lunes, 15 de julio de 2019

Arias - Santrich: paralelo polarizador para lelos


La última columna de María Jimena Duzán (La marioneta banal) brinda claridad sobre la catadura ética, moral y criminal de alias ‘Jesús Santrich’, pero no resuelve el gran interrogante: ¿por qué desde que se desapareció no ha abierto la boca? (Ver columna).

Con un amigo de Bucaramanga evaluábamos lo que pudo haber detrás de la misteriosa desaparición del hombre, contemplando la hipótesis de que le hubieran tendido una trampa, e imaginábamos este escenario: en el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación -ETCR- de Pailitas (Cesar) el hombre de confianza de Santrich, el chileno Juan Bautista Hernández, es alertado sobre un plan inminente para asesinarlo, con altos visos de veracidad. Este se lo comunica a Santrich, y es cuando decide huir para salvar su pellejo, por lo que deja una nota que le permita ganar tiempo mientras emprende la retirada. Esto le daría  sustento a la noticia de El Espectador según la cual “en la región los vieron caminando por una trocha que va hacia Venezuela”. ¿Y qué ocurre luego? Que en ese camino los mismos que mediante un engaño los hicieron abandonar el esquema de seguridad, se habrían encargado de emboscarlos, matarlos y desaparecerlos.

Se trata de una elucubración, por supuesto, pero el fundamento para pensar que a Santrich lo hayan ‘borrado del mapa’ reside en su mutismo total desde hace ya tres semanas, reforzando la impresión de que huyó para no responder por su aparente participación en el envío de un cargamento de cocaína a Estados Unidos, quizá consciente de que la Corte Suprema tendría pruebas para incriminarlo. Mejor dicho, solo una eventual desaparición forzada explicaría que no haya emitido ninguna declaración para justificar su abandono del esquema de seguridad, a sabiendas de que tan vergonzosa retirada les da argumentos de peso a quienes quieren acabar la JEP, y se constituiría entonces en traición aleve no solo a su partido FARC sino a la obligación que había adquirido de defender con sus actuaciones el acuerdo de paz que él mismo había firmado.

Luego de la entrevista con Duzán para Semana en vivo, fui el primero en percibir como entrampamiento el video que le había hecho un agente mexicano de la DEA donde parecía que se hablaba de un negocio de droga (“televisores” en vez de kilos de coca). En tal medida, había quedado convencido de su inocencia y de que haría valer su palabra de hombre honorable cuando le prometió a ella -y al país entero- que iba a cumplir su compromiso ante la justicia y no se iba a fugar. Pero ahora coincido con la columnista en que “Santrich demostró ser un cobarde (…), no pudo estar a la altura de la mayoría de los excombatientes que le siguen apostando a la paz. Él, a diferencia de ellos, nunca pudo recuperar su capacidad para pensar y terminó convertido en un pelele”.

La tormenta perfecta desatada a raíz de la fuga de Santrich sirve de asidero para analizarla desde una perspectiva de psicología de masas: impresiona a más no poder la oleada de respaldo y admiración que entre el antiuribismo despertó el cieguito después de que la Corte Suprema le concedió la libertad y fijó fecha de indagatoria. Santrich pasó a ser el depositario de todo ese odio represado de sectores cultos de clase media contra Álvaro Uribe y lo que este representa.

En dicho terreno de exacerbación de las pasiones, fui testigo de las voces de inconformidad que despertó mi columna anterior entre asiduos lectores, cuando dije que “si llega a ser cierto que Santrich se fugó a otro país, como cualquier Andrés Felipe Arias, significaría que el hombre resultó una porquería”. Todos ponían la mano en el fuego por la inocencia de Santrich, unos arguyendo como lícito que hubiera escapado ante la casi certeza de que iba a ser extraditado (o sea, le creían más a Santrich que a la Corte), sumado a una mayoría convencida de que lo habían desaparecido a la fuerza. Y no estamos hablando de simpatizantes de la FARC, menos de militantes.

Un fenómeno similar -pero a la inversa- sirve para analizar lo ocurrido con Andrés Felipe Arias: dos reos de la justicia pedidos en extradición, aunque en direcciones opuestas, con una coincidencia adicional: ambos fugados, uno de ellos recapturado y deportado a su país de origen, y de quien todavía no tenemos una sola imagen de su regreso sin gloria.

Lo ocurrido con Arias también puede ser visto desde los ojos de la psicología de masas, porque es igualmente digno de asombro el modo en que las hordas uribistas han reaccionado ante su repatriación, llegando a extremos delirantes como el de un Alberto Bernal para quien “esto se parece a la condena de Nelson Mandela, condenaron a un ciudadano ilustre”. Ciudadano ilustre, sí, al que la procuraduría de su copartidario Alejandro Ordóñez sancionó con inhabilidad de 16 años para ocupar cargos públicos, mientras que la entonces fiscal Viviane Morales (correligionaria del anterior) adelantó la investigación con la cual la Corte Suprema le impuso condena a 17 años de cárcel mediante sentencia que según el editorial de El Tiempo del pasado 15 de julio “está basada en un proceso judicial soportado en decenas de pruebas que el exministro tuvo la oportunidad de controvertir judicialmente, con todas las garantías. De hecho, en la parte final del juicio la Corte consideró que Arias podía recuperar su libertad, beneficio que el procesado aprovechó para salir del país y buscar fallidamente estatus de perseguido político en Estados Unidos”. ¿Es El Tiempo un diario castrochavista? Hasta donde llega nuestra información, todo lo contrario.

