pita, solo resumo en que la cifra de votos que dio a favor de Duque me pareció exagerada, tan exagerada que decidí cogerle la caña en la apuesta, aunque por una suma que en caso de perder el suscrito no me hiciera tanto daño: un millón de pesos.

Casanova acogió sin titubear mi contrapropuesta, y aquí debo citar como testigos a los amigos y visitantes de mi muro de Facebook, puesto que lo mismo que cuento aquí lo publiqué el sábado 16 de junio a las 11:45 p.m., solo que redactado no en futuro pluscuamperfecto sino en pretérito reciente, narrando lo que acababa de pasar en esa cafetería en torno a la apuesta para el día siguiente. (Ver post de Facebook).

Yo difería de tan avasallador resultado a favor de Iván Duque, pues en mi condición de optimista empedernido estaba convencido de que la diferencia de votos a favor o en contra de Petro no sería superior al millón de votos. Así que decidí jugármela, asumí el riesgo, y al anunciar la apuesta en mi muro de FB cité pomposamente al emperador Julio César cuando al cruzar el río Rubicón dijo “alea iacta est”, la suerte está echada. Y el resto de la historia ustedes ya la conocen.

Debo reconocer que mi contendor en la apuesta no solo acertó en que ganaba Duque, sino en un vaticinio exageradamente cercano al resultado final, si es que se puede dar un acierto exagerado: la diferencia exacta entre Duque y Petro fue de 2’338.891 votos.

Hoy no quiero hacer ningún análisis alarmista sobre lo que puede significar para Colombia el regreso de Álvaro Uribe al poder en la figura de un muchacho inexperto pero adiestrado para el obediente cumplimiento del objetivo estratégico trazado por las fuerzas oscuras que lo gobiernan. Más bien, procuraré aplicar lo que en alguna ocasión le escuché a mi madre: “tenga paciencia y maldiga pasito”.

Sea como fuere, debe haber claridad en esto: he sido derrotado en franca lid y, como corresponde a un caballero, de la cuenta de cobro por el saldo que Ancízar Casanova me adeuda descontaré el millón de pesos perdidos en la apuesta.  Pero que conste, citando al político brasilero Darcy Ribeiro:

“Me puse del lado de los pueblos originarios y me derrotaron.
Me puse del lado de los negros y me derrotaron.
Me puse del lado de los pobres y me derrotaron.
Me puse del lado de los trabajadores y me derrotaron.
Pero nunca me puse del lado de quienes me derrotaron.
Esa es mi victoria”.

La única enseñanza posible de esto, es que resulta imposible cambiar en cosa de meses estructuras mentales arraigadas en el pueblo colombiano y ligadas desde lo religioso a la presencia de un padre autoritario que mediante el miedo los induce a no caer en el “error” de liberarse de sus propias ataduras. Esclavos felices, mejor dicho.

DE REMATE: Al día siguiente de la elección, Jorge Robledo salió con esto: “se confirmó que era falso que votar en blanco era votar por Duque o por Petro”. (Ver trino). Vaya vaya, qué facilidad para convertir en aparente triunfo una aplastante derrota. Lo cierto fue que gran parte de los votos de Fajardo en Antioquia se fueron para Duque y otra parte para Petro, pero los votos en blanco que Robledo necesitaba para hacerle daño a Petro no aparecieron. Apostó mal… y perdió. Colega en el infortunio, digamos.

lunes, 11 de junio de 2018

El voto en blanco solo le sirve a Uribe


El Espectador en su editorial del sábado 9 de junio se manifestó a favor del voto en blanco, lo cual es comprensible, pues uno no se imagina a los empresarios dueños de este periódico votando por Gustavo Petro, del mismo modo que no es concebible que sus periodistas -críticos de toda forma de abuso del poder- invitaran a votar por el candidato de Uribe, Iván Duque. (Ver editorial).

Según el editorialista, el voto en blanco “es una manera muy eficiente de advertir que la vigilancia será implacable, que quien llega a la Casa de Nariño tiene el imperativo moral de acercarse a quienes piensan diferente, de tender puentes”. Eso suena razonable en un país con democracia plena y donde los abstencionistas no constituyan la fuerza política mayoritaria, pero aquí se trata es de escoger cuál de las dos opciones es la que menos daño le hará al país, si lo queremos poner en el mismo tenor del editorial cuando habla de la dificultad de decidirse por “el menos peor”.

Es obvio que el ambiente político se encuentra polarizado entre dos fuerzas antagónicas, izquierda y derecha, y parte de la culpa de que el centro de Sergio Fajardo se haya descartado como opción recae en él mismo, pues tanto Petro como Humberto de la Calle le propusieron en su momento someterse los tres a una consulta el 11 de marzo, pero como él iba de primero en las encuestas se puso de niño bonito a rechazarlos: al primero por “extremista” y al segundo por pertenecer a un partido “corrupto”. Si al menos se hubiera aliado con De la Calle, esos voticos le habrían servido para desplazar a Petro al tercer lugar. Sea como fuere, al final Fajardo se quedó sin el último centavo para completar el peso.

