lunes, 19 de octubre de 2020

El libro de Tirofijo: cómo volver auténtico lo que ayer era apócrifo

 

Tomado de El Espectador

Produce desconcierto, mezclado con legítimo repudio, observar que sumado a la autoinculpación de seis crímenes que El Espectador en reciente editorial insiste en llamar magnicidios, ahora a las Farc pretenden hacerlas aparecer además como autoras intelectuales y materiales de la masacre de San Carlos de Guaroa en Meta, desde un principio adjudicada a un grupo paramilitar y en la que fueron asesinados 11 funcionarios del CTI.

Desconcierto, sí, porque nos quieren convencer de que una masacre ocurrida en 1997, declarada crimen de lesa humanidad en 2017, adjudicada al grupo paramilitar de alias ‘Martín Llanos’ y a cuya investigación fueron vinculados dos generales del Ejército por su omisión al permitir el ataque, también fue culpa de las Farc.

Ahora resulta pues que el país y el sistema judicial de la época estaban desconchinflados (desde los jueces que condenaron hasta la CIDH) porque de eso también se habían encargado las Farc y no lo sabíamos, y la prueba reina estaría en una caja de pandora con formato de libro que contiene recetas de impunidad para crímenes chicos y grandes no importa su procedencia, titulado “Manuel Marulanda Vélez, 1993-1998, Correos y correspondencia”.

Puesto que la primera regla de un periodista en busca de la verdad es dudar de todo, el conocimiento que poseo de lo que en el curso de los últimos días gira en torno a dicha publicación, me hace pensar que se trata de algo sospechoso, cual si estuviéramos frente a una campaña de propaganda mediática en la que parecen participar el editor político de El Tiempo, Armando Neira, el periodista Daniel Pacheco del Canal Red+ y columnista de El Espectador, y un jovencísimo Luis Daniel González, supuesto investigador de 25 años, “graduado de la Universidad de Carolina del Norte con maestrías en Stanford y Georgetown”, de quien antes nadie tenía referencia pero apareció de la noche a la mañana como el más profundo conocedor de las Farc y les sirvió de fuente periodística “confiable” tanto a Pacheco como a Neira, o sea a El TiempoEl Espectador.

El asunto es que Armando Neira publica el 11 de octubre una entrevista a González que titula ‘Las Farc buscaron cohetes antiaéreos con el cartel de Cali’, sin mencionar que se trata de una declaración de su entrevistado, y en busca de darle mayor veracidad agrega como destacado: “Estas son otras revelaciones que trae el libro de 'Tirofijo' en el que confesó asesinato de Gómez”. (Ver entrevista). Ojo: “confesó”.

Al día siguiente, lunes 12 de octubre, Daniel Pacheco publica en El Espectador una columna titulada “Los correos de Marulanda son auténticos” (ver columna), y dos días después un Informe Especial para ese mismo medio, en compañía de Antonia Zapata, que titula “Las Farc, no los paramilitares, serían los responsables de la masacre de San Carlos de Guaroa”. (Ver informe)

Cosa diferente aparece en Noticias Uno el sábado 17, donde se dice que “el militar que grabó las imágenes de la masacre de San Carlos de Guaroa no puede creer que esta fue obra de las Farc, como se dice en el libro de las cartas de Tirofijo”.  Según Luis Fernando Sierra, funcionario del CTI sobreviviente de la masacre, “eso no tiene ningún asidero. Es absolutamente falso de toda falsedad”. (Ver informe de Noticias Uno).

La falsedad está en cómo se construye el andamiaje para convencer al país (y hay mucho columnista convencido de buena fe) de que un documento que ocho años atrás la fuente menos confiable, José Obdulio Gaviria, dijo haber recibido de un exguerrillero de las Farc y que fue distribuido entre los medios por la Jefatura de Acción Integral del Ejército -y los medios no le creyeron- hoy esos mismos medios asumen con fe de carbonero que es un documento auténtico y pregonan a los cuatro vientos que “se descubrió” que las Farc fueron las culpables del crimen de Gómez Hurtado y los otros cinco, así como de la masacre de Guaroa, faltando datos de otros municipios sobre eventuales crímenes, estafas, robos, traiciones, infidelidades o chanchullos que puedan ajustarse a la conveniencia del respetable público.