Queda uno entonces lelo, súpito, atónito ante el ambiente de polarización que se vive entre ambos extremos (en esta esquina del ring los defensores del narco Santrich y en aquella los del corrupto Arias) y la única opción que se vislumbra como realista es la de rogar al Altísimo para que esto no concluya en la hecatombe institucional que parece avecinarse como producto de haberse sentado a negociar con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) pero no con las Fuerzas Uribistas Reaccionarias (FURC), hoy en el poder.

DE REMATE, sea la ocasión para insistir: ¿por qué la Corte Suprema sigue sin fijar fecha para la indagatoria anunciada justamente hoy hace un año contra Álvaro Uribe? ¿No habrá en esto también algo de cobardía, al mejor estilo Jesús Santrich, pero aquí ante el inmenso poder político, militar, económico y religioso que hay detrás del sujeto sub judice llamado a responder por sus crímenes?

lunes, 8 de julio de 2019

Uribe - Santrich: dos indagatorias para sendos evasores




Esta columna tiene dos partes, una original y otra plagiada.

La original tiene que ver con que el 17 de julio de 2018 la Corte Suprema de Justicia llamó a indagatoria al senador Álvaro Uribe Vélez para que responda por soborno y fabricación de testigos falsos contra Iván Cepeda; y más recientemente, el pasado 4 de junio, citó también al desmovilizado de las Farc y hoy representante a la Cámara, Seuxis Pausias Hernández Solarte, alias ‘Jesús Santrich’, acusado de narcotráfico.

Algo que ha despertado suspicacias -por no decir sospechas- es que mientras la citación al primero se ha ido postergando hasta completar un año, la segunda fue definida en modo exprés para el martes 9 de julio, un día antes de la publicación de esta columna.

Si llega a ser cierto que Santrich se fugó a otro país, como cualquier Andrés Felipe Arias, significaría que el hombre resultó una porquería. Muchas personas salieron en su defensa alegando que ante las indebidas presiones que ejerce el uribismo (incluido el presidente Duque) el alto tribunal podría verse obligado a ordenar su extradición, mientras otros justificaron la súbita desaparición en que su vida corría inminente peligro.

Lo anterior puede ser cierto, pero también lo es que Santrich se comprometió a presentar sus descargos ante la justicia, y si no lo hace se entendería como una traición a los acuerdos de paz que firmó, pues daría para pensar que no se siente en condiciones de probar su inocencia. En cuyo caso los directamente perjudicados son su partido Farc, el acuerdo de paz y la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), a la que le asesta un golpe demoledor, pues les concede razón a los malandrines del Centro Democrático que pregonan a grito herido que la JEP es “impunidad para el narcotráfico”.

Además, se supone que Santrich es un guerrero. Y los guerreros no huyen. Huir es cosa de cobardes.

De otro lado, es indudable que si hubiera asistido a la citación de la Corte, se habría catapultado políticamente. Pero, como dicen por ahí, “de eso tan bueno no dan tanto”.

Ya en lo atinente al otro sujeto sub judice llamado a indagatoria, conviene tratar de dilucidar a qué obedece tanta demora en agendar la cita. Según Daniel Coronell, “la Corte Suprema tiene la obligación legal de establecer fecha y hora (…) y también para determinar, después de esa diligencia, si ordena la captura del señor expresidente Álvaro Uribe”. (Ver columna).

En busca de una respuesta a tan misteriosa dilación en algo tan simple como definir una fecha para escuchar a alguien, consulté a un alto exmagistrado de las cortes Suprema y Constitucional, quien prefirió omitir su nombre. Este afirmó en un estado cercano a la indignación que “el problema no es de voluntad política, sino de voluntad judicial. Todos los procedimientos están enredados, no caminan para adelante ni para atrás. Esta es la hora en que la Corte Suprema no ha dictado sentencia en los casos del exsenador antioqueño Luis Alfredo Ramos ni en el del exmagistrado Jorge Pretelt. La demora en citar a Uribe es producto de la inercia del sistema judicial, enredado en temas procedimentales ‘garantistas’. El sistema penal acusatorio está diseñado para que no funcione”.

Ojo a esto último: “El sistema penal acusatorio está diseñado para que no funcione”.

Así las cosas, Justicia colombiana, Requiéscat In Pace (RIP). Gracias a la fuga del cobarde Santrich, todo quedó servido en bandeja de plata para legitimar el referendo de los malandrines que pretenden suprimir la JEP y revocar las cortes.