Hoy es saludable ver que su fórmula vicepresidencial, Claudia López, y su coequipero Antanas Mockus hayan adoptado una actitud responsable con el futuro del país al adherir a Petro, pero igual se debe dejar constancia de lo dañino que sigue siendo que Fajardo persista en promover el voto en blanco, a sabiendas de que cada voto que deje de contabilizarse a favor de Petro jugará a favor de Duque (o sea de su amo Uribe), por una sencilla razón: porque es este quien va de primero en las encuestas y los votos en blanco son precisamente los que le impiden a Petro alcanzarlo.

Volviendo al editorial de El Espectador, en él se afirma que el riesgo reside en que decidirse por “el menos peor” torna invisible la voz del voto en blanco, cuando ocurre lo contrario: que sería el voto en blanco el que propiciaría que sea elegido “el más peor” (valga el contrasentido), según la ecuación matemática ya expuesta.

No nos llamemos a engaños, el que menos peligro representa para la estabilidad institucional del país en los próximos cuatro años es Petro: como lo expusiera sabiamente el jurista Rodrigo Uprimny en su última columna, “los riesgos de su presidencia son mucho menores porque tendría mayores contrapesos institucionales, por lo cual estaría obligado a concertar”. Mientras que “si gana Duque, volvería a la presidencia el uribismo con débiles contrapesos institucionales, tendría amplias mayorías en el Congreso y enfrentaría unas cortes debilitadas por los escándalos de algunos magistrados”.

O como dijera con sobrada lucidez Alexandra Olaya-Castro en respuesta al ya citado editorial de El Espectador: “¿De verdad pueden sostener que la vigilancia a un gobierno uribista “será implacable” cuando las tres ramas del poder (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) estén dominados por Duque-Uribe y sus apoyos? La vigilancia se garantiza cuando hay independencia de poderes”. (Ver columna). (Aquí entre nos, Alexandra Olaya-Castro es talentosa física teórica que en 2016 se hizo merecedora a la Medalla Maxwell del Institute of Physics por un trabajo suyo sobre física cuántica).

Mejor dicho, lo que se avecina es una dictadura civil, y esto se deja demostrar en que el mismo Uribe ya anunció -por boca de su monigote Duque- que regresaría al poder con la intención de transformar las Altas Cortes en una sola, o sea a hacer lo mismo que hizo Chávez en Venezuela: una sola corte que le brinde la impunidad requerida para librarse de culpa frente a los numerosos delitos por los que es investigado o acusado, como dije en este video.

Así las cosas, el voto en blanco no tendrá ningún efecto práctico distinto al de restarle votos a Petro y favorecer al candidato títere de Uribe. Es obvio que va a ganar uno de ellos dos, y en tal medida el “imperativo moral” con Colombia es que votemos por quien creamos es el mejor (o el menos peor). En mi caso, votaré por Petro.

DE REMATE: Según Juan Fernando Cristo en columna para El Tiempo, “esa humillante entrada (de muchos políticos y gamonales) por la puerta de la cocina a respaldar a Iván Duque sin acuerdos programáticos de ninguna naturaleza y sin que el candidato se pueda tomar una foto con ellos, es la mayor demostración de la crisis". Pero dijo algo aún más diciente: “La votación de Petro no se da por el crecimiento de la izquierda, sino por el crecimiento de la indignación ciudadana”.

Y ya que ando tan ubérrimo de citas, rematemos con esta de Salomón Kalmanovitz: “Los resultados de la primera vuelta arrojaron un resultado novedoso, pero a la vez amenazador para el sistema político clientelista: el voto de opinión de centro e izquierda fue mayoritario 50,9 % (sumando Petro, Fajardo y de la Calle) contra 46,4 % por la extrema derecha y el clientelismo (Duque más Vargas Lleras). Aunque no es fácil que se unifique el voto ciudadano para ganar (…), es un campanazo de alerta que puede revolcar el sistema político colombiano hacia futuro”.

miércoles, 6 de junio de 2018

¡Pueblo indolente y cobarde, despierta!




Ante los resultados de la primera vuelta electoral que dieron como ganador con 7’569.693 votos al candidato de la fiera sedienta de venganza, es imperativo encabezar esto con la proclama que pronunció una jovencita rebelde de 21 años, Policarpa Salavarrieta, el día de su fusilamiento por orden de la Corona Española: “¡Pueblo indolente! ¡Cuán distinta sería vuestra suerte si conociereis el precio de la libertad! Ved que, aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más. Cobarde pueblo, yo os compadezco. ¡Algún día tendréis más dignidad!”.

No sobra recordar a los ignorantes de nuestra historia patria que Policarpa Salavarrieta fue una guerrillera que luchó contra la tiranía española durante el período de la Reconquista, y es heroína de nuestra Independencia al lado de una lejana pariente de nuestro presidente, la santandereana Antonia Santos, tan guerrillera como la anterior.

