lunes, 9 de diciembre de 2019

Esto se va a poner peor



Tomado de El Espectador

De un tiempo para acá se han venido presentando ciertos síntomas que darían para pensar que este gobierno avanza con paso firme hacia la implementación de un régimen neofascista, y hechos recientes permitirían confirmar tal diagnóstico.

Un primer elemento a considerar es la actitud provocadora o pendenciera de Iván Duque frente al clamor de cambio que encarna el Paro Nacional, descalificando como “pirómanos” o como idiotas útiles de la izquierda a quienes protestan, pretendiendo ahogar los justos motivos de la inconformidad con la fuerza bruta del Esmad (para que la gente coja miedo y deje de salir a la calle), regando grupos de vándalos en puntos estratégicos para sembrar terror psicológico, haciendo redadas a jóvenes para revisarles sus celulares, llegando la ministra del Interior hasta el extremo de lanzar un trino retador donde advierte que los millones de manifestantes que se tomaron las calles de las principales ciudades… #NoPudieron.

Todo esto arroja una clara señal: piensan seguir adelante con su modelo autoritario, cada día más parecido a una dictadura, arranchados en su torpeza y haciendo oídos sordos a la indignación nacional. ¿Por qué tanta intolerancia, que incluso podría calificarse de suicida? Quizá porque creen contar con el apoyo de Donald Trump, el mismo decidido apoyo que este ya les expresó al militarista Bolsonaro en Brasil y a la fundamentalista católica -y golpista- Jeanine Áñez en Bolivia.

El ejemplo más ilustrativo está en el modo como el régimen fascista de Benito Mussolini logró el control de los medios para imponer una doctrina militarista monolítica, aliada al poder eclesiástico, que aprovechó los sentimientos de frustración colectiva posteriores a la I Guerra Mundial para exacerbarlos mediante la violencia, la represión y la propaganda, y los desplazó contra un enemigo común. Para el caso que nos ocupa, ese enemigo fue primero el miedo a que nuestros hijos se volvieran maricas con el acuerdo de paz, enseguida fue Venezuela y en los últimos días han reeditado el libreto del señalamiento a Gustavo Petro como la encarnación de todos los males.

Lo que viene ahora es la polarización del ambiente político mediante la aplicación de la tesis marxista de “agudizar las contradicciones”, pero desde la extrema derecha. ¿Y cómo polarizan? Con un surtido ramillete de personajes siniestros disfrazados de periodistas que en realidad son propagandistas del régimen, y que incluye desde el neonazi (y abusador de mujeres) Gustavo Rugeles hasta el sinuoso Hassan Nassar, pasando por la psicorrígida Claudia Gurisatti, sin omitir a los tres correveidiles que lograron ubicar estratégicamente en Semana (Luis Carlos Vélez, Salud Hernández y Vicky Dávila), dedicados a denigrar del que se salga de la línea que intenta trazar el uribismo, actuando muy solícitos como mascarón de proa contra todo lo que les huele a “mamerto”.

No es por simple casualidad que Mussolini nombró como ministro de Finanzas a Alberto di Stefani (1922-1925), un economista ortodoxo que entendía que el afianzamiento del poder fascista pasaba por robustecer la identidad de intereses con el gran capital. Pues bien, fue este mismo Di Stefani quien creó la Oficina de Prensa para ejercer control sobre la radio, prensa y cine italianos, conocida como La Agencia, que luego se convertiría en una subsecretaría de prensa y propaganda controlada por el Estado.

Podría pensarse que la comparación con lo que hoy se vive en Colombia es traída de los cabellos, pero los hechos demuestran que estamos en la dirección acertada: un Juan Pablo Bieri que llega a la dirección de RTVC a despedir a periodistas críticos y ejercer censura (y pese a su retiro por un audio delator es premiado con un jugo contrato); el retiro de Mónica Rodríguez de un programa del canal Caracol por criticar a Uribe en un trino; la abrupta salida de cinco columnistas independientes que no llevaban ni dos mes trabajando con Caracol Radio; los allanamientos a sedes de medios críticos o alternativos como Cartel Urbano o Universo Centro; inclusive la frustrada intentona de cancelarle a Daniel Coronell su columna de Semana, todo ello configura un escenario de rígido control y censura a diversos medios, y cooptación de otros por la vía económica.

Precisamente el tema económico manda la parada como orientador del modelo neofascista, y María Jimena Duzán pone el dedo en la llaga en su última columna cuando señala que este es un gobierno corporativo, “donde la línea entre lo público y la empresa privada es tan tenue que se torna invisible”. (Ver columna).

El gobierno de Duque cree tenerla clara en cuanto a que, mientras los empresarios estén contentos, tiene su gobernabilidad salvada. Y entre las preocupaciones de los empresarios no está resolver si la muerte de Dilan Cruz fue homicidio o si se lo buscó por vándalo, ni si el Ejército sabía que en un campamento bombardeado había casi veinte niños. Lo que sí tienen es motivo de eterna gratitud por el regalo de nueve billones en descuentos tributarios que les hizo el ministro Carrasquilla en la reforma tributaria (ahora eufemísticamente bautizada Ley de crecimiento), la cual surtió su primer trámite en el Congreso con sonoro pupitrazo de los “independientes” Partido Liberal y Cambio Radical, ah cosa vergonzosa.

Pero hay un campo todavía más preocupante, y es el militar. La prueba de fuego para conocer las verdaderas intenciones que se trae Duque, pasa por saber si cambiará o se quedará con la cúpula militar actual, a sabiendas de los serios señalamientos que esta ha recibido de medios nacionales y extranjeros, y que incluyen desde sonados casos de corrupción hasta la resurrección de los ‘falsos positivos’, pasando por el bombardeo ya citado, que parece constituir un crimen de guerra.

Es ahí donde sabremos si este gobierno formará una “unidad monolítica de poder” con tan cuestionada cúpula, o si dará paso a los vientos de renovación y cambio que a grito herido le están pidiendo los jóvenes, adultos, ancianos, artistas, hombres y mujeres de Colombia cada vez que salen a la calle a expresar su descontento con lo que está pasando.