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PARODIA SOBRE PLAGIO
Vayamos ahora sí a lo que arriba anuncié que sería un plagio, el que hizo la campaña de Iván Duque de un video del partido español Ciudadanos, donde el candidato Albert Rivera en las elecciones de 2015 le dirigía una carta a su hija (Daniela). De dicho plagio dio buena cuenta la revista Semana. Luego, algún ingenioso creativo hizo una parodia del video de Duque, en el que este se dirige a su hija (Eloísa) para explicarle lo que ha significado en su vida haber servido de instrumento para que su jefe político se apoderara de la Presidencia de la República. Y dice así:

“Querida hija, no sé en que HPs me metí. Antes de que nacieras yo estaba en Washington, en una corbata increíble, dedicado a viaticar, administrando la biblioteca cultural del BID. Yo le había pedido el ministerio de Cultura a Santos, ese era mi verdadero sueño. Pero como no me lo dieron, busqué la forma de llegar a Uribe. Trabajamos juntos en un proyecto, nos hicimos buenos amigos. Al comienzo todo era una maravilla. Me regaló mi llegada al Senado, completamente gratis. Cumplíamos con criticar al gobierno que me llevó al BID, y hasta hice muchos amigos congresistas, que hoy seguramente me pondrán unos voticos. Nunca pensé que yo sería el candidato a la Presidencia por el Centro Democrático. Es que me da un poco de pena, yo ni voté por Uribe y ahora soy “el que dice Uribe”. Pero esto no es lo más molesto. Ese señor me trata como cualquiera de sus caballos, me tiene con la rienda corta, me obliga a viajar con José Obdulio y a ponerme sombreros aguadeños, a caminar con Alicia Arango. Estoy gordo, maldita sea. Y ahora recientemente, con esa bruja Marta Lucía que francamente no soporto, porque ante cualquier idea que doy ella dice que se la inventó hace muchos años. Y dura otros dos años para explicarlo. Hija mía, me estoy engordando del estrés. Quería dejarte esta carta para que supieras verdaderamente quién soy. Yo no soy tan malo como parezco. Yo no soy uribista”. (Ver video).

DE REMATE: Al cierre de esta columna se supo que miembros del partido Farc se contactaron con Caracol Radio para informar que el exguerrillero definitivamente no habría de comparecer a la cita de ayer con la Corte. Con lo cual queda confirmado que Santrich resultó una porquería. Como cualquier Álvaro Uribe, mejor dicho.

martes, 2 de julio de 2019

Respuesta al joven que le vendió el alma al diablo




Hubiera querido dedicar esto a otro tema, pero una extensa carta presentada como “derecho de petición” (que  no lo es) al director de El Espectador por parte de Jonathan Stivel Vásquez Gómez, donde se refiere a mi columna titulada En Barrancabermeja un joven le vendió el alma al diablo (ver columna), me obliga a responderle. Obligación no como imperativo legal sino para poner las cosas en su sitio, puesto que se trata de un claro intento de censura, que no prosperó.

Comencemos por decir que de los 1.122 municipios regados por la geografía nacional, nací en uno cuyas condiciones de vida siempre han sido extremas, en parte por sus altas temperaturas y en parte por los conflictos entre ‘extremos’ que se han hecho sentir desde su fundación, hace cien años. Barrancabermeja no es tierra fácil, pero se deja querer, sobre todo si allí trascurrió una infancia mágica que luego yo vería reflejada -guardadas las proporciones- en ese Macondo de Cien años de soledad con sus personajes marcados por la reciedumbre y sus “casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas y enormes como huevos prehistóricos”.

Esto para aclarar que escribo sobre mi ciudad natal porque la llevo en la sangre, no soy un foráneo que apareció de la nada como un “alfil pagado por los corruptos”, según dijo el aludido en una entrevista para Enlace TV, donde se defendió atacando y no brindó las explicaciones requeridas (Ver entrevista desde minuto 15). Los que sí llegaron de lejos fueron aquellos a quienes les vendió su alma, el clan Gnecco de corrupta recordación, y la venta quedó “escriturada” en un artículo de La Silla Vacía que informó sobre un evento -con profusión de fotos- en el que Vásquez selló su alianza con “el senador de La U José Alfredo Gnecco, alfil del controvertido clan Gnecco en el Cesar”. Según su autora, Jineth Prieto, “la unión tomó por sorpresa a buena parte de la Barranca política, porque (…) hasta ahora el senador y el excandidato estaban en orillas políticas diferentes”. (Ver artículo).

Es irrefutable además que la tal “bloquera solidaria” no fue idea suya, sino de los mismos Gnecco, quienes a su vez la tomaron -para hacer política en el Cesar- de la empresa Cemex, consistente en que por cada ladrillo que le regalan a una familia necesitada de construir casa, la ponen a fabricar una cantidad igual para que la empresa la venda. Ello le permitió a Jonathan Vásquez cogerles ventaja a los demás competidores, pues comenzó a hacer campaña mucho antes de lo permitido, bajo el ropaje de un proyecto “cívico”. ¿O acaso esto no es publicidad política, con el pretexto de una recolección de firmas, pese a que busca el aval del Partido de la U?: Ver foto. Fue a esas “vallas” a las que hice referencia en mi columna, ubicadas en puntos estratégicos de la ciudad, y por ello fue objeto de denuncia ante el Consejo Nacional Electoral (CNE): por haber violado la ley que establece plazos y cronogramas fijos para hacer campaña política. (Ver denuncia).

Volviendo al “derecho de petición” arriba citado, mientras yo dije que hoy es aliado del destituido alcalde Darío Echeverri, Vásquez asegura que “he luchado incansablemente por combatir el flagelo de la corrupción impuesto por el gobierno de Echeverry Serrano”, y que “jamás he sostenido reuniones con este personaje tan cuestionable”. Es plausible que lo haya dicho en la carta de seis páginas que dirigió a El Espectador, pero igual es llamativo que no se haya distanciado públicamente con la misma contundencia en las declaraciones que dio luego de la publicación de mi columna, al igual que tampoco lo hizo con los Gnecco (desmarcarse), porque sabe que no lo puede hacer.

