martes, 20 de junio de 2017

Vamos a romper el hechizo

Es cada día mayor el número de columnistas que advierte sobre la situación esquizoide que vive Colombia, consistente en que a medida que se consolida la paz se recrudecen los ataques de ciertas fuerzas oscuras contra el gobierno que la hizo posible. Ahora quieren convencernos de que “nos están engañando”, y la bomba del sábado pasado en el Centro Andino se inscribe dentro de ese propósito maligno.

Lo advierte Ricardo Silva cuando dice: “hay colombianos que piensan que el desarme de las Farc es mala noticia”. O Juan Fernando Londoño, en el mismo tono: "Si las FARC negocian es una estrategia porque no van a firmar, si firman es porque no van a cumplir, si cumplen es porque nos están engañando". O Héctor Abad: “Hay medio país al que le repugnan las buenas noticias”. Y Rudolf Hommes: “La aspiración de la derecha es que tiremos la posibilidad de vivir en paz por la borda y que reviva el terror”.

Esto indica que crece la audiencia de personas conscientes del daño que esas fuerzas oscuras inoculan en las conciencias (siembran miedo para vender seguridad); pero la preocupación no cesa, pues seguimos atados a la noria del eterno retorno: el año pasado tratamos de advertir lo mismo sobre la propaganda sucia que estaban vertiendo los promotores del NO por las redes sociales, pero de nada sirvió porque acabaron por imponer su voluntad mediante la perversa estrategia de engañar e indignar a la gente, como hubo de confesar en su torpeza el mismo gerente de la campaña, Juan Carlos Vélez. (Escuchar confesión).

Como a drogadictos, los domina un marcado síndrome de abstinencia… de guerra. Necesitan hacerle creer al país que estamos sometidos –como dijo Uribe en Atenas- a una “inmensa maquinaria de desinformación del Gobierno”; siendo que, por el contrario, a eso están dedicados ellos (y ellas): a aceitar la inmensa maquinaria de desinformación que usaron durante los días del plebiscito, la cual ahora apuntan con sus ruidosas baterías hacia el objetivo supremo de sentar en el solio presidencial a uno de los suyos, de su propia calaña, “el que Uribe elija”.

Persiste el peligro de que nos empujen por el desbarrancadero de un nuevo conflicto, incluso con características afines a una guerra civil como la vivida en España el siglo pasado, cuando el apoyo de la Iglesia Católica le permitió al ‘Generalísimo’ Francisco Franco gobernar con la legitimidad religiosa de la que carecía al comenzar su lucha fratricida. Hoy la situación en Colombia es otra, pues los católicos no tienen la poderosa influencia de antaño, pero se advierte igual la presencia de avanzadas que actúan como fuerzas de choque ideológico, compuestas por ejércitos de pastores cristianos y evangélicos reclutados –quizá hasta pagados- en torno a una causa de claro contenido fascista.

Para lograr el desmonte del odio y hacer renacer la semilla de la esperanza, se requiere acudir a las mismas armas de los sembradores de confusión. Meterle creatividad. Y el Gobierno Nacional debería ser el primero en reaccionar con urgentes medidas de choque, que hagan visible el mecanismo perverso que reposa detrás de tanta basura mediática.

Decía D’Alembert que “la guerra es el arte de destruir hombres, y la política es el arte de engañarlos”. En este contexto se requiere con urgencia una agresiva campaña de mercadeo político que muestre con precisión de relojero dónde está el engaño, en repuesta a la inmensa maquinaria de desinformación que maneja el uribismo, cuya fórmula le hace eco al estallido de la bomba en el Centro Andino: miedo a un futuro con las Farc incorporadas a la vida política, odio a Santos porque lo permite.