Si se mira con ojo analítico la entrevista de El Tiempo con el “experto” Luis Daniel González, desde el título se asume como verdad revelada una aparente alianza entre las Farc y el cartel de Cali, por los días en que gobernaba Ernesto Samper: “Las Farc buscaron cohetes antiaéreos con el cartel de Cali’”. De donde podría concluirse que si eran tan cercanas a los Rodríguez Orejuela, nada raro tendría que no hubiera sido el cartel del Norte del Valle (según la versión de Rasguño) el que se encargó de hacerle a Samper el favor de librarlo de Gómez Hurtado, sino las mismas Farc…

También es interesante observar cómo la entrevista tiende un manto de duda sobre Iván Cepeda, hoy el más duro contrincante de Álvaro Uribe, gracias a otras “revelaciones” de tan prolífico libro. Se trata en este caso de mostrar supuestos lazos orgánicos entre Manuel Cepeda Vargas y las Farc, cuyo objetivo estratégico es evidente: descalificar al hijo por cuenta del padre.

Sea como fuere, picado por la curiosidad llamé a Luis Daniel González y le expuse mi deseo de conocer tan revelador libro, y me contestó que él lo había examinado en 2016 gracias a que se lo dejó ver un “colega” suyo de 85 años, “un politólogo que no es de la corriente política de José Obdulio y es muy reconocido de Colombia”. Descartado que se tratara del mismo libro de Gaviria, como llegué a pensar, le dije que quería verlo y me comprometía a guardar la reserva de la fuente, y me respondió que “no es posible; yo estoy en Los Ángeles y el libro lo tiene el politólogo en Colombia. Yo hablando de corazón con mi gran amigo y colega, no lo quiere revelar”.

Si el libro está en Colombia, le insistí, ¿cuál podría ser el inconveniente en que tan solo lo deje ver, sin revelar el nombre de su poseedor? González quedó entonces en que iba a hablar con su amigo y colega, y que lo llamara al día siguiente -como en efecto hice- y entonces la historia ya adquirió matices dignos de un thriller de suspenso: “hoy estuve hablando con él toda la mañana y estamos en eso, pero está muy complicado el asunto, o sea está muy difícil conseguir el libro. El que le entregó el libro al politógo es un chef muy famoso, que tiene una pareja de Tailandia. Y el asunto es que el politólogo le devolvió el libro hace como un año, año y medio, porque era de él. Y al chef se le murió la hija, entonces el hombre se fue a Tailandia y mi colega, el politólogo con el que trabajo, lleva siete meses tratando de conseguir el libro. Y mucho más esta semana. Estamos haciendo todo lo posible por encontrar el libro, sino que es un gran amigo del politólogo y en este momento no lo hemos podido contactar. Pero seguimos en eso”.

Como dije en columna anterior, bastaría con que José Obdulio Gaviria mostrara el documento original que dijo haber recibido, para constatar la autenticidad de los textos que sobre el crimen de Álvaro Gómez hoy son atribuidos a la desmovilizada agrupación guerrillera. Puesto que parece que ya no hay una sino dos versiones del libro, sería de veras iluminante que al menos una de estas pudiera ser sometida a análisis científico para salir de toda duda.

DE REMATE: Las cosas que digo en Los secretos del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado son irrefutables, y señalan a militares golpistas como los que planearon y ejecutaron el crimen. Que las Farc hoy se lo estén adjudicando, no es prueba de que mi libro esté equivocado. Más bien, mi libro prueba que mienten.

lunes, 12 de octubre de 2020

"A uno lo gobierna el azar": Jorge Gómez Pinilla en Caracol Radio

 

El escritor del libro "Los secretos del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado" se refiere a la reciente declaración de la Farc sobre el crimen. El Personaje de la semana.

https://caracol.com.co/emisora/2020/10/11/bucaramanga/1602422983_564634.html

Las Farc mienten, falta saber por qué



Tomado de El Espectador

En torno a la autoinculpación del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado y otros cinco crímenes por parte de las Farc están sucediendo cosas insólitas, como la de constatar que El Espectador asume que fueron “seis magnicidios”. (Ver artículo).

Magnicidio según la RAE es la “muerte violenta dada a persona muy importante por su cargo o poder”. No se entiende entonces qué tan importantes por su cargo o poder pudieron ser sujetos como el paramilitar Pablo Emilio Guarín, el genocida Fedor Rey (que en una sola jornada de horror mató a más de 150 campesinos incorporados a las antiguas Farc), o Hernando Pizarro Leongómez, compañero de andanzas del anterior.

Conviene hacer esta diferenciación porque El Espectador mete estos crímenes -fácilmente atribuibles a las Farc- en la categoría de magnicidios, como si quisieran magnificar la importancia del reconocimiento tanto de esos como de los otros tres que también se adjudicaron: los de Álvaro Gómez, el general Fernando Landazábal y el académico Jesús Antonio Bejarano, que un libro reciente del suscrito les adjudica, hasta que las pruebas demuestren lo contrario, a los mismos autores: militares que conspiraron contra el gobierno de Ernesto Samper. (Ver libro).