DE REMATE: Vi por ahí una encuesta de Twitter donde preguntaban si frente a la situación actual hay motivos para sentirse Optimista o Pesimista. Aquí entre nos, diría que existen más bien sólidos motivos para sentirse Paranoico. Por ejemplo, cuando pasa a tu lado una moto de la Policía y…

lunes, 2 de diciembre de 2019

“La moza de Duque” y la bodega de Uribe




Dice Lorenzo Madrigal -el seudónimo de Osuna como columnista- en su última columna para El Espectador que “tendríamos que ser muy ingenuos para pensar que lo que está ocurriendo en Colombia es algo de generación espontánea”, y agrega enseguida que es “la izquierda organizada políticamente y con enclaves sólidos en algunos países caribeños (la que) desencadena una revuelta para destronar gobiernos de derecha”.

O sea, acoge la tesis del ultraderechista Fernando Londoño cuando, también en días recientes, dijo esto: “El problema está en que hay una revolución comunista ad portas, movida por Cuba, por Maduro y por Petro, y por las Farc”.

No creo padecer de demencia senil si manifiesto coincidencia con Osuna en que esto no es algo espontáneo sino “Perfectamente organizado”, citando el título de su columna. Inclusive no es una idea original, ya la había expuesto el alcalde Enrique Peñalosa cuando dijo que “hay una campaña orquestada para crear terror en residentes de apartamentos en relación con el ingreso de vándalos a robar”.

La diferencia con Osuna, Londoño y Peñalosa es que mientras ellos creen que tales fuerzas provienen de la izquierda internacional (cuyo foco ideológico lo ubica Álvaro Uribe en el Foro de Sao Paulo), el suscrito considera que se trata de un plan “perfectamente organizado”, sí, pero por una mano negra de extrema derecha, cuyo propósito para el caso que nos ocupa es deslegitimar el Paro Nacional mediante su criminalización, sembrando entre la población el imaginario colectivo según el cual salir a protestar es ser un idiota útil de dichas fuerzas oscuras.

Se trata en mi humilde opinión de una poderosa campaña de propaganda política, cuyo origen cronológico parece ubicarse en el regreso de la embajada de Italia de Gloria Isabel Ramírez, traída a las volandas para ponerse al frente de dicha campaña.

Puedo estar equivocado, pero veo a doña ‘Glorisa’ en el primer Consejo de Ministros a su arribo -al lado del subpresidente Duque- lanzando esta propuesta: “echémosle la culpa de todo a Petro. Ayuda a polarizar el ambiente y sirve para que opinión pública pierda el foco de atención, hoy centrado en las demandas del Comité Nacional de Paro”.

No tengo pruebas (y para probarlo no haría lo que hizo un micrófono oculto entre Pacho Santos y Claudia Blum), pero no puede ser simple casualidad que, coincidente con el regreso de la funcionaria “íntima de Palacio” y experta en comunicaciones, el mismísimo Duque en entrevista con el primer cuñado de la nación -Néstor Morales de Blu Radio- haya señalado a Gustavo Petro como un “pirómano” que instiga a las masas a ser violentas. Y que ese mismo día lo hayan secundado los alcaldes de Cali y Medellín (“Petro debería desmovilizarse”), y Caracol haya anunciado demanda contra Petro por algo que dicen que dijo, y Semana sacara una nota titulada ¿A qué juega Gustavo Petro?, y otros periodistas de la misma cuerda lacaya de Morales como Hassan Nasar, Luis Carlos Vélez, Vicky Dávila o Salud Hernández (“Petro se salió con la suya”) le hayan hecho eco al mismo libreto, todos muy acompasados, en reminiscencia de aquel 1922 en que el régimen fascista de Benito Mussolini creó la Oficina de Prensa para ejercer control sobre la prensa italiana y encargaron de dicha tarea -con exitosos resultados- a la “Agencia” de Alberto Di Stefani.

Esto para brindar claridad en que estamos frente a una campaña de propaganda política de extrema derecha, de muy alto nivel, muy bien financiada y de poderosos alcances (o tentáculos), como ya se dijo arriba.

Y es cuando aterrizamos en el “escándalo” que se desató por la supuesta infidelidad de Iván Duque. Se metieron con la vida privada del subpresidente, es cierto, y es algo de mal gusto, y fue lo lo que hizo que hasta el mismo Gustavo Petro se hayan solidarizado con la “víctima” del chisme. Pero es ese el hecho a destacar, que el hashtag #LaMozaDeDuque fue tendencia imbatible durante los días sábado 30 y lunes 1 de diciembre, y esto en apariencia “victimizó” a Duque, pero era precisamente lo que el gobierno necesitaba para distraer la atención sobre las justas reivindicaciones del Comité del Paro y comenzara a mirar a la contraparte con compasivos ojos.

Se dirá que es hilar delgado, pero es muy extraño que no haya sido posible hallar el trino detonante de semejante conflagración mediática. Una búsqueda cronológica ubica el 22 de noviembre, tras el nombramiento de Jefe de Gabinete que Duque le hizo a María Paula Correa, como el día en que @tibetano13 puso por primera vez el tema sobre el tapete, mediante un trino que mostraba a la supuesta amante en compañía de Duque y pedía “que salga la intrusaaaaa!!!”. En respuesta, @nosoyjoselito preguntaba ¿Quién es  #LaMozaDeDuque? (Ver trinos).

Pero, ¿por qué el escándalo no estalló en esos días, cinco días antes del Paro Nacional, sino cuatro días después de este, con Duque acorralado por la movilización popular y los cacerolazos, cuando más necesitaba de un escándalo que pusiera a la gente a pensar y mirar para otro lado? ¿Y por qué no ha sido posible identificar quién encendió la mecha…?

DE REMATE: Lo que no han contemplado el uribismo y sus aliados mediáticos cuando acusan a Petro de todos los males actuales del país, es que de pronto el "monstruo" se les crezca hasta un punto en que la gente termine por preferirlo como el único remedio a la mano. (Ver informe especial de El Unicornio al respecto).

lunes, 25 de noviembre de 2019

Hablemos de la patada “legítima” según Uribe y Semana




Con los 19.200 seguidores que hoy tengo en Twitter nunca me he sentido un “influencer”, pero el domingo pasado pude constatar por ‘cuenta’ propia que tal vez uno sí dispone de cierta capacidad de influir para que cambien ciertas cosas que lucen incorrectas o sesgadas.

La noche anterior había visto un titular de Semana.com titulado Patada a mujer es legítima: el nuevo video que compartió Álvaro Uribe. De inmediato llamó mi atención que tomaban partido a favor de dicha versión, pues no le ponían comillas a la palabra “legítima”, que fue lo que afirmó Uribe en un post de su muro de Facebook. Como en el tráfago intenso del consumo de noticias la gente rara vez pasa del titular, el lector quedaba con la impresión de que Semana había confirmado que la patada fue legítima. Además, me preguntaba: ¿es que acaso puede haber patadas legítimas…?