No sobra citar entonces un aparte de la respuesta que le dio don Fidel Cano a la exigencia de “retractación” solicitada por Vásquez Gómez: “La opinión del señor Jorge Gómez Pinilla, así como la de cualquiera de los columnistas de El Espectador, es por su misma naturaleza inviolable y exclusivamente determinada por él”. Esto significa que si el suscrito hubiera mentido, calumniado o atentado contra el buen nombre del supuesto agraviado, a este le correspondía era entablar denuncia penal por calumnia y/o injuria contra el columnista. Y no lo hizo.

Hay una realidad ineludible, y es que Barrancabermeja podría pasar de Guatemala a Guatepeor: viene de una administración signada por la corrupción y el clientelismo, pero podría caer en algo más nefasto si comienza a ser gobernada por los “padrinos” que se trae el antes “independiente” y hoy politiquero Jonathan Vásquez.

Reza el dicho popular que nadie es profeta en su tierra. Es posible que aquí también se aplique, que al final de la jornada el mañoso pelado se salga con la suya y, contra las evidencias de violación de la legislación electoral, logre hacerse elegir alcalde. Sea como fuere, si así ocurriere yo quedaré con mi conciencia tranquila, recordando lo que en muchas ocasiones le escuché al genial humorista Hebert Castro: “se les dijo, se les advirtió, se les recomendó, pero no hicieron caso…”.

MORALEJA Y CONCLUSIÓN: La política se ha convertido en una plataforma más para hacer negocios, con contadas excepciones. Los dueños del billete grueso van en cada campaña al supermercado de los candidatos, a comprar los que más les sirven para hacer crecer sus inversiones. Para la muestra un vistoso botón, Barrancabermeja y el clan Gnecco, poderoso comprador.

lunes, 17 de junio de 2019

En Barrancabermeja un joven le vendió el alma al diablo


En torno al futuro de Barrancabermeja hay por estos días dos noticias, una buena y otro mala.

La buena noticia es su reciente declaratoria como Distrito Especial, impulsada por la bancada santandereana en el Congreso, en tarea a la que contribuyeron Horacio José Serpa, Leonidas Gómez y Richard Aguilar, entre otros. Esto a la capital del petróleo le significa acceder a importantes recursos de Regalías, incluso contemplar ahora sí el urgente y postergado Plan de Modernización de la Refinería, PMRB.

La mala noticia es que cierto candidato con opción de ser el próximo alcalde es alguien que se trae las peores mañas, y de ello da cuenta -para empezar- este dato: compitió hace cuatro años con el hoy destituido alcalde Darío Echeverri y construyó su prestigio haciéndole la más férrea oposición desde el primer día… pero hoy tras bambalinas es firme aliado suyo. Hablamos de Jonathan Stivel Vásquez Gómez, quien se pasó a vivir al mismo edificio Reserva Cardales donde vive Echeverri (en cómoda “casa por cárcel”), cuentan las malas lenguas que para no estar ambos expuestos a miradas indiscretas.

¿Por qué el mismo que según La Silla Vacía logró recoger buena parte del voto de opinión en Barranca con una campaña lejos de los políticos tradicionales, apoyó a Leonidas Gómez y ayudó a recoger firmas para Sergio Fajardo, termina de pronto metamorfoseado en un vulgar politiquero? Muy sencillo: porque le vendió el alma al diablo.

Conviene advertirlo a tiempo, para luego no caer en el estribillo de “se les dijo y no hicieron caso”: detrás de Jonathan Vásquez se ha alineado lo peor de la corrupción y la politiquería, comenzando por José Alfredo Gnecco Zuleta, miembro de la temida casa Gnecco de Valledupar “asociada al paramilitarismo, bandas criminales, corrupción, contrabando de gasolina, ganado, armas, narcotráfico y otras actividades ilegales”, según Wikipedia. O sea que si gana Jonathan, esos mismos entrarían a gobernar a Barranca: personas de ingrata recordación, relacionadas con los grupos paramilitares que sembraron terror y zozobra en los años más oscuros del puerto petrolero.

Además de las vallas que profusa e ilegalmente comienzan a aparecer en las calles de Barranca con el nombre de Vásquez, el apoyo de los Gnecco se expresa también en la adopción de un modelo de la mexicana Cemex que dicho clan aplicó en el Cesar, consistente en una “bloquera solidaria” que pone los materiales y enseña a familias de escasos recursos a fabricar ladrillos, la mitad de los cuales usan en la construcción de sus viviendas y la otra mitad es comercializada por la empresa que los apoya. En el caso que nos ocupa, Barrancabermeja, la fórmula es ladrillos a cambio de votos.

(Paradójico paréntesis: fue la cercanía de su parentela política con Cemex la que le permitió a Vicky Dávila, cuñada de José Alfredo Gnecco, obtener la información que publicó en su última columna sobre un supuesto caso de corrupción de su muy odiado expresidente Juan Manuel Santos).