A esas fuerzas oscuras que con ‘minas quiebrapatas’ nos quieren dañar el caminado hacia un futuro mejor, se les debe demostrar que no pasarán. ¿Y cómo? Rompiendo el hechizo que ejercen sobre sus mansas ovejitas. Este amago de ‘libreto’ para una cuña de TV es solo una amable sugerencia, con toque surrealista si se quiere, pero alentado por un propósito pedagógico:

Se ve a un grupo de bañistas sumergidos en un riachuelo de aguas cristalinas, bañándose con deleite, mientras en la orilla unas personas agazapadas vierten una solución oscura, que comienza a enturbiar el remanso. Los envenenadores se esconden tras unos matorrales, y luego se ve venir a un grupo de personas alegres, cantando una canción de paz. Uno de ellos rasga una guitarra. Cuando pasan frente al lugar de donde emana la turbiedad, los que estaban escondidos comienzan a gritar: “¡Miren, miren! ¡Ahí están los que ensuciaron el agua donde todos nos bañamos!” Los que iban cantando quedan confundidos, pero les toca correr porque los bañistas salen de ahí –indignados- a perseguir a quienes creían les habían dañado el baño. Luego hay primeros planos con los rostros de rabia y angustia de perseguidores y perseguidos, y por último aparecen los ‘malos’ del paseo frotándose las manos, y al enfocarlos de espaldas se aprecia que cada uno lleva camuflada un arma bajo el cinturón. La cuña remata con este mensaje: “No te dejes engañar por los amigos de la oscuridad”.

¿Y qué tal si fuera posible –solo pregunto- convocar a personas creativas y de buen humor como Matador, Tola y Maruja, Daniel Samper Ospina, Antonio Morales o Vladdo para que aporten historias o situaciones similares dentro de la misma tónica de romper el hechizo, de ayudarle a abrir los ojos a tanta persona confundida, alienada o equivocada de buena fe?

Pasaba por acá a dejar esta ocurrencia loca para ayudar a salvar el país del lobo feroz y sus recuas de pastorcitos mentirosos, y sigo mi camino.

DE REMATE: Colombia vivió ocho años bajo el hechizo, influjo o engaño de un gobernante que se rodeó de funcionarios corruptos, peligrosos criminales (Jorge Noguera, Salvador Arana, Álvaro ‘el Gordo’ García, Flavio Buitrago, Mauricio Santoyo, Antonio López alias Job, etc.) y parientes enjuiciados o bajo sospecha de súbito enriquecimiento. Es hora de impedir que la historia se repita. 

martes, 13 de junio de 2017

Ante la ‘cagada’ de Uribe en Atenas



Mi columna del pasado viernes 9 de junio, titulada Me cago en la cara de Uribe, fue la faena del espontáneo que en lugar de ver el toro desde la barrera decide lanzarse al ruedo a enfrentar la bestia. (Ver columna).

El jueves 8, justo un día después de haber publicado algo sobre Los pastorcitos mentirosos y el lobo feroz, supe de la intervención de Álvaro Uribe en la Cumbre Concordia celebrada en Atenas, cuando con su inglés chapucero hizo ver a Colombia como un país en el que reinan la impunidad y el caos económico… y me hirvió la sangre.

El motivo de la indignación residía en que siendo Presidente de Colombia, a raíz de una declaración de Piedad Córdoba durante un foro internacional de México donde ella pidió a los países ahí presentes que rompieran relaciones con el gobierno de Uribe, este respondió diciendo que denigrar del país era “traición a la patria”. Pero se va a Grecia, cuna de la civilización occidental… ¡y hace algo peor!

Con razón Semana conceptuó que “a Uribe se le fue la mano”, y agregó que “él tiene todo el derecho a desprestigiar al gobierno pero no el de desprestigiar al país”, mientras que Matador lo pintó en pose de atleta olímpico sosteniendo un rollo de papel higiénico, para que al menos limpie la ‘cagada’ que cometió con Colombia ante el mundo. (Ver caricatura).

A raíz de su desafortunada declaración a Piedad le montaron la perseguidora en cabeza de Alejandro Ordóñez, hasta lograr arrebatarle su curul de senadora, mientras que a Uribe los medios le celebraron y divulgaron su bajeza como si fuera la pilatuna de un niño travieso.