En refuerzo de la “confesión” de Julián Gallo según la cual recibió la orden del Mono Jojoy (muerto) y la ejecutaron cuatro miembros de la Red Urbana Antonio Nariño (también muertos), los más diversos medios han sacado a relucir como prueba reina el libro ‘Cartas y documentos de Manuel Marulanda Vélez (1993-1998)’, que según columna de José Obdulio Gaviria del 17 de julio de 2012, recibió de un desmovilizado de las Farc en el aeropuerto de San Vicente del Caguán. (Ver noticia).

Hoy los editores de los medios que hace ocho años mandaban la parada en el manejo de la opinión pública no pueden -o no quieren- recordar que ese documento tuvo como fuente directa la Jefatura de Acción Integral del Ejército, y eso de entrada lo hizo sospechoso.

En desarrollo de la investigación para mi libro, ese mismo año quise valorar su autenticidad y supe por buena fuente -un periodista de Semana que ya no está allí- que gran parte de su contenido era real pero “hay cosas agregadas, palabras que ellos jamás usarían, detallitos que hacen que uno diga ahí hay cosas que no cuadran”. Tan así sería que, pese a las supuestas revelaciones que contenía, el único medio que hace ocho años le dio acogida fue el portal Kienyke.com, con un artículo titulado Las Farc asesinaron a Álvaro Gómez, según cuatro cartas de Tirofijo. (Ver artículo). Como dije en su momento, “lo llamativo es que el libro le hubiera sido entregado precisamente a la persona que menos garantías puede ofrecer de que no se trata de un montaje”.

Sea como fuere, para resolver el misterio bastaría con que José Obdulio Gaviria mostrara el documento original que dijo haber recibido, para constatar en sus páginas -no en la versión digital distribuida a medios- la autenticidad de los textos que sobre el asesinato de Álvaro Gómez hoy son atribuidos a la desmovilizada agrupación guerrillera.

Otro dato que en este contexto hoy adquiere relevancia, es que en 2011 el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), un reputado centro independiente de pensamiento británico, publicó el libro El dossier de las Farc: los archivos secretos de Venezuela, Ecuador y 'Raúl Reyes'. Este recoge en 240 páginas la información más relevante que contenían los tres computadores portátiles, dos discos duros externos y tres memorias USB del jefe guerrillero recuperados el 1 de marzo de 2008 en la Operación Fénix, en la que pereció el líder guerrillero.

En las copiosas comunicaciones allí registradas las Farc hablan del bombazo contra el club El Nogal y cómo ocultarlo, del asesinato de los diputados del Valle (y cómo ocultarlo), o de la muerte del exgobernador de Antioquia Guillermo Gaviria y su asesor de paz Gilberto Echeverry, entre muchos otros temas, pero no hay una sola línea referente a lo de Álvaro Gómez.

Esto, entonces, nos conduce a lo que acertadamente planteó Vladdo en su columna del miércoles pasado: “De resultar cierta esta tesis (que fueron las FARC) habría que reconocer su habilidad para ejecutar un plan tan perfecto y realizar una operación de tal magnitud sin dejar pistas ni despertar la menor sospecha durante un cuarto de siglo. Ni James Bond es tan efectivo...” (Ver columna).

En consonancia con lo anterior, es pertinente preguntar por qué ningún organismo de seguridad del Estado, pero en particular de Inteligencia del Ejército (algunos de cuyos miembros fueron acusados de haber planeado y ejecutado el magnicidio), nunca hicieron ningún esfuerzo investigativo orientado a esclarecer una posible participación de las Farc, ni emitieron una sola declaración en la que acusaran a esa agrupación guerrillera del crimen, pese a que fue la misma Jefatura de Acción Integral la que en 2012 distribuyó a los medios el supuesto diario de Tirofijo.

Hay una expresión a la que acudo con relativa frecuencia: “puedo estar equivocado, pero…”. En esta ocasión no me atrevo a usarla, porque con el paso de los días adquiere mayor solidez la convicción de que las Farc no están diciendo la verdad en lo de Gómez Hurtado. Más bien se trata de una gran mentira soportada en conjeturas de aparente verdad, como la que planteó Iván Marulanda en Semana en Vivo, cuando contó que en visita que en 1991 realizó a un campamento de las Farc fue testigo de la animadversión que allá sentían contra el exconsejero de paz Jesús Antonio Bejarano, como si esto constituyera prueba reina de que fueron ellas las que lo mataron. (Ver programa).

