miércoles, 24 de noviembre de 2021

Gustavo, Alejandro, Federico: uno de los tres será

 


Tomado de El Espectador

Como dicen los gringos, “read my lips”: el próximo presidente de Colombia está entre Gustavo Petro, Federico Gutiérrez o Alejandro Gaviria. Es tan solo un vaticinio, pero basado en hechos.

Nadie pone en duda que Petro pasa a segunda vuelta, así que faltaría dilucidar a quién se enfrentaría, si al candidato de la derecha o al del centro.

De la derecha a la fecha -valga la cacofonía- se prevén dos: el que salga de la consulta que hará la Coalición de la Experiencia, ahora demagógicamente llamada Equipo por Colombia: David Barguil, Dilian F. Toro, Juan C. Echeverry, Enrique Peñalosa, Federico Gutiérrez y Álex Char. A mi modo de ver, Fico le gana a Char. Este llega a última hora, ‘abudineado’ en su imagen.

Y el que salió de la consulta del Centro Democrático cuyos resultados se conocieron el lunes 22. Esta columna la escribo el domingo 21, pero doy por descontado que es Óscar Iván Zuluaga.

¿Por qué Zuluaga? Elemental, mi querido Watson: porque es lo más presentable que tiene ese partido, “el mejor exministro de Hacienda del mundo” según él mismo. Lo demás eran figuras de postín. Temí que pudiera ser María Fernanda “Fatal”, un verdadero mastín de cacería, de esos que atrapan a su presa en un brinco y la despedazan a dentelladas. Ella habría llegado a enlodar el ambiente.

La paradoja es que el Centro Democrático saca ahora pecho con su “candidato único”, pero tiene razón Daniel Coronell en que “Fico (es) el verdadero candidato del expresidente Uribe. Desde hace años viene presentándose como independiente cuando de hecho es uribista”. (Ver columna).

Así que los dos candidatos de la derecha uribista que se prevé irán a primera vuelta, son Federico y Zuluaga. Y entre ambos ganaría el primero, llámese elección o consulta en marzo, porque Zuluaga solo tiene votos uribistas leales al patrón.

Respecto a la Coalición de la Esperanza, que para el profesor valluno Germán Ayala “es tan solo un nombre sugestivo”, se supone que habrán de verse en consulta amplia Juan Fernando Cristo, Sergio Fajardo, Juan Manuel Galán y Jorge Enrique Robledo, quizás Carlos Amaya. A ésta también concurriría Alejandro Gaviria (ya no hay veto que valga), quien comienza a mostrar bríos de gallito de pelea tras un afortunado cruce de jabs con su tocayo César, por unas firmas en apoyo a su candidatura que ahora el Partido Liberal le quiere birlar.

¿Y quién creen que ganaría esa consulta amplia del centro? Exacto, Alejandro, hoy con un poder de convocatoria mayor que el de un Fajardo desgastado, en parte por lo de las ballenas, en parte por la aparente persecución jurídica que le montó la Fiscalía uribista para crecer a Petro, “el enemigo interno”.

Hablando de ballenas, siempre he considerado un error de buena fe el de aquellos que en la segunda vuelta pasada prefirieron votar en blanco. Excepto en el caso de Fajardo. Él habría podido impedir el regreso de Uribe, pero hizo un cálculo político: “si pierde Petro, yo seré el próximo presidente”. Y le abrió las compuertas del poder a su paisano y se fue a ver ballenas, el muy irresponsable.

Así las cosas, por descarte vislumbro una primera vuelta el 29-05-22 a la que concurren Gustavo Petro por la izquierda, Fico Gutiérrez por la derecha y Alejandro Gaviria por el centro.

Si en esa primera jornada Fico le gana a Gaviria, el presidente sería Petro, dando también por descontado que una opinión pública mayoritaria, horrorizada por cuatro años de corrupción rampante y criminalidad desbordada, preferiría lanzarse al albur de probar con Petro.

Pero si en primera vuelta Alejandro Gaviria le gana al candidato in pectore de Uribe, significaría que los 4’602.916 votos que obtuvo Fajardo en la primera vuelta de 2018 (votos por igual antiuribistas y antipetristas) le habrían sido endosados a su causa. En este escenario de Petro versus Gaviria, considerando que según reciente encuesta de Dugon “la indecisión es de un 58,69 por ciento, seguido del voto en blanco con 14,40 por ciento”, cualquier cosa puede pasar. (Ver encuesta de T&SE sobre 5.102 personas, con margen de error inferior al 3,5%).

Es cierto que la derecha uribista llega con abultada chequera por cuenta de la dictatorial abolición de la ley de Garantías, lo cual se traduce en una multimillonaria compra de votos desde la misma Presidencia de la República. Pero tan descomunal aparato de corrupción electoral no garantiza que sea Fico quien enfrente a Gustavo Petro en la segunda vuelta, a no ser que…

A no ser que, sumado al clientelismo desatado desde las instancias del poder ejecutivo corruptor y el legislativo comprado, se esté cocinando un “millonario” fraude electoral. Millonario, sí, porque hay cinco millones de votos que aparecen en la contabilidad de la Registraduría -entidad de control controlada por el Gobierno, valga la redundancia-, pero no en las cifras del DANE. Y según el registrador Alexander Vega, “las bases de datos del DANE no son confiables”. Válgame Dios, ¿qué se traen entre manos? (Ver noticia).

En todo caso, si las cosas se dieran desde la lógica del sentido común, el desbarrancadero del desprestigio donde hoy se halla sumido el uribismo daría para pensar, así fuera con el deseo, que serían dos los candidatos que se verían las caras el 19 de junio de 2022 para definir el verdadero cambio que necesita Colombia: Gustavo Petro por la izquierda, Alejandro Gaviria por el centro.