Para contrarrestar tan ominosa situación, la de un candidato apoyado por el billete grueso de una gente indeseable, hoy hay más de diez alternativas en la palestra. Pero quiero referirme a los dos que pueden hacerle contrapeso a Vásquez, para completar el trío de los que hoy lideran las encuestas.

Uno es el jovencito Nicolás Contreras, y lo de jovencito no es peyorativo, es porque tiene menos años (25) que el también joven Jonathan Vásquez (29). Contreras estudió Administración de Negocios Internacionales en Inglaterra, trabajó en Egipto con la ONU y en la OEA como delegado internacional, tiene postgrado en Finanzas, en fin, lo que llaman "un chino adelantado”. Se define independiente y se acaba de inscribir por firmas, estuve conversando con él e inspira confianza en el hablar. Pero viene de trabajar para el alcalde de Floridablanca, Héctor Mantilla, y por ello se le achaca línea directa con la vicepresidente Marta Lucía Ramírez. No sobra darle un compás de espera, a ver cómo responde a la hora de demostrar independencia.

El tercero que asoma en la contienda es Alfonso Eljach, un hombre de talante liberal, profesor universitario, abogado y empresario (dueño de Yariguíes Stereo) con reconocido trabajo entre las comunidades, pionero en la creación de los Centros de Convivencia Ciudadana que tuvieron su origen en los barrios nororientales de Barrancabermeja y que tanto contribuyeron a asentar la paz. Puedo estar equivocado -en política nada queda en mármol- pero Eljach podría encarnar una esperanza de renovación, unida a su experiencia como administrador de conflictos. Solo falta ver, como en los dos casos anteriores, con quién se junta. “Dime con quién andas y te diré quién eres”.

Pero hay un elemento que podría entrar a recomponer el tablero, y se relaciona con la posibilidad de que el tres veces alcalde, Elkin Bueno Altahona, se haya lanzado a buscar el aval de Cambio Radical a la gobernación de Santander no porque esté interesado en quitarle esa credencial a quien muy seguramente se la darán, Nerthink Mauricio Aguilar Hurtado (hijo del coronel Hugo Aguilar, parapolítico condenado), sino porque quiere hacer bulla en todo el departamento para regresar fortalecido a buscar la alcaldía de Barrancabermeja… por cuarta vez. Esto por supuesto debilitaría la candidatura de Jonathan Vásquez, pues los “inversionistas” preferirían a un malo conocido que a un Bueno (igualmente malo) por conocer.

Sea como fuere, la consigna en lo atinente a mi natal Barrancabermeja, es votar a conciencia. No a cambio de un tamal o unos ladrillos, sino en busca de un mejor futuro para la ciudad.

DE REMATE: En la noche de hoy miércoles 19 de junio se reúne en Bogotá la bancada santandereana del Partido Liberal -tres senadores y tres representantes a la Cámara- para dirimir una eventual posición unificada en torno a la gobernación de Santander. Si me permiten opinar, lo ideal sería apoyar a alguien con ideas liberales, pues el palo no está pa’ hacer cucharas en cuanto a tener candidato propio. Y si de ideas liberales se trata, ¿quién creen que es el más afín? Ahí les dejo ese trompo…

martes, 11 de junio de 2019

¿Cuándo dejará Iván Duque de ser subpresidente?


Es una verdad incuestionable que a Iván Duque Márquez le cabe el apelativo de subpresidente, en aplicación del axioma según el cual donde hay un gerente el segundo al mando es el subgerente, y en patética comprobación de que es la primera vez en la historia de Colombia que el presidente de la República en ejercicio tiene un jefe.

Esto se pudo percibir con prístina claridad en las objeciones que presentó (o le obligaron a presentar) a la ley estatutaria de la JEP: un mandado para complacer al partido de gobierno, Centro Democrático, o sea al dueño del letrero, Álvaro Uribe Vélez. Pero fueron por lana y salieron trasquilados, y el esquilmado en su gobernabilidad ya sabemos quién fue: el trompo de poner, que es como se le llama al que recibe los cocotazos.

También se percibió después de que la JEP ordenó la libertad de Zeuxis Hernández Solarte, alias ‘Jesús Santrich’, y se armó una trapisonda de padre y señor mío. Ese mismo día en la tarde, viernes 17 de mayo, Uribe le extendió esta orden perentoria al subalterno de más alto rango que tiene: "En el Centro Democrático sabemos que con el buen criterio del presidente Iván Duque, de acuerdo con los instrumentos legales, finalmente Santrich será extraditado. Confiamos en eso". (Ver noticia).

Y no es que Duque le hubiera desobedecido; es que la razón para no haber decretado la conmoción interior (que fueron a pedirle a su despacho, según conté en exclusiva) estuvo en la explicación que Uribe le dio a El Espectador el viernes 31 de mayo -cuando la Corte Constitucional hundió las objeciones- en justificación de su derrota: “Porque el gobierno Santos prometió que no elevaría los acuerdos de La Habana a la Constitución, incumplió su promesa, los elevó y la conmoción interior no puede suspender la Constitución”. (Ver noticia).

Mejor dicho, quisieron descarrilar el tren atravesándole palos a la locomotora y no lo consiguieron, porque estaba muy bien afincada sobre sus rieles jurídicos. Pero van a seguir en su empeño, detrás de un objetivo claro, tan claro que es inaudito que los medios de comunicación no lo perciban: la impunidad a perpetuidad para el causante de tantos males, que aún no cesan.