A raíz de dicho programa -en el que participé- percibí además que hay mucha gente necesitada de creerles a las Farc, entre otros motivos porque sus “verdades” fortalecen el proceso de paz. Por eso la lista de “creyentes” incluye a Juan Manuel (y Enrique) Santos, Juan Fernando Cristo, Roy Barreras, Álvaro Leyva, María Jimen Duzán, los mismos Ernesto Samper y Horacio Serpa, El Espectador

La única manera de que se demuestre que las Farc dicen la verdad, es si presentan a la JEP pruebas irrefutables de su participación en los seis “magnicidios” ya referidos. Mientras tanto, en sujeción a la búsqueda indeclinable de la verdad que le corresponde al periodismo, me mantengo en lo que dije arriba: las Farc mienten, falta saber por qué.

DE REMATE: El grave error político que cometió la desmovilizada guerrilla al dejarse el nombre de combate cuando se constituyeron en Partido FARC, se evidencia en que muchos columnistas y medios siguen hablando de “las Farc”. La cúpula no supo entender que así no solo revictimizan a sus víctimas, sino que contribuyen a hacer efectivos los ataques de la extrema derecha, pues pareciera como si su accionar guerrerista permanece vigente.

martes, 6 de octubre de 2020

Las Farc y el asesinato de Álvaro Gómez: ahí hay gato encerrado

 


Tomado de El Espectador

Una verdadera avalancha de preguntas he recibido desde el sábado pasado, a raíz de un comunicado del Partido Farc donde la cúpula de esa agrupación exguerrillera “reconoce” una supuesta participación suya en seis crímenes. (Ver comunicado).

En mi condición de autor del libro Los secretos del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, que ya todos conocen, me veo obligado a pronunciarme. Sé que lo hago ‘en caliente’, y que la prudencia sugeriría esperar a conocer las pruebas que esa agrupación tendría para hacer tan extrañas “confesiones”, pero quedarme callado sería concederle la razón a lo que considero una tesis delirante.

Tiene razón Noticias Uno cuando en su emisión del sábado pasado dijo que las declaraciones de las Farc “dejaron al país estupefacto”. En este contexto surgen múltiples interrogantes, ávidos de una respuesta sólida y convincente, para dejar de tener la sensación de que nos quieren hacer tragar un cuento por completo traído de los cabellos.

El primer gran interrogante, por qué guardaron el secreto durante 25 años. Si las Farc habían declarado a Gómez Hurtado objetivo militar (aunque nunca lo supimos) y al final cumplieron su objetivo, ¿por qué habrían de callarlo?

En mi última columna conté cómo formulé esa pregunta a alguien cercano a la cúpula desmovilizada de las Farc (cuyo nombre no estoy autorizado a dar) y este respondió, tajante: “¿usted cree que si hubiéramos sido nosotros, no lo habríamos cobrado política y militarmente?”. Habría que preguntarse entonces si en la unificación de las versiones del Partido Farc sobre dichos crímenes también se presenta una “disidencia” en sus filas, o si se trata de una oveja descarriada.

Un segundo gran interrogante alude a las pruebas que están obligados a presentar ante la Jurisdicción Especial de Paz (JEP), en particular sobre tres asesinatos cuya autoría en mi libro es atribuida a los mismos actores, aunque de ningún modo a las Farc: el político Álvaro Gómez Hurtado, el general Fernando Landazábal y el académico Jesús Antonio ‘Chucho’ Bejarano.

Es sobre la escena de esos tres crímenes que no logro ver a las Farc, comenzando porque según testigos los gatilleros salieron caminando con tranquilidad pasmosa, la de quien sabe que el perímetro está protegido. Y así no actuaban las Farc, su accionar se ajustaba más al ajusticiamiento de un Pablo Emilio Guarín en las calles de Puerto Boyacá, con un operativo en el que cuatro personas -tres hombres y una mujer- ocultos en una procesión abren fuego sorpresivamente contra el líder paramilitar, quien iba en compañía de su esposa, y huyen en una camioneta.

O como el caso del diputado Celestino Mojica, en una calle de Bucaramanga: ocho guerrilleros abren fuego contra el carro donde va en compañía del ganadero Oliveros Tamayo, mientras otros a pie se dirigen hacia los ocupantes y las rematan a quemarropa. Y huyen en dos camionetas.