El asunto es que luego de escribir la columna citada, fui consciente de que el único título acorde con su contenido era el que le puse. Sabía que habría de causar rechazo, pero igual supuse que si lo titulaba por ejemplo Uribe ofendió a Colombia, la iban a leer tres pelagatos. Y para el caso que nos ocupa se trataba de acudir a la misma arma que utiliza el maquiavélico senador, la de generar escándalo, pero no para poner los ojos de Colombia sobre sus palabras cargadas de veneno, sino en respuesta a su infame proceder durante un foro internacional. O como expresó @fernandoposada_ en brillante trino: “Si usted va a repetir que el narcotráfico se tomó a Colombia, procure que sus 2 jefes de seguridad no estén presos en EE.UU. por narcotráfico”.

La columna provocó un verdadero pandemónium dentro del uribismo, que se vino –comenzando por su comandante en Jefe- con una poderosa descarga de artillería, que incluyó una carta del Centro Democrático a El Espectador donde manifestaron su asombro porque “queda en evidencia una total ausencia de criterio periodístico para permitir que un contenido de esta naturaleza sea publicado, irrespetando a los lectores”. (Ver carta de protesta).

He aquí el punto central a debatir, el del respeto, o sea lo que me motivó a escribir esta columna. No niego que hablar de cagarse en la cara de alguien suena vulgar o irrespetuoso –con el personaje, no con los lectores-, pero basta leer la columna hasta el final para entender que el título se justifica dentro una dinámica donde una falta de respeto (o lo que el embajador ante el Reino Unido, Néstor Osorio calificó de “insulto a Colombia”) provoca una reacción similar, entendible dentro de un contexto semántico coloquial donde los españoles hablan de cagarse en la hostia o los argentinos de “la puta madre que te parió”, de algún modo coincidentes con lo de “le doy en la cara, marica”.

El punto nodal es que con sus permanentes salidas de tono, sus sinuosas acusaciones sin fundamento, sus mentiras evidentes y sus medidas desesperadas para impedir que la JEP entre a operar, el mismo expresidente se está labrando un destino: que la gente le pierda el respeto. Esto se pudo captar en las centenares de emotivas reacciones que percibí cargadas de vituperios, en reflejo del grado de fastidio e indignación que viene provocando Álvaro Uribe entre millones de colombianos, hastiados ya de ver cómo en lugar de ayudar a construir un mejor país ha desatado en contravía del anhelo de nacional de paz una vindicta instrumentalizada por su bancada de lacayos, con el claro y subversivo propósito de “hacer invivible la república”.

Parte de ese pandemónium uribista se reflejó en un artículo de Losirreverentes.com, de autor anónimo, donde a la vez que acusan al exmagistrado Iván Velásquez de haber cometido un homicidio en Guatemala, me señalan de ser “hermano de un peligroso narcotraficante”. En lo que me corresponde se trata de un refrito que había sacado un año atrás Ernesto Yamhure, el cual respondí con algo que en su momento le calló la boca. (Ver respuesta).

Los Irreverentes es una pieza más de la “inmensa maquinaria de desinformación” que condujo al triunfo del NO en el plebiscito. Es una página sin dirección conocida ni responsable legal, dedicada a calumniar y denigrar de todo lo que no sea uribista. Se dice que es financiada por Abelardo de la Espriella y cuenta con su orientación “informativa”, la cual comparte con Iván Cancino y José Obdulio Gaviria (primo hermano de Pablo Escobar, el más sanguinario asesino en la historia de Colombia), los tres tan tóxicos y disociadores como el individuo que escondido detrás de su máscara virtual reparte basura mediática a diestra y siniestra, sin que la justicia pueda llamarlo a responder por sus injurias y calumnias porque se refugió en Miami cuando se descubrió que las columnas que escribía para El Espectador se las revisaba, corregía y aprobaba el comandante paramilitar Carlos Castaño, de quien fue cercano contertulio no propiamente en el colegio, sino cuando este ejercía como tenebroso delincuente. (Ver noticia).

