jueves, 25 de abril de 2013

Diatriba contra el matrimonio



A algún columnista de cuyo nombre no puedo acordarme le leí que mientras los homosexuales están luchando a brazo partido para que los dejen casar, las parejas tradicionales solo piensan en separarse.

Esto tiene una mitad de verdad, porque si bien es cierto que el matrimonio heterosexual como institución atraviesa una profunda crisis, la lucha de los homosexuales no es para que los dejen participar del rito o la ceremonia del casamiento, sino para que se les reconozca los mismos derechos que a las parejas heterosexuales, por una razón de peso jurídico inviolable: porque la igualdad es para todos.

Frente a este sustento jurídico –que terminará por imponerse, como acaba de ocurrir en Francia- el tema del matrimonio homosexual tiene cada día menos resistencias, al menos entre personas con cuatro dedos de frente. Pero no ocurre lo mismo frente a la adopción, donde incluso gente que se autodenomina como librepensadora considera que la pareja homosexual no tiene ese derecho, y la justificación es que “el padre y la madre deben ser modelos para sus hijos”, mientras que “una pareja homosexual ofrecería a sus hijos adoptivos un ejemplo por lo menos confuso”.


A mi modo de ver el problema no es de preferencia sexual, sino de cómo se manifiesten el amor y el respeto entre la pareja. Si estos se dan, ¿por qué les va a molestar a un niño o niña el tener dos papás o dos mamás, si están recibiendo un buen ejemplo de vida?

En este contexto, un error histórico de fondo ha estado en creer que la razón de ser del matrimonio es la procreación, como mandato sagrado, y la más directa consecuencia de tan absurda práctica es que ha aumentado la población mundial hasta niveles ya cercanos a la autodestrucción del planeta.

Vista desde una óptica existencial y filosófica –o sea humanista, desprovista de cualquier sesgo religioso- la razón de ser del matrimonio sólo puede apuntar a la búsqueda de la felicidad de dos personas, sin importar su preferencia sexual, pues esta no está sometida a una decisión individual, sino que con ella se nace.

El asunto de los hijos debería estar sujeto a elección, y aunque pareciera que así ha venido ocurriendo, la verdad es que hasta hace muy poco tiempo la mujer se casaba atada a la obligación de darle a su marido “todos los hijos que Dios tenga a bien enviarle”. Muchas parejas todavía se casan con una especie de chip incorporado que les dice que a partir de la luna de miel deben dedicarse a procrear, porque para eso se casaron, así las condiciones económicas no lo permitan. Eso antes se solucionaba cuando desde el púlpito les decían que “cada niño viene con su pan debajo del brazo”, o que “Dios proveerá”. Y era mentira.

También les decían –justo el día de la boda, para hacer el asunto más funesto- que de ahí en adelante debían estar juntos “hasta que la muerte los separe”. Ese era el alevoso contrato que se establecía con la institución que los casaba, y la alevosía consiste en que a ambos miembros de la pareja les era humanamente imposible vaticinar si podrían entenderse hasta el final de sus vidas, pero les estaba prohibido separarse, so pena del señalamiento y el ostracismo social. Diríase que el matrimonio llevaba cobijado un concepto subliminal de castigo, pues se les obligaba a permanecer juntos cual si compartieran en cadena perpetua una cárcel, también llamada “hogar”, de la que ninguno de los dos podía liberarse por voluntad propia.

Hace apenas 30 años el divorcio no estaba permitido, y cuando se comenzó a plantear como una posibilidad legal la Iglesia Católica se opuso con fiereza desde los púlpitos, desde el Congreso, desde los estrados judiciales y desde los medios (desde todas partes, mejor dicho), alegando que permitir la separación legal era acabar con la familia, con la sociedad y con las buenas costumbres, que es lo mismo que hoy se invoca frente al matrimonio igualitario. La diferencia es que ahora el ataque no va dirigido contra los réprobos que tenían la intención de separarse, sino contra los homosexuales, a quienes por supuesto señalan como seres inferiores o de menor valía, mientras los que así predican se dedican en sus vidas privadas al onanismo unos, y otros o a la práctica secreta de la pedofilia.

No deja de constituir amarga paradoja que sean precisamente los que no se casan quienes pretenden legislar y decidir sobre qué es lo que le conviene o no a la pareja, y a quiénes sí les está permitido amarse y a quiénes no, cuando son precisamente ellos los que disfrutan del inmenso privilegio de no estar sometidos a la fatigosa vida conyugal (con-yugo, ¿sí captan?), también conocida como “convivencia”, la cual en los términos de obligatoriedad en que está planteada se convierte para muchos en un infierno que los atrapa, y del que no se atreven a salir porque se los impide el sentimiento de culpa que una rígida moral judeocristiana les ha ‘inyectado’ desde la cuna.

Es cierto que ante los hijos sí se asume una obligación, y solamente ante ellos, pero si se partiera de asumir que el libre desarrollo de la personalidad está íntimamente asociado a la práctica inalienable de la libertad individual, sería sin duda más llevadera la solución de los conflictos y menos traumática una eventual separación, tanto para los miembros de la pareja como para los hijos que hubiere. (También es cierto que hay matrimonios que son felices toda la vida, pero son la excepción a la regla, y el que esté libre de aburrimiento que tire la primera piedra).

