martes, 23 de febrero de 2021

Historia de dos amigos que se fueron

 


Tomado de El Espectador

Es impresionante la cantidad de personas que en el segundo año de este gobierno delirante han muerto contagiadas por el coronavirus. En orden de importancia política y en llamativa paradoja, la lista la encabeza el exministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo, quien pese a estar en apariencia blindado por ser el encargado de “defender” a los colombianos, murió en ejercicio de sus funciones, en demostración sintomática de la ineptitud de este gobierno en temas de salud.

En el caso que me ocupa, exceden los dedos de una mano las personas cercanas que se llevó el covid. Pero me ocuparé en especial de dos, porque fueron amigos a los que quise mucho, pese a estar en bandos políticamente opuestos: Julio César Duarte Pinilla, conservador uribista, católico fervoroso; y Héctor Moreno Galvis, liberal de izquierda, ateo por convicción.

Una coincidencia une a estos dos amigos idos: supe de su existencia mientras me dedicaba a crear un medio de comunicación, en el primer caso impreso y en el segundo digital.

A “don Julito” -como yo le decía- lo conocí hace unos doce años cuando decidí abandonar a Bogotá para asentarme en Girón y se me ocurrió crear un periódico llamado El Gironés. Lo contacté para que en su condición de publicista (de la Tadeo Lozano de Bogotá) me ayudara con el diseño. Y no solo nos asociamos en torno a ese medio, sino que terminamos de grandes amigos.

Amistad que me sirvió para entablar relaciones con la sociedad y las autoridades de Girón, a las que Julio era cercano, y a él le sirvió para que lo nombraran secretario de Cultura en la alcaldía del ‘Loco’ Luis Alberto Quintero, pese a que nunca congenié con esa administración. Cuando lo nombraron, él dejó de ser mi socio -ética obliga-, pero seguimos siendo amigos. Años después le dediqué una columna para Semana que titulé Mi mejor amigo es uribista. La escribí en gesto de gratitud, porque por esos días me perseguían ciertas alimañas y él me brindó refugio en su hogar. Recuerdo por cierto que su querida madre acababa de fallecer, y el sitio que por esos días yo ocupaba para dormir era la habitación que ella acababa de abandonar.

Con ‘Julio-Pinilla’ -como le decían en Girón- ocurrió que viniendo hace tres meses de Piedecuesta tuvo un aparatoso accidente vial y fue llevado a la Clínica Chicamocha, donde en los exámenes que le hicieron se descubrió que tenía covid, enfermedad de la que al parecer era asintomático. Los médicos no le dieron importancia a una gran dificultad que tenía para respirar, creyeron que era por el virus. Pero era porque tenía un pulmón perforado a causa del accidente, y le descuidaron una hemorragia interna. Y lo demás ya es historia, murió sin siquiera haber cumplido 40 años.

A Héctor Moreno Galvis lo conocí en Bucaramanga hace unos tres años. Sabía que era un político liberal, exalcalde de Bucaramanga, quien comenzó su carrera política en el Frente Liberal de Izquierda (FILA) de Horacio Serpa. Me lo presentó un amigo de él que había sido veedor del Partido Liberal en Santander. Héctor quería conversar conmigo, era lector de mis columnas desde que yo escribía para Semana.

El día que lo conocí fui a su oficina, en compañía del citado amigo. Al abrir la puerta, llamó mi atención que escuchaba a Silvio Rodríguez: “mi unicornio azul ayer se me perdió”. En ese encuentro hablamos de todo, menos de política: la Nueva Trova cubana, Silvio y Pablo, la poesía española, el franquismo asesino. Coincidimos en ser conocedores -y recitadores- de Antonio Machado, de García Lorca, de Miguel Hernández.

En asuntos de política, ambos liberales progresistas, bastante más a la izquierda que afines al tibio centro. Producto de nuestras charlas, un día le conté que quería sacar adelante un proyecto de integración regional mediante una página web que se llamaría Orgullosantandereano.com, y le pregunté si estaría dispuesto a apoyarlo. Él me contestó con un no rotundo. Me dijo que estaría dispuesto a apoyarme, sí, pero no con un proyecto regional sino nacional. Y le cogí la cuerda, por supuesto: es mejor llegar a millones de personas que a cien mil.

Con base en su oferta, con un grupo de periodistas nos dimos a la tarea de confeccionar un medio digital independiente. Cuando le presentamos a Héctor el presupuesto de gastos, lo aprobó sin chistar. Gracias a su patrocinio financiero, ElUnicornio.co pudo ser lanzado el domingo 6 de octubre de 2019 con una entrevista exclusiva que el expresidente Juan Manuel Santos nos concedió en Bucaramanga, donde lo primero que le pregunté fue “qué piensa del regreso a las armas de tres excomandantes de las Farc, qué implicaciones puede tener a mediano plazo”. (Ver entrevista).

¿Qué pidió Héctor Moreno a cambio de su apoyo? Buena pregunta. Si ustedes buscan en ElUnicornio.co encontrarán que de él hay solo dos artículos: uno donde se dirigió al comisionado de paz para decirle que “Es hora de la paz con el ELN, doctor Ceballos”, y otro donde presentó una “Propuesta para convertir a Santurbán en Parque Nacional”. Nunca se metió con el contenido ni con nuestra línea editorial, ni nos dijo qué debíamos publicar o qué no.