La cobardía de nuestros dirigentes se ha visto reflejada en el modo como la clase política tradicional -todos a una, como en Fuenteovejuna- corrió presurosa y aculillada a refugiarse bajo las enaguas de un político al que ayer tildaban de corrupto, de dictatorial y hasta de asesino, por ejemplo cuando le recordaban los mal llamados ‘falsos positivos’ que sembraron de dolor y sangre inocente la geografía nacional y que consistió en la práctica sistemática y genocida de ajusticiar -bajo las balas del otrora ‘glorioso’ Ejército Nacional- a más de 4.000 jóvenes que no estaban recogiendo café para hacerlos pasar por guerrilleros caídos en combate.

El caso más patético y vergonzoso de abyección ante el Supremo fue el del jefe único del Partido Liberal, César Gaviria, que apenas ayer tildaba a Álvaro Uribe de mentiroso y de haber pertenecido al Cartel de Medellín (ver noticia), e incluso acusó a su gobierno de haber pagado los ‘falsos positivos’ con dineros reservados de las Fuerzas Militares y en tal sentido habló de una “monstruosa maquinaria criminal” (ver noticia), pero del que hoy afirma sin que se le mueva un pelo ni se le caiga un diente que su candidato-títere, Iván Duque, “sigue siendo liberal”…

Tal vez Gaviria hablaba del mismo Cartel de Medellín que asesinó a otro dirigente liberal, este sí un hombre honrado, Luis Carlos Galán, a quien se le escuchó decir antes de caer ultimado por las balas homicidas de Pablo Escobar: “El Partido Liberal, por culpa de quienes se apoderaron de su dirección en los últimos años, se convirtió en un partido reaccionario. Un partido que le tiene miedo al cambio social. Se convirtió prácticamente en otra versión del Partido Conservador, un partido que no apoya a fondo las reformas sociales ni reconoce las desigualdades crecientes que existen (…) y la urgencia de ponerse al lado de los más débiles, de los sectores populares, de quienes más requieren del apoyo político de un partido progresista”. (Ver declaración de Galán).

Profético, ¿verdad?

Es obvio de toda obviedad que el único que ha tenido los pantalones para promover un ideario verdaderamente liberal es Gustavo Petro, tanto en la defensa de la paz como en la protección de los derechos de las minorías, como dije en columna anterior. Un exguerrillero del M-19, sí, que se metió a esa agrupación desencantado por un cerrado bipartidismo que solo admitía en la lucha democrática los colores azul conservador o rojo liberal y que para preservar los privilegios de dicha clase dominante cometió un descarado e impúdico fraude electoral contra la figura del general Gustavo Rojas Pinilla en la noche del 19 de abril de 1970, siendo presidente el también liberal Carlos Lleras Restrepo, abuelo del ‘quemado’ Germán Vargas Lleras que unas horas después del triunfo de Duque corrió afanoso a hacerle entrega oficial de su programa de gobierno, por si de pronto en alguito le pudiera colaborar…

Aquí no sobra recordar que mientras Petro se desmovilizó de la guerrilla del M-19 y se reintegró a la sociedad, contra Uribe se adelantan investigaciones por masacres y nexos con el narcotráfico (ver noticia reciente del New York Times). Mientras empresarios y economistas dicen que le tienen miedo a Petro y Semana publica un chisme sin cifras que habla de “muchas personas” exigiendo la Cláusula Petro en contratos de finca raíz, madres de víctimas de crímenes de Estado ruegan que Uribe no vuelva al poder. Mientras los subsidios de Petro son calificados de populistas (mínimo vital de agua o tarifa barata de Transmilenio para los pobres), los del Agro Ingreso Seguro de Uribe fueron condenados por la Corte Suprema por tratarse de un acto criminal que enriqueció a ricos empresarios del campo.

Lo más degradante, ya no de nuestra clase dirigente sino del país en general, es observar atónitos que con el apoyo de todos los corruptos de Colombia Iván Duque está a punto de convertirse en el próximo Presidente de Colombia, lo cual se traduce en que más de ocho millones de colombianos irresponsables (incluyendo los votos de Germán Vargas) parecerían dispuestos a permitir el regreso de un régimen que se distinguió por rodearse de deshonestos como Andrés Felipe Arias o criminales de la peor laya como Jorge Noguera, Salvador Arana, Mauricio Santoyo o Flavio Buitrago, para no alargar la lista.

Estamos ad portas de un gobierno que sin pudor se anuncia portador de las más protervas intenciones dictatoriales, como la de reformar la justicia y transformar las Altas Cortes en una sola que le brinde a Álvaro Uribe la impunidad que necesita frente a la variada gama de delitos por los que es investigado o acusado. ¡Y todos tan contentos!

Y no sigo porque la indignación patriótica me invade, y en tal medida podría ser capaz de volver a utilizar palabras ofensivas o altisonantes, como cuando ante cierta ‘cagada’ de Uribe en un foro de Atenas pronuncié ‘lo que lengua mortal decir no pudo’.

Sea como fuere, considero un deber retirarme de este recinto virtual dejando consignadas antes unas cortas y respetuosas palabras de desahogo: ¡Pueblo indolente, cobarde y miserable, despierte!