Llevado entonces por un sentimiento legítimo -aquí sí- de indignación, publiqué un trino dirigido al director de Semana, Alejandro Santos, para decirle que “es un titular infame, que roza la ignominia. Se ponen de parte de un canalla”. Y agregué otro donde les preguntaba a Daniel Coronell, Daniel Samper y María Jimena Duzán qué pensaban de ese titular, y no contento con lo anterior (¡qué tipo tan intenso!) le sugerí a María Jimena hacer una emisión de Semana en vivo donde preguntara a sus panelistas si les parecía que Semana había titulado en forma correcta. (Ver titular desde mi trino).

Y me fui a dormir, pensando en que sería el tema de mi siguiente columna para El Espectador. Ya en la tarde del domingo quise comenzar dicha tarea, y con tal propósito di clic sobre el enlace de la nota de Semana, y cuál no sería el asombro al comprobar que ya no aparecía la noticia del día anterior sino una por completo diferente, ahora titulada “Uribe hace un llamado a la fuerza pública para que "no haya desmanes". (Ver nueva versión con la misma URL).

Solo dos cosas conservaron, la URL y la foto que muestra la patada sobre el rostro de la joven, pero de su contenido habían desaparecido el texto anterior y el video que publicó Uribe en Facebook, donde decía cosas como “Ella le pega al ESMAD… pensando que no le pasaría nada…”. Y “La patada es legítima. Reflexionen, la vida tiene consecuencias”. Todo ello se había esfumado, y en su nueva versión contaban que según Uribe "El respeto ciudadano a la fuerza pública le (sic) crea a sus integrantes un compromiso para que no haya desmanes". ¿Qué les hizo cambiar tan radicalmente el artículo, y por qué en el nuevo ocultaron que Uribe defendió al policía agresor y acusó a la joven de haber sido la que propició todo? Y, ¿es ético alterar hasta ese punto una publicación original del .com? Si la memoria no nos falla, cada vez que La Silla Vacía cambia o agrega algo a una publicación original, advierte sobre el cambio que se hizo y el motivo del mismo.

En busca de resolver la intriga visité la cuenta de Facebook de Uribe (ahí no me tiene bloqueado, en Twitter sí) y encontré que -igual a lo que hizo Semana- había desaparecido el post con el video donde justificaba la patada, y en su lugar publicó uno donde se aprecia que la mujer intenta defender a un joven que es pateado en el piso por un policía, y un segundo agente del Esmad se acerca y le propina  a ella la brutal coz en la cara. La explicación que el senador dio para el cambio, la resumió echándole la culpa a la oficina de “Prensa de Álvaro Uribe: encontramos el vídeo original, habíamos borrado el anterior porque nos llegó editado”. (Ver post de Facebook). Ante lo cual cabe la pregunta: si sabía que era un video editado -o sea amañado- ¿por qué lo publicó?

Lo que de todos modos no cuenta Uribe, es que el primer video (el cual borró pero fue rescatado por otros usuarios y puede ser visto al final de este artículo de Pulzo) es el mismo que el segundo, solo que el primero fue editado para mostrar únicamente -y de manera repetitiva- la escena del manotazo que la joven le lanza al policía que agrede al muchacho tendido en el piso, pretendiendo así hacer creer que ese recurso de defensa de ella justificaba el ‘castigo’ que recibió en la cara. Idea que solo puede germinar en la mente de un canalla.

Sea como fuere, es bien llamativa la simultaneidad con la que Semana y Uribe se deshicieron -en la misma noche del sábado 23- de la publicación donde una y otro le daban legitimidad a la patada voladora, pero sobre todo es diciente que la revista en ningún momento reconoció su error al mostrarse tan sesgadamente coincidente con la defensa que Uribe hizo del policía agresor, ni explicó porque había alterado de ese modo el contenido de la noticia original.

De otro lado, ¿actuó Uribe como el caballero que dice ser y se disculpó con la joven golpeada, a la que señaló injustamente de haber sido la agresora? Para nada, no hubo la más mínima mención.

En otras palabras, lo que comenzó como una canallada terminó convertido en otra canallada: en la primera la joven fue agredida (de nuevo) con la falsa acusación de victimaria, en la segunda fue revictimizada mediante el silencio cómplice de Uribe con el policía agresor.

Por último, disculpen lo reiterativo con Semana pero no es posible pasar por alto este Confidencial, de redomado sesgo gobiernista, donde le hace eco a una publicación de extrema derecha: “El portal Los Irreverentes dice que la persona que le dio a Publimetro la grabación de la conversación de Pacho Santos con Claudia Blum fue Andrés Hernández, jefe de Comunicaciones de Gustavo Petro. (…) Publimetro es un periódico gratuito que ha sido bastante crítico del Gobierno. De confirmarse que Hernández es la fuente, la filtración sería interpretada como un intento de debilitar al Gobierno el día antes del paro”. 

Esto se traduce en que según Semana, no hay ningún mérito para el periodista que consiguió la grabación ni para el medio que la publicó, no. Esa gente perversa de Publimetro solo quería hacerle daño al gobierno de Iván Duque. Y después dicen que entre bomberos no se pisan las mangueras…

DE REMATE: En este artículo de El Unicornio están agrupados los videos que permiten dilucidar quiénes fueron los verdaderos agresores y de dónde procedieron los instigadores del temor colectivo durante el paro del 21N.

lunes, 18 de noviembre de 2019

Petro, Robledo, De la Calle: ¡únanse!


 

Hace unos días el escritor Santiago Gamboa escribió una columna titulada Petro, Fajardo, De la Calle: ¡Únanse!, inspirado quizás en una frase de combate de Mayo del 68: Seamos realistas, pidamos lo imposible. Si de realismo hemos de hablar, podría pensarse que el camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones, pues tratar de juntar a Gustavo Petro y Sergio Fajardo sería como tratar de mezclar agua con aceite, o sea algo en apariencia contrario a la lógica.

La buena intención de Gamboa reside en proponer que durante la marcha de mañana “en primera fila deberían estar de la mano los tres políticos más relevantes del antiuribismo: Petro, Fajardo y De la Calle”. (Ver columna).