A Héctor -con setenta años encima, obeso e hipertenso- lo agarró el virus del covid en Bogotá y permaneció tres meses conectado a un respirador, bocabajo. Cuando por fin logró salir del trance que lo tuvo en el callejón de la muerte, le hicimos una entrevista para El Unicornio, donde contó que un día el cuerpo médico llamó a su esposa para decirle que debían desconectarlo y que se acercara a despedirse. Ella les dijo, sin asomo de duda: “nadie puede disponer de la vida de otra persona, la última palabra la tiene Dios”. Así que siguió conectado, y dos días después presentó una asombrosa recuperación que lo regresó a la vida, y un periodista de La Parrilla tituló diciendo que Héctor Moreno había dejado de ser ateo. (Ver entrevista).

La última vez que vi a Héctor fue dos días antes de su muerte repentina, el martes 9 de febrero -día del Periodista para más señas- en su oficina de Bucaramanga, ciudad a la que regresó por recomendación médica. Hoy solo puedo decir que conocí a un hombre que con el paso de los días se convirtió en amigo entrañable, con el que tuve animadas charlas y llegué a querer como un ser humano invaluable, y al que le dedico esta estrofa de Miguel Hernández:

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida”.


Post Scriptum: Durante el funeral de Héctor una hija suya citó otro verso del mismo poeta andaluz, que ella le escuchó en algún brindis: 

“Varios tragos es la vida / y un solo trago es la muerte”.


lunes, 15 de febrero de 2021

La magia del nopal en mi cerebro

 


Tomado de El Espectador 

No pertenezco a los ‘creyentes’ en esos productos que de la noche a la mañana comienzan a ser vendidos como panacea para diversos males, tipo Noni hace una década y Moringa en esta pandemia, pero quiero contar mi experiencia en torno a algo que empecé a consumir hace unos meses y cuyos aparentes efectos hoy me tienen escribiendo esto.

 

Una persona de toda mi confianza, esteticista ella, me ofreció el nopal como algo que podría ser útil a mi digestión, por la fibra que contiene y porque regulariza los niveles del azúcar, y además sirve para aliviar ya no recuerdo qué otras cosas de esas que se le van deteriorando a uno con el paso de los años.

 

Antes de darle el sí, quise consultar en esa biblioteca de Babel llamada Google. Y encontré que del nopal se dicen maravillas, y que su uso está arraigado en México desde los tiempos en que era consumido crudo por los guerreros aztecas. Y no alargo el tema de los beneficios para que esto no parezca promoción de televentas.

 

Después de darle el sí, recibí tres pequeñas bolsas de nopal cortado en finos trozos, cada una de las cuales debía alcanzarme para tres dosis o porciones. Debía tomarlo como jugo en ayunas, después de licuarlo en un vaso de agua y de pasar lo licuado por un colador. La primera vez el sabor amargo me hizo pensar que desistiría de la idea, pero luego de consultar a la proveedora y de sugerirme que le agregara el jugo de un limón y dos cucharadas de miel, me gustó el sabor final. Estimulante al paladar.

 

Y lo seguí consumiendo, y acabé las tres bolsitas y pedí tres más, y la muy sagaz proveedora del nopal ya no me trajo tres sino cuatro bolsas por el mismo precio.

 

Y comencé a sentirme mejor, pero no por cuenta de una digestión más fluida o niveles estables del colesterol, no. Sino en lo mental.

 

En mi muro de Facebook tengo como avatar Señor, dame lucidez que del resto me encargo yo. Pues bien, unas tres o cuatro semanas después de tomar juiciosamente todas las mañanas el jugo de nopal en ayunas con limón y miel, lo que en un principio percibía como lucidez mental fue pasando a una categoría que he dado en llamar “euforia intelectual”.

 

Me despierto, preparo café tostado en cafetera italiana, voy a la nevera, saco bolsa de nopal, vierto una manotada en la licuadora, etc. Me tomo eso, luego la primera taza de café. A continuación, un desayuno frugal con granola dietética, rodajas de banano (o manzana y/o pera) esparcidas sobre la leche -bajísima en grasa- y esparcidas grageas de chocolate al 70 por ciento de cacao. Luego del desayuno me pongo a trabajar, y estamos en el punto al que quería llegar.

 

El trabajo del suscrito columnista es el de escritor, una actividad meramente intelectual, de pensar, excepto cuando salgo a la terraza de mi casa a fotografiar nubes que cuelgo en este muro o deposito en la carpeta de la Nuboteca.

 

Empezar a escribir cada nuevo día no es fácil y se relaciona con eso que Gabriel García Márquez llamaba el pánico a la hoja en blanco, más si te encuentras sin tema o si sientes como que te agarras a puños y patadas con las palabras porque la idea que tenías no cuaja.

 

Pues, ténganse de atrás: desde que comencé a consumir nopal en ayunas todas las mañanas he sentido en mi cerebro un cambio diferente en la percepción de la realidad, que se expresa básicamente en lucidez mental y deseo genuino de estar creando, escribiendo, inventando, fabulando o informando, pero siempre produciendo.

 

Tengo bajo mi responsabilidad la dirección del portal El Unicornio, así llamado en evocación histórica del día en que desde Silicon Valley el subpresidente Iván Duque dijo que Colombia se convertiría en “un unicornio tecnológico”. Esto demanda un gasto permanente de energía cerebral en la revisión, edición y titulación de una buena cantidad de textos, sumado a la redacción de otros, como mi columna de El Espectador.

