martes, 20 de abril de 2021

Del NO + Pinochet al NO + Uribe

 


Tomado de El Espectador

Con un reparto encabezado por el brillante actor Gael García, en días pasados vi por fin la película No, dirigida por Pablo Larraín, donde se narra la campaña que se adelantó después de que el dictador Augusto Pinochet convocó a un plebiscito para que el pueblo decidiera si se iba o se quedaba, convencido de que iba a ganar, porque tenía todo el aparato propagandístico de su lado.

Ese plebiscito ocurrió el 5 de octubre de 1988 y la película es contada desde la mirada del NO, no a la continuación de Pinochet en el poder. Gael representa al talentoso creativo publicitario René Saavedra, quien llega a esa campaña para imponer una línea conceptual sobre la ‘mamertada’ de partidos de la oposición que solo concebían agresivos mensajes de denuncia como hilo central.

La campaña por la no continuación de Pinochet era consciente de la dificultad implícita en promover una palabra tan negativa como NO, sumado a las repetitivas cuñas del SÍ, muchas de contenido religioso (hasta trajeron al papa Juan Pablo II) y que sembraban el miedo a toda posibilidad de cambio. Pero llegó Saavedra y le agregó a la temida palabreja NO el signo +, con la consecuente interpretación: No + Pinochet, no más dictadura.

De otro lado, a los partidos de la oposición les cambió el chip: estaban convencidos de que de todos modos perderían, pues la convocatoria de Pinochet solo pretendía legitimar la dictadura ante el concierto de naciones, y por tanto se trataba de aprovechar la coyuntura para sentar un precedente de denuncia por las torturas y desapariciones del régimen. Y pare de contar.

Pero Saavedra los fue plantando: “no señores, qué pena con ustedes, el mensaje debe ser de alegría. La alegría debe ganar, la alegría del cambio. Debemos desanclarnos de un pasado doloroso y poner a Chile a mirar hacia el futuro”.

Y produjeron un jingle que luego se volvió canción, La alegría ya viene. Sin temor a equivocación, esa sola pieza de la campaña jugó un papel decisivo en la consolidación del triunfo, pues nada es más vendedor que la alegría. Al final el NO obtuvo el 53 por ciento a favor y el SÍ el 47 por ciento, motivo por el cual Pinochet se vio obligado a convocar a elecciones.

Veintiocho años después Colombia pasó por un trance similar, cuando el 2 de octubre de 2016 debió decidir entre el SÍ a la refrendación del acuerdo de paz de Juan Manuel Santos con las Farc, o el NO a su implementación en los términos que se habían acordado. Y ganó el NO por muy estrecho margen, después de plagiar a los del NO chileno al apropiarse del signo + para pedir NO + Impunidad, la supuesta impunidad que recibirían los guerrilleros desmovilizados.

No deja de ser sorprendente que en ambas ocasiones haya ganado el NO, pese a que una y otra campaña tenían objetivos disímiles: en un caso el retiro de Pinochet, en el otro el debilitamiento del gobierno de Santos. Algo que por cierto lograron con creces, hasta el vergonzoso punto en que dos años después Santos se vio obligado a entregar la presidencia a un segundón de Uribe, a un pelele.

Así las cosas, mientras en Chile salía un dictador, en Colombia germinaba “la semilla del diablo” para el abono de lo que hoy comienza a apreciarse en su real dimensión: una dictadura con apariencia de democracia, sometida la nación a un férreo control propagandístico mediante poderosa tenaza mediática impuesta por un pool de medios que cobija a El Tiempo, Semana, El Colombiano, RCN y Red+, entre otros. Y quién sabe si también Noticias Caracol, con noticias económicas que transmiten un mensaje constante de “positiva” recuperación de la confianza, con marcada presencia de información oficial que se transmite como material noticioso pero tiene cara de publirreportajes.

Hoy Colombia asiste a la resurrección de su propio Augusto Pinochet, en versión Álvaro Uribe. Con las mismas nefastas consecuencias, además, sobre todo en la brutalidad de la Fuerza Pública y en la vulneración permanente de los derechos humanos de la población. ¿Han visto por ejemplo que no cesa la matanza y que el país ha sido tomado por fuerzas oscuras, todas de clara inspiración castrense, mientras el Ejército parece comportarse como un espectador pasivo? ¡Mentira! Los mismos que vistieron a Iván Duque de agente de policía después de cometida una masacre (aún impune), son los que enviaron sentidas condolencias a la familia del lugarteniente de Pablo Escobar, alias Popeye, tras su “lamentable” deceso. Y en ambos casos lo hacen con la misma intención: que le vaya quedando claro al país quiénes son los que mandan.

Si en medio de tan sombrío panorama buscáramos el lado positivo, tocaría agarrarnos del proverbio sioux según el cual “nunca es más oscura la noche que cuando va a amanecer”. ¿Es posible acaso ir en busca de un nuevo amanecer? Es perfectamente posible, aunque haciendo claridad en que esto se va a poner peor. Los que tienen la sartén por el mango no la van a querer soltar en 2022, así tan fácil como que perdimos una elección y entonces nos vamos para la casita.

El poder que en Colombia ha conquistado la extrema derecha es fácilmente comparable al que tuvo el general Pinochet desde el principio hasta el fin de su mandato. He ahí el peligro. O más bien, he ahí la torturante realidad desnuda. Las fuerzas más retardatarias de la nación, encarnadas sobre todo en la bota militar, se han hecho al poder y no van a querer devolverlo.

