martes, 1 de marzo de 2016

El hermano de Santiago Uribe… ¿también caerá?


No debe sorprendernos la captura de Santiago Uribe Vélez, acusado por la Fiscalía de homicidio agravado y concierto para delinquir. En el curso de los últimos años diversos testigos lo identificaron como el jefe de la banda Los Doce Apóstoles que asesinaba a delincuentes, drogadictos y sospechosos de auxiliar a la guerrilla. Entre esos testigos están los comandantes paramilitares Diego Fernando Murillo, alias ‘Don Berna’, Salvatore Mancuso y Daniel Herrera, alias ’Don Mario’, pero el puntillazo de la acusación lo aportó el mayor (r) de la Policía Juan Carlos Meneses, quien le contó a Olga Behar con pelos y señales cómo era que el hermano de Álvaro Uribe dirigía esa organización criminal. (El clan de Los Doce Apóstoles, Ícono Editorial, 2011).

Eso no debe sorprendernos, decía, pero sí asombra que su hermano el senador y expresidente siga en libertad y disfrutando de impunidad total, pese a que sobre él también recaen fuertes acusaciones y a que muchos de sus colaboradores están en la cárcel por delitos de la más variada laya, que ocurrieron mientras él fue Presidente de Colombia.

No hace ni un año, con motivo de la condena proferida por la Corte Suprema de Justicia contra dos exministros (Sabas Pretelt, Diego Palacio), dos exsecretarios de Casa de Nariño (Bernardo Moreno, Alberto Velásquez) y la exdirectora del DAS María del Pilar Hurtado, mucha gente se preguntaba en las redes sociales por qué la justicia no ha caído todavía sobre el que les habría dado las órdenes para delinquir.

En esa ocasión la Corte hizo extensiva la culpa al jefe de los condenados cuando así sentenció: “Siguiendo instrucciones del entonces presidente Álvaro Uribe, el exsecretario general de la Presidencia y los exministros de Protección Social y del Interior dispusieron del poder que les conferían sus altos cargos para pagar con una serie de nombramientos el voto favorable de Yidis Medina y la ausencia de Teodolindo Avendaño”. Si la Corte Suprema lo señala de ser quien instruyó a sus subalternos para la comisión de esos delitos, la pregunta es de Perogrullo: ¿por qué no han ido por él?

La respuesta en parte está en el fuero presidencial, que lo blinda de ser juzgado por los tribunales ordinarios de justicia y descarga la potestad en la Comisión de Acusación de la Cámara de Representantes, de carácter netamente político, a la que con justa razón llaman de Absoluciones. Pero parte de esa impunidad también recae en el apoyo que recibe del ‘establishment’, a veces camuflado, a veces abierto.

La manifestación más patética de dicho apoyo se dio el domingo 28 de febrero con la columna del experiodista Mauricio Vargas Linares, cuando intentó torcerle el cuello al Derecho y al sentido común al afirmar que los delitos cometidos (y los delincuentes que los cometieron) durante el gobierno de Álvaro Uribe deberían quedar cobijados por la justicia transicional que se aplicará a las FARC. En medio de un sartal de incoherencias jurídicas, sobresale esta desvergonzada perla: “los uribistas pueden alegar que las maniobras para garantizar la reelección están relacionadas con el esfuerzo del Estado para acabar con el conflicto. Y si el narcotráfico es conexo porque financiaba el conflicto, no puede ser que las dádivas a Yidis Medina no lo sean si buscaban no financiarlo sino terminarlo”. (Ver columna). ¿A quién estaría haciéndole el mandado, ah? ¿Acaso a su gran amigo el exministro Diego Palacio? Averígüelo el mismo Vargas...

Volviendo al tema que nos ocupa, tal vez no sea posible probar si Uribe sabía de las andanzas de su propio hermano por los linderos de Yarumal (Antioquia); o si conocía a qué se dedicaban los dos consecutivos jefes de Seguridad en la Presidencia, generales Mauricio Santoyo y Flavio Buitrago antes de que se descubriera su prontuario criminal y fueran condenados; o si instruyó a Jorge Noguera para poner el DAS al servicio de los grupos paramilitares de la costa Caribe; o si aprobó el asesinato del profesor Alfredo Correa D’Andreis, ordenado por Noguera; o si sabía que su primo Mario Uribe andaba de ‘uña y mugre’ con los paracos de Córdoba, donde por coincidencia está la hacienda El Ubérrimo.

Ahora bien, no se descarta que su talón de Aquiles se halle en eventuales delitos cometidos antes de ser presidente, entre los cuales brilla con luz propia la masacre de El Aro, ocurrida en 1997 cuando se desempeñaba como gobernador de Antioquia, por la que el Tribunal de Medellín lo vinculó al proceso y en tal sentido ordenó investigarlo mediante providencia donde detalla cómo en el curso de diez años Uribe estuvo rodeado de tal cantidad de personas involucradas con grupos paramilitares, que “no era posible estar dentro de esa piscina sin mojarse”.

Sea como fuere, en torno a la masacre del Aro hay dos muertos que desde su tumba parecieran jalarle las patas y enredarle el caminado a Uribe: uno, Francisco Villalba, testigo estrella en su contra y uno de los perpetradores de la matanza, condenado a 33 años y dejado misteriosamente en libertad condicional para que unos días después, el 23 de abril del 2009, fuera asesinado frente a su esposa y su hija de cuatro años. Villalba aseguró que esa masacre se planeó por instrucciones del entonces gobernador de Antioquia con el fin de rescatar a su primo Mario, secuestrado con otras seis personas por las Farc. Dijo que la orden la dio Uribe “directamente. Se la dio a Carlos Castaño, la comunicó y yo estaba presente”. (Ver video de Noticias Uno).

El otro muerto es Pedro Juan Moreno, quien (según Don Berna) siendo secretario general del gobernador Álvaro Uribe le pidió a Carlos Castaño asesinar al defensor de derechos humanos Jesús María Valle, debido a que tras la masacre de El Aro este se dedicó a denunciar alianzas entre la Fuerza Pública y los paramilitares que la ejecutaron. Moreno terminó distanciándose de su gran amigo Álvaro cuando este llegó a la presidencia, y ahora se investiga si su muerte fue un accidente o el resultado de un sabotaje al helicóptero en el que se movilizaba durante su campaña al Senado, en cuyo recinto prometió contar cosas sobre su antiguo aliado apenas fuera elegido. (Ver investigación de El Espectador).

En busca de posibles coincidencias entre Francisco Villalba y Pedro Juan Moreno, encontramos una en particular: ambos ‘sabían demasiado’ sobre la masacre de El Aro. Es posible que Álvaro Uribe nunca vaya a parar a la cárcel, pero de solo saber que su hermano está preso, se justifica citar el famoso refrán: “tanto va el cántaro al agua, que al fin se rompe”.

DE REMATE: Si la Fiscalía logra demostrar la acusación contra Santiago Uribe y este fuera condenado por la justicia, significaría que Colombia tuvo durante ochos años seguidos como Presidente de la República al hermano de un asesino redomado.


1 comentario:

Maria Jose Escobar dijo...

mentid, mentid, mentid que algo quedara