Como digo en la página 108 de mi libro, “los asesinatos del general Landazábal y el consejero Bejarano tuvieron el mismo modus operandi” y (…) “se advierte la aplicación de un plan de silenciamiento contra toda persona poseedora de información sobre los verdaderos autores del asesinato de Álvaro Gómez, sin diferenciar si el silenciado era un aliado o un delincuente”.

Del mismo modo que ante la escena del crimen el investigador comienza por preguntarse “¿a quién le sirve?”, en el caso que hoy nos ocupa se trataría de desentrañar a quién le sirve que las Farc quieran aparecer como los autores materiales del magnicidio, algo que se lo atribuyo -con sobradas pruebas- a un aparato organizado de poder militar de extrema derecha.

En primera instancia no les sirve a las mismas Farc, pues aparecen como asesinas de un hombre tan cuestionado en vida, es cierto, pero cuya imagen se crece -e incluso opaca a la de su padre Laureano- con el paso del tiempo.

Entonces, ¿a quién le sirve? Pues a los verdaderos autores del crimen, porque la gente dejaría de mirar hacia esos que el exembajador de Estados Unidos en Colombia, Myles Frechette (el hombre mejor informado sobre lo que estaba pasando) identificó como un grupo de militares golpistas que “le hicieron la pregunta. Tal vez fueron pendejos y no lo pensaron bastante bien. Nunca pensaron que Álvaro iba a decirles que no. Y cuando les dijo que no, casi se desmayaron y dijeron ‘vamos a hacer algo rápido’”. (Página 193 de mi libro).

¿A quién más le sirve? A Piedad Córdoba, sin duda, cuya reaparición en la escena política se dio con bombos y platillos, y a quien hoy la opinión publica percibe como la persona que logró convencer a las Farc de que dejaran de callar en torno a esos crímenes y “confesaran” sus culpas.

Una amiga cuyo nombre tampoco estoy autorizado a divulgar (pero se puede consultar aquí), afirma que la declaración de las Farc fue una paparrucha, término popular que en España -según el DRAE- alude a una “noticia falsa y desatinada de un suceso, esparcida entre el vulgo”. Me suena razonable, porque se trata de algo en apariencia desatinado, pero igual se puede afirmar lo que dije desde el título: que ahí hay gato encerrado.

Es como si después de que una mujer ha tenido tres hijos, un ginecólogo expide un dictamen pericial que la declara virgen. Esto es, entonces, lo que ahora a las Farc les corresponde probar ante la JEP: que los militares golpistas -activos y retirados- a los que el acervo probatorio veía como los culpables del magnicidio, son prácticamente vírgenes en el asunto.

Según las Farc en el comunicado donde reconocen su supuesta participación en lo de Álvaro Gómez, “hoy sabemos que nuestros adversarios en la guerra pueden ser nuestros aliados en la paz”. ¿Estamos acaso frente a un acuerdo entre exenemigos “por debajo de la mesa”? Averígüelo Vargas…

DE REMATE: Del mismo modo que resulta sospechosa la autoinculpación de las Farc, también lo es que de la página web de Semana hayan desaparecido ciertos artículos que le dan veracidad a la tesis de los militares golpistas. Uno de ellos es el titulado El hombre clave, referente a un exintegrante del Grupo Cazador que le contó en detalle a la periodista Gloria Congote cómo fue la planeación y ejecución del magnicidio. Haciendo clic en este enlace debía abrirse el artículo en mención, pero vaya sorpresa, está tan desaparecido como el hombre que dio esas asombrosas declaraciones, Diego Edinson Cardona Uribe. En todo caso, si quiere conocer su contenido, está publicado en este enlace de El Unicornio.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Piedad Córdoba: de "Teodora" a "Te adoro"




 

La muy publicitada reaparición de Piedad Córdoba, aguerrida dirigente liberal identificada tiempo atrás entre las Farc como ‘Teodora’, vino acompañada de tres tristes trinos que solo contribuyeron a sembrar una duda injustificada sobre los verdaderos autores del magnicidio de Álvaro Gómez, pero no aportaron nada nuevo: “Señor Premio Nobel Juan Manuel Santos, exministro Cristo, senador Cepeda, señores Timochenko y Carlos Lozada, ya que se están reuniendo para avanzar en la verdad, sería muy bueno que la encontraran sobre el asesinato del Dr. Álvaro Gómez Hurtado.” (Ver trino)

 

Más delante decía que “por ahí derecho le cuentan la verdad al expresidente Samper”, y “es muy importante saber la verdad porque por el asesinato del Dr. Álvaro Gómez Hurtado hay unos militares pagando los platos rotos”.