Es en este delicado escenario donde la falta de unidad entre las fuerzas de oposición es suicida. El primer recurso que la caverna tiene a la mano es el de fomentar la división, por aquello del “divide y reinarás”. Si el uribismo logra impedir que el centro y la izquierda no se unan -diferente a lo que sí ocurrió en Chile-, tiene asegurada su supervivencia.

En otras palabras, si basta con que el centro y la izquierda se unan para ganar de forma arrolladora en la primera vuelta y dejar atrás tan oprobiosa saga, ¿por qué no lo hacen? ¿Se trata acaso de una guerra de egoísmos, o es que una de esas dos fuerzas juega solapadamente a favor de la derecha?

A esta altura del partido, tomaré posición: no sé si lo que más le convenga a Colombia sea un gobierno presidido por Gustavo Petro, pero suena razonable el llamado que hace su segundo a bordo, Gustavo Bolívar, respecto a que si las fuerzas de oposición no se unen antes de la primera vuelta, apague y vámonos.

¿Cuál podría ser el inconveniente en que se convoque a la más amplia consulta imaginable entre los principales dirigentes de la oposición antes de la primera vuelta y de allí salgan, en orden de primero y segundo, el presidente y el vice que Colombia necesita para salir de este atolladero?

En todo caso, si lo vamos a hacer, hagámoslo con alegría. Podrán derrotar todo, menos la alegría.

NO + URIBE

martes, 13 de abril de 2021

¡Derriben también la estatua de Aguilar!

 


Tomado de El Espectador

Si la memoria no nos falla, en septiembre del año pasado un grupo de indígenas derribó la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar en Popayán, como resultado de un juicio simbólico en el que se le declaró culpable de genocidio, apropiación de tierras y despojo. Nada alejado de la verdad, pues no solo sus abusos están documentados, sino que fue nombrado “gobernador propietario vitalicio” de Popayán. Y como tal se portó, frente a tierras y aborígenes.

Esa misma memoria histórica sirve para recordar que Santander fue la cuna de la emancipación de la tiranía española, cuando un 16 de marzo de 1781, recogiendo la indignación del pueblo atropellado con impuestos y alcabalas, Manuela Beltrán arrancó un edicto del Ayuntamiento del Socorro y con él simuló limpiarse el trasero.

Pues bien, en estas mismas “bravas tierras” de Santander se ha sabido que dentro del más reconocido sitio turístico, el parque Panachi, se exhibe para nacionales y extranjeros el busto de un sujeto condenado a nueve años de prisión por la Corte Suprema de Justicia, de nombre Hugo Heliodoro Aguilar, cuya pena no ha acabado de cumplir, o sea que se trata de un reo convicto.

En plan de seguir refrescando la memoria, al coronel (r) Aguilar lo lanzó a la fama el operativo que culminó con la muerte del temido capo Pablo Escobar. De esa aureola de héroe se agarró para hacerse elegir gobernador, pero en alianza criminal con el grupo paramilitar conocido como Bloque Central Bolívar, proyecto político cuyo objetivo según la misma Corte Suprema era “posicionar aliados en todos los niveles de la administración, incluidos los cargos de elección popular, con el ánimo de expandir su área de influencia y tener voceros en los altos cargos con poder de decisión a nivel regional y nacional”.

Su historial de todos modos no para ahí, pues dos años antes había sido inhabilitado por la Procuraduría (de Alejandro Ordóñez) para ejercer cargos públicos durante 20 años, y hasta su mismo origen geográfico está en duda: mientras él afirma ser originario de Suaita, el exsenador Tiberio Villarreal lo demandó en 2004 ante el Consejo de Estado por “uso de documento público falso”, afirmando que Aguilar habría utilizado dos cédulas diferentes, una original para inscribirse como candidato a la Asamblea en 2000 y otra a la Gobernación en 2003. “Mientras en la cédula original dice que Aguilar nació el 4 de enero de 1955 en Chitaraque, Boyacá, en la otra dice que nació en el pueblo santandereano de Suaita, distante a 20 minutos por carretera”. (Ver noticia).

Este es en síntesis el sujeto a quien la administración del parque Panachi -a cargo de la gobernación que hoy encabeza su hijo Mauricio, conviene puntualizar- le rinde perenne homenaje con la exhibición pública de un busto, honor que hasta donde sabemos solo se les confiere a personas fallecidas y en recordación de una meritoria vida y obra.

Digámoslo sin ambages, esto solo es expresión del inmenso poder que hoy maneja el clan Aguilar, hasta el punto de haber convertido a Santander en su coto de caza, tanto para el manejo amañado del erario como para la práctica permanente de tropelías.

El escándalo -o la indignación- se extiende a la forma como el otrora icónico periódico Vanguardia, ante el hallazgo de semejante afrenta a los santandereanos (o al menos a las víctimas del Bloque Central Bolívar) en lugar de publicar un sentido editorial donde exijan el retiro de semejante atropello a la decencia, solo encuentran la condescendiente palabra “polémica” para titular y así evitar cualquier confrontación con el todopoderoso clan: Polémica por busto del exgobernador Hugo Aguilar en el parque Panachi. (Ver noticia).