DE REMATE: Antonio Caballero le dijo a Carolina Sanín que “voy a votar contra Duque y contra Uribe. Me parece que son peligrosísimos. Como votar en blanco es votar a favor de Duque, votaré por Petro, aunque no me gusta”. (Ver trino). Después de esta declaración, la curiosidad me mata: ¿por quién anunciará su voto el decano del periodismo de opinión en Colombia, Daniel Coronell…?

lunes, 28 de mayo de 2018

Petro es el candidato ‘liberal’




Duélale a quien le duela, Gustavo Petro es el primer candidato de izquierda que pasa a segunda vuelta en una elección presidencial.

Esto constituye un acontecimiento de trascendencia histórica, un verdadero tramacazo electoral, pues pone a temblar los cimientos del ‘establishment’ desde una opción democrática legítima, diferente al escalamiento subversivo que se vivió entre 1998 y 2002, cuando las Farc le metieron el dedo en la boca durante cuatro años al presidente Andrés Pastrana, cuyo estrepitoso fracaso trajo como consecuencia el nefasto régimen de Álvaro Uribe, quien se dedicó a perseguir a sus opositores y a llenar de sangre inocente la geografía nacional con más de 10.000 ‘falsos positivos’ mientras trataba de perpetuarse en el poder.

De aquí en adelante el petrismo no la tiene fácil, pues son más los malquerientes que los adeptos de otras fuerzas que se le quieran sumar entusiastas. En tal sentido ya Fajardo anunció que “ni Petro ni Duque” (en Antioquia sería pecado mortal si anuncia su voto por Petro), y Jorge Robledo cometerá de nuevo la torpeza de 2014, cuando invitó a votar en blanco en la segunda vuelta.

Ahora bien, si le metemos mercadeo político al asunto, la gran ventaja con la que arranca Petro es que él representa la novedad, el cambio, un producto nuevo que mucho abstencionista querrá probar, mientras que Iván Duque es producto viejo con empaque nuevo, un neoconservador vergonzante al que una de dos misiones le cabe si conquista la presidencia: convertirse en aprendiz de las mañas de su mentor, al estilo Corleone, o fungir de traidor, al estilo Santos. En cuyo caso sería digno de admiración, por avispado y por valiente.

Sea como fuere, ningún futuro político respetable le espera al que pretenda ‘repechar’ del inmerecido prestigio de un patrón cuya saga es un rosario de exfuncionarios investigados o condenados por los más diversos delitos, desde narcotráfico y paramilitarismo (su primo Mario, por ejemplo) hasta homicidios (los de su exdirector del DAS Jorge Noguera y su embajador en Chile, Salvador Arana), sin que sea posible omitir los numerosos crímenes (asesinatos, torturas y desapariciones) de los que es acusado su hermano Santiago.

Germán Vargas Lleras no pudo ser presidente pese a la poderosa maquinaria que construyó en los ocho años del gobierno de Juan Manuel Santos (y en los ocho de Uribe) porque descuidó las redes sociales, sin ser consciente de que en el reino de la postpolítica el que no cultive o cautive las redes sociales, está mandado a recoger.

De Humberto de la Calle solo se puede decir que estaba en el lugar equivocado, y su Partido Liberal entró en vías de extinción. Todo lo hicieron mal, desde la absurda consulta de “40.000 millones” de la que nació una candidatura precozmente quemada. Y lo siguen haciendo mal, cuando uno se entera de algunos congresistas 'liberales' que sin ruborizarse anuncian su inclinación por el monigote que un expresidente acorralado por la justicia quiere convertir en Presidente para asegurar su impunidad perpetua.

Pero no todo es caos y confusión, a falta de pan buenas son tortas. Fue precisamente Petro quien comenzó a calar en el imaginario colectivo con un mensaje verdaderamente liberal, al menos más liberal que el de los liberales vergonzantes que con César Gaviria a la cabeza han corrido a refugiarse presurosos bajo las enaguas protectoras del uribismo, sin ser conscientes de lo que nos viene pierna arriba (sin vaselina ni anestesia). 

Petro representa entonces -con todos sus defectos y virtudes- al candidato verdaderamente ‘liberal’ que le hacía falta al país para enfrentar a la godarria nacional, esa caverna política donde un godo como Alejandro Ordóñez parece una monjita de la caridad al lado de un sujeto tan peligroso, tan retardatario y tan untado de toda clase de lazos criminales como Álvaro Uribe Vélez.

Hay dos opciones antagónicas, y en tal medida la segunda vuelta nos regresa a los viejos tiempos bipartidistas, mediante la confrontación de un programa conservador y otro liberal, de corte socialdemócrata. Las dos opciones son el antipetrismo o miedo a Petro, y el antiuribismo o miedo a Uribe.

¿Cuál ganará? Hablando en plata blanca, los votos de Duque y Vargas Lleras se dejan juntar porque pertenecen a la misma casta conservadora, son 8.977.533; y los de quienes están del lado no uribista (Petro, Fajardo, De la Calle) suman 9.840.130. Haciendo claridad en que no todos los votos de Vargas serán para Duque ni todos los de Fajardo para Petro, son casi 900.000 votos de diferencia a favor de la opción antiuribe, así que no resulta fácil entender el llanto y crujir de dientes que se ha apoderado de quienes creen que con Petro en segunda vuelta todo está perdido, apague y vámonos.