DE REMATE: Esto me escribe una de las madres de Soacha a raíz de la columna citada: “Cagarse en la cara de Uribe es un acto de decencia con quien ordenó sembrar de sangre los caminos de Colombia, a costa de los jóvenes humildes acribillados en la modalidad de falsos positivos. ¿Tiene usted hijos? Pues póngase en los zapatos de las miles de madres colombianas a las que nos rompió el alma cuando debimos recoger a nuestros hijos masacrados por el Estado que Él dirigió”.

jueves, 8 de junio de 2017

“Me cago en la cara de Uribe”




En España hay una expresión de uso muy común: “Me cago en la hostia”. La usan con tanta frecuencia que en días recientes la escuché cuando visitaba en compañía de mi novia a un amigo español, justo cuando abría la nevera de su casa y comprobó que no quedaba nada para acompañar las aceitunas: “Se acabó la birra; ¡me cago en la hostia!”

Para los profanos en la materia, birra es cerveza y hostia es una pequeña oblea de harina (¿será harina bendita?) que los sacerdotes católicos alzan hacia el cielo en el momento de la elevación, y a continuación degluten. Si la memoria de exseminarista no me falla, la elevación es el instante en que el mismísimo Jesucristo se introduce en la hostia, y a eso lo llaman transubstanciación, y es por ello que el ritual va acompañado de la expresión “cuerpo de Cristo sálvame, sangre de Cristo embriágame.”

Siempre me costó trabajo entender por qué era tan fácil para un español ofender de manera tan flagrante el instante más sagrado de la eucaristía, pero comencé a comprender que no se le debía dar tanta importancia al anatema al ver que los argentinos usan una expresión con una carga igual o más ofensiva, y no pasa nada: “andate a la puta madre que te parió”.  Lo llamativo es que se la pueden estar diciendo a un amigo, quien lo toma como chanza sin importancia, y es tan popular que la pronuncia hasta una anciana como la que aparece en este hipervínculo.

Fue precisamente esa expresión, “la puta madre que lo parió”, lo primero que vino a mi cabeza cuando supe que el miércoles 7 de junio, durante un foro internacional en Atenas conocido como la Cumbre Concordia –una organización que reúne a líderes del mundo y no tiene tinte político- el senador Álvaro Uribe Vélez sometió a Colombia (su país, o sea que es como hablar mal de la mamá) al escarnio público con una intervención en la que afirmó cosas tan delirantes como que “la minería ilegal y el narcotráfico son los únicos sectores de la economía del país que están creciendo”, o que “las Farc gozan de total impunidad” y “son el mayor cartel del mundo”.

Conviene darles atención analítica a las últimas dos frases, porque permiten identificar la enfermedad que padece el senador Uribe: un fuerte síndrome de abstinencia de la guerra que ya pasó, pero que él sigue viendo presente, o mejor, necesitando. ¿Para qué? Para evitar a como dé lugar que comience a operar la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) que les quitará la impunidad de la que hasta ahora han gozado él y las fuerzas oscuras que comanda.

Ese desajuste psicológico le hace vivir en un delirio mediante el cual asume como verdad lo que hubiera podido ser cierto antes de la firma del acuerdo de paz, cuando el poder de las armas les daba a las Farc relativa impunidad para cometer sus crímenes y traficar con cocaína, sí, pero no al punto que se les pudiera considerar el cartel más grande del mundo. Sea como fuere, el punto central es que las Farc ya no son un grupo subversivo, pero Uribe y su bancada de lacayos sigue sembrando desesperación entre los colombianos haciendo creer que poseen la misma capacidad desestabilizadora de antes. Necesitan mantener al fantasma vivo, y ante esto no nos debemos llamar a engaños: son ellos los que están dedicados a desestabilizar el país, para impedir que un día reine la paz. Siembran el caos, para luego aparecer como los salvadores de la confusión que han creado.