Y no es que el otrora bastión del pensamiento liberal pretenda ser objetivo o imparcial en el tratamiento de la información, no señores. Es que la dichosa palabreja les sirve para conseguir que no se vean afectados los intereses del gobernador… ni los de Vanguardia. Así se evidenció frente a la tormenta desatada por un video del diputado Ferley Sánchez, que mostró la aglomerada fiesta de celebración del cumpleaños del hijo del capo Massimo mientras Bucaramanga permanecía en alerta naranja por el aumento en la ocupación de las UCI, debido al contagio del Coronavirus. Aquí, de nuevo Vanguardia tituló: “Polémica por fiesta en la Gobernación de Santander para celebrar el cumpleaños de Mauricio Aguilar”. (Ver noticia)

Para ponernos a tono con lo “polémico”, no sabemos si el título de esta columna clasifica como incitación al vandalismo cuando propone el derribamiento de esa estatua (un busto es una estatua, ¿verdad?), pero es de sentido común admitir que no tiene presentación legal, ética ni moral la permanencia de una escultura que atenta contra la memoria más reciente de los santandereanos, si pensamos tan solo en las dolorosas consecuencias que el paramilitarismo le ha traído a Colombia entera, y al parecer le sigue trayendo, ahora en modo resurrección.

Brindemos una segunda claridad en que ese busto no resulta ofensivo si la familia Aguilar decide llevárselo de ahí para instalarlo en la sala de su propia casa, pero sí ofende y lacera a los ojos de los colombianos que no pueden olvidar que el así homenajeado por la Gobernación de Santander está preso.

Como dato llamativo, en el documento de la sentencia condenatoria de la Corte Suprema identifica al ciudadano Hugo Heliodoro Aguilar Naranjo con su número de cédula y estipula que “nació en Chitaraque (Boyacá) el 4 de enero de 1955”. ¿Pudo haberse equivocado en su origen geográfico el más alto tribunal de justicia? Mejor dicho, ¿será posible que en Santander le estemos rindiendo falso culto a un boyacense?

Post Scriptum: Para continuar con lo regional, si de tropelías se ha de hablar, una abogada que fue secretaria de Alejandro Char en la alcaldía de Barranquilla y había sido elegida Señora Barranquilla en un concurso de belleza, acaba de ser nombrada viceministra de Talento y Apropiación Social del Conocimiento, del ministerio de Ciencia. Meritocracia al alza. (Ver noticia).

martes, 6 de abril de 2021

Hablemos del espantajopo* que no se deja ayudar



Tomado de El Espectador

Puede resultar aburrida al lector una columna que gira en torno a un litigio personal, pero se justifica si conduce a una necesaria reflexión sobre la ética periodística.

Hace cerca de año y medio con unos colegas creamos ElUnicornio.co, un medio de denuncia y resistencia frente a este régimen neofascista, cuyas prácticas se ajustan tanto al logo como al eslogan aportados por Matador: La realidad supera la fantasía.

En busca de columnistas de “sangre fresca”, o sea poco conocidos pero que dijeran cosas contundentes, pensé en la reconocida tuitera María Antonia Pardo y en Felipe Priast, este último con gran fanaticada en Facebook. Les propuse y ambos aceptaron. Ella de pluma certera, él irreverente hasta el improperio, aunque con brochazos de lucidez.

Lo que no sabía era que Nany tiempo atrás había tenido un problema serio con Priast, cuando quisieron crear una página web y ella salió espantada por el trato que recibió. De modo que si él estaba ahí, dijo, ella no podía acompañarnos. Yo la entendí y le dije que buscaría una solución, consciente de que quizás había cometido un error al incorporarlo: de las pocas columnas que Priast escribió para El Unicornio, en más de una ocasión debí solicitar su autorización para retirar insultos o frases con contenido sexual o escatológico, algo que di en llamar eyaculaciones verbales (así se lo dije), como una columna que tituló “La masturbación de las Fuerzas Militares”.

Pero no podía decirle hasta aquí llegamos, porque habría armado un escándalo vociferando a grito herido que lo habíamos censurado. Hasta que un día en su muro de Facebook comenté que algo que escribió sobre Claudia López me parecía misógino y homofóbico, y se ofendió hasta el epidídimo y presentó vociferante renuncia pública a su rol de columnista, y en mi silencio mudo le agradecí al Altísimo tan bienhechora circunstancia.

Luego, ocurrió que el lunes 29 de marzo circuló por Whatsapp un texto suyo titulado Sergio Fajardo: un espantajopo interestelar, donde en líneas generales hacía una reflexión que yo también me venía haciendo: ¿Qué le ven los fajardistas a Fajardo? Y la coincidencia me alegró.

Ahora bien, el texto lucía impublicable, pues no bajaba a Fajardo de “cretino” y a sus seguidores de “idiotas”, incluso traía esta perla: “Fajardo es el candidato de la gente estúpida de Colombia”. Pero al margen de su necesidad sicológica de ofender, decía cosas razonables como esta: “¿Serenidad, doctor Fajardo? ¿Serenidad en un país donde matan líderes sociales cada tres días? ¿Serenidad cuando la justicia no funciona? ¿Serenidad donde la Fiscalía es una policía política que persigue a opositores del régimen?”. Y citaba acertadamente a León Gambetta: "l'indignation exclut le calme!"

Así que decidí hacer un ejercicio periodístico, equivocadamente convencido de que el autor habría de agradecerlo, consistente ya no en editar sino hacer una poda a fondo, en busca de aliviar los tres problemas básicos que tienen las columnas de Felipe Priast:

      1. Ecolalia: repetición incansable de una misma idea con diferentes palabras. Sus columnas son larguísimas, aunque en medio de tanta maleza aflora alguna idea genial.

          2.  Egolatría: yo, yo, yo, yo… No hay párrafo donde no se mencione, en sus columnas habla más de él mismo que sobre los temas o personajes que le ocupan.

       3. Escatología: marcada preferencia por las eyaculaciones, la caca (en realidad la m…), la vulgaridad, los insultos reiterados, todo lo que signifique ofender a diestra y siniestra.