Que conste, la misma fórmula de unión propuse dos meses antes de la primera vuelta electoral de 2018, en columna titulada Petro, Fajardo, De la Calle: ¡salven ustedes la Patria!, en estos términos: “si el trío —no el dueto— compuesto por Gustavo Petro, Sergio Fajardo y Humberto de la Calle lograran afinar sus voces y ponerse de acuerdo para cantar en coro la misma melodía, lograrían en primera vuelta lo mismo que acaba de hacer Iván Duque con Marta Lucía: arrollar”. (Ver columna).

En referencia a la columna de Gamboa no discutiremos si Humberto de la Calle cabe en la definición de antiuribista (yo diría que sí), mientras que el mismo Fajardo pregona a los cuatro vientos que no es “uribista ni antiuribista”. Pero sí se le abona al escritor residente en Europa que en función del paro nacional de mañana haya pensado con el deseo, al imaginar a los tres muy cogidos de la mano.

En torno a Fajardo se debe brindar claridad en que él es paisa y sabe que sin una buena parte de los votos uribistas (al menos de los uribistas antioqueños) nunca podrá conquistar la presidencia. De otro lado, su declaración en la pasada campaña a favor de aumentar la edad para pensionarse lo ubica alineado en lo económico con el Grupo Empresarial Antioqueño (GEA), o sea proclive a los intereses de la derecha. (Ver declaración).

El mismo día que salió publicada la columna de Gamboa la compartí en mi cuenta de Twitter entrecomillando la frase que cité en el segundo párrafo de esta, sin mencionar a su autor, y válgame Dios: me llovieron rayos y centellas por doquier, lo cual pone en evidencia que la gente ya no lee columnas, se queda con el titular. (Ver trino). De los 198 comentarios que recibí, la inmensa mayoría, más de 150, asumieron que había sido yo el autor de esa frase y en tal medida me atacaron o atacaron a Fajardo, por considerarlo a él más cercano al uribismo que al loable -aunque ingenuo- intento de unir a la centro-izquierda por parte de Santiago Gamboa, autor de Perder es cuestión de método, excelente novela pertinente a la ocasión.

Pensando más bien en aterrizar con sentido pragmático a la cada día más dolorosa realidad que nos circunda, y tratando de impedir que se apague el tenue brillo de la luz que pareciera llegar del final del túnel, habría que buscar que esa fórmula de unidad fuera viable en el terreno de la lógica. ¿Fajardo y Petro caminando sonrientes por una calle de Bogotá -o de Medellín- tomados de la mano…? Ciertamente, eso era pedirle peras al olmo.

Pero, ¿qué pasaría si en lugar del Sergio Fajardo que con sus constantes desatinos todo lo entorpece (en días pasados dijo que hay niños que ingresan a la guerrilla “por voluntad propia”), convocamos a un Jorge Robledo de la misma tendencia, a ver si la conjunción de tres corrientes diferentes aunque afines a la centro-izquierda se transforma de trío inadmisible a triángulo equilátero?

Si lo vemos en términos de correlación de fuerzas, Claudia López, Robledo y De la Calle se unieron en torno a la alcaldía de Bogotá y al final de la jornada fueron los triunfadores, mientras que Petro resultó perdedor cuando -en honor a la verdad- intentó dañarle el caminado a la candidatura de Claudia, a sabiendas de que si ganaba Carlos Fernando Galán se vería fortalecido en su búsqueda de la presidencia, por simple contraste. Y son acertados los reproches que le lanzó Angélica Lozano a su excoequipero cuando durante una sesión de la Comisión I del Senado le dijo en la cara: “Lo que usted hizo contra Claudia no lo hicieron ni siquiera los homofóbicos, ni Uribe, ni Peñalosa, ni Vargas Lleras, de quienes uno podría esperar lo peores ataques. Pero no, la más fiera oposición contra Claudia la hizo usted, usted, Gustavo”. (Ver monumental regaño).

A esta altura del relato no sobra contar que apoyé a Claudia López en su aspiración hasta el día que levantó el brazo de Fajardo para proclamarlo “presidente de Colombia 2022”, y lo sigo considerando un desatino. Aunque no es el tema que nos ocupa.

Nos ocupa, eso sí, la búsqueda de la unidad. Ya entrados en dichos menesteres, es de caballeros reconocer que durante la segunda vuelta presidencial Claudia se distanció de la preferencia de Robledo y de la Calle por el voto en blanco y le brindó su apoyo a Petro, y en parte Petro se equivocó al lanzar a Hollmann Morris, y en parte ella la embarró en lo que ya se dijo.

Ahora bien, sigo pensando que es Fajardo y no Petro el verdadero elemento tóxico frente a una eventual coalición de fuerzas de la centro-izquierda hacia 2002. ¿Qué tal entonces si Petro, Robledo y De la Calle decidieran desembarazarse del lastre paisa y emprendieran los tres un viaje juntos hacia la verdadera transformación de Colombia, y en aras de la unidad se desembarazaran a su vez del apetito individual de ser presidentes y pensaran en impulsar a un Antonio Navarro (a quien le cabe el país en la cabeza y reúne todos los méritos), o a un Camilo Romero cada vez mejor posicionado…?

¡El único paisa con sobrado futuro político se llama Daniel Quintero y a él por supuesto habrá que llamar más adelante con el mismo propósito de transformación social!

DE REMATE: Si el mayor desacierto de Juan Manuel Santos fue convocar al plebiscito de 2016 (como reconoció en entrevista para El Unicornio), su mayor acierto fue haber nombrado a Humberto de la Calle como jefe negociador ante las retrecheras Farc. Cualquiera otro hubiera tirado la toalla a los pocos meses, pues no reunía el talante de estadista ni la paciencia ni la ecuanimidad requeridas para entender que se trataba de un “diálogo entre enemigos”.

“Hay una mano negra actuando”: Humberto de la Calle




Esta entrevista con Humberto de la Calle está llena de advertencias sobre el momento actual. Es todo lo que habría que decir a modo de introducción, invitando a los lectores de El Unicornio a que conozcan -ya al final- lo que piensa sobre el voto obligatorio.