A no ser que…

Post Scriptum: Vistas las cosas con rigurosidad analítica, un buen negocio político para Sergio Fajardo sería si ante su enredada situación jurídica actual, le diera por declinar su aspiración a favor de Alejandro Gaviria. Así se reivindicaría con el país por el error cometido en 2018, le haría un gran favor a la democracia y se ubicaría en el primer lugar del partidor para 2026, luego de haber solucionado sus líos legales.

@Jorgomezpinilla

martes, 16 de noviembre de 2021

Petristas y antipetristas ante el libro de Petro

 


Tomado de El Espectador 

El espectro político nacional a la fecha se divide en cuatro bloques: petristas, uribistas, antiuribistas -que incluye a los petristas y la centroderecha- y apolíticos. Estos últimos son los que ejercen mayor influencia sobre las encuestas y acogen tanto a los abstencionistas, o sea los indolentes que nunca votan porque “todos los políticos son corruptos”, como a los que aún no deciden por quién votar.

La franja de los indecisos es aplastante mayoría, según encuesta de la firma Dugon: 58 por ciento. Si sumamos a los que votarán en blanco, 14 por ciento, tendremos que las encuestas solo reflejan la preferencia de un reducido 28 por ciento de la población en capacidad de votar.

Ligado a lo anterior, vamos a lo siguiente: en días recientes ElUnicornio.co publicó una columna del filósofo barranquillero Jorge Senior, a quien en la arenosa le dicen el Búho y es amigo personal de Gustavo Petro. La columna se tituló Acuso a Petro de ser petrista. Solo el título va cargado de ironía, lo demás es una amena reseña de Una vida, muchas vidas, libro autobiográfico del dirigente del Pacto Histórico, editado por Planeta. (Ver columna).

Son reflexiones de Senior en torno al proyecto político de Petro, no exentas de la crítica constructiva que solo los amigos están en condiciones de hacer, “así le duela”. Lo llamativo es que, dependiendo de la frase que el lector escoja, puede pensar que la escribió un refinado antipetrista… o un petrista comprometido hasta las cachas con la Colombia Humana.

Por ejemplo: “El libro presenta una serie de erratas que indican que fue publicado con premura, evidenciando un trabajo de revisión apresurado e insuficiente, similar a lo que suele sucederle con los trinos”. Y a renglón seguido: “la obra le permite a Petro sacarse algunos clavos, defenderse de las calumnias que propagan las bodegas mercenarias uribistas y exponer su manera de pensar”.

En calidad de editor, escogí una frase crítica para acompañar su publicación en redes, a saber: “El talón de Aquiles de Gustavo Petro siempre ha sido el aspecto organizativo. Su negacionismo en este punto vital lo justifica apoyado en las equivocadas tesis de Toni Negri sobre “las multitudes”, una excusa para no construir organización".

Yo creía que, ante semejante vainazo, los lectores petristas y uribistas se iban a volcar a leerla. Craso error, vine a descubrir que los petristas miran con desprecio todo lo que huele a crítica contra su admirado líder, mientras a los uribistas menos les interesó, vaya uno a saber por qué.

Hice entonces una segunda publicación, pero con una cita positiva: “Petro no fue un ‘comandante guerrillero’, como dicen los uribistas, sino un militante de base en una organización no comunista, de talante socialdemócrata, entusiasta del trabajo de masas y la lucha social".

Increíble, de inmediato la torta se volteó y en cosa de minutos aparecieron montones de likes, retuits y comentarios, tanto de petristas con palabras elogiosas para su líder como de uribistas que pretendían con sus falacias desvirtuar la tesis allí planteada.

Considerando de todos modos que tan enardecido debate político se da apenas entre el 28 por ciento de los que ya tienen decidido su voto, estamos ante un futuro electoral todavía incierto.

Sea la ocasión para contar que estoy leyendo el libro de Petro, y me pareció encontrar en uno de sus capítulos el germen del motivo por el cual los santandereanos de un tiempo para acá tienen tan malos gobernantes, como el clan Aguilar, de claro origen narcoparamilitar.

El capítulo se titula La clandestinidad en Santander (pág. 105) y cuenta de cuando Petro se vino a vivir a Girón, municipio donde resido: “empecé a establecer contacto con los militantes del M-19 en la región y, desafortunadamente, la relación no comenzó con buen pie. No tardé en darme cuenta de que allá el movimiento se había burocratizado”.

Y descubrió que tenía un rival, ‘el Tuerto Gil’, dirigente de los maestros del sindicato de Norte de Santander. “Él se creía el jefe del movimiento en la región. Tenía unas ideas que me parecieron contrarias a lo que buscábamos. Gil y los suyos no deseaban hacer una revolución, a diferencia mía. Por eso chocábamos, empecé a tener problemas con ellos”.

Es interesante la incómoda cercanía que estableció Petro con el ‘Tuerto Gil’, pues tuve una sensación parecida cuando me invitaron a un grupo santandereano de Whatsapp con “liberales progresistas”, cerca de cien, que abandonaban el liberalismo para sumarse al Pacto Histórico. Y acepté, porque creía estar tratando con gente de pensamiento liberal. Pero la sorpresa fue mayúscula cuando comencé a ver la pantalla invadida de “bendiciones”, cadenas de oración, consejos religiosos, programación de la Semana Santa (“estamos en la semana mayor”, decía uno de ellos), incluso invitaciones a rezar el rosario.

