viernes, 28 de agosto de 2009

El Yidisgate y la verdad desnuda



“He volado demasiado alto con alas prestadas”
Charles Van Doren

Hay dos películas que el Ministerio de Educación Nacional debería incluir con carácter obligatorio en el currículo académico: El dilema (Robert Redford, 1994) porque enseña a vivir dignamente, y Las invasiones bárbaras (Denys Arcand, 2003) porque enseña a morir ídem. Hoy hablaremos de la primera, en atención al asombroso paralelo que brinda con el Yidisgate, referente a las dádivas que en 2002 habría recibido la entonces representante Yidis Medina para cambiar su voto de negativo a positivo, a favor de la reelección del presidente Álvaro Uribe.

http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/otroscolumnistas/el-yidisgate-y-la-verdad-desnuda_4353720-1

El título original de la cinta es Quiz Show y alude al escándalo que se desató en Estados Unidos en 1958, cuando se supo que el más popular programa de concurso de la NBC (“Twenty One”) había acudido a una trampa para reemplazar a un concursante –Herbert Stempel- por otro de noble familia y mejor registro visual –Charles Van Doren-, con el único propósito de aumentar la audiencia. Stempel viene a ser como el Yidis de la trama, pues le prometen que le darán su propio programa de televisión si “se tira a la lona”, para lo cual debe responder equivocadamente a una pregunta sencilla: ¿Cuál película ganó el Óscar a mejor film en 1955? Él sabía que había sido “Marty”, pero le obligan a decir que “Nido de ratas” (On the waterfront), la ganadora del año anterior.

El asunto es que el hombre queda ‘ardido’ porque pasan los meses y no le cumplen el trato, y hace “17 llamadas” al canal, donde deja dicho en son de amenaza que “aquí va a pasar algo”, pero no le pasan al teléfono. Así que decide irse hasta la oficina del productor, Dan Enright, para decirle que “yo necesito volver a la televisión. Consígueme un programa o te arrastro conmigo a la mierda. ¡Hazlo, o todos sabrán del fraude!” Lo que Stempel no sabe es que lo están grabando, e incluso conservan las facturas del siquiatra que como ‘cortesía de la casa’ decidieron pagarle cuando lo echaron del programa, y que éste acogió de buena gana.

Mientras tanto, la atención nacional se desplaza hacia el nuevo concursante, Charles Van Doren (Ralph Fiennes, el de El paciente inglés), profesor de idiomas de la universidad de Columbia, quien se convierte en una especie de Joe Di Maggio del intelecto gracias a que semana tras semana responde acertadamente las más variadas y difíciles preguntas, a tal punto que su propio padre se sorprende cuando le escucha responder acertadamente sobre los nombres de los tres campeones mundiales de boxeo que precedieron a Joe Louis: “James D. Braddock… Max Baer y… y… ¿Primo Carnera?”.


Otro sorprendido es un joven abogado recién egresado de Harvard, Richard Goodwin, quien ocupa una ‘corbata’ como miembro del Comité de Supervisión Legislativa del Congreso y se entera de que Stempel presentó denuncia por fraude ante un Gran Jurado, y le da por investigar si será posible tanta belleza, sabiduría y talento en dicho programa. Así que comienza por preguntarle a Charles Van Doren si conoce la queja del concursante anterior, según la cual lo obligaron a perder para que él pudiera entrar, y éste manifiesta no saber nada al respecto.

Goodwin se dirige entonces a Stempel (un hombre emocionalmente inestable, interpretado a la perfección por John Turturro), quien le abre las puertas de su desordenada casa, le explica cómo lo hicieron perder y le dice que “el concurso es una farsa”, de modo que “si acabas con Van Doren, serás más famoso que el Sputnik”. Pero al investigador no le interesa perjudicar al exitoso concursante, pues incluso ha desarrollado hacia él una solidaridad de clase que terminará en amistad y servirá para tratar de protegerlo. Lo que quiere es llegar a la verdad, por lo que toca a las puertas del canal. Allí le hacen escuchar la grabación, le muestran los recibos de las “cinco sesiones semanales” con el siquiatra y le hablan del “estado de enajenación mental” del individuo, así como de su “rencor irracional” hacia el programa. Cualquier parecido con la realidad nacional…