Y la publiqué el martes 30 de marzo en ElUnicornio.co, ya descontaminada, con el título más ajustado a lo que Priast dice ahí: ¿Qué le ven los fajardistas a Fajardo?

Pues, ¿quién dijo miedo? Ese mismo día publicó en su muro de FB una “advertencia” que me llenó de pánico: “Exijo que este señor abusivo y saqueador de ideas ajenas para su provecho retire la nota de inmediato, con una disculpa pública por violar derechos de autor. Si para mañana (30/03/2021) a las 12:00 PM la nota no ha sido bajada del portal “El Unicornio”, procederé con acciones legales”.

¿Cuál violación de derechos de autor y cuáles “ideas ajenas” si aparecían solo cosas escritas por él, con su nombre y la foto del autor, y el consejo editorial de El Unicornio -compuesto por tres personas- solo quiso hacerle un reconocimiento a la validez de sus planteamientos, habiendo retirado de antemano la parafernalia de “eyaculaciones” que impedían que su texto lograra el objetivo de poner a pensar al lector (sobre todo al lector fajardista) antes que el de espantarlo?

En todo caso, más llamativo resultó el mensaje directo (DM) que envió a mi cuenta de Twitter, a saber: “Pedazo de hijo de puta! O quitas esa columna mía de ayer sobre Fajardo de El Unicornio antes de las 12:00 PM de mañana martes 30/03/2021, o busco un abogado y te demando por robo y violar derechos de autor. Estas advertido, gordo hijo de puta ladrón!” (sic). (Ver amenaza).

En un principio estuve tentado a retirar la publicación para librarme de tan fatigoso sujeto, pero luego percibí que podía convertir la ocasión en un ejercicio periodístico (incluso terapéutico para Priast) consistente en que el lector con su ojo de buen cubero observe las dos versiones y juzgue si le cambié el sentido de sus frases o si pudo haber algún aprovechamiento de El Unicornio, o si al haberle retirado todo el afrecho y dejado limpia la levadura, se le hizo o no un favor periodístico al energúmeno vociferador de columnas.

Aquí está la columna original de Felipe Priast y aquí la versión de El Unicornio.

Post Scriptum: Al cierre de esto me informan que Priast se ha ‘venido’ con una nueva tanda de insultos, acompañados de su habitual visión ególatra-conspiranoica: “tan pronto mi columna comenzó a hacerse viral, a JGP tuvieron que decirle: “Jorge, haga algo con esa columna de Priast que nos está haciendo daño”. Y enseguida suelta una mentira del tamaño de una catedral: “en un mail personal (…) el tipo me admitió que era que me había “metido” con Fajardo y que él no iba a permitir eso”. En honor a la verdad, esta fue mi respuesta a su DM: “Insulta a los fajardistas tratándolos de imbéciles, se mete con María Ángela Holguín por ser la esposa de Fajardo... ¡qué le pasa!”. ¿Por qué digo que Priast se metió con ella? Porque al final de su columna la pintó como una “rica divorciada madura dispuesta a comprar objetos inútiles”. Ahí me dieron ganas de decirle “métase con alguien de su tamaño, la esposa de Fajardo no tiene velas en este entierro”.

* Espantajopo: Dícese del individuo que le gusta aparentar ante sus amigos y hace lo imposible por figurar a como dé lugar. DRAE

martes, 30 de marzo de 2021

Convertirán a Petro en el enemigo interno

 


Tomado de El Espectador

Refiriéndose a Gustavo Petro, Humberto de la Calle plantea esto en columna para El Espectador: “Hay en marcha una estrategia, inflarlo para promover el terror. El viejo castrochavismo se pretende remplazar con el petromadurismo”.

En alguna columna anterior afirmé algo parecido: “A Petro la derecha está tratando de crecerlo, y en esa tarea cumplen eficaz papel la periodista uribista Vicky Dávila y sus jefes de Semana. Mientras en lo editorial la revista le da palo, ella le hace condescendientes entrevistas con una frecuencia que ya se torna sospechosa”.

En relación con Semana, hoy convertida en vulgar pasquín de propaganda uribista, han pasado de la condescendencia al ataque frontal. Así se vio durante la última entrevista -o interrogatorio- de Dávila con Petro, donde primero lo trató de hampón (¿cuándo se vio que una periodista cita a un personaje para injuriarlo?) y luego se despachó con una andanada de titulares cuyo objetivo era sembrar terror, pero no entre el pueblo sino entre los ‘cacaos’ de Colombia, para que con sus toneladas de dinero contribuyan a derrotar a Petro en su aspiración. Por ejemplo: “Las advertencias de Gustavo Petro a Luis Carlos Sarmiento y otros millonarios de Colombia si es presidente en 2022”. (Ver titular).

¿Se equivocó Petro al concederle esa cita virtual a Semana, inocente de que le armarían una encerrona, como en efecto ocurrió?  Petro respondió con claridad a las preguntas, y no podía prever que sus respuestas serían tergiversadas para hacer ver a los lectores una interpretación por completo diferente al verdadero significado de sus palabras. Y es algo frente a lo cual la FLIP debería pronunciarse, si no es que ya lo hizo y no me he dado por enterado.

Si se me permite meter la cucharada, hablando en términos de campaña electoral antes que de simple debate político, a estas alturas la decisión de aceptar o denegar esa entrevista no debería recaer de manera exclusiva en el líder indiscutible de Colombia Humana, más bien podría ser una decisión consultada con sus asesores, que si no los tiene debería tenerlo.