Cuando manifesté mi extrañeza, se me informó que debía ser tolerante con las creencias religiosas. Yo repliqué expresando la incomodidad propia del liberal que cree que religión y política no deben mezclarse, y que la religiosidad es un asunto tan privado como la práctica del sexo. Pero no había modo de hacerlos razonar, parecían adictos no al sexo sino a su apostolado religioso, de mayoritaria línea católica. Y el que se atrevía a cuestionarlos los estaba ofendiendo, era un “ateo del demonio”.

Fue entonces cuando se me ocurrió aplicar una terapia de Shock, de esas a las que acuden los psiquiatras ante casos severos de alienación. Y comencé a dosificarles un metódico apostolado agnóstico, a sabiendas de que corría el riesgo de ser excluido del grupo. Pero no importaba. Se trataba de ponerlos a pensar, algo que evita hacer todo creyente, en consideración a que la fe religiosa no se sustenta en evidencia diferente a la imperativa necesidad de creer en algo.

Y terminaron por echarme, obvio, después de que les dejé esta última reflexión: “solo el día que los santandereanos logren liberarse de la enajenación que les dejó incrustada en sus mentes la Corona en envase de religión católica, podrán considerarse dignos herederos de la rebeldía que dio cauce a la revolución de los Comuneros (1781) y a la Independencia definitiva del yugo español (1819)”.

Post Scriptum: Hace unos días encontré un editorial de El Espectador que comenzaba así: "En pocos meses acabaron con lo poco que quedaba de institucionalidad, sin equilibrio de poderes, con las fuerzas armadas y de policía bajo su mando directo y órganos de control de bolsillo". Creí que hablaban de Colombia, pero no. Hablaban de Nicaragua. Están en lo cierto, aunque no deja de preocupar que allí no alertaron sobre un fenómeno idéntico en nuestro propio patio.

Blog personal

martes, 9 de noviembre de 2021

María Fernanda 'Fatal'

 


Tomado de El Espectador

Habrá quienes digan que hablar de María Fernanda Cabal es agrandarla. Puede ser cierto, pero estamos obligados a llamar la atención sobre lo que ella representa, comenzando porque su candidatura debería llevar un letrero de advertencia: Peligro, Producto Altamente Inflamable.

¿Sí se han fijado que ahora, como precandidata a la presidencia, ha comenzado a alzar la voz en un tono cada vez más estridente, como de urraca chillona? Y lo preocupante no son las barrabasadas que expele a diario, sino la gente que trae detrás de ella.

Mejor dicho, digámoslo a calzón quitado: esa señora encarna la legitimación y el empoderamiento del paramilitarismo en la política nacional, del mismo modo que el gobierno de Iván Duque ha devenido en lo que el profesor Germán Ayala define como el ethos mafioso. (Ver columna).

Y lo fatal no es que pueda convertirse en la primera mujer presidente de Colombia. Lo fatal es que llega a enlodar el agua electoral donde todos nos bañamos, mientras encarna una candidatura cuyo soporte es un montón de gente oscura, llena de billete y… de armas. Entre esos el tipo que disparó contra un grupo de manifestantes en Cali y no solo sigue libre, sino que participó como activista en un acto de campaña de la susodicha candidata.

Y los que no están todavía armados, ella ya anunció que su programa de gobierno incluye armar a la “gente de bien”.

No se cae en error entonces al cambiarle a esa señora su apellido por Fatal, porque suena a fatalidad para Colombia lo que puede pasar con esa gente que la acompaña y que llega con todo ese billete y todo ese pasado oscuro de masacres, desplazamientos y violencia por doquier, a hacerse oír ahora, por las buenas y por las malas. Como siempre.

El paramilitarismo triunfó cuando logró copar buena parte del territorio y alcanzó valiosos objetivos tácticos sobre el teatro de operaciones. Y es evidente que hoy cuenta con un eficaz aliado en la presidencia de la República. Lo único que les falta es que el país quede definitivamente en manos de un verdadero partidario de la causa paramilitar y del despojo de tierras, no de un peliteñido de quien el senador Rafael Nieto, también precandidato, dijo que “nosotros elegimos presidente pero no tenemos gobierno”. (Ver noticia).

Hablando en plata blanca, el mandato de Duque fue la primera cuota de los grupos paramilitares hacia el objetivo final de refundar la patria, como se diseñó desde el Pacto de Ralito. De ahí la importancia de conquistar la presidencia para doña María Fernanda Cabal, pues en caso tal pasarían de pagar la primera cuota a disponer ya de la chequera en blanco.

Y lo que digo a continuación es una opinión sustentada en hechos: ahora sí el paramilitarismo tiene candidata propia, porque la palabra paramilitarismo incluye no solo a los autores de masacres, sino a los despojadores de tierras que vinieron detrás de aquellos. Y no son “un invento de la izquierda” -como dijo de los falsos positivos-, pues la incluyen a ella y su marido, con pruebas documentales. (Ver informe de El Espectador). Igual que a otro uribista purasangre, Jorge Pretelt Chaljub, según reciente investigación de Ricardo Calderón para Noticias Caracol que puede verse aquí.

En esas masacres y esos despojos confluyó el doble propósito militar de contener a la guerrilla sembrando el terror entre la población, mientras desplegaban una táctica de tierra arrasada que iba dejando esas fincas a merced de los patrocinadores de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

Para medir el verdadero poder que se trae la señora Cabal, no se puede olvidar que fue debido a un trino suyo que el periodista norteamericano Nick Casey debió abandonar el país, para proteger su vida. (Ver noticia).