Cuando las cosas parecen haber llegado a un callejón sin salida, ante los reclamos que Goodwin le hace a Stempel por haber ocultado lo del siquiatra y lo del chantaje “(consígueme un programa o…”), éste decide autoinculparse –al mejor estilo Yidis, de nuevo- y contarle que “a mí me daban las respuestas”. De aquí en adelante la película de Redford adquiere la dinámica de una bola de nieve que arrastra todo a su paso, pues después de que el investigador le transmite a Van Doren lo que le ha dicho Stempel, vemos al catedrático atravesando por una crisis de conciencia que lo obliga a pedirles a los realizadores del concurso que ya no le den las respuestas, sino “sólo las preguntas”.

Pero aquí no para la cosa, pues faltaba la prueba reina: un concursante de años atrás, James Snodgrass (y aquí debemos anotar que todos los nombres y sucesos son reales) le entrega a Goodwin un sobre sellado, mientras le explica que se trata de un correo certificado que él mismo se envió un 11 de enero, 48 horas antes del programa en el que él concursaba, con las respuestas a las preguntas que le harían el día 13. Lo cual –puesto que estamos de parangón- nos remonta al video con la entrevista que Yidis había grabado desde un comienzo para Noticias Uno, contando lo que diferentes funcionarios del Gobierno colombiano le habrían ofrecido a cambio de su voto.

Es entonces cuando, a medida que la verdad aflora, queda claro por qué la película se llama “El dilema”. Porque llega el momento en que el hombre más querido y con mayor reputación comprende que el cerco se va cerrando en torno a él, y se ve ante la disyuntiva de seguir mintiendo o… quedar como un ‘cuero’. El propio investigador intenta confrontarlo con la verdad, mediante la narración de una anécdota familiar: un tío que le había sido infiel a su mujer confesó la culpa ocho años después, debido a que “le remordía la conciencia de haberse salido con la suya”. Y a continuación le entrega un citatorio para el Comité, advirtiéndole que “si quieres ser un caballero, pórtate como tal”.

En ese mismo contexto, Van Doren recibe la visita del presidente de la NBC, Robert Kintner, quien le pide firmar una declaración eximiendo de culpa al canal, a la vez que lo invita a convocar a los medios para negar cualquier implicación suya como concursante, no sin antes recordarle que “¿no te hemos tratado como a un miembro de la familia?” Nunca se sabe si en tal condición también tenía comunicación directa con los hijos del presidente del canal (ni siquiera sabremos si éste tenía hijos), pero lo cierto es que el hombre firma el papel, aunque se niega a dar la rueda de prensa, pues cree que “no hay nada más sospechoso que un hombre que no ha sido acusado, declare su inocencia.”

Es sólo ante su padre –Mark Van Doren, doctor en Literatura- que se atreve a desnudar su drama interior, en un vibrante diálogo entre el íntegro moral y el pecador, que este breve espacio nos impide apreciarlo en su totalidad, pero que remata de este modo:

- ¿Te pagaron entonces por engañar al público?

Y el hijo pródigo responde:

- Sí, padre.

Ya frente al estrado, el protagonista del escándalo lee una extensa declaración en la que reconoce que “le mentí al país sobre lo que sabía y sobre lo que no sabía”, y al final es felicitado por los miembros del Comité, quienes alaban su “espíritu gallardo”, su “valentía” y su “caballerosidad, con excepción de uno que se aparta de tanto aplauso porque juzga que “un hombre no puede ser felicitado por decir la verdad”.