 

Pero ocurre que esa inmensa cantidad de trabajo, en lugar de producirme agobio o estrés, se presenta de un tiempo para acá como algo muy entretenido.

 

Lo llamé euforia intelectual, porque es así como lo siento. No se presenta ninguna alucinación y sus efectos son muy diferentes a los de la marihuana, que según dicen produce modorra, mientras que el nopal pareciera más bien incitar a la acción, a concentrarse sin descanso en un trabajo cuya materia prima es pensar y en todo momento se hace con gusto. Según El Clarín de Argentina citando una investigación del Tecnológico de Monterrey (México), el nopal “protege las células del cerebro frente a los radicales libres”. Debe ser por eso. (Ver artículo).

 

En días recientes entrevistamos en ElUnicornio.co a quien considero el decano del periodismo en Colombia, Daniel Samper Pizano (amigo mío, juzgo ético decirlo), y apenas me vio exclamó con su habitual sinceridad: “Lo veo muy bien, parece que le está sentando el confinamiento”. Quise responderle que quizá no era el confinamiento sino el nopal, pero no era la ocasión.

 

Sea como fuere, lo del nopal como generador de una frenética actividad intelectual no es algo traído de las hilachas, incluso se le podría atribuir a las mismas cualidades mágicas de la raíz del peyote, una planta mexicana de la misma familia del cactus y el nopal.

 

Si no me creen, les invito a remitirse al antropólogo Carlos Castaneda en sus libros Las enseñanzas de don Juan y Viaje a Ixtlán, donde habla de las experiencias “iluminadoras” que tuvo con el peyote en compañía de un viejo indio de la etnia yaqui, profundo conocedor de las propiedades de las plantas y hongos de la región.

 

Y con esto les dije todo.

 

Post Scriptum: ¿Acaso el Ejército tiene la orden de no hacer nada contra las bandas que asesinan a líderes sociales y desmovilizados de las Farc... o es que actúan en complicidad con ellas, o sus tropas tienen la moral tan baja que son incapaces de combatirlas? Solo pregunto.


martes, 9 de febrero de 2021

¿Y si gana Fajardo?

 

Tomado de El Espectador

En reciente conversación con un reconocido analista político, imaginé un escenario donde Ángela Robledo se imponía con su carisma en la consulta de los verdes y se hacía a la candidatura de dicho sector. Pero mi interlocutor pensaba otra cosa: “no le extrañe si el próximo presidente es Sergio Fajardo”.

Desde entonces el asunto no ha dejado de preocuparme, en parte porque estoy convencido de que mi amigo el analista es más inteligente que yo, y en parte porque creo que en la delicada coyuntura actual Colombia merece un presidente con mayor capacidad de liderazgo. Uno menos tibio, por supuesto.

Ahora bien, es evidente que se está conformando una convergencia de centro, en apariencia fuerte, a la que concurren con sus votos y sus voluntades Humberto de la Calle, Juan Fernando Cristo, Juan Manuel Galán, Jorge Robledo, Antonio Navarro y el partido Alianza Verde, además de Fajardo y otros. Es extraño que en la reunión de hace unos días no hubiera estado ni para la foto Ángela Robledo, a no ser que no la hubieran invitado, en cuyo caso tendría razón la brillante columnista Sara Tufano: “esa coalición que armaron para apoyar a @sergio_fajardo no solo destila machismo, sino que representa el más grosero elitismo”. (Ver trino)

Sea como fuere, hablando en plata blanca, dentro de esa convergencia están las dos votaciones más altas a la alcaldía de Bogotá -casi tres millones de votos-, la del senador más votado del Polo y el caudal electoral que todavía conserva Sergio Fajardo. Agreguen los que eventualmente lleve Ángela Robledo, y el total sobrepasaría los casi cinco millones de votos que obtuvo Gustavo Petro en la primera vuelta de 2018, donde los tres y medio adicionales de la segunda tuvieron que haber sido puestos por lo que hoy se conoce como el centro.

Es cierto de todos modos que Petro cuenta con un liderazgo indiscutible de masas, y que como dijo Matador para Semana TV, “el mejor asesor de campaña de Petro para el 2022 es Iván Duque”. (Ver video). Además, la presencia del líder de Colombia Humana en redes sociales es muy activa, sobre todo en Twitter, donde el uribismo y el petrismo copan la polarizada atención. Pero no todo en la vida es Twitter: de los 50 millones de colombianos, solo una suma cercana a seis millones tiene cuenta en esa red social. Más los hay en Facebook, casi 30 millones, pero ahí es la vida social de los usuarios la que manda la parada, antes que la discusión política.

Si tan solo consideramos que el electorado colombiano sigue siendo un target de mercadeo político fácilmente manipulable por hábiles estrategas (de los cuales carece la Colombia Humana), sumado a la marcada sujeción mental de la población a los “valores cristianos” -entre los que priman la humildad y la obediencia-, Petro no la tiene tan fácil, como podría pensarse desde un celular conectado a Twitter.

En síntesis, no se puede descartar que para 2022 Sergio Fajardo y Gustavo Petro se vean de nuevo las caras en primera vuelta.