Después de que este publicara -con efectos políticos demoledores- en The New York Times una investigación donde se hizo evidente que el Ejército volvió a priorizar el número de bajas sobre las capturas (directriz que dio origen a los ‘falsos positivos’), la senadora del CD reaccionó así en Twitter: “Este es el “periodista” Nicholas Casey que en 2016 estuvo de gira con las Farc en la selva. ¿Cuánto le habrán pagado por este reportaje? ¿Y por el de ahora, contra el ejército de Colombia?” (Ver trino).

Tan delicada se volvió la acusación, que el mismo periódico debió salir en defensa del periodista: “El NYT no toma partido en ningún conflicto político en ninguna parte del mundo. Informamos de manera precisa e imparcial”. (Ver respuesta).

Meses antes, Casey había publicado en el mismo medio el artículo Cables diplomáticos de Estados Unidos sugieren nexos de Álvaro Uribe con narcotraficantes, que el mismo Uribe se vio obligado a responder en un trino con video donde hablaba en tono amenazante de “Fake News en elecciones, sin pruebas y con los chismosos muertos”. (Ver trino).

¿Por qué creen entonces que Nicholas Casey se tuvo que ir apresuradamente de Colombia? Porque no quería convertirse en otro “buen muerto”, como dijo Uribe de Carlos Areiza el día que lo mataron en una calle de Medellín. ¿Y quién era Areiza? Un testigo contra Uribe.

En el mismo evento donde Rafael Nieto dijo lo ya citado arriba sobre Duque, la señora Cabal declaró esto: “Me duele, se los digo con toda honestidad, que el presidente Duque no se hubiera rodeado de los mejores. Él tuvo la oportunidad de tener un gabinete de lujo, eso no sucedió. Dejó mucha gente del gobierno anterior y decidió no usar el espejo retrovisor, lo que veo como un error”.

¿Queda entonces alguna duda de a quién quiere ahora Álvaro Uribe al frente de la presidencia, para que corrija cualquier error y le complete la tarea?

Y si ella no le funciona porque este es un país machista, tranquilos. Tiene de repuesto a un leal paisano suyo, Federico Gutiérrez.

Post Scriptum: No se debe confundir AUC con AUV, pero si se cae en la confusión no hay problema. Es apenas lógico que se llegue a pensar que son la misma cosa. Ah, y si quiere adoptar un Unicornio, haga clic en este enlace.

@Jorgomezpinilla

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Horacio Serpa me salvó la vida

 


Tomado de El Espectador

El pasado 31 de octubre se cumplió un año del fallecimiento de Horacio Serpa Uribe. Unas semanas atrás, en consideración a que la efeméride coincide con el día del Halloween, como paisano y como amigo suyo decidí tomarlo con buen humor y dejarme el bigote para rendirle un homenaje, disfrazándome de quien fue mi amigo, maestro y consejero. (Ver foto).

Pero el asunto va más allá, porque el reconocimiento se convierte en confesión personal. Conocí a Horacio Serpa el 2 de enero de 2009, siendo él gobernador de Santander y yo un periodista que le hizo una entrevista para El Espectador. Entrevista que ya no figura en el archivo digital de este diario, pero que publiqué en mi blog y puede verse en este enlace.

La confesión reside en que esa entrevista tuvo un significado especial, porque le dio un nuevo rumbo a mi vida. Después de su publicación, Serpa me dijo: “usted me hizo quedar más inteligente de lo que soy”. Pero no porque yo hubiera escrito cosas que él no dijo, sino porque la edición que hice lo mostró con la capacidad de síntesis que proporciona el editor cuando cumple a cabalidad su tarea.

Tanto le gustó la entrevista, que me ofreció vincularme a su gobernación como “editor de publicaciones y contenidos”. Y acepté, y esto me salvó la vida.

Me explico: para la fecha en cuestión yo había tocado fondo, tanto en mi profesión como en mi vida personal, pues venía de padecer la quiebra del periódico que durante ocho años tuve en Bogotá, El Sábado Cedritos. Encima, cargaba el corazón destrozado por la separación de mi pareja. Lo uno producto de lo otro.

La quiebra obedeció en parte a que durante la campaña a la alcaldía de Bogotá del 2007 publiqué en El Tiempo una columna titulada Polo, palo y pola”, donde conté cómo, con motivo de la celebración de los 90 años del Country Club, sus encopetados socios le expresaron al candidato del izquierdista partido Polo Democrático, Samuel Moreno Rojas, la intención de darle los votos del barrio La Carolina si reversaba un proyecto que de años atrás traía Enrique Peñalosa, su contendor electoral, para sacar de allí al club y permitir que la carrera 15 siguiera su camino hacia el norte.

El asunto fue que Moreno se hizo a la alcaldía, y no solo cumplió lo pactado con el Country Club, sino que, en retaliación por la columna citada, dio la orden de cancelar toda orden de publicidad para mi periódico. Por esos mismos días El Tiempo quiso enfrentar la competencia que representaba la gran cantidad de periódicos sectoriales que crecieron y se fortalecieron durante la alcaldía de Lucho Garzón, y sacó ZONA. El resultado fue que mientras el alcalde Moreno me quitaba la publicidad oficial, El Tiempo nos quitaba la comercial.

 

Y quebré, y me vi obligado a irme a vivir a Santander, arrimado a la casa de un pariente mío. Y allí tomé una decisión drástica, fatal, definitiva: si pasado un tiempo no lograba superar la crisis y seguía viviendo en condición de arrimado, diría “chao vida, hasta aquí llegamos”.