En síntesis, El dilema (o Quiz Show) es una película con un guión soberbio, de hondo calado ético, que si pudieran verla todos los involucrados en el Yidisgate con seguridad provocaría un remezón en sus conciencias, pues trata de la importancia de ser honestos y de las complicaciones que trae el faltar a la verdad, en cualquier circunstancia de la vida.

sábado, 27 de junio de 2009

Técnicamente hablando



En su intento por tapar el sol de la recesión con una mano, el ministro de Hacienda, Óscar Iván Zuluaga, manifestó que “técnicamente” no se puede hablar de recesión, porque ésta se define como dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo respecto al trimestre inmediatamente anterior, y no como hizo el DANE, con dos datos trimestrales seguidos de crecimiento anual negativo. Vistas las cosas sin malicia, esto significaría que “técnicamente” Colombia es una ínsula, ajena casi por completo a la crisis económica global. Si nos ceñimos a tan singular retórica, son muchas las cosas que técnicamente no serían lo que parecen ser, sino lo que el Gobierno cree que son. Para la muestra, algunos botones:

Técnicamente en Colombia no existen desplazados, sino “migrantes”.
Técnicamente no hay conflicto interno, sino “amenaza terrorista”.
Técnicamente no hay oposición democrática, sino resentidos y aliados del terrorismo.
Técnicamente no se han presentado ejecuciones extrajudiciales, sino montajes de las Farc.
Técnicamente no existen víctimas, sino culpables de lo que les pasa.

Técnicamente no es que el Presidente se quiera hacer reelegir, sino que no puede desoír el mandato de cuatro millones de firmantes.

Técnicamente no es que las cuentas del Referendo no cuadren, sino que los enemigos de la reelección quieren enredarlas a como dé lugar.

Técnicamente los hijos del Presidente no practican tráfico de influencias, sino relaciones públicas.

Técnicamente este Gobierno no reparte puestos, notarías y dádivas entre sus aliados del Congreso, sino reconocimientos y aplausos.

Técnicamente Álvaro Uribe no es un autócrata, sino un caudillo con mano firme y corazón grande.

Técnicamente no es que la Corte Suprema esté cumpliendo con su deber constitucional, sino que le tiene ‘tirria’ al Gobierno.

Técnicamente el TLC no está enredado, sino en stand by.

Técnicamente Jorge Noguera no es un ex director del DAS acusado de homicidios y otros crímenes, sino “un buen muchacho”.

Técnicamente no se está presentando una reactivación de la actividad subversiva, sino una aproximación al “final del final” del terrorismo.

Técnicamente las ‘chuzadas’ telefónicas no fueron parte de una campaña de persecución de la Casa de Nariño contra magistrados y opositores, sino que fueron realizadas por unos cuantos ‘loquitos’ infiltrados en el DAS, que así querían desprestigiar al Gobierno.

Técnicamente no puede haber ley de Víctimas, sino una muestra de “solidaridad” que no le salga cara al fisco.

sábado, 30 de mayo de 2009

El bosque uribista no deja ver los árboles


En un contexto geográfico se dice que "los árboles no dejan ver el bosque" para referirse a que los accidentes del paisaje dificultan la visión de la panorámica global, pero en un contexto metafórico alude a que los detalles impiden ver el conjunto de cualquier cuestión. Con el gobierno de Álvaro Uribe la fórmula se invierte, pues es el bosque el que no deja ver los árboles: gracias a su inmenso prestigio, ante la opinión pública pasan desapercibidos los innumerables escándalos que en circunstancias normales obstaculizarían cualquier gestión o la harían ingobernable. Escándalos referentes a los vínculos de autoridades, funcionarios, amigos y/o políticos de la coalición uribista con grupos paramilitares unas veces, y otras con narcotraficantes puros, sin que estos hechos –que superan en ocho mil veces o más lo ocurrido durante el proceso 8.000- hayan afectado mayormente su imagen.

La comparación con el gobierno de Ernesto Samper es obligada, pues en ambos casos el narcotráfico permeó sus campañas o su accionar político. La diferencia de fondo radica en una paradoja colosal, como es que el gobierno quizá peor rodeado (de delincuentes de diversa laya) es el que mayor prestigio en la historia de Colombia ha tenido, mientras que lo que le ocurrió a Samper –comparado con los escándalos que hoy a diario revientan- no pasaría de ser un pecadillo venial.