En medio del caos que hoy vive Colombia, hay quienes les atribuyen parte de la culpa a los que promovieron el voto en blanco. Dicen que Sergio Fajardo, Jorge Robledo, usted y algunos periodistas influyentes contribuyeron a propiciar lo mismo de lo que hoy tanto se quejan…
Esa es una visión maniquea. En mi caso particular era claro que no iba a votar por Iván Duque, por todo lo que significaba su candidatura y la armazón de su movimiento político. Pero igual tenía derecho a mantener reservas sobre algunas de las posiciones del doctor Petro. En una democracia uno no se puede poner en la coyuntura de decir “si no va a votar por A, tiene que votar por B”. Después de haber recibido yo la mayor derrota de la historia republicana, mi acción era insignificante. Sigo creyendo que hay opciones desde el centro del espectro político. Petro tiene cosas extraordinariamente atinadas, en la campaña muchas de ellas las compartimos, tengo incluso la sensación de que él tomó algunas banderas del Partido Liberal. Eso está bien, pero en otras uno tiene el derecho a no estar de acuerdo.

¿No cree usted que si en la primera vuelta perdieron Fajardo y De la Calle, y ganó Petro, lo correcto habría sido apoyarlo para evitar que ganara Duque, o sea para impedir el regreso de la bestia?
En mi caso personal, considerando mi derrota en términos numéricos, cualquier decisión que tomara habría sido insignificante. Esta discusión entonces se ubica en el terreno del Dr. Fajardo, él tendría que dar sus explicaciones, yo no soy el llamado a darlas por él. En diciembre de 2017 le hice una invitación para hacer una consulta entre los dos, la negativa de él me parece que fue un error monumental. Eso pudo haber cambiado el curso de los acontecimientos.

Solo pregunto: qué habría pasado si usted, Fajardo y Jorge Robledo hubieran apoyado a Petro. ¿Estaríamos mejor o peor?
Esas son discusiones especulativas. Tengo un libro que se llama What if y traduce “qué habría pasado si…”. Que si Hitler no se hubiera aliado con Stalin, que si esto y aquello. Son discusiones que me recuerdan a un amigo de La Tebaida, muy mal hablado él, quien cuenta que una perrita salió de su casa y la mató un carro porque la perrita salió a orinar. Decía que si la perrita no hubiera parado a mear, estaría viva. Pero está muerta. Me parece hay que pasar esa página.
¿Qué opina de que Sergio Fajardo se hubiera ido a ver ballenas en la segunda vuelta?
La decisión de Fajardo después de la primera vuelta, que la hizo pública, era retirarse de la actividad política. Yo le dije que me parecía un error, y creo que fue el momento en que decidió alejarse. Él tendrá que dar sus explicaciones, repito, no soy el llamado a darlas. Seguramente sus seguidores le hicieron ver que con un caudal de votos importante no podía sustraerse a la discusión política, y allí cambia de ruta. Pero es claro que eso desconcertó a algunos.

¿Su apoyo a Claudia López, quien por cierto sí apoyó a Petro en la segunda vuelta, significa que usted rompió cobijas con el Partido Liberal?
Estoy viendo en el Partido Liberal un camino difícil, unas alianzas en la eleccion pasada muy contradictorias, por ejemplo con el Centro Democrático. Yo con entera libertad voté por Claudia, creo que fue la mejor decisión. Ella va a hacer una buena alcaldía, con muchas dificultades, me parece algo heroico que someta a un desgaste su capital político, con la acumulación de problemas que hay.

¿Ve usted posible a mediano o largo plazo la unificación de la centro - izquierda hacia 2002?
Es necesario unificar fuerzas que conduzcan al robustecimiento del centro político. En esta línea conviene hacer una consulta en marzo de 2022, con todos los sectores. No descarto a Petro, así yo haya votado en blanco. Tiene que haber un espacio donde conversemos todos. Ese puede ser el camino para frenar la persistencia de las fuerzas de derecha, contagiadas de un extremismo que trata de instaurar un ambiente autoritario.

En esa consulta a la que hace referencia, ¿le gustaría estar ahí? ¿Todavía aspira usted a ser presidente?
En este momento no veo razones para hacerlo. Estoy reiterado, por fuera de cualquier contienda electoral. Por ahora esperemos, hay que estar atentos a la dirección de los vientos.

¿Cómo están sus relaciones con César Gaviria?  
Muy bien, en un plano normal. Hablamos no con frecuencia, pero intercambiamos ideas. Yo le he manifestado diferencias sobre sus últimas actuaciones políticas, sobre todo en relación con ciertas alianzas del liberalismo en las pasadas elecciones, siempre dentro de un marco de respeto.

¿Es decir, usted sigue perteneciendo al Partido Liberal? 
Hoy no estoy en el ejercicio electoral de la política. Si esto llegase a cambiar, me tocaría tomar una decisión en tal sentido. Por lo pronto con el Dr. Gaviria no solo tengo interlocución, sino también un recuerdo que no quiero perder, alrededor de su Gobierno en el 91. Allí desarrolló una tarea descomunal en materia de modernización de este país, ligada a la Constitución del 91.

Quién cree usted que está gobernando a Colombia: ¿Álvaro Uribe o Iván Duque?
Hay un gobierno formal en cabeza del Dr. Duque, y en algunos casos ha tomado distancia de posiciones del Dr. Uribe. Por ejemplo, frente al salario de los jóvenes ha habido muestras de separación. Es para uno difícil saber que está pasando en Palacio. Pero lo que uno si ve es a Uribe empoderado, utilizando expresiones que llaman la atención. Si usted observa el último comunicado del Centro Democrático, leído por él mismo y donde alude al paro del 21, es muy curioso ver que utiliza la expresión “el Gobierno piensa”.

¿No será que el exterminio sistemático al que están siendo sometidos los desmovilizados de las Farc, sumado al asesinato sistemático de líderes sociales, les da la razón a las disidencias que no quisieron entregarse por temor a que los mataran?
Esa es una afirmación demasiado arriesgada. Regresar a la confrontación militar no es una solución para Colombia ni para las fuerzas alternativas. Diría que hay una serie de responsabilidades mezcladas. Sobre esta serie de asesinatos y excombatientes el Gobierno da una explicación única, alrededor del tema del narcotráfico. En parte puede tener razón. Por ejemplo, en el caso de los indígenas, que han estado de acuerdo con la sustitución de cultivos y caen en manos de mafias del narcotráfico. Pero la explicación no puede ser tan simple. Si uno examina las fuentes de victimización, la respuesta no es tan sencilla como la que pretende dar el ya retirado ministro de Defensa: mueren líderes de reclamación de tierras y líderes sociales, solo por el hecho de serlo. Incluso en las ciudades mueren personas con posiciones alternativas en el tema de identidad sexual o en la defensa de los Derechos Humanos.