En otras palabras, si no se me hubiera ocurrido solicitarle esa entrevista a Horacio Serpa, tal vez no estaría aquí contando el cuento. Fue gracias a ese suceso que las cosas comenzaron a cambiar, pero no porque yo representara una cuota política o fuera a conseguirle votos, sino porque hubo un reconocimiento a un trabajo profesional.

Terminada su gobernación, Serpa me llamó a trabajar como editor general de Ola Política, de donde me retiré el día de 2013 que decidió lanzarse al Senado, en parte porque -como le expliqué- lo mío no era la propaganda sino el periodismo político, y en parte hastiado del “comité del aplauso” que le rodeaba.

Pero la gratitud y la lealtad seguían firmes. Y un día de 2014 le pedí una entrevista para que respondiera a una dura acusación que le hizo María Isabel Rueda en Semana (de la que yo también era columnista), pero él tenía la idea de algo más elaborado, que pusiera en su sitio el libro ¿Por qué lo mataron?, de Enrique Gómez Hurtado. Así surgió la idea de escribir Objetivo: hundir a Serpa, un libro-entrevista donde no quedó tema por abordar, y en cuyo lanzamiento Serpa afirmó que “el autor me entrevistó con un bisturí en la mano”. Pero no fue culpa mía sino suya, porque antes de comenzar me dijo “no tengo nada que ocultar, respondo lo que sea, vaya busque a mis enemigos y detractores y pregúnteles qué me quieren preguntar”. Y eso hice.

Parte del “interrogatorio” incluyó, por supuesto, el Proceso 8.000. Es importante traerlo a colación porque fue el suceso que se le atravesó a Serpa en su justa aspiración a la presidencia, sin que se hubiera mostrado una sola “prueba reina” de que supiera que parte de la plata de la campaña para la segunda vuelta provenía del Cartel de Cali.

En todo caso, si de justicia se ha de hablar, en días pasados los mismos Rodríguez Orejuela aportantes de ese dinero acusaron al expresidente Andrés Pastrana de haber sido chantajeados por él: la supuesta “prueba reina” que este exhibió ante la Comisión de la Verdad -y que tuvo guardada durante veinte años- para demostrar que Ernesto Samper sí habría sabido del ingreso de esos dineros, fue redactada por los narcos en los términos que el entonces presidente quería, bajo la amenaza de extraditarlos si no le cumplían. (Ver artículo).

Pero a donde voy es a lo que dijeron sobre el tres veces candidato presidencial. El médico Santiago Rojas -quien sigue sin dar la cara- les habría dicho que “la única solución que el presidente ve posible es que ustedes escriban una carta contando cómo fue el apoyo a la campaña de Samper, involucrando también a Serpa. Nos miramos Miguel y yo y casi le contestamos al mismo tiempo al doctor Rojas, no podemos hacer eso, al doctor Serpa nunca le hemos dado un peso”.

Ningún político está exento de errores, por ejemplo, el de rodearse de eventuales malandrines. Pero el día que se quiera hacer justicia histórica, se debe escribir en mármol que a Colombia le habría ido mucho mejor si el presidente de la República hubiera sido Horacio Serpa y no el bobalicón presentador de TV Andrés Pastrana, e igual si en lugar de los ochos nefastos años del sátrapa Álvaro Uribe hubiera estado al frente de los destinos nacionales el dirigente liberal santandereano.

Post Scriptum: Era yo más cercano al papá que hoy a su hijo, pero se percibe intención de confundir en una columna dominical de Vanguardia donde su autor asume como verdad una noticia falsa que circuló en redes sobre un supuesto artículo de Horacio José Serpa elogiando a Álvaro Uribe. El editor de opinión de todo medio tiene la responsabilidad de evitar que los columnistas digan mentiras evidentes, fácilmente refutables y con el aparente propósito de ocasionar un daño político.

martes, 26 de octubre de 2021

¿Petro es cristiano?

 


Tomado de El Espectador 

En el país del Sagrado Corazón las creencias religiosas son definitivas a la hora de decidir el voto. Es más, gran parte de la culpa de que a Antanas Mockus no lo hayan elegido presidente, estuvo en que se declaró ateo. No dijo “soy ateo”, pero cuando un periodista le preguntó si creía en Dios, así respondió: “uy, no me la ponga tan difícil. Yo tengo formación en matemáticas y algo en física, y eso me hace muy escéptico”.

Su rival en la contienda, Juan Manuel Santos -asesorado por J.J. Rendón- no desaprovechó semejante papayazo. Cuando le preguntaron lo mismo, Santos dijo: “Sí, yo creo en Dios. Yo tengo la felicidad de los creyentes”. Y claro, fue elegido presidente.

El tema religioso volvió a ponerse en boga durante la presente precoz campaña, y de ello dan cuenta dos hechos llamativos. Al ser interrogado sobre el tema, Alejandro Gaviria fue valiente (¿temerario, suicida?) al admitir que es ateo. Y agregó: "No soy católico, pero creo en un mandamiento fundamental: el amor al prójimo”.

De otro lado, cuando a Petro le preguntaron lo mismo, afirmó que “practico el cristianismo”. Lo llamativo en este caso es la tormenta que se desató cuando el “pastor” costeño Alfredo Saade adhirió al Pacto Histórico. En un principio fue aceptado y alcanzó a tomarse la foto con Petro, pero fue tal el rechazo que su presencia provocó entre las bases del petrismo, que terminó por retirarse.

No era para menos, allí Saade estaba como mosco en leche, no solo porque dos años antes había solicitado aval al Centro Democrático para aspirar a la alcaldía de Valledupar, sino porque sus ideas frente a temas como el aborto o la comunidad LGBT son por completo contrarias a las que pregona cualquier persona con ideas progresistas, liberales o de izquierda. Incluso de centro. Mejor dicho, se hizo evidente que su adhesión al Pacto Histórico era hipócrita y oportunista.