Si gana Petro y enfrenta de nuevo al candidato de la derecha, la pregunta del millón es qué haría Sergio Fajardo: ¿reincidiría en su preferencia por el voto en blanco? Inaudito pensar que repita tan temeraria opción, es casi de sentido común que estaría obligado a apoyar a Petro.

¿Y si gana Fajardo? Petro ha empeñado su palabra en que le brindaría su apoyo.

En lo que al suscrito respecta, haciendo de tripas corazón actuaría igual: tras reconocer el triunfo de Fajardo en franca lid, me alistaría no solo a votar por él, sino que adelantaría todo el activismo posible para lograr su triunfo, bajo la consigna de impedir un cuarto período del sujeto que hoy gobierna a Colombia con autoritaria mano de hierro, en alianza cómplice “por debajo de la mesa” con las fuerzas oscuras que le acompañan.

Volviendo a Sara Tufano, en otro de sus trinos afirmó que “no soy admiradora de Petro, apoyo el programa político de la Colombia Humana”. Me pasa lo mismo. A la que sí admiro -incluso de hombre a mujer- es a Ángela Robledo, a quien vislumbro en dos escenarios posibles: ganándole a Sergio Fajardo en la consulta de los verdes, o juntándose de nuevo con Petro.

DE REMATE: En la primera vuelta de 2018 voté por Humberto de la Calle porque creía que la urgencia era defender la paz, y en la segunda voté por Petro porque era la única salida viable que le quedaba a Colombia para impedir el regreso de la bestia. El voto en blanco fue, es y será irresponsable -o inocuo, dependiendo de la ocasión- mientras no exista el voto obligatorio. (Ver columna).

@Jorgomezpinilla

martes, 2 de febrero de 2021

¿Ángela o Petro? Un corazón dividido

 


Tomado de El Espectador

Comencemos por decir que la fórmula Gustavo Petro – Ángela Robledo de hace tres años habría sido el “matrimonio ideal” para gobernar a Colombia. En este contexto la renuncia definitiva de Ángela María Robledo a Colombia Humana podría verse como algo negativo, pues profundiza la división de la centro-izquierda. Pero podría tener su lado positivo.

Ángela renuncia porque cree que no dispone de espacio para su legítimo anhelo de aspirar a la Presidencia y, aunque no sale dando un portazo, sí hace todo el ruido mediático del mundo con su versión según la cual el feminismo o “las mujeres” no tienen cabida en el movimiento que preside Gustavo Petro. Todo ese ruido le sirvió para posicionarse, ahí hizo bien la tarea, así muchos fans de Petro hubieran hecho el respectivo ruido para tildarla de “traidora”.

Donde sí cree disponer de espacio Ángela, es en el ámbito conocido como “centro”, al que confluyen todos los que no son Petro ni uribismo: Sergio Fajardo, Humberto de la Calle, Juan Fernando Cristo, Jorge Robledo, Roy Barreras, Iván Marulanda, Camilo Romero, Juan Manuel Galán, Carlos Andrés Amaya… y faltan datos de otros municipios. Cada uno de ellos en el fondo de su vanidoso corazón cree que puede dar la sorpresa y quedarse con el premio mayor.

En medio de tan variopinto repertorio, no creo caer en error si afirmo que las personas que hoy más brillan con luz propia son Fajardo y Ángela. En ese orden. A mediano plazo hay un asunto que ambos todavía no han resuelto, y es si se van a meter a Alianza Verde para buscar la candidatura por ahí. Mi humilde punto de vista es que a Ángela no le conviene meterse, pero a Fajardo sí.

En el caso de Fajardo, forma parte de su sempiterna tibieza que todavía no lo haya hecho. Pero debió hacerlo desde tiempo atrás, pues él viene a ser algo así como el líder natural de los verdes (¿si no es Fajardo, quién?), además con un caudal de votos considerable, tanto así que estuvo cerca de desbancar a Petro.

Hoy Fajardo se sigue cuidando -o descuidando, vaya uno a saber- al no resolver si se incorpora a Alianza Verde o se queda con su Compromiso Ciudadano, y ese espacio de lo dubitativo comienza a ser llenado por figuras como un experimentado Humberto de la Calle, un sagaz Roy Barreras o una amorosa Ángela Robledo.

A Fajardo le conviene meterse antes de que otros acaben de llenar el espacio que él no ha querido ocupar, y a Ángela le conviene no meterse porque si se mete ahí, quizá se la tragan viva y se acaba su proyecto. Pero los verdes la necesitan: es mujer y la representación femenina suma simpatías electorales, y esto acrecienta el balance de P&G del partido a la hora de la reposición económica de los votos, llámese consulta o escrutinio electoral.

El problema de no meterse reside en que Ángela anda huérfana de partido. Así que, si quisiera mantener su aspiración como independiente, le tocaría mediante firmas o buscando el aval de otro partido.

Ahora bien, ¿qué tal si decidiera dar la pelea dentro de Alianza Verde, y con el tiempo del que dispone se dedicara a armar una atractiva campaña que captara sobre todo el voto femenino, y diera la gran sorpresa o batatazo en la consulta de marzo?

 

Estoy pensando con el deseo, por supuesto, porque basta mirar las respectivas cuentas de Twitter de Fajardo y Ángela para constatar que algo va de los 500 mil seguidores de ésta al millón y medio de aquél, y eso cuenta a la hora de las urnas.