En su defensa Uribe afirmó para la W Radio que “la oposición debe aprovechar los escenarios internacionales para enfrentar la inmensa maquinaria de desinformación del Gobierno en el exterior". Volviendo al plano psicológico, a esto se le conoce como mecanismo reflejo, consistente en ver en otros lo que al paciente le ocurre: basta acudir a la historia reciente para constatar por ejemplo que el triunfo del NO en el plebiscito del 2 de octubre se dio gracias a “la inmensa maquinaria de desinformación” que diseñó el uribismo, lo cual fue reconocido –o mejor, confesado- por el propio gerente de la campaña, Juan Carlos Vélez, en declaraciones donde además se hizo evidente que el propósito de fondo fue “dañarle la fiestecita a Santos”. Maquinaria que por cierto están calcando con pelos y señales hacia la campaña del 2018, como mostré en mi columna anterior.

Esto solo es reflejo de la desesperación en la que se encuentran Álvaro Uribe y sus dañinas huestes, conscientes de que el afianzamiento de la paz (y de la JEP) no solo los aniquila como opción política, sino que sacará a relucir todas las verdades que han querido mantener ocultas, comenzando por la pavorosa maquinaria genocida del gobierno anterior conocida como los ‘falsos positivos’.
 
Digámoslo sin ambages, lo que hizo Uribe ante ese foro internacional fue ‘cagarse’ en la imagen de Colombia, y es cuando uno se pregunta si será que el escritor Fernando Vallejo tenía razón cuando dijo que “la maldad de un ser humano debería medirse en Uribes”. Y es entonces también cuando llevados por la indignación ante semejante afrenta al país que nos vio nacer, dan ganas de gritar con sonoro acento patriótico: ¡me cago en la cara de Uribe!

DE REMATE: Es irresponsable la actitud de Uribe con la imagen de Colombia ante los inversionistas internacionales, sí, pero es igual de irresponsable –o más- la complacencia de los medios con cada nueva ‘cagada’ suya, cuando la difunden y la celebran como si se tratara de la pilatuna de un niño travieso.

lunes, 5 de junio de 2017

Elecciones 2018: los pastorcitos mentirosos y el lobo feroz




A raíz de la columna de Daniel Coronell que reveló el audio de la entrevista donde Juan Carlos Vélez confesó la manipulación que hizo el uribismo para lograr el triunfo del NO, un tal Manuel Vega preguntaba en Twitter: “No entiendo por qué vuelve a un cuento que ya se contó, un capítulo de Colombia que ya concluyó. ¿Cuál es la novedad de lo que no se sabía?”. Y el columnista le respondió: “Porque el capítulo no ha concluido, esta será la misma campaña en 2018”.

Así es: lo que se está reeditando es la misma estrategia perversa de la campaña del plebiscito, cuando infestaron las redes sociales de propaganda negra y usaron el nombre de Dios como estandarte de su causa fascista. Esta columna incluso podría parecer una reedición de las cuatro que escribí en El Espectador dos meses antes del 2 de octubre tratando de advertir sobre el inminente peligro que  ello representaba, y considero mi deber dejar aquí constancia de ellas, en orden cronológico:

Hablemos de cosas sucias, 7 de septiembre

No sobra agregar que alarmado ante la situación desarrollé el Proyecto PEPA –Pedagogía para la Paz-, donde consigné una propuesta para hacer un cubrimiento didáctico en los medios sobre los verdaderos alcances del acuerdo. Gracias a los buenos oficios de un amigo político pude entregárselo en sus manos al entonces ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, pero fui consciente de que había fracasado en mi intención cuando él me dijo que lo único que podía hacer era pasarle el documento al Consejero de Paz, Sergio Jaramillo. Ahí entendí además por qué dicen que ‘una golondrina no hace verano’.

Es sabido que el presidente Santos acudió al plebiscito para taparle la boca a Uribe, convencido de que el pueblo lo iba a respaldar en su esfuerzo por consolidar la paz, pero le salió el tiro por la culata, por tres motivos básicos: el reclutamiento de pastores evangélicos y ‘cristianos’ (pagados, estoy seguro, pues a ellos no los mueve el amor a Cristo sino al dinero); la campaña enfilada a indignar a la gente, como lo reconoció Juan Carlos Vélez; y las encuestas que daban al SÍ como ganador en forma abrumadora. Esto último alentó el abstencionismo de los que pensaron ¿para qué salgo a votar si de todos modos ganará el SÍ?