Es inaudito además que todo el país sea simple espectador impávido (súpito, atónito y escuálido) de un presidente que aparenta firmeza pero en realidad es un sujeto políticamente desmirriado, sin don ni capacidad de mando, puesto ahí para dar cumplimiento a las órdenes que le llegan desde todos los frentes uribistas como fuego graneado, y que él debe sortear a diario como si estuviera en un reality de TV, al mejor estilo Jim Carrey en The Truman Show.

Porque es que todo le está saliendo patas arriba: quiso convocar a un acuerdo nacional dejando por fuera a los partidos de la oposición (o sea a la mitad del país); las “horas contadas” del régimen de Nicolás Maduro se le convirtieron en meses interminables; cada vez que repite como un loro que “Santrich es un mafioso”, le suena libreteado; y ni siquiera le salió bien la visita que le recibió a la actriz Angelina Jolie en la Guajira, pues fue objeto de los más crueles y divertidos memes en las redes sociales.

Sumado a lo anterior, a raíz de la decisión de la Corte Constitucional que tumbó dos artículos del Código de Policía que imponía multas por consumir licor o hierba en espacios abiertos, Uribe pretendió erigirse en adalid de la indignación popular con estas palabras henchidas de fervor patriótico: “Queridos ciudadanos, nosotros tenemos que decir que rechazamos profundamente la sentencia (…) y nos disponemos a salir a las calles. Lo único que no pudo quitarnos el gobierno anterior fue la calle, que es nuestro campo de batalla”. (Ver trino).

Presta y presurosa, la fundación uribista Ciudadanos por Colombia le cogió la caña, y con el hashtag #9JunioMarchaContraLasCortes convocó a marchas de protesta en las capitales del país para el domingo 9 de junio, con un resultado tan lánguido que ese mismo día Eltiempo.com le lanzó -también presto y presuroso- un salvavidas a Uribe con una noticia donde se decía que “representantes del Centro Democrático aclararon que estas movilizaciones no son una iniciativa ordenada por el líder de ese partido”. Pero si se fijan en el URL de la noticia, este dice “centro-democratico-planea-marcha-contra-fallo-sobre-alcohol-y-drogas”. O sea, remendaron la noticia. (Ver noticia).

El uribismo pensó que iba a ocurrir como en la antesala del plebiscito de 2016, cuando lograron sacar a la calle a ríos de gente enardecida y convencida de que el acuerdo de paz iba a convertir en homosexuales a “nuestros niños”. Pero todo indica que a un perro no lo capan dos veces, y la nula capacidad de movilización que mostró el senador Uribe el domingo pasado haría pensar que el país ya no le come cuento al “caudillo” que necesita ensuciar el agua donde todos nos bañamos para que no se note lo cochino que él está.

Eso mismo debería entonces poner a pensar al subpresidente Duque: en si no será que está en el lugar equivocado o ejerciendo el poder de manera vergonzosa, de modo que el único modo de pasar a la historia con relativa dignidad sería si decidiera ‘pararle el macho’ a su jefe y comenzar a tomar decisiones por cuenta propia. Como si fuera el presidente de la República, mejor dicho, no un segundón más de Uribe y su rabioso partido de gobierno.

DE REMATE: ¿Por qué los uribistas andan tan envalentonados, haciendo y deshaciendo a sus anchas, tratando incluso de subvertir desde adentro el orden constitucionalmente establecido? Porque creen contar con el apoyo -tácito y cómplice- de Donald Trump.

lunes, 3 de junio de 2019

¡Coronell, salve usted la causa!




“Al golpear la credibilidad de una de las pocas publicaciones de prensa que todavía gozaban de alguna, nos dejan huérfanos”. Esto dijo Antonio Caballero a raíz del despido de Daniel Coronell como columnista de Semana, para referirse a una orfandad que se resume en esta pregunta que se hace -y responde- al final del párrafo: “¿A quién creerle? A nadie”. De acuerdo, ya no se puede creer en nadie.

Lo que sí no se le puede creer a Caballero -ni a María Jimena Duzán, quien tildó a Coronell de soberbio- es cuando afirma que fue un error del columnista haberle exigido a Semana “con arrogancia que reconociera su tardanza en la publicación de la investigación”. ¿Acaso es posible exigir algo con humildad…?

Sea como fuere, es comprensible que Duzán y Caballero hayan buscado un equilibrio entre el patrón que despide y el colega que es despedido, diferente a un Daniel Samper Ospina que sin empacho regañó públicamente a Felipe López después de que este “en gesto autocrático y anacrónico, propio de los tiempos en que el periodismo tradicional lo permitía, despide de manera fulminante a un columnista, pasando incluso por encima del director de la revista, a quien con ello desdibuja”. (Ver columna).

Como dijo Ramiro Bejarano en columna titulada con sarcasmo Pésima semana, "lo peor de este bochornoso episodio es que va acentuándose el empeño del Gobierno de Uribe, presidido por Duque, de polarizar los medios entre quienes los aplauden y los que no renuncian a la independencia". Hoy la supervivencia de los grandes medios depende en parte de las suscripciones virtuales, pero sobre todo de la pauta publicitaria. ¿Y quién maneja la tajada más grande en este rubro? El Gobierno.