¿No viene a ser como una reedición del exterminio de la Unión Patriótica?
Claro. Lo que pasa es que lo hacen con un método distinto, con asesinatos más sectorizados, pero sin duda hay una mano negra actuando, para ponerle ese nombre.

¿Un aparato de poder organizado?
Sin duda. La tesis reduccionista del anterior ministro de Defensa, de decir que es un problema de narcotráfico, no es sostenible. Es evidente que hay fuerzas muy oscuras, que están actuando en función de poner en riesgo todo lo que se consiguió en La Habana. Pero tampoco hasta el punto de regresar a la acción militar, que sería un desatino.    

Sin embargo, sí da la impresión de que el Gobierno llegó a hacer trizas el acuerdo de paz.
Así es. Aunque el presidente Duque utiliza un lenguaje muy moderado, sus actos de gobierno apuntan contra los elementos centrales del acuerdo, particularmente contra la JEP. Y por omisión, de manera colateral, hay temas que han quedado huérfanos. El de la reforma política, ni se diga: no solo ha sido negada por el Congreso, sino que las iniciativas del Gobierno han sido bastante tímidas, bastante lejos de lo pactado en La Habana.

¿Y sobre la reforma rural?
Ahí veo un clima muy adverso, no hay voluntad política para consolidar una reforma rural. Esto ya no es un tema ideológico de las Farc ni del gobierno anterior, es una necesidad de Colombia. Lo que sí reconozco en el plano de la reincorporación, es que el doctor Emilio Archila ha venido mostrando entusiasmo. Pero esta es solo una parte que se deriva del acuerdo, con un error fundamental, producto de expresiones textuales tanto de Álvaro Uribe como del presidente Duque, en cuanto a que ellos se entienden con los guerrilleros de base, pero no con la cúpula. Así, despojan al acuerdo de cualquier contenido de reforma más estructural. Ese es un error elemental, pues no hay un solo acuerdo de paz que se sostenga solo con la base guerrillera. Despojar al acuerdo de la dirigencia está por fuera de la realidad, muestra que hay una concepción del acuerdo como si hubiera sido una rendición.
   
¿No será que este Gobierno cree que Juan Manuel Santos se rindió ante las Farc y con base en esa premisa alborota las aguas para pescar en río revuelto?
Sí, es la tesis que sostienen los sectores más extremistas. Pero es algo que parece un chiste, ante una guerrilla que entregó las armas y que hace presencia en el Congreso, con un antiguo comandante de las Farc que hoy clama por el Estado de derecho y por el cumplimiento del Acuerdo, desde la legalidad. Recordemos de qué manera Timochenko, o sea Rodrigo Londoño, fue el primero en condenar las acciones de Iván Márquez y de Santrich. Lo que sí es cierto, y lo dices muy bien, Jorge, es que hay un deseo de mantener viva una confrontación, de no perder el conflicto ahora superado, en lo que tiene que ver con las Farc. Es lo que le da gasolina a una posición tan extremista. Es una necesidad de crear fantasmas e infundir miedo. Es un eterno retorno a las cenizas del pasado, revividas con la tesis de Chávez como el enemigo, después Maduro, después Venezuela, ahora el foro de Sao Paulo. Existe la izquierda como existe la derecha, y entre derecha e izquierda existen sectores muy radicales, que se autoalimentan a través de la creación de fantasmas. En relación con el paro del 21, se le está tratando de enmarcar en una especie de hecatombe para mantener vigencia política. Eso es lo que está pasando.

¿Hablando de hecatombe, ve posible que antes del 21 de noviembre ocurra una situación trágica -fortuita o planeada- que pueda atemorizar a la población a salir a la calle…?
Lo que usted dice me recuerda un cuento de Gabriel García Márquez que se relaciona con la profecía autocumplida: “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”, le dice una señora a su hijo a la hora del desayuno. Este se va a jugar billar, yerra una jugada facilísima y se justifica diciendo que fue que su mamá le dijo que en el pueblo iba a pasar algo. Y otro que escuchó eso va a la carnicería y no pide que le vendan una libra de carne sino dos, porque le dijeron que va a pasar algo, y al final todos desocupan el pueblo por temor a que les pase lo que dijeron que iba a pasar. Sectores extremistas están creando falsas noticias, con videos en las redes, generando un clima de terror psicológico en la línea “puede pasar algo”. Pero no es ese el llamado de quienes están pidiendo el ejercicio del derecho constitucional a protestar, con razones muy diversas, totalmente legítimas. Es preocupante el clima de intimidación que se está creando.

¿Cómo ve usted ahí el papel de los medios de comunicación?
Algunos periodistas están diciendo lo que se pretende es tumbar a Duque. La política siempre es de confrontación, y es obvio que los movimientos que no están en el poder buscan el poder, hace parte de la dinámica de la política y no tiene por qué asustar a nadie. Pero esto es distinto a creer que hay una especie de complot. Y el propio doctor Duque, lamento decirlo, le está haciendo caja de resonancia. Lo que se debe hacer es respetar la marcha y controlar los desmanes, pero no descalificarla de entrada, a contrapelo de lo que ocurre en cualquier democracia occidental que respete el derecho de las mayorías.   

En una columna reciente usted fue muy crítico con Néstor Humberto Martínez y calificó su libro Las dos caras de la paz como de ficción. ¿Qué tan veraz es ese libro?
Es una obra de ficción porque toca temas que el autor no conoció de primera mano. Él nunca fue a La Habana, no conoció las vicisitudes que se vivieron allá. A partir de cierto momento él como fiscal tomó acciones que terminaron enredando cosas que venían claras, como sus ataques frontales a la JEP y a la creación de una unidad independiente para combatir el paramilitarismo. El Dr. Martínez pensó que eso le quitaba parte de su poder y vino una arremetida contra decisiones producto de los acuerdos.

¿Ve usted alguna posibilidad de que alguna vez se logre un acuerdo similar al que se hizo con las Farc, pero esta vez con el ELN? Enrique Santos Calderón decía que esa gente enreda hasta un aplauso.
Es extraordinariamente difícil con el ELN, eso lo sabe todo el mundo. El Estado colombiano ha negociado muchas más veces con ellos que con las Farc. Yo apoyé a Duque cuando rompió las conversaciones con el ELN luego del atentado a la Escuela de Cadetes, pero eso no debería significar el cierre total de cualquier posibilidad de diálogo. Colombia no debería resignarse a seguir en una guerra de esta naturaleza, que es muy dañina. Han vendido algunos la hipótesis de que el ELN militarmente es insignificante, pero no es así. Podríamos estar más de una década en una confrontación que a todos nos hace daño.