Samper gastó su mandato defendiéndose de las acusaciones y de las invitaciones a renunciar que desde todos los medios le hacían, por cuenta de una suma cercana a seis millones de dólares, aportada por los hermanos Rodríguez Orejuela. Por su parte, el Gobierno de Uribe se defiende acudiendo a mentiras verdaderas, pues mezcla cosas ciertas del pasado (como que muchas alianzas entre políticos y ‘paras’ se dieron antes de su gobierno) con protuberantes hechos del presente que pretende minimizar, como los lazos de cooperación entre su director del DAS y el narcoparamilitar Jorge 40 (quien supuestamente pudo disponer del aparato de inteligencia del Estado para cometer masacres con base en listas que entregaba el DAS), o los imputados crímenes al ex gobernador de Sucre, Salvador Arana (a quien nombró cónsul en Chile para protegerlo), o la colaboración que el ex fiscal Luis Camilo Osorio (a quien nombró embajador en México y de quien dijo “deberían clonarlo”) le habría brindado al paramilitarismo en general y al general Rito Alejo del Río en particular, o el cohecho practicado en Yidis Medina para facilitar su reelección, o las chuzadas ilegales desde el DAS (que sólo a Uribe podían serle útiles), o las visitas clandestinas de mafiosos a Palacio, o los negocios de sus hijos con terrenos que se valorizaron de la noche a la mañana, para mencionar sólo unos pocos escándalos y no alargar la lista. (Y sin mencionar los centenares de ejecuciones extrajudiciales, mal llamadas falsos positivos).

Ya es hora entonces de que se hagan visibles todos los árboles que el tupido bosque tejido por el mesiánico prestigio de Álvaro Uribe no ha dejado ver, para que este gobierno adquiera en la historia el verdadero sitial que se merece.

domingo, 10 de mayo de 2009

Watergate, DAS-Gate...


Vistas las cosas con detenimiento, el caso Watergate –de cuando unas simples escuchas telefónicas condujeron a la renuncia del Presidente de Estados Unidos- guarda ciertas similitudes con el expediente que cursa en Colombia por las chuzadas ilegales del DAS, y es la razón para que algunos columnistas de prensa lo hayan llamado el DAS-Gate. Hay una excelente película de Ron Howard que nos brinda luces al respecto, de la que hablaremos más adelante.

Por ahora, baste recordar que el Watergate tuvo su detonante en una serie de escándalos políticos durante la presidencia de Richard Nixon, que acabaron con una imputación criminal a consejeros como Bob Haldeman y John Ehrlichman, y la dimisión del propio Presidente el 8 de agosto de 1974, hace 35 años. Los escándalos comenzaron con el arresto de cinco individuos que entraron a la sede del Comité Demócrata Nacional, en el edificio Watergate, en Washington, el 17 de junio de 1972. Las investigaciones llevadas a cabo por el FBI y después por el Comité de Watergate en el Senado, revelaron que ese robo fue sólo una de las múltiples actividades ilegales autorizadas y ejecutadas por el equipo de Nixon. También revelaron el alcance de sus crímenes y abusos, que incluían fraude en la campaña, espionaje político y sabotaje, intrusiones ilegales, auditorías de impuestos y escuchas ilegales a gran escala.

La película a la que hacíamos referencia se llama Frost versus Nixon y muestra el enfrentamiento en el que al final se convirtió una entrevista pagada –por Frost a Nixon-, donde el primero termina por arrancarle al Presidente dimitente una confesión de culpa.

En los tres años posteriores a su renuncia, Richard Nixon permaneció en silencio. Sin embargo, en el verano de 1977, el hombre aceptó conceder una única entrevista y contestar a preguntas acerca de su mandato y del escándalo Watergate. Nixon sorprendió a todos al escoger a David Frost como confesor televisivo, seguro de que podría con quien era un alegre presentador británico de televisión, y se ganaría los corazones y las mentes de los estadounidenses. Fueron cuatro entrevistas de una hora cada una, que obtuvieron la mayor audiencia de un programa de noticias en la historia de la televisión norteamericana. Más de 45 millones de telespectadores se sentaron ante el televisor para ver cómo Nixon y Frost se enfrentaban en un fascinante duelo verbal durante cuatro noches. Los dos hombres eran conscientes de que sólo podía haber un ganador, como en efecto lo hubo: Frost.