Aquí no se trata de enseñarle al papá a hacer hijos, pero si yo hubiera sido Petro o me hubiesen consultado, habría sugerido responder diciendo que “Acepto, aunque tengo una inquietud: considerando los recientes ataques que he recibido de Semana, ¿sería posible que la señora directora desde la ética periodística se declarara impedida y asignara esa tarea a su editor político, Yesid Lancheros, de quien nunca he recibido ningún ataque personal?”.

La señora en mientes habría quedado desarmada antes del primer lance, le habría tocado encomendar esa misión a Lancheros, paisano periodista de cuya idoneidad puedo dar fe y me declaro solidario con su abnegada labor de reportería actual.

Regresando al tema en cuestión, la cita de Humberto de la Calle según la cual están inflando a Petro para promover el terror, habría que ubicarla donde primero se manifiesta hoy: en terror mediático, sin descartar que en días próximos se proceda a más avanzadas “formas de lucha”.

Los sinuosos ataques de Semana con titulares amañados se inscriben en tal propósito, pero son apenas la punta del iceberg, pues la verdadera dimensión del asunto se percibe en una columna de Cecilia Orozco donde avizora la conformación de un eje mediático entre medios como El Tiempo, Semana y RCN para garantizar “el triunfo electoral de una ultraderecha más violenta y aniquiladora de la que hemos padecido hasta ahora”.

A este asunto hay que darle la mayor trascendencia, porque no se trata tan solo de que están atarugando con mermelada a esa tenaza progobiernista, sino de algo más peligroso: esos medios quedarán tan untados que difícilmente podrán oponerse a las porquerías a las que habrá de acudir este gobierno para tratar de quedarse.

No se puede descartar que tanto asesinato selectivo de líder social y tanta masacre indiscriminada respondan al mismo objetivo táctico de aterrorizar a la población, pero no hay cómo probarlo. Lo que sí es identificable con prístina claridad es que la mermelada tan jugosamente repartida comienza a arrojar valiosos frutos, por ejemplo cuando los titulares de esos medios banalizan el horror cotidiano y en sus editoriales no exigen soluciones sino que callan, y callan… y no dejan de callar mientras las más ominosas fuerzas oscuras siguen haciendo de las suyas.

Es aquí donde la figura de Gustavo Petro les cae como anillo al dedo: esa misma tenaza de medios que con su silencio se convirtió en la vaselina del horror, es la misma que viene trabajando ya no de manera silenciosa -sino todo lo contrario, con mucha bulla- en identificarlo como el enemigo interno, el ser más peligroso que haya engendrado la Tierra, la fuente de todos los males en ciernes.

Ahora la palabra a agitar entre las masas alienadas no es “castrochavismo”, porque está desgastada y no identifica al enemigo interno. Es por ello que han puesto en boca de uno de sus alfiles (Fico Gutiérrez, paisa uribista) el nuevo término, “petromadurismo”. Para que la palabreja tenga mayor efecto se requiere que Maduro no levante cabeza, sino que se hunda más, y es entonces cuando el Ejército de Venezuela se ve obligado a enfrentar dentro de su territorio a supuestas disidencias de las Farc, y es cuando Uribe afirma que “la dictadura se alía con un grupo narcoterrorista y combate al otro por el control del negocio”, y es además cuando en bienhechora coincidencia Semana titula “Uribe arremete contra Maduro”. Todo servido en bandeja de plata.

No les extrañe entonces si este gobierno delirante se inventa alguna medida de fuerza para quedarse, y luego salen con que lo hicieron para salvar a Colombia del "petromadurismo". Inclusive, podría pensarse que estamos en la antesala del proyectado escenario. Cualquier cosa puede pasar, pero en todo caso no nos quepa la menor duda: esto se va a poner peor.

Es lo que necesitan para quedarse.

Post Scriptum: Según el analista liberal Héctor Riveros en La Silla Vacía, “esta semana (Iván Duque) presidió un homenaje a Horacio Serpa, después de que hace poco aupaba la tesis infame de que habría participado en el crimen de Álvaro Gómez”. La columna de Riveros con sobrada razón la tituló El 'Dr. Jekyll and Mr. Hyde'.

martes, 23 de marzo de 2021

Mi remedio para el insomnio

 


Tomado de El Espectador

En el curso de los últimos meses he notado que un tema recurrente en las redes sociales es el del insomnio: por un lado, la gente que cuenta que lo padece; por otro, los desvelados que preguntan cuál puede ser el mejor método para conciliar el sueño.

Hoy dejaré de ocuparme de los temas habituales y contaré mi experiencia, pues durante muchos años tuve enormes dificultades para quedarme dormido, hasta que di con la fórmula. No puedo garantizar que a otros insomnes sufrientes les funcione, pero nada se pierde con compartirla.

El insomnio comenzó a formar parte de mis noches desde muy niño, cuando en el sermón de una misa le escuché al cura decir que “Dios vigila hasta tus más íntimos pensamientos”. Yo le creí, y cuando trataba de conciliar el sueño la cosa se complicaba, porque sentía la presencia intrusiva de ese señor todopoderoso en cada cosa que yo pensaba.

No recuerdo cuándo esa obsesiva vigilancia teológica dejó de ser problema, pero sí recuerdo ciertas temporadas con grandes dificultades para quedarme dormido. Por ejemplo, cuando comencé a trabajar en Inravisión con entrada a las 8 de la mañana, marcando tarjeta, siendo que los últimos tres años los había pasado en la revista Alternativa con jornadas laborales que se iniciaban hacia el mediodía y se prolongaban hasta las 3 o 4 de la madrugada.