Pero soy un convencido de que el poder de convicción de las palabras (o de las letras, en mi caso) puede servir para ayudar a cambiar el mundo y, apuntando a esta meta altruista, nada sería más saludable para nuestra aporreada democracia que el retiro de la opción presidencial de Fajardo.

Y esto solo requiere de pedagogía política: convencer al mayor número posible de colombianos que lo más conveniente para el triunfo de una amplia coalición -una que deje las puertas abiertas para construir un nuevo país con la ayuda de Petro- es sacando de la baraja antes de la primera vuelta al que se fue a ver ballenas.

Es más, si se presentara la eventualidad de que Ángela Robledo decidiera meterse a Alianza Verde, me tentaría la idea de afiliarme a ese partido para adelantar desde adentro un trabajo político que contribuyera a tan noble causa: “neutralizar” al tóxico Fajardo, para decirlo en términos obdulianos.

Y aquí no faltará quien revire: cómo así, ¿este no es el mismo que días atrás proponía como fórmula imbatible la unión de Petro y De la Calle, o sea de la izquierda y el liberalismo?

El mismo, sí. Y me sostengo. Pero dije arriba que tengo mi corazón dividido entre Ángela y Petro, porque abrigo la certeza de que si en la primera vuelta fueran los candidatos que representaran la oposición al uribismo gobernante, nuevos y refrescantes vientos soplarían para Colombia.

Baste citar tan solo una frase de la amable carta de renuncia que Ángela le presentó a Petro, para entender que tan promisorio panorama quizás -con la voluntad de muchos- sí es posible: “A lo largo de este camino estoy segura de que podremos retomar el diálogo respetuoso que hemos sostenido, y confío que nos permitirá tomar las mejores decisiones que las circunstancias aconsejen para el bien de este país que tanto amamos”.

DE REMATE: ¿Hay coincidencia ideológica entre quienes creen que los que quieran protestar deben irse al Protestódromo -donde nadie los vea- y los que andan matando jóvenes y líderes sociales, sembrando terror indiscriminado para que a la gente le asuste pensar por cuenta propia, como si fuera el accionar de una pavorosa máquina dedicada a sembrar terrorismo desde el Estado? Solo pregunto.


martes, 26 de enero de 2021

Las ‘hazañas’ del general Rafael Samudio

 

Tomado de El Espectador

Transido por la indignación hace dos semanas escribí ‘en caliente’ una columna para El Espectador, que luego me abstuve de enviar, titulada El genocidio de Barco y el actual: ¿alguna diferencia? La dejé en salmuera, le corregí sus excesos y luego la publiqué en ElUnicornio.co. (Ver columna).

En ese momento asumí como verdad irrefutable la columna que Alberto Donadío publicó en Losdanieles.com, por la seriedad profesional que siempre se le ha conocido. Allí, basado en una fuente anónima, mostraba al entonces presidente Virgilio Barco aprobando el genocidio que en su gobierno se desató contra la Unión Patriótica y del que el Ejército fue impotente para contener, o cómplice para instrumentalizar, vaya uno a saber. (Ver columna).

Pasados 15 días de dura polémica tras esa publicación, ya con ciertas dudas decantadas y nuevas verdades reveladas -como lo de César Gaviria sobre el general Miguel Maza, escalofriante- un primer balance de la situación lleva a pensar que quizá Donadío se extralimitó, pues habría incumplido lo que el abogado y columnista Ramiro Bejarano considera norma inquebrantable del derecho penal: “no puede acusarse a nadie con una prueba que no se pueda revelar”.

Donadío respondió en conversatorio con Losdanieles.com que “eso es cierto en lo teórico”, pero la prueba real de su escrito estaría en los más de 3.000 asesinatos selectivos que hubo contra los miembros de esa agrupación. Yo había titulado “El genocidio de Barco”, y esto sería un error, pues de su supuesta aprobación no quedó prueba jurídica, pero hoy quiero apuntar a algo que dije ahí y en lo cual me sostengo:

Si nos pusiéramos a comparar la matanza ocurrida durante el gobierno de Barco con la ola actual de masacres, asesinatos de líderes sociales y eliminación selectiva de desmovilizados de las Farc, tanto los métodos de exterminio como el propósito estratégico-militar siguen siendo los mismos: la aniquilación sistemática de un grupo poblacional al que se le define como enemigo a aniquilar. Lo único que en apariencia cambia son los autores materiales, antes grupos paramilitares que masacraban con la complacencia u omisión -o participación- del Ejército (como está documentado por variadas fuentes); hoy, supuestos mafiosos del Cartel de Sinaloa o grupos residuales del paramilitarismo que, misteriosamente, nunca son apresados.

¿Quién desde el Ejército habría estado al frente de las tareas de exterminio de la Unión Patriótica, cuya ocurrencia nadie puede negar? No sabemos si al frente, pero sí enterado y en extremo negligente: el general Rafael Samudio Molina, a la sazón ministro de Defensa y a quien el consejero de paz de Barco, Carlos Ossa Escobar, le expresó su preocupación porque todos los días mataban a por lo menos un integrante de la UP. Y Samudio le contestó: “a ese ritmo no van a acabar nunca”.

Hablamos del general que siendo comandante del Ejército en noviembre de 1985 estuvo al frente -ahí sí- de la salvaje retoma del Palacio de Justicia ocupado por el M-19.