Podríamos extendernos narrando con deleite los preparativos de las entrevistas y el desarrollo que ya en escena se le dio a cada tema, pero la limitación de espacio nos lo impide. Por ello nos remitimos a transcribir de la última entrevista, lo pertinente al momento en que Nixon confiesa su culpa, con la seguridad de que algo puede aportar a la historia de Colombia:

FROST: Si Haldeman y Erlichman eran los responsables cuando usted se enteró ¿por qué no los mandó a arrestar? ¿No es eso encubrimiento?

NIXON: Quizá debí haber hecho eso. Llamar al FBI y decir “ahí están”. Tómenles las huellas digitales y enciérrenlos. Yo no soy así. Yo conocía las familias de Haldeman y Ehrlichman desde que eran chicos. Y la presión para incriminarlos se hizo abrumadora. Así que lo hice: corté un brazo, luego el otro. Siempre he dicho que lo que hicimos no era criminal. Cuando uno es presidente debe hacer muchas cosas que no son, en el sentido más estricto, legales. Pero las hace porque es lo mejor para la Nación.

F: Espere, ¿está diciendo que en ciertas situaciones el presidente puede decidir si beneficia al país hacer algo ilegal?

N: Cuando lo hace el Presidente, significa que no es ilegal. Eso es lo que creo. Pero me doy cuenta de que nadie más comparte ese punto de vista.

F: ¿En ese caso aceptará, para aclarar las cosas de una vez por todas, que fue parte de un encubrimiento y que sí violó la ley?

En ese momento su asistente Jack Brennan interrumpe la entrevista y se lleva a Nixon a una habitación vecina. “¿Qué pasó? ¿Arrojaste la toalla? ¿Te compadeciste de mí?” le pregunta Nixon, y Brennan le responde: “sólo sentí que si iba a hacer alguna revelación emocional, debería tomarse un momento para planearla. ¿Cuántas consecuencias devastadores podrían tener las revelaciones no planeadas?” Pero continúa la entrevista:

FROST: Discutíamos el periodo del 21 de marzo al 30 de abril, y los errores que cometió, y me preguntaba: ¿los describiría como más que “errores”? Esa palabra no parece ser suficiente…

NIXON: ¿Qué palabra usaría usted?

F: Creo que hay tres cosas que a la gente le gustaría oír: una, que hubo más que errores. Hubo actividad ilegal, y quizá haya sido un delito. Segunda, que “sí abusé del poder que tenía como Presidente”. Y tercera: “el pueblo americano padeció una agonía innecesaria y pido perdón por eso”.

N: Bueno, es verdad, cometí errores. Errores poco dignos de un Presidente, que no alcanzaron el nivel de excelencia con que soñé cuando era joven. Hubo momentos cuando no asumí esa responsabilidad y estuve involucrado en un encubrimiento, como usted lo llama. Y por todos esos errores siento un pesar muy profundo. Nadie puede saber qué se siente renunciar a la Presidencia.

F: ¿Y el pueblo americano?

N: Lo defraudé. Defraudé a mis amigos. Defraudé al país. Y lo peor de todo, defraudé a nuestro sistema de gobierno. Ahora pienso, “todo es demasiado corrupto”. Defraudé al pueblo americano y tengo que cargar con ese peso el resto de mi vida. Mi vida política se acabó…

Un primer plano final muestra la cara de Richard Nixon hinchada y devastada por la soledad, la autocompasión y la derrota. Y pensar que todo fue por unas simples chuzadas al partido rival…

miércoles, 22 de abril de 2009

El 'show' debe seguir


Tal vez el principal motivo por el cual los colombianos clasificamos –según encuestas- entre los más felices del planeta, radica en que el país vive un punto de quiebre permanente, en el que no pasa semana sin que estalle un nuevo escándalo de alquilar balcón. Es algo que pondría de punta los pelos a un predecible suizo o a un gélido danés, pero por tratarse de Colombia cada escándalo termina transformado en un verdadero show, donde hay desde el empresario del espectáculo que maneja los hilos, pasando por los que componen la tramoya bajo órdenes suyas, hasta el público que ávido de emociones observa entre complacido y atónito al maestro de todas las ceremonias.