No señores (y señoras), que no cunda el pánico: las tres semanas que faltan para la segunda vuelta serán claves para que Petro se reinvente y neutralice la prevención de muchos votantes, pero sobre todo para que sorprenda y atraiga a los temerosos con un mensaje incluyente, que invite a la construcción de un gobierno de concertación nacional basado en la búsqueda de lo mismo que proponía el dirigente conservador Álvaro Gómez Hurtado: un acuerdo sobre lo fundamental.

Parodiando a Sergio Fajardo, se puede.

DE REMATE: Si la memoria no nos falla, fue Gustavo Petro el que le aconsejó a Antanas Mockus lanzarse a la alcaldía de Bogotá después de que este se hizo famoso al bajarse los pantalones y mostrarles el orto a unos estudiantes revoltosos de la U Nacional, de la que era rector. ¿Qué tal si ahora, en gesto de reciprocidad, a Antanas Mockus le diera por declarar que con Petro sí se puede? ¿O es que acaso Mockus piensa que con Petro no se puede…? Que alguien le pregunte, plis.

lunes, 21 de mayo de 2018

Mi voto es por Petro




Una de las decisiones más difíciles que he debido tomar como elector, ha sido escoger el candidato al que le daría mi voto para la presidencia de 2018. Siempre tuve claro que el mejor para gobernar la Colombia del posconflicto y avanzar hacia la reconciliación era Humberto de la Calle.

Ahpra bien, la intranquilidad se apodera del colombiano sensato cuando aplica un simple cálculo matemático: fueron tres los candidatos de la centro-izquierda que hubieran podido ponerse de acuerdo para ejercer un gobierno tripartita, pero no dieron la talla, fueron incapaces de forjar la unidad que habría conducido al más apoteósico de los triunfos. Así las cosas, frente a la primera vuelta se presenta el altísimo riesgo de que en la repartición de votos entre esos tres (Petro, Fajardo, De la Calle) ninguno de ellos quede y, para infortunio mayor, nos toque escoger entre Iván Duque y Germán Vargas.
En mayo de 2014 escribí una columna titulada Tocó votar por Santos. Allí dije que "la peligrosa mafia que rodea a Óscar Iván Zuluaga y el misterioso manto de silencio de Enrique Peñalosa lanzarán a la izquierda en brazos de Juan Manuel Santos desde la primera vuelta", como en efecto ocurrió.

Pues bien, en esta ocasión he llegado a la convicción de que tocó votar por Petro, a sabiendas de que subsiste el riesgo de equivocarnos, como le pasó por ejemplo a Daniel Samper Ospina cuando apoyó a Peñalosa a la alcaldía de Bogotá y luego hubo de arrepentirse. Pero las monedas tienen dos caras, e igual existe la posibilidad de que Petro convoque a todas las fuerzas de la nación en torno a un “acuerdo sobre lo fundamental”, y nos sorprenda con un gobierno jugado a fondo por la justicia social, como en su momento lo hiciera Pepe Mujica en Uruguay.

Petro es la única alternativa realista para impedir el regreso del nefasto régimen de Álvaro Uribe al poder, solo que en persona interpuesta. Y como dije en columna anterior citando a Hegel, “todo sistema engendra la semilla de su propia destrucción”. Las Farc engendraron su némesis en Uribe, quien las golpeó a un punto en que se vieron obligadas a sentarse con Santos a negociar la paz. Pero Uribe a su vez podría estar engendrando en la figura de Gustavo Petro su propia perdición, pues si este fuera elegido presidente, por primera vez adquiriría consistencia -o inminencia- la posibilidad de que el expresidente fuera a parar a una cárcel. De ahí su afán en hacer elegir a Duque.

Según María Jimena Duzán en columna titulada No le temo a Petro, “sin la guerrilla en armas la posibilidad de una izquierda democrática y moderna se está abriendo campo en el país, lo cual lejos de ser una mala noticia, como muchos colombianos aseguran, es una muestra de que nuestra democracia pese a todos los problemas está ganando en pluralismo y en madurez política”.

Así no sea de nuestro agrado, Petro es quien mejor ha sabido recoger la indignación popular frente a una democracia fallida, cuya más dañina expresión han sido unos altísimos niveles de abstención electoral, a conveniencia de la corruptela política que desde los tiempos del Frente Nacional se ha dedicado a comprar el voto o a hechizar con promesas de culebrero barato a un electorado cada vez más reducido. Hoy en día, vaya paradoja, si ese gigante dormido de la abstención (no medible en las encuestas) se despertara… podría hacer a Petro presidente desde la primera vuelta.

Sin caer en el error de Héctor Abad Faciolince, quien insuflado por su odio contra Petro lo etiqueta y estigmatiza como “criptochavista”, es razonable el temor o recelo que existe en ciertos círculos frente a una eventual presidencia del candidato de la Colombia Humana, en parte porque sus poderosos enemigos harían hasta lo imposible por “hacer invivible la República” petrista, y en parte por sus aparentes dificultades para trabajar en equipo o para desarrollar una eficiente labor gerencial.