El mismo oficial al que por esos hechos la fiscal delegada ante la Corte Suprema de Justicia, Ángela María Buitrago, le formuló cargos como presunto responsable de secuestro agravado y desaparición forzada agravada, es el que Virgilio Barco nombró en 1986 como su ministro de Defensa, cargo que ocupó hasta el 4 de noviembre de 1988, cuando renunció luego de una emboscada de las Farc que dejó ocho militares muertos y frente a la cual Samudio exhortó a sus generales y soldados a "pasar a una ofensiva total, destruir al enemigo y eliminarlo", mientras que el presidente lo desautorizó al pedirle evitar "que las opciones que se le ofrezcan al país se limiten a una estrategia de tierra arrasada o a la revisión política del Estado. Es el deber de una democracia buscar salidas civilistas".

El belicoso general salió dando un portazo, con estas palabras: “Yo no sé de diálogos; sé que las Fuerzas Armadas van a responder con sus armas".  (Ver noticia).

Entre las ‘ejecutorias’ del general Samudio hay una imborrable, la relató en días pasados para El Espectador la jueza Martha Lucía González, quien lleva treinta años exiliada “en alguna ciudad del mundo”. Su denuncia se diferencia de la de Donadío en que todo es perfectamente verificable.

Martha Lucía fue nombrada por el gobierno de Barco en aplicación del Estatuto para la Defensa de la Democracia, un severo régimen penal para enfrentar el desafío de los grupos armados ilegales. Entre sus misiones abocó la masacre en la vereda Mejor Esquina, de Buenavista (Córdoba) con 36 trabajadores muertos. Según El Espectador, “los trazos de la verdad llevaban a un rosario de matanzas (…) en connivencia con funcionarios y unidades militares y de Policía. Sin temblarle el pulso, la jueza expidió las órdenes de capturas que le dieron sus pruebas legales”. (Ver artículo).

Como consecuencia de sus acciones, a casa de la jueza llegó un sufragio invitando a sus exequias. Luego hubo tres intentos de asesinato fallidos, su familia entró en pánico, el caso fue reportado a las autoridades y llegó hasta Presidencia. Es cuando la cita a su despacho el ministro de Defensa, Samudio Molina, y ella asiste convencida de que “me había llamado a ofrecerme su apoyo y que saliera a la luz lo que estaba manchando al Ejército y a la Policía”.

Pero no. La conmina a “detener de inmediato las acciones contra los militares, pues él no iba a permitir que ninguna juez manchara el nombre del Ejército”. González cuenta que salió del despacho del ministro Samudio directo a Presidencia, y le contó lo sucedido al asesor Rafael Pardo, “aunque no sé si él lo recuerde…”. Tarea en apariencia fácil, pues bastaría con preguntarle a Pardo si él lo recuerda.

Pero aquí no acaba la historia, porque el padre de la jueza -el exgobernador de Boyacá, Álvaro González- le aconseja que salvaguarde su conciencia y deje el caso. Así lo hace, y es cuando se exilia, pero antes deja firmados los autos de detención y las órdenes de captura contra el entramado paramilitar detrás de las masacres.

En venganza -no se sabe quién dio la orden- su padre fue asesinado el 4 de mayo de 1989 cuando detuvo su vehículo en la calle 39 con séptima a la espera del cambio del semáforo: un sicario le disparó frente a su esposa. Y la hija no pudo asistir a las exequias, por falta de garantías.

DE REMATE: Saltando del pasado al presente, no sobra recordar que el futbolista Juan Fernando Quintero exigió explicación al hoy comandante del Ejército, general Eduardo Zapateiro (el mismo que envió mensaje de condolencia a la familia del asesino ‘Popeye’) sobre la desaparición de su padre. Según Quintero, cuando Zapateiro se desempeñaba como capitán envió a su progenitor a Medellín, luego de haber tenido un altercado con él en Carepa (Antioquia), donde prestaba servicio militar.  Y nunca más se supo de Jaime Quintero. (Ver noticia).

martes, 19 de enero de 2021

Prepárate: ya viene el Gran Hermano

 


Tomado de El Espectador

Comenzaré por contar lo que le pasó a una amiga, quien ingenua publicó en su muro de Facebook la foto de un agraciado oficial nazi bebiendo de una jarra espumante de cerveza, con esta leyenda: “A ver amigas, no me digan que no les encantaría irse de farra con tan formidable varón”. (Ver Foto 1).

Dice la amiga que ella ni siquiera sabía que su anhelado sujeto era nazi, pero es de suponer que el algoritmo de la red social identificó el águila imperial con sus alas desplegadas sobre el quepis del soldado y ese mismo día recibió este mensaje:

“No puedes publicar ni comentar durante las próximas 24 horas. Esto se debe a que publicaste contenido que no cumplía nuestras normas comunitarias. Esta publicación infringe nuestras normas sobre personas u organizaciones peligrosas, por lo que solo tú puedes verla”. (Ver Foto 2).

Dejó pasar las 24 horas de la sanción sin complicarse, y unos días después en un bus de Transmilenio le tomó foto a algo que juzgó llamativo, la chamarra de un joven que pretendía mostrar su rebeldía juvenil con tres parches adheridos al hombro: la bandera de Alemania, una cruz gamada y… la efigie del Che Guevara. Y mi amiga la publicó, con este mensaje: “Miren semejante oxímoron”. (Ver Foto 3).