Sea como fuere, la discusión que también se debe dar es si cuando Petro se declara practicante del cristianismo, está siendo oportunista o sincero.

De entrada, una consideración de fondo: en Colombia alguien que quiera llegar a la presidencia de la República después de declararse ateo, solo lo puede lograr mediante intervención divina o milagro del Altísimo. Misión imposible, mejor dicho. Alejandro Gaviria en su candorosa honestidad no lo captó, por una razón también de fondo: él es más intelectual que político.

¿Significa lo anterior que Petro está siendo oportunista? No lo creo. Significa que es más estratega que creyente. Estaba a punto de escribir “yo haría lo mismo, el fin justifica los medios”, pero la discusión más bien debería darse en torno a qué significa ser cristiano.

En este contexto, sería interesante si en una encuesta le preguntaran a la gente quién cree que es más cristiano, si Gustavo Petro o el “pastor” Alberto Saade. Las respuestas servirían incluso para calibrar las posibilidades reales de Petro en su búsqueda de la presidencia.

Si en esa encuesta lo preguntaran, yo respondería sin titubear que las intenciones de Gustavo Petro suenan inspiradas en una filosofía cristiana de vida, en esa esencia del cristianismo que habla no solo del amor al prójimo, sino de la preferencia que debe haber por los pobres. Él mismo lo dijo, cuando le preguntaron si cree en Dios y habló de “esos cristianos que van a misa y rezan todo el tiempo, pero miran con desdén al pobre, me parece que no son cristianos”. (Ver video).

En conclusión, serían más cristianos en su obrar y su pensar un exguerrillero como Gustavo Petro o un ateo como Alejandro Gaviria, que el muy creyente, devoto y ultracatólico Alejandro Ordóñez.

Ahora bien, el peligro, no solo para las aspiraciones de Petro sino para el futuro de Colombia, reside en esos que se autodenominan creyentes en Dios, pues son -y serán- los primeros en boicotear a como dé lugar cualquier posibilidad de cambio en términos de verdadera democracia, de justicia social, de oportunidades de ingreso para los más pobres, de todo aquello que predicaba Jesucristo.

Así se vio cuando Juan Manuel Santos en 2016 decidió poner toda la carne en el asador, con la clara intención de sacar del juego político a quien se le había convertido en su némesis, Álvaro Uribe Vélez. Santos convocó al plebiscito mediante el cual el pueblo debía refrendar o no el acuerdo de paz con las Farc, convencido de que los anhelos de reconciliación nacional le iban a ganar la partida a la guerra.

Lo que no esperaba Santos era que la derecha acudiría a revolcar los más atávicos sentimientos religiosos de las masas más ignorantes (que son mayoría), mediante una campaña sucia a más no poder, donde fabricaron toneladas de propaganda negra para hacer creer que detrás del acuerdo de paz vendría no solo la toma del poder por parte de las Farc, sino el interés del gobierno en hacer que “nuestros niños” se volvieran homosexuales, y mostraban como prueba reina unas cartillas del ministerio de Educación a cargo de una ministra gay, para más señas.

Como dije días antes del 2 de octubre de 2016 en columna que pretendía ser una advertencia, “pareciera que tras la convocatoria al plebiscito se hubieran preguntado, parodiando al Chapulín Colorado: Y ahora, ¿quién podrá salvarnos? Y hubieran encontrado la respuesta al unísono: ¡Dios!”. (Ver Alerta: usan a Dios para seguir la guerra).

En esta campaña que ya despunta, es conveniente reactivar la advertencia: usarán de nuevo las creencias religiosas para despertar los mismos miedos recónditos, para mantener a sus rebaños en la misma condición de esclavos felices, para lograr que ganen los de siempre: esos que se dicen cristianos, pero en realidad trabajan para los ricos y frente a los pobres lo único que quieren es mejorar las técnicas de control para seguir explotándolos.

Y engañándolos, con el manido recurso de la “fe cristiana”. En todo caso, no sobra recordar lo que Napoleón Bonaparte pensaba de la religión: “Es lo que evita que los pobres asesinen a los ricos”.

Post Scriptum: Debido a que una nueva calle de Miami pasó a llamarse ‘President Álvaro Uribe Way’, un reportero de El Unicornio encontró que muchas de las tiendas y almacenes del sector también cambiaron su nombre para contribuir a enaltecer la figura de tan importante dirigente de la derecha latinoamericana. En este enlace puede ver los nuevos nombres. Y si quiere contribuir a la Vaki que con motivo de su segundo aniversario adelanta este portal, haga clic en este enlace.


martes, 19 de octubre de 2021

José Zuleta y su rosario de infidencias

 


Tomado de El Espectador

El asunto es como sigue: el reconocido filósofo y escritor Estanislao Zuleta, autor del famoso Elogio de la dificultad, tuvo tres hijos con María del Rosario Ortiz y uno de ellos solo vino a conocer a su mamá cuando tenía 27 años. Es una revelación de fondo y está en la novela Lo que no fue dicho (Editorial Planeta, 2021), del escritor y poeta caleño José Zuleta Ortiz.

Quizá por la misma insularidad de nuestra cultura en lo regional, solo hasta hace unas semanas supe de su autor, pese a que ha ganado un pocotón de premios de poesía y un Premio Nacional de Literatura en 2009. El libro llegó a mis manos porque lo recomendó con creces una columna de Julio César Londoño. Lo leí y me impactó, por sus revelaciones y por su hondura poética.