Por esos días yo era un noctámbulo empedernido, más de lectura que de bohemia, practicante de la sentencia del inmenso poeta León de Greiff: “si el día me aprisiona, la noche me libera”. Pero se llegó un empleo de marcar tarjeta y todo se desbarajustó, hasta el punto de enfermarme porque en las noches no podía pegar el ojo a la hora que debía, y el insomnio se convirtió en mi más fiel acompañante nocturno.

¿Y cómo lo solucioné? Pues fácil: renunciando a ese trabajo.

De ahí pasé a El Tiempo, ya con un horario parecido al de Alternativa, y quedarme dormido de nuevo dejó de ser problema.

Pero llegamos al funesto 2020 que quizás aún no se ha ido, el de la pandemia ligada a la ansiedad que provoca el confinamiento obligado, la dictadura del covid, y es cuando la gente comienza a preguntar que cómo hago para quitarme este maldito insomnio de encima, noche tras noche.

Y es cuando uno se acuerda del método que alguna novia psicóloga años atrás le enseñó -y practicó con positivos resultados-, consistente en administrarse un somnífero muy sencillo: la respiración profunda.

Hay quienes antes de acostarse recurren a potajes como leche hervida con valeriana o con brandy, o a ciertas aguas aromáticas, y por supuesto que no sobran. Pero el acto de conciliar el sueño está ligado antes que nada a una correcta oxigenación de la sangre que es bombeada desde el corazón a las demás partes del cuerpo, incluida la más decisiva en el caso que nos ocupa: el cerebro.

El asunto con la citada novia se ligaba en parte a unos ejercicios de tantra yoga, pero después de que ella se fue (todo es pasajero, según Buda) me quedé con la respiración profunda, que procuro practicar todos los días a la hora del sueño. Y se resume así:

Con el cuerpo relajado, bocarriba y la cabeza sostenida sobre una almohada, inhalamos por la nariz para llenar de aire al máximo posible no los pulmones sino el estómago, primero el estómago. A continuación pasamos ese aire a los pulmones, inflándolos hasta el tope; contenemos la respiración tres segundos y comenzamos a exhalar, ya no por la nariz sino por la boca, lentamente. Aquí el ejercicio consiste en expulsar hasta el último mililitro de aire que hayan guardado los pulmones, exprimirlos a más no poder. Y cuando ya sienta que no queda nada por exhalar, repetimos el mismo ejercicio.

¿Cuántas veces? Mínimo diez, de ahí en adelante todas las que pueda; la hiperventilación a nadie le hace daño. Después de la quinta exhalación el cuerpo comienza a sentirse relajado, y la relajación suele expresarse acompañada de cierto cosquilleo en las manos o en los párpados, señal de que el oxígeno se ha filtrado hasta esas partes. Y el resultado que debe producir es sueño, por supuesto, incluso he sabido de personas que se quedan dormidas entre la décima y la doceava exhalación. Si usted es de los (las) que no se pueden dormir sin cambiar varias veces la posición del cuerpo, esto no constituye inconveniente mientras no abandone los ejercicios de respiración profunda, al menos hasta el cosquilleo. Después del cosquilleo, si usted no ha parado, lo que comienza a sentir es el paso de la sangre por las venas de la frente y la cabeza en pulsaciones rítmicas.

Es obvio que en la medida de lo posible se debe mantener la mente en blanco, pues si hay una preocupación rondando fija en el cerebro, el bichito del desvelo seguirá haciendo de las suyas.

No hay panacea para el insomnio y es imposible garantizar que lo que aquí se recomienda actúe como el somnífero ideal para Raimundo y todo el mundo, pero es lo que al suscrito le ha funcionado y en tal medida quiso compartir con sus lectores.

Y diciendo esto, a la camita. Les deseo dulces sueños.

Post Scriptum: Difiero de Alejandro Gaviria cuando desde la tapa de su último libro dice que Otro fin del mundo es posible. La humanidad está condenada a las consecuencias de su propia estupidez. Nada más insensato por ejemplo que prohibir el consumo de drogas (el problema reside en la prohibición), o el trato criminal e irresponsable que desde siglos atrás se le da al medio ambiente. Mejor dicho, no hay escapatoria posible. Y es tema de próxima columna: ¡Qué humanidad tan estúpida!

lunes, 15 de marzo de 2021

Presidencia 2022: armemos el mejor equipo

 


Tomado de El Espectador

Para dirigir un proyecto, una empresa, un partido político o un país, lo primero que se requiere es conformar un equipo. Y hay dos modos de armarlo: horizontal o vertical.

Un equipo de trabajo horizontal es el ideal en términos de democracia: existe una cabeza como en todo equipo, pero las decisiones son producto del consenso y la responsabilidad recae sobre aquel a quien se le concede la condición de líder o jefe para que tome la decisión final, llegándose a casos en que para repartir por igual éxitos y culpas se elige a una cabeza dúplex o tripartita.

Un equipo horizontal aplicado a la política es por ejemplo lo que se percibe en la conformación de las listas de los partidos en Dinamarca, si hemos de creerle a la extraordinaria serie Borgen, de Netflix, que no puedo dejar de recomendar: verla es adquirir una maestría en ciencia política.

De otro lado, en contraposición, un equipo vertical responde a un esquema piramidal, donde hay una cabeza que todo lo decide y cuyas decisiones son incuestionables, porque se asume que no puede estar equivocado, es infalible, como el papa de los católicos. O como el Ejército Nacional, cuyo comandante en jefe es el presidente de la República, y en tal medida responde tanto por sus triunfos militares como por sus derrotas y sus errores. (Errores como el crimen de guerra consistente en bombardear un campamento guerrillero donde se sabía que había niños y niñas. Cero y van dos).