No nos llamemos a engaños, es el manejo de la chequera lo que le da carta blanca (o más bien negra) a esa insidiosa polarización alentada por quienes necesitan hacer invivible la república para sacar avante la impunidad de Uribe, y agudiza la orfandad en la que van quedando los lectores de medios otrora confiables, sumado al sentimiento de desazón que produce constatar que aquellos que han preferido hacerse al lado del gobierno para recibir sus favores… son los que van ganando la partida.

Frente a este oscuro panorama quedan los otros, cada vez más escasos y disgregados, aunque dispuestos a jugársela entusiastas por la independencia, única opción posible si hablamos de periodismo. Es entonces cuando uno se pregunta si no sería posible que un líder de opinión como Daniel Coronell aprovechara la crisis que se presentó con su despido y la convirtiera en oportunidad para crear bajo su dirección un medio de comunicación virtual (los impresos están mandados a recoger) cuya única consigna sea la búsqueda implacable de la verdad, sin contemplaciones. “Su misión, si decide aceptarla…”.

¿Es acaso una utopía plantearlo? Me atrevo a pensar lo contrario. Hoy crear un medio o cualquier emprendimiento en Internet requiere más ingenio que cuantiosas inversiones, y debe haber más de un periodista que antes se ubicaba en posición privilegiada y ahora se siente incómodo frente a la tendencia autoritaria que dentro de las salas de redacción comienza a imponerse, más con un funesto precedente como el de Semana, que por sí solo constituye sonoro campanazo de alerta.

El problema ya no es si Coronell fue o no soberbio al pedir explicaciones (defecto que antes le achacaban a Gustavo Petro), sino la situación en la que quedan los demás periodistas, aquí y en Caparrapí: si eso le pasó al columnista más leído de Colombia, le puede pasar a cualquiera. O sea, la autocensura se impone.

Así las cosas, ¿cuál sentido tiene que Coronell pase a otro medio, cuyos dueños también serán empresarios interesados en hacer dinero antes que en apoyar un modelo periodístico ajeno a toda influencia política o económica? ¿Y por qué Coronell anunció en entrevista con Julio Sánchez Cristo: "Tengo una columna lista que iba a publicar el domingo, estoy buscando dónde difundirla”, y al final no la publicó? ¿Quizá porque el medio que decida acogerlo sabe que queda expuesto a las retaliaciones del rabioso uribismo en el poder, comenzando por el recorte de la pauta oficial…?

La invitación a Daniel Coronell es a que lidere una causa de largo alcance en pro de la verdadera independencia periodística. Sin lugar a dudas contaría con miles de suscriptores (por no decir millones), y además aparecerían empresarios con espíritu generoso y progresista que quieran brindarle apoyo financiero a tan atractiva y necesaria ‘alternativa’.

Permítame abusar entonces de la confianza, Daniel, para pedirle que tome el toro por los cuernos y reúna en torno suyo a las plumas más lúcidas y valientes, y así enfrente los poderosos vientos de censura que se ciernen sobre el horizonte mediático. Y que el nuevo medio se comprometa no solo con la búsqueda de la verdad, sino con su defensa a rajatabla. Porque si hay algo hoy en peligro, es la verdad. La misma que intentó menospreciar el ministro de Defensa Guillermo Botero cuando dijo que la muerte del desmovilizado Dimar Torres fue “producto de un forcejeo”, pero al parecer respondía a las directrices dadas a las tropas desde la cúpula para “duplicar resultados”. La misma verdad, en últimas, que siguen empeñados en aplastar mediante la cacería de brujas que se desató contra los oficiales del Ejército que alertaron primero a Semana y (tras el silencio cómplice de esta) a The New York Times.

Así las cosas, apreciado colega, tiene usted la palabra. Hable ahora y… que no nos callen para siempre.

DE REMATE: Ojo, no se le está pidiendo a Daniel Coronell que se lance a la Presidencia de la República. Aunque ni siquiera esa opción debería descartarse, frente a la aberrante crisis de liderazgo que vive el país.

lunes, 27 de mayo de 2019

“The New York Times” y una “Semana” para reflexionar



Por los mismos días en que estalló el escándalo por el artículo de The New York Times que denunciaba el regreso de los falsos positivos mediante directrices trazadas por la comandancia del Ejército, y se conocía del bochornoso ocultamiento que hizo Semana de esa misma información, se supo también de una carta que más de 260 intelectuales de Colombia y el mundo le dirigieron al presidente Iván Duque, donde le expresan su preocupación por el “sistemático derramamiento de sangre” y advierten que “desde los lugares de poder gubernamental y los medios de comunicación, se incita a una escalada de odio y violencia que rompe la poca paz alcanzada". (Ver carta).

Así es, y lo que viene ocurriendo con ciertos medios de comunicación encierra un mensaje preocupante. La salvación moral de la nación debería descansar sobre estos como vigilantes del poder y en función de evitar sus abusos, pero con frecuencia cada vez mayor a algunos -de los más poderosos- se les ve practicando precisamente lo contrario.

Digámoslo a calzón quitado, asistimos a la prostitución del periodismo en manos del gran capital. Un segundo ejemplo lo constituye el otrora diario más representativo de Colombia y el más liberal, El Tiempo, hoy en manos de un banquero a quien mucho le sirvió la oficiosa colaboración que desde la Fiscalía General le brindó su exempleado Néstor Humberto Martínez para sacarlo impune en el caso Odebrecht, pero dejó por el piso su credibilidad como periódico.