Se trata de una novela autobiográfica, aunque nunca sabremos qué tanta libertad le dio el autor a su imaginación. Por ejemplo, cuando cuenta haber sido sometido a cierto juguetón abuso infantil por parte de una dama, descrito con una carga erótica que conquista, que enamora en su economía de lenguaje: “Un día, mientras la acompañaba a doblar ropa en su habitación, propuso que jugáramos el juego de la carpa; consistía en que yo debía entrar bajo su falda y quedarme allí. Ella abría un poco las piernas y me decía: hay que armar la carpa”.

Ella en la novela se llama Catalina. Tratándose de algo autobiográfico, no sería difícil ubicar a quien le dictó a José esas primeras pícaras lecciones de iniciación a la vida adulta. No nos incumbe, de todos modos, pero sí sirve para remarcar que podría tratarse de una infidencia, de las muchas que allí se dejan leer.

Entre esas, que fue circuncidado por orden de su padre – ateo, para más señas-, sin que mediara explicación religiosa o una urgencia de salud. Y le pusieron por nombre el de otro famoso circunciso, José, esposo de María y supuesto padre de Jesús.

Si de infidencias se ha de hablar, una coincidencia a la inversa con el autor está en que también fui circuncidado, aquí sí por motivos religiosos: una ofrenda al Dios de Abraham, el inventor de la circuncisión. Me escogieron para ser el cura de la familia, desde que tuve uso de razón escuché que tenía “vocación sacerdotal” y que “si se esmera, podría ser el primer Papa colombiano”.

Otra coincidencia: a los 15 años cuenta José que se fue de la casa de su padre, convirtiéndose así en “un huérfano con los padres vivos”. A mí a los 11 me mandaron a un internado en otra ciudad (Zapatoca), porque eso iba a “contribuir” a una buena formación sacerdotal. Fui extraditado de mi familia durante cuatro años, era otro huérfano de padres vivos. No valía como hijo, valía como prospecto de cura. ¿Que por qué lo cuento aquí? No sé, tal vez nació bajo el efluvio de esa novela.

En Lo que no fue dicho estamos ante el relato de una existencia fuera de lo común, cuyo punto de partida es el día que José se entera de la muerte de su madre. Y el relato quizás lo asume como una venganza literaria, largamente meditada: “Yo debía contar cómo había sido mi vida sin ella, mi infancia sin ella. Ahora, frente al hecho rotundo de su muerte, mi vida ignorada se impone con una nitidez nueva. Como una vindicación, como una canción que hay que cantar”. La literatura es su refugio, desde allí dispara sus obuses existenciales contra una familia de la que quizá solo se salvan la entrañable abuela, Margarita, y sus dos hermanos.

Y comienza a cantar, con una tonalidad hondamente poética y una riqueza de lenguaje que transforma la escritura en paisajes llenos de colorido, por los lugares de la geografía terrestre y marítima donde va pasando, gracias a una infancia llena de trasteos y luego a su voluntaria condición de nómada precoz.

Con el mismo estilete narrativo describe objetos y seres cargados de belleza sinigual, como esos conejos blancos de ojos rojos a los que cuidaba en un galpón y un día le ordenaron matar 14 para atender el pedido de un restaurante. Pero prefirió liberarlos. Y los conejos regresaron, porque no sabían vivir libres. La literatura como destino, la poesía como lente para ver el mundo.

El libro tiene a veces el tono del Retrato del artista adolescente de James Joyce, a veces el humor cáustico de Woody Allen en Sin Plumas: “El psicoanálisis es una conversación en la que el que habla está acostado mirando al techo y el que oye está detrás y lo que más se le oye decir es “Por hoy dejemos aquí”. (Pág. 78).

Podría de infidente contar otras cosas, pero no se trata de dañarles el final de la película. Lo que sí podemos es adelantar una seguidilla de frases en el mismo orden del libro, son huellas dejadas sobre un camino que conviene recorrer completo:

 “Le escuché a mi abuela Margarita decir que de la vanidad vivimos, la vanidad es el motor de la vida, lo que nos impulsa a ser”.

“Yo seguía creyendo en Dios a escondidas de papá. Suponía que me iría para el cielo. La única preocupación era que a mi padre, por ateo, no lo iban a dejar entrar”.

“Una vez Álvaro preguntó si nuestro papá era comunista. En el barrio circulaba el rumor de que en nuestra casa había reuniones raras y muchos libros”.

“No teníamos televisor, pues era “instrumento de dominación capitalista”.

“Los intelectuales son señores que viven para conversar, para repetir lo que dicen los libros que leen. Lo que más les interesa es tomar trago con los amigos y sentirse todos muy inteligentes”.

“Tenía claro que un hijo es también una prisión. Sabía cuánto se sufren los hijos”.

“Oigo los trenes invisibles donde duerme el niño que no fui”.

“La publicidad es un sueño que no deja dormir (…). Todo el tiempo estábamos haciendo frases absurdas, que nos doblaban de la risa como si estuviéramos trabados”.

“Hoy conocí a mi mamá, quedamos mutuamente decepcionados”.

Moraleja y conclusión, con la lectura de Lo que no fue dicho me pasó como cuando Gabo descubrió en Kafka que estaba permitido decir que Gregorio Samsa una mañana despertó convertido en un monstruoso insecto. Para el caso que nos ocupa, uno descubre que es posible ventilar al sol con nostálgica agonía los trapos de su propia familia, usando como adarga la literatura. Es un libro valiente, de los valientes que dejan huella.