Pero nadie mejor que Petro encarna el anhelo de un verdadero cambio radical, y su apuesta por la consolidación de la paz es su mayor activo, y se le debe reconocer -y premiar- que fue el único de los tres candidatos de la centro-izquierda que siempre estuvo dispuesto a someterse a una consulta para definir el candidato de la poderosa coalición que habría arrasado en primera vuelta, si no hubiera sido porque se atravesó como palo en la rueda el capricho de Sergio Fajardo cuando iba de primero en las encuestas y le dio por ponerse de niño bonito: si no era con él a la cabeza, no estaba para atender a nadie.

Por eso este domingo 27 votaré por Gustavo Petro, mientras elevo mis plegarias al Altísimo para que haya dejado atrás su perjudicial soberbia o arrogancia y logre armar un equipo ‘mundialista’, a tono con el evento futbolístico orbital. E invitaré a los lectores que hayan contemplado votar por De la Calle o Fajardo a que capten que el paso de Petro a la segunda vuelta está asegurado, o sea que solo resta darle a nuestro voto la ‘utilidad’ de abrir las compuertas de la esperanza al anhelo nacional de una paz duradera y a una justa distribución del ingreso.


Coincido con Mario Jursich en que votar por Petro puede entenderse como un gesto desesperado de supervivencia, susceptible de salir mal, sí, pero que no se puede dejar de hacer. Si no es ahora, ellos se cuidarán de impedir que lo intente de nuevo dentro de cuatro años. En todo caso, a Colombia le iría peor si el elegido fuera Uribe. (Eh, quise decir Duque).

De remate le escuché este diálogo a @juanito2525, que para la ocasión cae como anillo al dedo:

- Me da miedo que nos pase lo mismo que a Venezuela…
- Qué, ¿que un maniático enfermo de poder aproveche su popularidad para montar un mequetrefe desconocido en la presidencia?

martes, 15 de mayo de 2018

Fajardo, desista




Hablemos a calzón quitado: tal como están las cosas, la repartición de votos en primera vuelta entre Gustavo Petro, Humberto de la Calle y Sergio Fajardo puede conducir a que no pase ninguno de ellos y por la tronera que dejan se cuelen los dos de la derecha, Germán Vargas Lleras e Iván Duque.

Si hubiéramos estado tratando con gente madura y responsable, hace rato los tres candidatos de la centro-izquierda habrían encontrado la fórmula que les garantizara un triunfo arrasador en primera vuelta. Requisito único: sine qua non: que se hubieran puesto de acuerdo para que uno de los tres encabezara tan poderosa coalición. Y no pudieron, los muy incapaces.

En honor a la verdad, tanto De la Calle como Petro en su momento le manifestaron a Fajardo su disposición a ir a una consulta entre los tres. Pero como Fajardo iba de primero en las encuestas, creyó ingenuamente que ahí se mantendría el resto de la contienda y se puso de niño bonito, y les mandó a decir a De la Calle que él no se metía con el “corrupto” Partido Liberal, y a Petro que no le gustaban los “extremismos”.

Esa misma terquedad y egoísmo ya se había visto cuando tampoco quiso someterse a consulta con Claudia López y Jorge Robledo, y se impuso a la brava, respaldado en su efímero primer lugar. Y si de extremos se ha de hablar, de ahí en adelante se situó sobre una línea de centro radical: ni a la izquierda ni a la derecha (ni-ni). Eso lo marcó como el candidato de la tibieza en un momento que requería asumir posiciones firmes, transmitir un liderazgo del que ya ha demostrado hasta la saciedad que no lo tiene.

Sumado a lo anterior, para no posar de ignorante prefirió ausentarse al debate de Canal Capital cuyo tema exclusivo era Bogotá, con lo cual dio a entender que la capital de Colombia le queda grande. Y por esos mismos días Diana Calderón en Hora 20 lo cogió fuera de base (o lo corchó, según Semana) cuando le pidió su opinión sobre el paro de maestros que se avecinaba y Fajardo admitió su desconocimiento sobre lo acordado entre el Gobierno y Fecode; él, que ondea como bandera de campaña la idea de un país educado.

Hoy la realidad monda y lironda es que la división de la centro-izquierda en tres grandes bloques atenta contra la posibilidad de una Colombia progresista y moderna, y nos aproxima al inminente riesgo de que en segunda vuelta nos veamos obligados a elegir entre el monigote de Uribe o un Vargas Lleras maniatado por los gamonales corruptos de la política, de los que este promete desmarcarse -y yo le creo- si llega a la Presidencia. (En cuyo caso, a ojo cerrado votaría por Vargas).

Mi candidato desde el comienzo de la contienda fue Humberto de la Calle, y como dije en trino reciente: “Un país que tiene a @DeLaCalleHum en el quinto lugar de las encuestas, se merece la suerte perra que le espera si gana @IvanDuque”. (Ver trino). Por eso nos vemos abocados a votar en primera vuelta por quien tiene más probabilidad de pasar a segunda, Gustavo Petro, para evitar que de pronto en la repartija de votos los tres se queden como el ternero: mamando.