 

En mi condición de autor del libro Los secretos del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado se encendieron las alarmas, pues parecía ser conocedora de algo que desvirtúa la tesis central que allí planteo: que en efecto fueron militares golpistas -unos activos y otros retirados- los que planearon y ejecutaron el crimen. Y que, contrario a lo que ella dice, no hay un solo militar condenado ni juzgado, como debió ocurrir.  Así que la llamé y me dijo que estaba en una audiencia en Puerto Lleras, que me llamaba en la tarde.

 

Pero no llamó, y para agilizar la vuelta le mandé unas preguntas por Whatsapp, donde le preguntaba cuál era la información que decía tener, haciendo énfasis en saber si “¿cree que los militares a los que Myles Frechette señala de haber participado en el complot para asesinar a Álvaro Gómez, no tuvieron culpa en eso? Y “¿quién o quiénes cree que estarían implicados en la planeación y/o ejecución de dicho crimen?”.

 

A lo cual ella respondió: “Buen día, estoy preparando todo muy bien, es un tema muy serio, cuando esté lista le aviso”. Y enseguida agregó: “Lo más importante es la verdad”.

 

Al final no contestó las preguntas ni cuando le pedí una dirección de correo postal para enviarle mi libro, pero dos días después fue la estrella principal de El Debate de Semana TV, adonde fue convocada para que contara lo que sabía, y le dijo a Vicky Dávila que sí sabía algo, pero que se lo iba a contar a la Comisión de la Verdad. Los que sí hablaron en ese programa fueron Lucho Garzón y Matador, lectores de mi libro, quienes coincidieron en que ahí está la clave para llegar a los verdaderos autores del asesinato de Gómez Hurtado. (Ver sus intervenciones).

 

En este contexto Piedad no solo sigue teniendo una inmensa deuda con “la verdad”, sino que terminó haciendo más daño que brindando claridad sobre tan delicado tema. El daño termina siendo colateral para su amigo y copartidario Ernesto Samper, y es cuando uno se pregunta si será que de manera ingenua terminó convertida en idiota útil de las fuerzas oscuras que quieren poner a la opinión pública a mirar para otro lado.

 

Justo al día siguiente de El Debate fui contactado por quien parecía ser la misma fuente que le contó a la exsenadora lo de una supuesta participación de las Farc. Esa persona me citó en Bogotá y, en vista de la importancia de la información que decía tener, corrí el riesgo (por aquello del contagio) de desplazarme hasta allá. Pero el asunto resultó un fiasco, pues el hombre parecía más interesado en que le diera un dinero para trasladarme “al monte”, donde estaría la persona de las Farc que entregaría la supuesta información.

 

Ya era un segundo riesgo, que no estuve dispuesto a correr, aunque sí aproveché la visita a la capital para contactar a un alto miembro de la cúpula desmovilizada de las Farc, a quien le pregunté qué sustento tendría una supuesta participación de ellos en el crimen de Gómez Hurtado, y este sentenció tajante: “¿usted cree que si hubiéramos sido nosotros, no lo habríamos cobrado política y militarmente?”.

 

Respuesta lógica y verosímil.

 

Sea como fuere, sobre Piedad Córdoba recae hoy la responsabilidad de resolver el enigma en el que ella misma metió al país entero, y que al final no quiso resolver, quizá porque no puede. En todo caso no debemos ilusionarnos, pues cuando Vicky Dávila quiso confrontarla preguntándole a rajatabla “¿las Farc tuvieron que ver con el asesinato, sí o no?”, esto respondió: “No sé”.

 

Entonces, ¿qué era lo que decía saber? Puedo estar equivocado, pero ante semejante batahola vacua queda la impresión de que doña Piedad se agarró de algún chisme que le habría contado un supuesto miembro de las Farc, para reencaucharse políticamente. Porque esto último sí lo logró… y con creces.

 

DE REMATE: La mejor prueba del rédito político que le están sacando a las irresponsables declaraciones de doña Piedad (quien para la derecha pasó de ser Teodora a Te adoro), está en lo que hoy dice el muy uribista Fico Gutiérrez: “Yo estoy absolutamente convencido que (sic) luego de las declaraciones de Piedad Córdoba, ella sabe quiénes fueron. Lo que ella le (sic) está diciendo a estos señores es que digan la verdad, para ver quién está involucrado. Yo sí creo que es muy importante que ella misma, que reveló algunos de estos temas lo diga, porque ella sabe lo que pasó”. (Ver video). ¿Cuál “reveló algunos de estos temas”? ¡Si no reveló nada!


miércoles, 23 de septiembre de 2020

Iván Duque, el "hazmellorar"

 


Tomado de El Espectador

El diccionario RAE define hazmerreir como la “persona que por su aspecto o conducta es objeto de diversión o burla de otros”. Esta definición se amolda a todo aquel que con su actuación de algún modo entretiene y no hace daño a los demás. Pero cuando las alocadas decisiones que toma (o que le hacen tomar) ponen en peligro la estabilidad institucional de una nación, hay que pensar en darle el calificativo que le corresponde: el de ‘hazmellorar’.  