Un tercer ejemplo de equipo vertical reposa en el mal llamado Centro Democrático, donde el político que creó el partido es el que toma todas las decisiones, igual a como lo hace el dueño de una ferretería con sus empleados y con su inventario.

Mal llamado así, sí, porque no es de centro sino extrema derecha, y si fuera democrático sus listas a Senado y Cámara serían el resultado del consenso de su bancada o de votaciones internas (como en Borgen), no la confección que a su amaño hace el dueño del letrero, el expresidente y exsenador Álvaro Uribe Vélez.

En el mismo contexto, hoy la Presidencia de la República de Colombia maneja un esquema vertical, donde el que menos cuenta es el bien llamado ‘subpresidente’ Iván Duque, allí es evidente que recibe -y obedece- órdenes de su “presidente eterno”. De ahí para abajo los demás miembros del gobierno son nombrados a pedir de boca o aprobados por el patrón, el mandamás, el jefecito, el capataz, como se le quiera llamar.

Regresando a los esquemas de trabajo horizontal, son estos los que se acostumbran en un modelo ejecutivo aplicable a los ámbitos corporativo, empresarial o administrativo. Ejecutivo habla de ejecutar planes o programas, de una toma continua de decisiones colectivas que conduce a la acción. Mientras mejor está integrado el equipo de trabajo, mejores resultados produce.

Precisamente en función del cambio o revolcón que se debe dar para salir de la debacle en que nos tiene sumidos este régimen neofascista, ante los electores se requiere mostrar un equipo de gobierno que brinde confianza y sea garantía de cumplimiento, por la idoneidad de quienes lo conforman y por las cosas que prometen llevar a cabo, o sea por sus propuestas para gobernar.

Ante un eventual triunfo de la centro-izquierda en la próxima contienda presidencial, si fuéramos una oficina de cazatalentos a la que se le encomienda la tarea de conformar el mejor equipo de gobierno posible, lo primero a considerar es que en la pasarela política están los mejores perfiles laborales, pero se cuenta con un obstáculo hasta ahora insalvable: no es posible ponerlos de acuerdo para que trabajen juntos, porque cada uno quiere ser el jefe.

“Muchos caciques y pocos indios”.

Tenemos a un Gustavo Petro con un programa de gobierno que es elogiado hasta por Claudia López; a un Humberto de la Calle necesario para evitar que hagan trizas la paz; a una amorosa Ángela Robledo que quiere ser factor de unidad entre hombres y mujeres; a un humanista Alejandro Gaviria llamado a ser faro conceptual; a un Sergio Fajardo que puede ocupar el ministerio de Educación con la seguridad de que lo hará bien; a un eficiente Camilo Romero que emula a su paisano Antonio Navarro, pero con mejor dicción; a un Jorge Robledo que ni pintado para el ministerio de Agricultura.

El problema de fondo es que todos y cada uno de ellos (y ella) están íntimamente convencidos de encarnar la única opción posible, y en tal medida ninguno habla de la necesidad de hacer equipo sino de participar en una consulta para demostrar que es él (o ella) la persona que el país quiere y necesita. Y así las cosas se enredan, se complican ad infinitum.

Si la memoria no me falla, en columna del 30 de diciembre pasado presenté una propuesta de triunvirato, basado en que “Gustavo Petro solo no gana, pero nadie gana sin Petro”. Antes de eso había sugerido la unión de la izquierda y el liberalismo (no el Partido Liberal de César Gaviria) como fórmula imbatible, pero al parecer no hubo acuerdo en quién iba de primero y quién de vice.

No es el suscrito el llamado a decir cómo se deben hacer las cosas, pero está convencido de que el país no avanzará hacia la verdadera solución de los problemas si no hay unión entre los llamados a aportarla.

Es a Gustavo Petro a quien más se le cuestiona su aparente dificultad en armar un equipo que “seduzca” (para usar un término de Daniel Samper Ospina) a los electores, y por tanto el llamado es a usar un lenguaje que apunte más a la unidad con los contrarios dentro de su misma tendencia, que a ahondar las divisiones que hoy se presentan.

Así las cosas, la pregunta del millón para Petro es esta: ¿cuál sería su equipo ideal de gobierno para sacar a Colombia del terrible atolladero en el que se hoy se encuentra? Mi amable sugerencia es que no deje por fuera a algunos de los arriba mencionados, sobre todo a personas como Humberto de la Calle, Ángela Robledo, Camilo Romero o Alejandro Gaviria.

Se trata es de sumar, no de restar.

Post Scriptum: El domingo pasado Semana publicó como gran noticia que Álvaro Uribe desciende del faraón Akenatón. Si vamos a hablar de árboles genealógicos, el verdadero, el irrefutable fue elaborado -con video incluido- por Julio César García Vásquez, presidente de la Academia Colombiana de Genealogía. Este árbol genealógico no deja dudas sobre el entorno mafioso que en su propia familia siempre ha rodeado a dicho sujeto sub judice. (Ver árbol genealógico de Uribe).

martes, 9 de marzo de 2021

Ojo al 2022: Uribe es el más grande engaño

 

Tomado de El Espectador

La clave que permite entender el tinglado de opereta que montó la Fiscalía General de la Nación para absolver a Álvaro Uribe Vélez reside en esta frase de editorial reciente de El Espectador: "No tiene sentido que avance el proceso contra el abogado Diego Cadena y se considere que es una situación aislada e inconexa de las sospechas que operan contra el expresidente". (Ver editorial).