Solo hay una posibilidad de que al menos uno de los tres con toda seguridad pase a segunda vuelta, y muy seguramente dos de esos tres: si uno de ellos decide declinar su aspiración a favor de alguno de los otros dos. No hay cama pa’ tanta gente, mejor dicho, pero si uno de ellos decidiera bajarse del colchón, los dos restantes tendrían casi asegurado un muelle paso a la segunda vuelta.

De los tres candidatos mencionados, a esta altura del partido ni Petro ni De la Calle pueden declinar su candidatura, a no ser que paguen una altísima multa; y los espera una suma de reposición por cada voto, a la que tampoco pueden renunciar.

El único de los tres que sí podría desistir es Sergio Fajardo, porque su candidatura no fue producto de una consulta. Y así renunciara seguiría apareciendo en el tarjetón, el cual de todos modos ya viene ‘manchado’ por el supuesto olvido de un funcionario de la Registraduría que puso a Petro en situación de desventaja, al no haber podido modificar su logo. (Ver noticia).

Aquí entre nos, no sobra recordarle a Fajardo que fue por su negativa a la unidad que hoy persiste tan peligrosa división en la centro-izquierda, y es por tanto a él a quien le correspondería en gesto responsable, honesto y solidario con el futuro de la nación, declinar su candidatura a favor de Humberto de la Calle, por supuesto, pues es de los tres con quien mayores coincidencias tiene, y el que equilibra la balanza: el centro de espíritu liberal con De la Calle, la izquierda radical con Petro.

En este escenario, la ecuación sería demoledora: si tan solo fueran Petro y De la Calle a primera vuelta, a favor de este último se irían en su mayoría los votos de Fajardo, y lo que antes dividía automáticamente se convierte en suma. Dos candidatos progresistas fuertes, en lugar de los tres que hoy conforman montonera. (Y de pronto tronera, por donde se cuelen Duque y Vargas).

Humberto De la Calle sigue siendo el mejor candidato, el más preparado para lidiar con el delicado posconflicto. Eso lo debe saber hasta el mismo Petro. Pero es solo enfrentándose ellos dos en franca lid, al lado de Iván Duque y Germán Vargas, como de verdad se sabría cuál es el nuevo rumbo que quieren los colombianos. Si a babor… o a estribor.

Píenselo, apreciado Sergio: por el futuro de la patria, desista.

DE REMATE: Jorge Londoño de la Cuesta, exgerente de la firma encuestadora Invamer Gallup, fue el artífice de la alcaldía de Medellín para Federico Gutiérrez, cuando volteó las preferencias en los días previos a la elección con una encuesta que lo puso en empate técnico con su rival Juan Carlos Vélez. Fue lo mismo que hicieron con Iván Duque frente a Marta Lucía Ramírez, días antes del 11 de marzo. En gesto de gratitud, ‘Fico’ lo puso al frente de la megamillonaria Empresas Públicas de Medellín (EPM). Por eso no se puede creer en las encuestas.

lunes, 7 de mayo de 2018

Socialismo: lo que va de Karl Marx a Natalia Bedoya




Ahora que se cumplen 200 años del nacimiento del filósofo, economista, sociólogo y​ periodista alemán Karl Marx, no sobra dedicarle algunas palabras al pensador que más contribuyó a moldear mi ‘Weltanschauung’ por los años universitarios, recién llegado a Bogotá de la provincia.

Venía de un seminario al que me metieron desde que cumplí los once años porque dijeron que tenía vocación de sacerdote. Con la formación que recibí, terminé el bachillerato firmemente convencido de que el mundo era gobernado por la mano invisible de Dios. Vivía por tanto más pendiente de lo divino que de lo humano, mientras en lo político seguía lo que imponía la tradición del apellido Pinilla, una línea conservadora arraigada en Laureano Gómez (sin que fuésemos parientes, a Dios gracias).

Pero se dio la grata coincidencia de llegar a estudiar Comunicación Social en una universidad donde la mayoría de sus docentes de cátedra -al menos en mi facultad- pertenecían a algún movimiento o partido de izquierda, y la memoria me trae a un profesor de nombre Lugardo Álvarez que dictaba Metodología y nos ponía a leer desde La ideología alemana de Marx y Engels hasta Materialismo y empiriocriticismo de Lenin, este último un verdadero hueso, muy duro de roer.

Bebí pues en las fuentes de la dialéctica materialista sustentada en Friedrich Hegel, pero sobre todo me nutrí de Karl Marx, de quien leí la mayor parte de sus obras, comenzando por el Manifiesto Comunista y exceptuando El Capital, por denso y abstruso. Y comencé a entender que Marx tenía razón en su diagnóstico del sistema económico hasta entonces existente, al que le pronosticó la defunción que efectivamente comenzó a darse en países tan poderosos como la China de Mao Zedong, o Rusia, que tras el derrumbe del imperio zarista terminó convertida en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

La sociedad comunista sin diferencias de clase que avizoraba Marx seguirá siendo una utopía, aunque es evidente que su corpus teórico condujo a una práctica con resultados exitosos en China (hoy convertida en potencia mundial), más bien dudosos en la Unión Soviética, dictatoriales en Corea del Norte y desde todo punto de vista indeseados en Cuba, sin desconocer el estrangulamiento de su economía debido al bloqueo comercial impuesto por EE.UU.