Pues buen: el algoritmo de Facebook no está programado para captar sarcasmos ni planteamientos teóricos, sino que identificó una eventual reincidencia en el tema nazi, por lo que debió asumir que andaba dedicada a ensalzar el nazismo o haciendo propaganda política de dicha ideología criminal. Y le cerró la cuenta, no de manera temporal sino definitiva, y cuando la amiga de esta historia quiso entrar se encontró con que le negaba todo acceso a su nombre de usuario, como si esa cuenta nunca hubiera existido, pero la verdad monda y lironda fue que se le desapareció todo lo que había publicado en su muro de Facebook en los últimos nueve años. Sin fórmula de juicio.

Es cierto que ella habría podido abrir una nueva cuenta con otro nombre de usuario, pero consideró indignante que Facebook ni siquiera se le hubiera permitido explicar el error en que estaba cayendo el algoritmo ‘censor’, pues es evidente que mi amiga Carolina fue víctima de censura por parte de la red social, y para colmo de la paradoja se trató de un error de “apreciación” del sistema.

Y esto obliga a saltar a Donald Trump, con quien ocurrió (iba a decir se cometió) un acto de censura de algún modo similar, y por partida doble: mientras que Twitter le cerró su cuenta de modo definitivo, el propio Marck Zuckerberg dueño de Facebook informó que se le impuso una sanción hasta este 20 de enero, día del traspaso de poder, cuando se convierte en un ciudadano más y ya no puede valerse de su poder presidencial para promover acciones vandálicas de corte terrorista contra las mismas instituciones que lo convirtieron en el hombre más poderoso del planeta.

Sea como fuere, en los casos de Donald y Carolina hay algo a todas luces injusto para esta última, en particular el trato recibido por parte de Facebook: mientras el primero recupera hoy la información de su cuenta y todo su poder de sembrar zozobra e inconformismo entre sus rabiosos seguidores (y cualquier parecido con cierto sujeto sub judice de Colombia no es coincidencia), a mi amiga Carolina no se le concedió ni siquiera el derecho al pataleo, y no podrá nunca recuperar la información y los recuerdos que con laboriosidad de hormiga había ido acumulando en su propia cuenta. Fue como si le hubieran arrebatado de su propia habitación su diario personal, donde guardaba sus más sentidas vivencias.

Según Juan Carlos Gómez en columna para El Espectador, “por fin se cumple el aforismo de McLuhan en toda su expresión: Zuckerberg y Dorsey (el de Twitter) son el medio y el mensaje. Además, son los jueces, legisladores y reguladores de la opinión”.

Es aquí donde debemos centrar la atención, pues lo ocurrido en días recientes con Whatsapp (cuando pretendió obligar a los usuarios a vulnerar la privacidad de sus cuentas y luego debió retractarse), es el anuncio de lo que viene en camino, algo al parecer inatajable, consistente en que las redes sociales han comenzado a tomar mando y control sobre la vida de todos nosotros, algo que va desde los desplazamientos diarios hasta el conocimiento de nuestros gustos más íntimos.

En este contexto no es un error vislumbrar un escenario como el vaticinado por George Orwell en su alucinante novela 1984, en lo referente al Gran Hermano: no el dictador de Oceanía cuyos esbirros ejercían vigilancia de la población mediante pantallas, cámaras y enormes murales, pero sí un sistema de control planetario consistente en que un conglomerado compuesto por los dueños de determinadas redes sociales conoce hasta el más mínimo de tus gustos y tu ubicación geográfica al milímetro.

Lo anterior se traduce en que mientras estés conectado (¿alguien hoy puede permanecer desconectado?) te darán lo que quieres ver y escuchar, y de ahí en adelante será breve el camino a recorrer para que empiecen a controlar también tu forma de pensar. Y tu forma de hacer compras, incluso de votar, como en la elección de Donald Trump en 2016, inducida por Cambridge Analytica y fielmente retratada en el documental Nada es privado, de Netflix.

Un tercer asunto preocupante tiene que ver con Colombia, en lo relacionado con el control represivo que este gobierno de claro corte neofascista ha comenzado a ejercer sobre la población, con medidas que van desde la autorización a la Policía para ingresar a viviendas o realizar arrestos sin orden judicial, pasando por el perfilamiento de más de 400 antiuribistas de Twitter que realizó una firma privada bajo contrato con la Presidencia de la República, hasta la compra estratégica de Semana por una familia de banqueros afecta al uribismo, sin olvidar la mermelada que a raudales se reparte sobre los medios que el gobierno ha arrodillado para convertir en aliados mediáticos de su campaña de dominio cada vez más progresivo sobre la vida de la nación.

Así las cosas, mientras con el uso del celular quedamos expuestos a perder nuestra privacidad, con este Gobierno cada día más autoritario estamos sin duda alguna vigilados y en las peores manos.

Ya de remate, pongámonos de malpensados: si la gente no está vacunada y aumenta el número de contagios y de muertes, nadie puede salir a protestar. Así, el Gobierno del subpresidente Duque puede seguir haciendo de las suyas. Pueden por ejemplo seguir matando líderes sociales, porque no hay manera de impedirlo.


martes, 12 de enero de 2021

El genocidio de Barco y el actual: ¿alguna diferencia?