¿Cómo quisiera que las futuras generaciones de jóvenes lo recuerden a usted cuando por fin restauren la materia de Historia en el pensum escolar?   
Yo he sido muy afortunado porque me han correspondido dos momentos muy importantes en la historia de Colombia. Uno, mi condición de vocero del Gobierno de César Gaviria en la Constituyente del año 91, que abrió un marco nuevo de valores en Colombia. Ahí hubo un acenso del pluralismo, de la tolerancia, de una visión equilibrada de la sociedad, más consciente de la inequidad, que sigue siendo el mayor cáncer de Colombia. Pero eso ha venido declinando, hoy hay un tufillo autoritario, estamos regresando tanto en materia de identidad sexual como de estado laico, del tratamiento del conflicto a través del diálogo. Vamos de regreso al pasado, y por eso insisto en robustecer fuerzas para eliminar ese riego. Lo segundo es haber participado como jefe de la delegación del Gobierno en La Habana en las conversaciones de paz con las Farc. Son dos momentos estelares de mi vida, que me han llenado plenamente.

¿Es usted partidario del voto obligatorio? 
Muchas personas piensan que es una ofensa a su libertad obligarlos a votar. Un taxista me dijo un día “no solo nos explotan, sino que ahora nos quieren obligar a votar por ellos”. Esto encierra un sofisma, porque la obligatoriedad no sería para votar por los mismos. Yo sí sería partidario del voto obligatorio en por lo menos dos periodos, no como una cosa permanente. El fantasma de la financiación ilegal en cualquier elección no ha sido derrotado. El voto obligatorio permitiría incorporar tal cantidad de votantes nuevos, que minimizaría el impacto del financiamiento ilegal y puede generar una oleada en pro del cambio.     

Y más cuando el abstencionismo es la primera fuerza política del país…
Así es, sigue siendo mayoría. Muy importante entonces vincular a esas masas abstencionistas para que tomen decisiones.  

En El Unicornio hemos visto que Claudia López lideró una campaña para promover la Consulta Anticorrupción, recogió firmas y obligó al Congreso a que convocara a un referendo. Queremos hacer lo mismo con el voto obligatorio, que se genere un movimiento de opinión a favor, tratar de imponerlo para enfrentar la corrupción electoral. ¿Usted qué piensa?
Totalmente de acuerdo. Para superar la discusión abstracta sobre los límites de la libertad, yo propondría hacerlo como un electrochoque sobre el cuerpo ciudadano en dos ocasiones, que genere el impacto y el hábito de votar con libertad. En este momento, creo que es una necesidad. 


jueves, 14 de noviembre de 2019

Voto obligatorio, es ahora o nunca




Partamos de las siguientes consideraciones:

-          La primera fuerza política de Colombia es el abstencionismo: los que no votan usualmente son más de la mitad de los votantes, llegándose en casos hasta un 65 por ciento o más de apatía electoral.

-          Una votación en la que vota menos del 50 por ciento del censo electoral debería declararse ilegítima, porque no se conoce la voluntad de la mayoría de los electores.

-          La gente no vota porque cree que todos los políticos son corruptos, pero es precisamente cuando se abstiene de votar que patrocina la elección de los corruptos. A nadie más que a un político corrupto le conviene que la gente no vote, porque le queda más fácil hacerse elegir armando redes clientelares o acudiendo a la compra de votos al menudeo.

-          Votar debería ser un deber ciudadano, como pagar impuestos.

-          El voto en blanco como medida de protesta tiene un peso político mayor -y decisivo- cuando va acompañado del voto obligatorio, incluso podría forzar a una nueva elección si se impone por la mitad más uno.

En conclusión, el voto obligatorio es más positivo que negativo, y todas estas consideraciones deberían servir como motor de empuje de una iniciativa que convoque al mayor número posible de políticos, con una doble finalidad posible:

1-) Presionar al Congreso para que expida una ley que obligue a los colombianos a votar en las dos siguientes elecciones, como un instrumento pedagógico: cuando los votantes comparen los resultados entre lo que era una elección donde ganaba el abstencionismo y otra en la que TODOS votan, aprenderán a valorar la importancia de cada voto individual.

2-) Impulsar a una recolección de firmas similar a la que se adelantó para sacar adelante la consulta anticorrupción, que obligue al Congreso a convocar a un referendo para que el pueblo decida si quiere o no el voto obligatorio.

La primera opción es la ideal, pero, considerando que el voto obligatorio es cuchillo para el propio pescuezo de los políticos y en tal medida se hacen los morrongos para su aprobación, queda la segunda opción: más demorada, pero definitiva.

Estas reflexiones nos hemos venido haciendo en El Unicornio, medio digital de resistencia y denuncia periodística creado en días recientes contra los abusos de los políticos en general, y contra la censura de prensa que ha venido desplegando este gobierno en particular.

He querido entonces abusar de la confianza de El Espectador y aprovechar esta columna para anunciar que desde El Unicornio estamos lanzando la iniciativa aquí descrita, la cual en una primera fase comprende acercarse a los políticos favorables a la idea de imponer el voto obligatorio, con el propósito de hacer causa común para llevarla a buen puerto.

Fue así como en días pasados entrevisté al exvicepresidente Humberto de la Calle, y frente a la iniciativa de imponer el voto obligatorio manifestó estar “totalmente de acuerdo. Con lo que estamos viendo de corrupción en la política, el fantasma de la financiación ilegal no ha sido derrotado. El voto obligatorio permitiría incorporar tal cantidad de votantes nuevos, que minimizaría el impacto de la financiación ilegal y podría generar una oleada a favor del cambio”.

La misma inquietud aquí planteada se la transmitiremos a políticos como Claudia López, Gustavo Petro, Ángela Robledo, Camilo Romero, Antonio Navarro, Jorge Enrique Robledo, Iván Cepeda, Germán Navas Talero, Juan Fernando Cristo, Gustavo Bolívar, Leonidas Gómez, Roy Barreras, Rodolfo Hernández, Juanita Goebertus, Inti Asprilla o los hermanos Carlos Fernando y Juan Manuel Galán, entre otros, a la espera de encontrar la receptividad necesaria para seguir impulsando este proyecto de saneamiento de la vida democrática y lucha frontal contra la corrupción electoral.