Ahora bien, no hablemos de comunismo sino de socialismo, entendido como una justa repartición de bienes e ingresos y aplicado por ejemplo en los países nórdicos —Islandia, Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia—, con una fuerte presencia del Estado para garantizar un flujo de recursos que abastezca por igual a la población, ceñidos a un modelo que protege la propiedad privada, base de toda economía de libre mercado. Y donde impera un sistema de justicia entre los más eficientes y transparentes del mundo. En síntesis, son países conocidos por sus generosos estados de bienestar económico y social, con políticas económicas más socialistas que capitalistas, pero ubicadas entre las naciones más libres del planeta.

Esta reflexión tuvo como punto de partida un trino de la ‘quemada’ excandidata uribista Natalia Bedoya, que me ha causado gracia y a la vez compasión por el estado de confusión o ignorancia que la envuelve, y dice así: “Se cumplen 200 años del nacimiento de Karl Marx, creador de la idea más despiadada e inhumana de la historia. Su legado de muerte y miseria deben (sic) terminar YA”. (Ver trino).

No es por ofenderla si decimos que sabe más de pechugas que de política, pues es obvio que Marx tuvo la gran virtud de haber contribuido a mejorar las condiciones laborales de inmensas legiones de asalariados que en las fábricas inglesas y de Europa en general eran explotados en jornadas de 14 o más horas diarias, y esa explotación incluía a los hijos de sus trabajadores, pues era permitida la contratación de mano de obra infantil.

Además, Marx fue quien nos hizo caer en la cuenta de que todo lo que pensamos es producto de las relaciones de dependencia que se establecen entre las clases dominantes y las clases dominadas, y a eso lo llamó ideología, y de la ideología pasó a meterse con la religión, a la que en su lúcida visión llamó “el opio del pueblo”.

Y fue entonces -gracias a Marx- cuando vinimos a entender por qué Napoleón Bonaparte dijo que “la religión es lo que evita que los pobres asesinen a los ricos”. Y no contento con lo anterior, agregó: "¿Cómo puede haber orden en un Estado sin religión? Si un hombre se está muriendo de hambre cerca de otro que nada en la abundancia, aquél no puede resignarse a esta diferencia, a menos que haya una autoridad que declare 'Dios así lo quiere'. La religión es excelente para mantener tranquila a la gente común."

Pero no solo los mamertos hablan bien de Marx: la BBC de Londres con motivo del bicentenario le recordó a la señorita Bedoya que “si cree que el autor del Manifiesto comunista nunca ha hecho nada por usted, es hora de que replantee esa teoría”. Y expuso 5 cosas que Karl Marx hizo por nosotros y por las que no le damos crédito, entre las cuales clasifican -además de la abolición del trabajo infantil- la jornada laboral de ocho horas con descanso el fin de semana, la dignificación del empleo y el reconocimiento de la actividad sindical, entre muchas otras “comodidades”. (Ver artículo).

Lo que le falló a Marx fue su predicción del socialismo como panacea de la humanidad, pero no porque una sociedad socialista no sea posible, sino porque a los hombres de carne y hueso que han conquistado el poder político para lograrlo, ese mismo poder los ha envilecido e impedido el triunfo de metas más nobles. Citando a lord Emerich Acton, “toda forma de poder corrompe y el poder absoluto corrompe de modo absoluto”. Pero ha habido líderes que sí han logrado la transición a sociedades más justas, alejadas del capitalismo salvaje que nos quieren imponer como norma.

Si vamos a la coyuntura actual, dicen que el socialismo del siglo XXI fracasó y muestran como prueba reina la debacle venezolana en cabeza de Nicolás Maduro, pero omiten mencionar al exguerrillero Pepe Mujica en Uruguay o a Rafael Correa en Ecuador, ambos seguidores de las mismas tesis ‘castrochavistas’ y reconocidos por haber entregado sus respectivos países con buenos índices de desarrollo, pero nadie nos advierte del peligro de volvernos como Uruguay o como Ecuador...

Y mejor no sigo -porque luego irán a tildarme de ‘petrochavista’-, pero no quería pasar la ocasión sin rendirle el merecido homenaje al hombre cuyos pensamiento y lucha apuntaron a dignificar la condición humana, al margen de las circunstancias que han impedido detener el cáncer del consumismo capitalista que ávido y voraz carcome el planeta, de manera irreversible.

DE REMATE: Hablando de Marx, la reciente adhesión de Viviane Morales a la campaña de Iván Duque nos recuerda a su homónimo el comediante Groucho Marx, a quien se le escuchó decir: “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”. O como dijeran las muy chismosas Tola y Maruja: “Viviane pasó del mejor pastor al mejor postor”.