Sea como fuere, quizá no se ha ahondado lo suficiente sobre los peligros que acarrea para la estabilidad emocional la obligatoria convivencia diaria, que por sentido común tiene que conducir a la monotonía, pues se expresa en actos tan repetitivos como compartir todas las insalvables noches la misma cama y todas las madrugadas el mismo baño, con los mismos olores íntimos y los mismos pelos caídos de quién sabe dónde –y de quién sabe quién- sobre el piso de la ducha, y es entonces cuando más de uno medita en si no habría sido más conveniente para la buena marcha de la relación que desde un principio se hubiera acordado que la pareja viviría en el mismo edificio o en el mismo barrio pero no en las mismas cuatro paredes, como hicieron primero Mía Farrow y Woody Allen y luego este con su hijastra Soon Yi, 35 años menor que él, en lo que constituye una muy inusual pareja pero en comprobación de que en asuntos del amor no hay nada escrito sobre la Tierra, así unos célibes y en parte eunucos jerarcas pretendan hacernos creer otra cosa, e imponernos sus obsoletas –por impracticables- normas.

Esto se iba extendiendo más de la cuenta –en coincidencia con el matrimonio- pero sea la ocasión para reparar en una cifra que recién dio a conocer la Superintendencia Nacional de Notariado y Registro, donde se demuestra la justeza de mi planteamiento: en los últimos años las rupturas matrimoniales crecieron en más del 17 por ciento, y sólo el año pasado se divorciaron 18.015 parejas, mientras que en 2011 lo hicieron 15.326. Súmele a ello que según The Economist Colombia es el país del mundo en el que la gente menos se casa, pues hay apenas 1,7 matrimonios por cada 1.000 habitantes. Y que esto ocurra precisamente en un país con mayoría católica, debería invitar a la reflexión…

Queda demostrado entonces que tienen razón tanto los que consideran que la institución matrimonial atraviesa por una severa crisis –de la que muy seguramente no se repondrá-, como también los que hablando a nombre de su experiencia personal pregonan que el matrimonio, según reza el dicho popular, “al que no lo mata lo desfigura”.

Twitter: @Jorgomezpinilla

3 comentarios:

Alberto Acero dijo...

Quiero referirme a su concepto sobre el matrimonio. Le pregunto si es casado porque si no lo es, sería clara la razón por la que escribió semejante cantidad de sandeces y por supuesto tendrían para mi el mismo valor que Ud. le atribuye a los sacerdotes cuando hablan de la relación matrimonial, es decir ninguno.

Si es casado, y veo que es Ud. una persona mayor, lamento mucho que no haya tenido el valor, empeño, humildad y capacidad suficiente para construir una relación que como Ud. mismo lo expresa busca la felicidad. Como se nota que no tiene idea de los objetivos de un matrimonio, no sabe Ud. que significa construir un "hogar", está tan inmerso en su egoísmo que no ha aprendido el significado de compartir, ser generoso, respetar, responder por el otro, comprometerse, entregarse a su proyecto de vida en pareja, en una palabra AMAR.

Es claro que para Ud. el matrimonio es un evento y listo. Por si no lo sabe el matrimonio es un "estilo de vida" es una decisión, es el camino que elegimos libremente y que depende de cada uno de los miembros, y solo de ellos, el destino que tenga – Nada tienen que ver los sacerdotes en esto. Si Ud. se expresa así del matrimonio, es porque eso fue lo que Ud. hizo de él, por supuesto es mas fácil quejarse y colocarse en el papel de victima. Ahora resulta que el capitán del barco se pregunta quién es el responsable del naufragio.

Tengo 20 años de casado y tres hijos y desde el primer día he trabajado con mi esposa para realizarnos como individuos, como pareja y como familia. Puedo decirle que ha sido una experiencia maravillosa y para que se asombre, no somos tan raros, conocemos cientos de parejas que también lo son.

A propósito: Cuál es el objetivo del artículo? Defender la unión de homosexuales, criticar a los sacerdotes o hablar mal del matrimonio?

Jorge Gómez P. dijo...

El objetivo del artículo es mostrar la nefasta influencia que la Iglesia Católica y toas las iglesias en general han ejercido sobre la humanidad, comenzando por la superpoblación del planeta, "a niveles cercanos a la autodestrucción del planeta".

El otro objetivo del artículo es mostrar algo tan absurdo como que sea una gente que no se casa (y que además practica una doble moral, pues predican pero no aplican) sean los que en el curso de la historia han "gobernado" sobre las mentes, los pensamientos y las acciones de la gente.

Yo soy un convencido de que no ha habido nada más dañino para la historia de la humanidad que el poder que a lo largo de los siglos han conquistado las religiones.

Para mayor claridad:

http://www.semana.com/opinion/articulo/se-buscan-modelos/255585-3

Alberto Acero dijo...

Hola, entonces se equivocó de título para el artículo. Si esa es su posición mejor expresarla claramente. Muchas gracias por sus respuestas y comentarios.