Noticia en desarrollo.

DE REMATE: Mientras en Brasil un expresidente de la República acaba de salir de la cárcel, en Colombia, si la Corte Suprema de Justicia actuara en derecho, un expresidente estaría a punto de entrar en ella. Paradoja o coincidencia, es lo que hay. En su última columna Daniel Coronell reveló que la misma defensa de Álvaro Uribe pidió a la Corte que no le impongan a su cliente una medida tan "agresiva" como mandarlo a la cárcel, sino que le pongan "un brazalete electrónico". Esto trasluce, sin asomo de duda, una confesión tácita de culpa.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Fuerzas Armadas, ¿cómplices del exterminio?



Una frase en la última columna de Antonio Caballero pone a pensar, en parte porque es verdad (y si no lo fuera el columnista estaría en problemas), en parte porque refleja la indolencia con que los colombianos asumimos lo que viene ocurriendo dentro del Ejército. Habla Caballero de “la realidad tremenda de la corrupción moral de las Fuerzas Armadas de Colombia, convertidas en protectoras de asesinos venidos de sus propias filas y mandados por sus propios jefes”. (Ver columna).

Es una afirmación tan grave que podría calificarse de temeraria, aunque no es temeraria porque se ajusta a la realidad, y en consecuencia obligaría a adoptar medidas de control. Pero atérrense: todo el mundo lo sabe y no pasa nada. Esos “asesinos venidos de sus propias filas” y protegidos por sus superiores siguen haciendo de las suyas, con total impunidad.

Un caso vergonzoso se relaciona con el asesinato premeditado del desmovilizado Dimar Torres, para cuya culminación se sentían tan a sus anchas que hasta le crearon grupo de Whatsapp. Luego de dos declaraciones anteriores en las que trató de exculpar a los autores de la “ejecución extrajudicial sobre persona protegida”, ante la abrumadora evidencia el ministro de Defensa admitió que pudo haberse dado un concierto para delinquir y pidió (no ordenó, sino pidió) la captura del oficial de más alto rango bajo investigación, el coronel Jorge Pérez Amézquita.

Pero el oficial sigue libre y, cosa curiosa, ningún medio de comunicación muestra una foto suya, del mismo modo que ninguna dependencia del Ejército la entrega y nadie da razón de su paradero, lo cual daría para pensar que está protegido desde bien arriba y goza de las mismas prerrogativas de otro ilustre privilegiado, el exministro Andrés Felipe Arias.

¿Y por qué Pérez Amézquita sigue libre? Porque su abogado defensor pidió a la Justicia Penal Militar que asumiera el proceso, en lo que un editorial de El Tiempo define como “maniobras de la defensa para entorpecer el avance de la justicia", mientras que un editorial de El Espectador considera que “este tipo de comportamiento no sólo es intolerable, sino que debe ser perseguido con todo el peso del Estado y de la ley”.

Pero está ocurriendo exactamente lo contrario, porque al subteniente John Javier Blanco, cuyo testimonio fue el definitivo para esclarecer el crimen, lo echaron del Ejército y hoy está desprotegido (a diferencia del coronel asesino). Y el director Ejecutivo de Human Rights Watch, José Miguel Vivanco, alertaba sobre tan preocupante situación para el testigo. ¿Cuál tranquilidad para vivir puede tener este hombre?

De otro lado, en el mismo Cauca que alberga siete bases militares pero donde paradójicamente están ‘disparadas’ las masacres, dos días después del asesinato de cinco indígenas se reportó la muerte violenta de Flower Jair Trompeta, líder y defensor de Derechos Humanos, de quien vecinos suyos aseguran fue detenido por miembros de la Fuerza Pública y torturado, metiéndole una mano a una máquina despulpadora. La versión oficial del Ejército dice que cayó en medio del fuego cruzado entre el Ejército y disidencias de las Farc (esas disidencias dan para todo), y el ministro de Defensa le asegura a Caracol Radio que “no hay ejecuciones extrajudiciales ni el regreso de ellas”. (Ver noticia).

Dentro del mismo esquema de complicidad u ocultamiento de información sensible se ubica el comandante del Ejército, Nicacio Martínez, cuando según Semana habría ordenado dos operativos de contrainteligencia para ubicar a los oficiales que filtraron documentos reservados a The New York Times, y para evitar que se hiciera pública esta frase del general Diego Villegas, comandante de la fuerza de tarea Vulcano: “El Ejército de hablar inglés, de los protocolos, de los derechos humanos, se acabó. Acá lo que toca es dar bajas. Y si nos toca aliarnos con los ‘Pelusos’, nos vamos a aliar, ya hablamos con ellos, para darle al ELN. Si toca sicariar, sicariamos, y si el problema es de plata, pues plata hay para eso”. (Ver noticia).

No sabemos si el otrora glorioso Ejército Nacional de Colombia ya está en lo de "sicariar", pero es un hecho que desde que el subpresidente Iván Duque remplazó la cúpula militar de Juan Manuel Santos, las nuevas fuerzas alinderadas bajo el mando del senador Álvaro Uribe Vélez se olvidaron del inglés, de los derechos humanos y de los protocolos (en esto cabe hasta el Esmad) y, en efecto, han aumentado las “bajas”. En todos los frentes. No sabemos si es porque toca, pero es lo que hay.

Y no es por ponernos de malpensados, pero las dos últimas masacres ocurridas en el Cauca, sobre un teatro de operaciones atestado de bases militares, sirvieron como poderosa cortina de humo para sofocar el escándalo que se desató al conocerse cómo asesinaron a Dimar Torres.

Al cierre de esta columna Noticias Uno informó que la camioneta donde se desplazaba Cristina Bautista y los otros cuatro indígenas asesinados, apareció incinerada antes de que el CTI de la Fiscalía realizara su inspección judicial, pese a estar bajo custodia del Ejército. ¿Cuál otra motivación podía haber para incendiar ese vehículo, diferente a la de desaparecer pruebas? (Ver informe).

DE REMATE: ¿Por qué las bancadas de oposición en el Congreso piden todas a una la renuncia del ministro de Defensa, Guillermo Botero, pero nadie se atreve a pedir la del general Nicacio Martínez, cuestionado además por temas de corrupción y falsos positivos? ¿Acaso el comandante del Ejército sí les inspira confianza? Solo pregunto.