La rebaja de 400 pesos en el precio del galón de gasolina (a punto de comenzar el paro de los transportadores de carga y a horitas de haber estallado el escándalo por un lote de los hijos del Presidente) es parte de ese mismo show, al que muchos medios de comunicación se pliegan de manera entusiasta e irresponsable. Entre unos y otros se ha perdido el espíritu crítico, conditio sine qua non para la conformación de una masa cada día más inerme e informe, sólo consciente de que el show debe seguir, porque a eso la tienen acostumbrada.

Hace unos meses David Murcia Guzmán se metió con la familia de Álvaro Uribe y quiso darle a éste lecciones de comunicación familiar (“no sé cómo será la relación del Presidente con sus hijos, pero definitivamente no está enterado de lo que hacen…”) y al día siguiente era apresado en Panamá y traído de inmediato a Colombia, en muestra clara de la capacidad de reacción que tiene el personaje a quien Murcia quiso poner en apuros. Ahora el escándalo es por un terreno de 32 hectáreas en Mosquera -que de tener uso rural pasó a convertirse en zona franca-, pero este nuevo asunto en lo más mínimo trasnocha al Presidente, pues lo hemos visto capoteando temporales y tormentas de mayor calado.

Lo verdaderamente asombroso es que ante el cúmulo de escándalos (chuzadas ilegales del DAS, referendo defectuoso, falsos positivos, parapolítica, DMG, visita de mafiosos a Palacio, yidispolítica, etc.) el Gobierno le vaya dando a cada uno su consabido trámite mediático, como si se tratara de un menester más de la vida cotidiana, y la gente quede tan conforme. Es quizá porque se sabe de antemano que en efecto el show continúa, sin que cada nuevo escándalo produzca consecuencias reales (todo pareciera ficción) para complacencia de la galería, desde luneta hasta gallinero.

A esta telenovela de interminables capítulos hoy se suman los hijos del galán, quienes han dicho que “nosotros tenemos por norma contarle todo a mi papá", y de paso han aclarado que su padre se mostró contrario al negocio del lote. Pero ellos le replicaron, cual hijos de tigre: “papá, es que nosotros también somos empresarios; es un derecho que tenemos''.

Y el show continuó.

domingo, 12 de abril de 2009

Un error calculado



Tal vez tiene razón el columnista Saúl Hernández ('El debate de la dosis mínima', EL TIEMPO, 30 de marzo de 2009) cuando escribe que "quienes pretenden dirimir el tema de la penalización de la dosis mínima son consumidores que se favorecen con el permiso de comprarla, portarla y meterla sin ser molestados por las autoridades". Tiene razón, sí, porque es factible que haya uno que otro columnista, director de medio, editor o caricaturista que eventualmente consuma alguna sustancia prohibida, y en ocasiones basta con leerlos para saber si prefieren la hierba o el perico, por mencionar solo las dos de uso más frecuente. En ánimo de acertar se diría que el asunto no se restringe a los medios, sino que se extiende a todas las esferas de la vida social, y el columnista que se escandalice -como Hernández- es porque prefiere cual avestruz esconder la cabeza en el hueco, pues pretende desconocer un fenómeno que al parecer escapa a su comprensión.

En medio de su delirio, afirma olímpicamente que "a este paso, quienes van a decidir lo del referendo de prisión perpetua para violadores de niños van a ser el monstruo de Mariquita y Luis Alfredo Garavito". Expresión no solo tremendista y exagerada sino discriminatoria y de mal gusto, pues emparienta a dos reconocidos violadores con el que se mete -o metió, pero dejó de hacerlo- un pase de cocaína o un barillo de marihuana en algún momento de su proceso creativo, o como pudo darse en la que Héctor Abad tituló como su "columna enmarihuanada", a quien reconocemos la valentía de su confesión, en un medio tan macartizado.

Parte de la confusión del columnista citado se hace palpable en una frase que encierra la madre de todas las contradicciones, pues parte de una premisa evidente cuando sostiene que "se ha exacerbado el contradictorio mensaje de que todos tenemos derecho a darnos en la cabeza", siendo que en efecto todos tenemos derecho a darnos en la cabeza, sea literalmente contra las paredes o en el sentido sicodélico que quiso darle. Premisa además hipócrita, pues se asume casto y pulcro sin ver la viga en el ojo propio, ante un Gobierno cuyas ideas defiende y al que en el fondo no le interesa saber si tiene o no la razón en lo de la penalización del consumo, porque lo único importante es que tienen a la gente pensando en eso.