@Jorgomezpinilla

miércoles, 13 de octubre de 2021

¿Estatuas? Más bien derriben placas

 


Tomado de El Espectador

En días recientes, durante visita realizada a San Vicente de Chucurí, Santander, encontré la placa conmemorativa de una obra que llamó mi atención y hoy suscita varias reflexiones. (Ver foto).

Se trataba de la remodelación del parque principal de ese municipio, ni siquiera de su construcción, y ahí se lee: “Esta gran obra es entregada a los santandereanos en el Gobierno de la Gente, Richard Aguilar Villa”. Para empezar, ¿cómo así que gran obra? ¿Se trata acaso de la construcción de una hidroeléctrica o de una autopista 4G? No, fue que remodelaron un parquecito.

Lo segundo, el nombre del que quiere pasar a la posteridad, Richard Aguilar Villa, hoy cobijado por orden de detención carcelaria mientras se le juzga por actos de corrupción, mientras que la condición jurídica de su padre el exgobernador Hugo Aguilar es aún más delicada, pues fue condenado a nueve años de prisión por la Corte Suprema de Justicia por pertenencia a un grupo paramilitar, el Bloque Central Bolívar (BCB) para más señas.

Pero usted va caminando por cualquier pueblo turístico de Santander y encuentra a su paso la más variopinta procesión de placas conmemorativas de “grandes obras” de padre e hijo, el primero condenado por la justicia y el segundo en condición sub judice mientras se dicta la sentencia.

Y usted se acuerda de fallo reciente del Juez 15 Administrativo de Bucaramanga a favor de una acción de cumplimiento interpuesta por el ciudadano James Steve Cañizales Serrano, quien pedía el retiro de una placa conmemorativa de Richard Aguilar instalada en la base de la estatua del Cerro El Santísimo, en Floridablanca. (Ver noticia). Cañizales logró que la retiraran, en acatamiento a que está prohibido “instalar monumentos o placas públicas destinadas a recordar la participación de los funcionarios en la construcción de obras públicas, a menos que así lo disponga una ley del Congreso”.

Lo ocurrido en Santander tendría una doble consecuencia, pues no solo contravienen la norma al dejar en piedra o metal indeleble mensajes de corte politiquero, sino que los autores de esas placas se hallan en una condición jurídica que obligaría a su retiro o al menos lo justificaría.

Mucho se ha denigrado de los supuestos actos vandálicos en los que habrían incurrido las personas que han derribado estatuas de conquistadores como Sebastián de Belalcázar, a quien antes del derribamiento le hicieron un juicio simbólico donde se le declaró culpable de genocidio, apropiación de tierras y despojo.

Transido por ese mismo sentimiento de indignación, el suscrito columnista quizá cayó también en una especie de vandalismo intelectual cuando propuso que “Derriben la estatua de Aguilar” (ver columna), en referencia a que el Parque Nacional del Chicamocha -Panachi- exhibía para nacionales y extranjeros el busto de un reo de la justicia, Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo, cuya pena no había acabado de cumplir.

Es probable que hoy ese busto adorne el patio trasero de alguna de las casas que posee, que es donde le corresponde estar, pero la discusión es otra.

Se trata es de juzgar la validez o no de ordenar el retiro de las placas que tanto en Santander como en cualquier lugar de la geografía nacional “adornen” toda obra cuyo autor pretenda perpetuarse en la memoria de su pueblo, pero se halle ante la justicia en condición de condenado o de enjuiciado, o sea sub judice.

Me atrevo a pensar que serían decenas las que habría que retirar en Santander, incluidas las del tercer vástago de la saga Aguilar, el buen muchacho Nerthink Mauricio, hoy gobernador no encausado pero sí bajo sospecha y quien con toda seguridad ya lleva en su haber varias placas “de su cosecha”.

¿Qué tal entonces si en cada departamento o en cada municipio les diera por crear brigadas encargadas del retiro -por no decir derribamiento- de dichas placas, a todas luces ilegales? Sería una contribución que se le haría a un justo devenir de la historia, y tendría además respaldo jurídico, pues la ley las prohíbe.

Habría que pensar además en la utilidad económica que tendría para recicladores y chatarreros de todo el país, dependiendo del material a desprender, metal o piedra.

Es más, si en Bogotá se me pidiera integrar una brigada cuya tarea fuera retirar -o derribar- la placa en mármol que el senador Ernesto Macías hizo instalar en homenaje a Álvaro Uribe en el Capitolio (ver noticia), acudiría con gusto.

Pero ojo, no porque se trate de Uribe como político o como exmandatario, sino porque se halla en condición sub judice a partir del día en que la Corte Suprema le decretó orden de detención, así la jurisdicción de su proceso haya pasado a la fiscalía del obsecuente Francisco Barbosa y el lacayo Gabriel Jaimes.

En otras palabras, siendo su condición jurídica actual la de un sujeto investigado y sometido a juicio, ¿tiene presentación o se justifica que una pared del mismísimo Congreso de la República esté “adornada” con una inmensa placa en homenaje a un político sindicado por la justicia, y además sospechoso de crímenes incluso de lesa humanidad, como las masacres de El Aro y La Granja?

Así las cosas, señores brigadistas, procedan. Derriben o retiren esa mancha a nuestra institucionalidad, con la mayor prontitud. La juridicidad de la norma y hasta el sentido común los justifican.

#DerribenPlacas

Post Scriptum: ¿Por qué a tantas personas de supuesta condición cristiana les duele tanto la eutanasia? ¿Por qué quieren impedir que otros adopten decisiones que no comprometen la vida de quienes no comparten esas decisiones? Al respecto vea aquí artículo de El Unicornio, y si quiere contribuir con la Vaki Adopte un Unicornio haga clic en este enlace.