En castellano castizo y en palabras imaginadas del fiscal Gabriel Jaimes, esto traduce: “Es cierto que se cometieron delitos al sobornar a falsos testigos para que atestiguaran contra Iván Cepeda y de ese modo favorecieran a Uribe, pero esto fue cosa del abogado Cadena y a espaldas de su representado, quien nunca se enteró de nada”. Absurdo.

Se trata de una mentira evidente, sin pies ni cabeza, que recuerda El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen, cuento infantil sobre un regente al que dos embaucadores convencieron de confeccionarle un vestido que se hacía invisible a los ojos de la persona que no era digna de portarlo, de modo que cuando con él lo vistieron fingió que sí lo veía, y así salió a la calle. Y la gente a su paso alababa el traje nuevo del emperador, porque nadie se atrevía a decirle que iba desnudo.

En este caso los embaucadores son el fiscal general Francisco Barbosa y el encargado Jaimes (el de los mandados de Alejandro Ordóñez), quienes vestidos con el traje de la impudicia y por arte de prestidigitación pretenden hacer creer al país que su protegido -y jefe político de ambos- permanece inocente de toda culpa, cuando ocurre lo contrario: el documento de 1.554 páginas mediante el cual la Corte Suprema de Justicia sustentó la orden de detención, desnuda sin margen de duda las artimañas de las que se valieron Uribe y sus abogados secuaces para tratar de incriminar al senador Iván Cepeda, recurriendo a visitas a diversas cárceles en busca de comprar testimonios falsos de avezados delincuentes.

Antes que a una nueva mentira, asistimos a la prolongación -o perpetuación- del mismo engaño en el que Uribe ha mantenido al país desde que se hizo elegir gobernador de Antioquia y sembró en su propio territorio la semilla del paramilitarismo. Ese paramilitarismo que hoy, luego de la supuesta desmovilización pactada en Ralito, ha vuelto con más bríos y llena otra vez de dolor y masacres vastos territorios de la geografía nacional.

Colombia está envuelta en el mismo engaño de hace veinte años, cuando eligió al sátrapa para salir del engaño en que cayó Andrés Pastrana al sentarse a conversar con las Farc, luego de darles un territorio del tamaño de Suiza. Y estas, fortalecidas militarmente, en lugar de aprovechar para hacer política cayeron en salvajadas como la de secuestrar civiles inocentes. Y así le abrieron la puerta al monstruo.

(Breve paréntesis para reiterar que Colombia hoy estaría mejor si en 1998 en lugar de Pastrana el elegido hubiera sido Horacio Serpa, ídem si hubiera sido este y no Uribe, a quien enfrentó en 2002 y 2006).

Colombia está envuelta en ese mismo engaño, decía, pero lo peor de todo es que esto se va a poner mucho peor… y nadie parece advertirlo. Nada en este gobierno delirante brinda garantías y menos confianza hacia 2022, comenzando por un Presidente de la República que por primera vez en la historia de Colombia tiene jefe, y continuando con un comandante del Ejército Nacional que el día de la muerte de alias Popeye -lugarteniente del más grande asesino que parió este país de mierda- le envía sentidas condolencias a su familia.

Y ni el jefe de este ni el jefe de su jefe se inmutan, y el hombre permanece en su puesto, indolentes ante la bofetada que dicha condolencia significó sobre las miles de víctimas del narcotraficante Pablo Escobar, cuyo helicóptero prestó para recoger al papá de Uribe el día que lo mataron y con quien siempre mantuvo una estrecha cercanía, tan cercana como la que también sostenía con sus parientes los Ochoa Vásquez, tan narcos como Escobar.

Estamos en las peores manos, sometidos al más grande y ominoso engaño del que se tenga memoria. Y lo más preocupante, reitero, es que nadie parece advertir que nos hallamos al borde de un abismo al que hemos sido arrastrados por el poderío burocrático, político, empresarial, mediático y militar de un Álvaro Uribe Vélez que, pese a ser sujeto sub judice, hoy funge como comandante en Jefe de las fuerzas oscuras que lo acompañan y parece dispuesto a hacer que Colombia dé un paso al frente… del abismo. Lo que sea, con tal de salvar su propio pellejo.

Mejor dicho, es tanto lo que esas fuerzas oscuras -y esos políticos corruptos y esos periodistas arrodillados- perderían entregando el poder en unas elecciones limpias dentro de dos años, que la única conclusión previsible es que tratarán de quedarse ahí, pase lo que pase. ¿Cómo? Pues a las malas, con el único recurso que tienen a la mano: el recurso de los dictadores.

Iba a titular “ojo a las elecciones del 2022”, pero entenderán el pesimismo. No sabemos todavía si el capo di tutti capi las permita. En otras palabras, no nos llamemos a engaños: algo se traen entre manos.

Post Scriptum: Hablando de engaños, en calidad de autor de Los secretos del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado he seguido con ojo avizor y espíritu desapasionado los sucesos posteriores al día en que las Farc se adjudicaron el crimen, en busca de la prueba reina de su aseveración. Y no la he hallado. De las ocho horas que duró la audiencia de Julián Gallo -alias ‘Antonio Lozada’-, no apareció la aguja en medio de tan extenso pajar. De otro lado, ningún lector ni autoridad civil o militar ha dicho sobre el contenido de mi libro “usted se equivocó en esto” o “es falso aquello”. Así las cosas, me sostengo en que los autores del magnicidio fueron militares golpistas (las pruebas que allí aporto no han sido desmentidas) y anuncio una edición mejorada, producto de una nueva investigación periodística, ahora en torno a la autoincriminación de las Farc.