 

Tomado de El Espectador

Son muchos los interrogantes que suscita la columna que publicó el domingo pasado Alberto Donadío en Losdanieles.co (Virgilio Barco y el exterminio de la UP), pero son más preocupantes las certezas que arroja.

La primera, la más contundente y demoledora nos muestra al hombre que gobernaba a Colombia en 1986, Virgilio Barco Vargas, aprobando asesinar a los miembros de la Unión Patriótica, grupo político que como resultado de conversaciones de paz con el gobierno de Belisario Betancur servía de puente para una eventual dejación de las armas por parte de las Farc. Fueron más de 3.000 personas asesinadas según el Centro Nacional de Memoria Histórica, y Donadío nos recuerda que un fallo de la Sala de Justicia y Paz lo calificó de “genocidio político”.

¿Y quién creen ustedes que introdujo la llave que encendió esa máquina mortífera por toda la geografía nacional? Un presidente del otrora glorioso Partido Liberal. Inaudito.

La idea original era encomendarle la tarea a un agente israelí de seguridad amigo suyo, de nombre Rafi Eitan, a quien Barco había conocido en Estados Unidos y cuya propuesta consistía en eliminar a los miembros de la Unión Patriótica (UP). Él mismo ofreció encargarse de esa tarea, a cambio de un contrato de honorarios.

La segunda certeza del escabroso relato surge cuando nos enteramos de que el Ejército se opuso “con vehemencia”, pero no por objeción de conciencia a que se les encomendara una misión gansteril, sino porque querían encargarse ellos mismos de tan “patriótica” tarea. Según Donadío, el alto mando amenazó con renunciar en bloque si Eitan era encargado de la misión. En su concepto, debían ejecutarla ellos y no un comando extranjero. “Barco reculó y aceptó que así fuera. Eitan se quedó sin el segundo contrato”.

Si de puros desocupados nos pusiéramos a comparar la matanza de Barco con la ola actual de masacres, asesinatos de líderes sociales y eliminación selectiva de desmovilizados de las Farc, podría pensarse que tanto los métodos de exterminio como el propósito estratégico -desde lo militar- sigue siendo el mismo: la aniquilación sistemática de un grupo poblacional al que se le define como un enemigo interno. Lo único que en apariencia cambia son los autores materiales, antes grupos paramilitares que realizaban sus masacres con la complacencia u omisión -o participación- del Ejército (como está documentado por variadas fuentes), hoy supuestos mafiosos del Cartel de Sinaloa o grupos residuales del paramilitarismo que misteriosamente nunca son apresados. ¿Y por qué no son apresados? Porque más bien parece que fueran instrumentalizados por los verdaderos autores, como cuando el paramilitarismo se apoderó de vastas regiones del país y las fuerzas del Estado fueron impotentes para enfrentarlos. ¿Impotentes? ¡Mentira! Cómplices soterrados.

Con base en lo anterior, es factible colegir que la racha de violencia genocida actual resucita la doctrina de la Seguridad Nacional desarrollada tanto por los ejércitos de varias dictaduras latinoamericanas (Pinochet, Videla, Bordaberry, Stroessner) como por organismos de seguridad colombianos, en su momento con la complacencia del Departamento de Estado norteamericano y de un tiempo para acá con la venia complaciente del delirante presidente Donald Trump, cuyo período a Dios gracias se extingue este 20 de enero, si no se presentan sorpresas.

Ahora que en Colombia tenemos un gobierno tan proclive a las soluciones autoritarias (por no decir un gobierno fascista), no puede ser simple coincidencia que desde la posesión de Iván Duque se haya desatado una racha imparable de asesinatos contra personas más cercanas a la izquierda -por su compromiso con lo social- que a esa extrema derecha encarnada en el gobernante uribismo que lucha por preservar los privilegios de las élites en el poder y por ensuciar el agua donde todos nos bañamos para que no se note lo cochinos que ellos están.

Si la matanza de los más de 3.000 miembros de la Unión Patriótica fue ordenada por un gobierno de estirpe liberal, ¿se imaginan no más todo lo que están dispuestas a hacer (y están haciendo) las fuerzas oscuras comandadas por un sujeto tan ruin, perverso y criminal como Álvaro Uribe Vélez?

Mejor dicho, estamos en las peores manos y nadie, menos los grandes medios de comunicación, se quieren dar por enterados. Fíjense no más que a una revelación tan espeluznante como la que trajo Alberto Donadío el domingo pasado, no le dieron ninguna repercusión medios como Semana, El Tiempo, Caracol o RCN. El Espectador, confirmando así que “la excepción hace la regla”.

En conclusión, es inmensa la curiosidad por conocer la fuente que le contó a Donadío las cruciales revelaciones que hizo en su columna, pero mayor intriga despierta saber por qué nunca ha habido un combate entre tropas del Ejército y un grupo paramilitar, o por qué en las regiones con mayor presencia de brigadas o batallones militares se presentan más masacres y asesinatos de líderes sociales. ¿Será que la Inteligencia Militar no les sirve para nada, o será que…?

DE REMATE: Hablando de enemigos internos, al uribismo le conviene como a ninguno que existan las disidencias de las FARC y el ELN, porque les son políticamente rentables. Ahí reside el peligro de que un día se acabe la guerrilla y por fin haya paz. ¡Se acaban también ellos!