Solo a un hazmellorar se le ocurre que estando los ánimos tan encendidos por los catorce jóvenes que en distintos puntos de Bogotá asesinó la Policía en las noches del 9 y 10 de septiembre, y que provocaron los archiconocidos actos de vandalismo, después de que según las encuestas apenas 1 de cada 4 colombianos apoya a esa institución, se le ocurre disfrazarse de Policía para ir a visitar - de noche- dos de los CAI atacados por la turba indignada. Y se hace (o le hacen) tomarse una foto en medio de ellos, poniendo en abierta provocación su mano derecha uribista sobre el corazón, símbolo gráfico del Centro Democrático y del dueño del letrero, su patrón Álvaro Uribe Vélez.

Hablando a calzón bajado, Iván Duque no es hoy el presidente de todos los colombianos sino el subpresidente de su patrón. Todas las decisiones que hoy toma (o le ordenan tomar) se ajustan al dedillo a lo que el mismo Uribe haría. Es obvio de toda obviedad que es Uribe quien hoy gobierna desde el Ubérrimo sobre persona ajena… y de contera sobre el país entero. Duque apenas se deja ver como un alfeñique, un monigote, un mequetrefe, un abyecto segundón, un vulgar sacamicas, en resumen una miseria humana, carente de toda dignidad.

Con esa visita nocturna la majestad presidencial quedó por el piso porque cometió la afrenta -deliberada, aleve- de tomar partido por los victimarios y pisotear post mortem a las catorce víctimas inocentes, incluido por supuesto el Javier Ordóñez torturado por agentes de esa institución hasta morir con un riñón reventado, según el informe de Medicina Legal.

Pero no solo pisotea la honra de las víctimas, sino la de los millones de colombianos que nos solidarizamos con el dolor de los deudos y por tanto no pensamos como quien se manifestó abiertamente a favor de los victimarios. Con dicho acto ignominioso, digno de inscribirlo en la Historia Universal de la Infamia, cual si se tratara de un rufián de esquina nos puso a todos sus contradictores en el bando enemigo, nos dijo “no soy su presidente, soy única y exclusivamente un oficioso servidor del presidente eterno que aquí me puso. Él es mi guía, mi luz, el pastor que me apacienta con suave cayado, es mi todo”.

A este señor le importó un soberano pepino un video revelado por Ariel Ávila donde se demostró hasta la saciedad que “hubo mandos que autorizaron la utilización de armas. Ese cuento de que fue algo espontáneo se desvirtúa. Ellos dispararon contra población civil, ellos podían ver a quienes disparaban, se ve claramente que no estaban disparando a ciegas. Todo este video desvirtúa las versiones del Gobierno y del ministro de Defensa”. (Ver video).

En medio de tan sombrío panorama, solo es claro que esto no va a conducir a nada bueno. Quieren armar un mierdero bien tenaz, quizás para pescar en río revuelto. Encochinarnos a todos, para que o se note lo cochinos que están quienes han asumido el mando. La polarización que viene en camino será imparable, como si desde el solio de Bolívar estuvieran tratando -a conveniencia del patrón- de empujarnos hacia una guerra civil.

Nunca pasó por mi cabeza que llegaría el día en que estaríamos sometidos por un régimen autoritario fascista (para el caso que nos ocupa de corte mafioso) al mejor estilo Benito Mussolini, quien supo imponerse por la bota militar mientras establecía un rígido control sobre los medios de comunicación. Siempre pensé que esos tiempos nefastos ya habían sido superados por la humanidad, pero la historia de esta sufrida Colombia se está encargando de demostrarnos que estamos condenados a repetirlos.

Lo que nos falta por lamentar y llorar sobre la sangre derramada -pretérita y futura- es incontable, innombrable, indescifrable.

Y abominable.

Y hoy no tengo nada más que decir, la indignación me embarga.