En medio de la desazón que producen los principales medios en manos del capital financiero, una señal de que no todo está perdido la da la última columna de Daniel Coronell, donde critica a la misma Semana que le publica sus columnas, apuntando su afilado estilete sobre el director, Alejandro Santos Rubino. Según Coronell la revista “emprendió un camino más relacionado con la conveniencia política que con el deber periodístico”, y según Santos desde su cuenta de Twittter “siempre defenderemos la libertad de expresión, aún la de los columnistas que critican a su casa editorial. Actuamos con rigor y responsabilidad y jamás hemos engavetado -ni engavetaremos- investigaciones periodísticas de interés público”. En todo caso, Coronell puso el dedo en la llaga cuando señaló que Semana “privilegió su relación con el gobierno sobre su deber de informar a los ciudadanos”.

Ahora bien, señalar la mayor responsabilidad en el director del medio es buscar el ahogado río arriba, pues los periodistas están sujetos -o si se quiere maniatados- a los intereses políticos y económicos de los dueños, y “donde manda capitán no manda marinero”. Falta ver en qué estarían pensando Felipe López o sus nuevos socios, los Gilinski, cuando prefirieron ponerse del lado del gobierno al no publicar la información. En tal sentido, me atrevo a pensar que donde Coronell ve una conveniencia política, se percibe más bien la búsqueda de una utilidad económica, en cuanto a que semejante “ayuda” podía verse compensada a futuro con la presentación de la respectiva cuenta de cobro.

Lo preocupante es que con tal tipo de prácticas la polarización ha terminado por contagiar al periodismo, ubicando a los medios en dos bandos: los amigos del gobierno… y los otros. Estos últimos, o sea los independientes, requieren del más decidido apoyo colectivo, pues luchan a brazo partido para no convertirse en meretrices del poder político y/o económico. Entre ellos todavía brillan con luz propia los nombres de El Espectador, Noticias Uno, La Silla Vacía o Las 2 Orillas, aunque dando una batalla desigual, en consideración a que “poderoso caballero es don dinero”.

Hablando de los periodistas que privilegian su relación con el gobierno, está lo que el pasado lunes 27 dijo el director de Blu Radio, Néstor Morales, contra Daniel Coronell: palabras más palabras menos, que “el que las hace las imagina”, y que por qué cuestiona a la revista que le dio trabajo pero nunca cuestionó al gobierno de Juan Manuel Santos, y preguntaba si eso sería porque “le dieron un noticiero gratis". Morales está en libertad de opinar sobre un colega suyo, pero hay temas en los que quizá debería declararse impedido, en su condición de “primer cuñado de la nación”. Sea como fuere, Coronell lo puso en su sitio cuando le enrostró una copiosa serie de publicaciones críticas que hizo contra -y durante- el gobierno de Santos. (Ver trinos).

Mejor dicho, nunca antes como ahora estuvo en mayor riesgo la libertad de prensa. El modo atrabiliario como reaccionó el gobierno -en cabeza del canciller y el ministro de Defensa- contra uno de los diarios con mejor reputación internacional, sumado al temerario señalamiento que le hizo la senadora María Fernanda Cabal al periodista Nicholas Casey y que obligó a su salida del país para proteger su integridad física, exige adoptar medidas de choque en defensa del periodismo (y de la verdad, en últimas).

La urgencia del momento es tratar de impedir que se siga ‘perrateando’ el ambiente, y en tal dirección lo ideal sería conformar un frente unido de medios independientes que cada cierto tiempo monitoree el estado de la nación, vele por el cumplimiento de las normas que hacen posible el respeto a los derechos humanos y las libertades públicas, y haga pronunciamientos que sirvan como mecanismo de presión, en particular sobre el gobierno de Iván Duque, que desde muy temprana hora comenzó a mostrar sus garras hacia la imposición de un modelo autoritario que llegó a comprar lealtades (“todo hombre tiene su precio”, decía don Vito), a trabajar para los ricos y a restringir libertades. Todo ello amparado en que cree contar con la tácita aprobación de Donald Trump, y sin desconocer la eficaz colaboración que ha recibido de una soterrada alianza entre la DEA y la Fiscalía, sobre todo a la hora de armar montajes para hacerle daño al tribunal de justicia transicional conocido como JEP.

En este contexto, la invitación es a que El Espectador lidere la iniciativa aquí expuesta. Don Fidel, hable ahora o calle para siempre.

DE REMATE: “Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás es relaciones públicas”. Atribuido a George Orwell.

Respuesta del director: Cada medio es libre de ejercer el periodismo como mejor le parezca y su audiencia será la que lo juzgue. Yo respondo por El Espectador, donde he sido libre para ejercer el periodismo en el que creo. Pero no espere de mí que lidere una suerte de gremio de medios independientes para que todos sigamos una misma línea de acción. También tengo diferencias netamente periodísticas con muchos medios independientes –y no creo que yo tenga más razón que ellos, no, simplemente que lo haría diferente--. Creo más en la pluralidad de voces y de estilos, para que sean los ciudadanos los que seleccionen y premien con su confianza a quienes les parezcan mejores.