Hoy se corre el peligro de que esas fuerzas oscuras comandadas por el siniestro senador Álvaro Uribe pongan Presidente en 2018, porque, como dije arriba, están reeditando su sucia estrategia. En lo referente a propaganda negra, aún no se ha dado la largada a la campaña electoral y ya comienzan a circular fotomontajes que ninguna persona culta se tragaría, pero son asimilados como verdad absoluta por la misma gente ignorante que votó por el NO para impedir “la dictadora homosexual”. Para la muestra, dos botones:

- Foto de Claudia López sosteniendo sonriente su libro Adiós a las Farc ¿Y ahora qué?, al que le cambiaron el título por ¡Agradecida con las FARC! ¿Y ahora qué? Y a su lado se lee: “Claudia López y su oscuro pasado: ¿Sabe quiénes financiaron la educación de esta señora? Las FARC”. (Ver foto).

- Portada de revista con Sergio Fajardo luciendo una boina como la del Che Guevara, con la leyenda ‘Fajardo presidió cumbre de izquierda’, acompañada de dos frases arriba y abajo: “FARC exigió a Diana Fajardo como magistrada”; y “Sin Petro, renace el lado izquierdo de Fajardo”. (Ver portada).

Los dos fotomontajes reflejan el pánico que tiene la extrema derecha a que coja fuerza la naciente coalición de centro-izquierda que López y Fajardo están liderando, y quieren inocularles ese miedo a sus masas de borregos alienados, del mismo modo que el año pasado triunfaron sembrando el temor a la “ideología de género”.

A lo anterior se suma que han comenzado a reactivar sus legiones de pastores cristianos y evangélicos, cual perros rabiosos adiestrados para la guerra. La prueba está en la columna de Yohir Akerman del domingo pasado, donde habla de una reunión que se dio en Bogotá el 24 de mayo para juntar a varios sectores del cristianismo, presidida por el falso pastor cartagenero Miguel Arrázola y en la que participaron (según audio de Arrázola dirigido a su colega Lyda Elena Arias) “Viviane Morales, Eduardo Cañas, Ricardo Arias, el Pastor Eduardo, John Milton, Rusvelt y Héctor Pardo”, con el propósito de conformar “el Consejo de Ilustres que va a dar las directrices a un comité ejecutivo sobre cómo enfrentar el país al 2018 en las elecciones”. (Ver columna).

La consigna que ahora se ha impuesto el uribismo es la de hacer ver a Juan Manuel Santos como un lobo con piel de oveja, y en esa tónica quieren convencer a las mayorías de que se estaría fraguando una alianza con las Farc para conducir el país a las garras del castrochavismo.

Para contrarrestar este proyecto maquiavélico de largo alcance, el gobierno nacional debería adoptar creativas medidas de choque –tan creativas como las de los propagandistas de la caverna- que permitan ver dónde está el verdadero lobo feroz. Se trata de demostrar que sí es posible un futuro cargado de esperanza, antes de que la fiera herida (herida por la paz) logre germinar en los corazones de los colombianos la semilla del odio y termine por lanzarnos a todos de nuevo por el despeñadero de la guerra.

DE REMATE: Pese a que avanza con paso firme la coalición entre Claudia López, Sergio Fajardo y Jorge Robledo, el peligro latente es que se conformen dos grandes bloques de centro-izquierda y por el medio se nos cuele el lobo. El otro bloque lo lidera Gustavo Petro, quien en asunto de coaliciones ya sentó un pésimo precedente cuando en su alcaldía desbarató la que lo hizo elegir: Antonio Navarro, Carlos Vicente de Roux, Daniel García-Peña, Guillermo Alfonso Jaramillo…