Debería tratarse de un tema irrelevante y circunscrito a la vida privada de las personas (si uno quiere trabarse o pararse en la cabeza o colgarse de ella), pero nos lo han vuelto un asunto policivo, porque nuestro Presidente así lo ha querido. Es una batalla mediática, en la que con cara no pierde Uribe y con sello gana él.

Para rematar, sostiene el columnista Hernández que "(se ha exacerbado el contradictorio mensaje de que) si uno es un adicto -o sea un enfermo- no lo pueden obligar a curarse". Cae aquí de nuevo en el mismo solipsismo de su insolente ignorancia, pues la lógica de la razón nos obliga -aquí también- a creer que nadie puede ser obligado a abandonar una adicción, como tampoco a actuar contra sí mismo. Es una perogrullada decir que no ha habido el primer alcohólico al que lo hayan obligado a curarse, pero no servirá de prueba a nuestro propósito, pues solo nos quieren tener hablando de eso.

Motivo por el cual, ante la imposibilidad de advertir sobre tan tremendo error de percepción, lo mejor es callar.

martes, 17 de marzo de 2009

El póquer de Juan Manuel


Especial para UN PASQUÍN

Chapeau, dicen los franceses cuando en gesto simbólico se quitan el sombrero ante algo que los impresiona positivamente, así mantengan puntos de vista contrarios al personaje o suceso en cuestión. Algo así podría decirse –sin negar que con gran esfuerzo- ante las más recientes declaraciones y actuaciones del ministro de Defensa de Colombia, Juan Manuel Santos, con las consecuentes reacciones que éstas han provocado.

Comencemos por decir que no es correcto que Santos esté utilizando su ministerio para posicionarse políticamente antes de salir a buscar la Presidencia de la República, pero continuemos agregando que los pasos que ha dado se encaminan en la dirección estratégicamente acertada, disgústele a quien le disguste. No es nuevo saber que Juan Manuel Santos es con Rafael Correa y Hugo Chávez como el agua y el aceite, pero sí es nuevo cuando el primero decide revolver agua y aceite en pleno uso de sus facultades mentales, con el –si se quiere perverso- propósito de que su nombre suene duro en un terreno donde a Uribe le ha tocado morigerarse, porque las relaciones comerciales con las naciones vecinas así se lo exigen.

Cuando a su regreso de Washington el ministro agita el cotarro regional invocando legítima defensa y dejando claro que en tal perspectiva estaría dispuesto a ir por los cinco cabecillas de las Farc que según informes de inteligencia estarían en Venezuela; cuando a continuación se reúne con la cúpula militar y los convence de pedirle al Presidente Uribe que convoque el Consejo de Seguridad, es porque decidió tallar fuerte en la partida, a tal punto que jugó sus restos… y ganó. El reciente acuerdo suscrito con el gobierno de Brasil para permitir que aviones militares de uno u otro país puedan adentrarse hasta 60 km en sus respectivas fronteras para eventuales persecuciones a terroristas o criminales, se inscribe en este contexto.

Parte de su triunfo estriba en lograr que Chávez despotrique de él, porque igual al presidente de Venezuela también le escuchan ahora criticar duramente a Barack Obama, de modo que la ganancia está en que hablen mal de Santos, sí, pero que hablen. Flaco favor, pues, el que Chávez se hace cada vez que menciona a su enemigo político e ideológico, pues lo engrandece.

Y Juan Manuel lo sabe, como sabe también cuánto les desagrada –casi por igual- a los presidentes Álvaro Uribe y Hugo Chávez la septembrina “oligarquía bogotana”, a la que el ministro Santos y su primo el Vice pertenecen, y a la que Uribe procura neutralizar para que no se le atraviese en su anhelo de un tercer período, porque sabe que “a los enemigos, mejor tenerlos cerca”.

Y sigue la partida…