DE REMATE: Si raspas repetidamente un fósforo hasta que se enciende, no le puedes echar la culpa de la llama a la cabeza del fósforo.


lunes, 14 de septiembre de 2020

“Uribe es un pirómano muy peligroso”

 


Tomado de El Espectador

El título de esto va entrecomillas porque es parodiando la columna de Felipe Zuleta del domingo pasado, aquí en El Espectador, titulada “Petro es un pirómano muy peligroso”. (Ver columna).

Ese mismo día en Semana doña Salud Hernández, todavía contagiada por la rabia española, coincidía con Zuleta: “¿Qué clase de presidente sería un líder político que solo sabe nutrirse de división y odio? Es indudable que (Petro) es un pirómano”.

Y desde su esquina de El Tiempo, Mauricio Vargas, otrora periodista y hoy matriculado en la jauría uribista, afirmaba que “el petrismo tiene un plan insurreccional y lo está llevando a cabo”.

Si nos pusiéramos en la misma onda conspiranoica de los tres anteriores, con tan llamativa coincidencia temática se podría concluir que andan coordinados y algo se traen entre manos. Por ejemplo, ocultar la verdadera realidad, por una razón de peso: porque el verdadero pirómano es el sujeto sub judice al que pretenden defender o eximir de toda culpa en sus columnas, el exsenador Álvaro Uribe Vélez.

La columna de Zuleta Lleras tiene -además del título- una frase aplicable a Uribe: “si hay alguien que ha demostrado su conducta anárquica es (el senador Petro). Sí, el mismo que pretende gobernar este país. Desobediencia civil, anarquía y caos. Eso es lo que le gusta al pirómano. Ver arder en llamas todo lo que pueda quemar”.

¿No es acaso una conducta anárquica desconocer o subvertir el orden constitucional cuando en entrevista con dos periodistas genuflexas Uribe se declara “secuestrado” por la Corte Suprema y asegura que su orden de detención fue “un procedimiento mafioso”? La única diferencia es que no se trata del que pretende gobernar al país, sino del que lo gobierna desde su lugar de reclusión y le indica a su subalterno Iván Duque -luego del asesinato de Javier Ordóñez a manos de la Policía- los pasos a seguir: “Mejor toque de queda del Gbno Nal, Fuerzas Armadas en la calle, con sus vehículos y tanquetas, deportación de extranjeros vándalos y captura de autores intelectuales”. (Ver trino).

¿Autores intelectuales del asesinato? No, habla es de los autores de los actos de vandalismo. Y en cuanto a la “desobediencia civil”, fue el mismo Uribe quien por los días de la campaña del plebiscito convocó a la “resistencia civil”. ¿Contra qué? Contra el acuerdo de paz que según la propaganda negra uribista de esos días pretendía “volver homosexuales a nuestros niños”.

En sintonía con Uribe, con el subpresidente Duque y con el fiscal Francisco Barbosa de quien en su penúltima columna Zuleta mostró “los resultados concretos de su corta pero eficiente gestión”, en esta afirma que “la destrucción sistemática de los CAI dejó evidenciado que los criminales tenían un plan orquestado”.

Según este nuevo corifeo del régimen (hace un año decía que Uribe “insiste en no vivir en paz y, peor aún, en no dejar vivir en paz a los colombianos”), hoy la gente no tiene ningún motivo para salir a la calle a protestar, menos a tirarles piedra a unos CAI habitados por policías asesinos. No, todo es producto de un plan macabro, develado además por el muy imparcial Noticias RCN, cuya presentadora informa al día siguiente de la masacre policial (de trece víctimas inocentes), que ese noticiero “conoció información de Inteligencia que permite confirmar que la destrucción de 56 CAI no obedeció a hechos aislados sino a una estrategia articulada (de las disidencias FARC y el ELN) que se había preparado con anticipación, aguardando un detonante”.  (Ver “informe exclusivo”).

Si de plan macabro se ha de hablar, señalemos lo obvio: es literalmente imposible que tal cantidad de policías haya disparado en forma indiscriminada contra la población inerme si no hubieran recibido la orden de hacerlo. El sentido común advierte que debían estar autorizados, pues raya en la imbecilidad pensar que disparaban sabiendo que si mataban a alguien podían ir a la cárcel o ser despedidos de la institución. De otro lado, ¿nos quieren hacer creer que desconocían que estaban siendo grabados? Muy por el contrario, se les vio actuar con la tranquilidad del que se sabe protegido por sus superiores.

Y aquí abro un paréntesis: ¿cómo se entiende que en menos de 24 horas trece ciudadanos son asesinados por la Policía y no cae ningún miembro de esa institución, ni el presidente Duque pide una sola renuncia? ¿Acaso estamos en una dictadura?

En la misma tónica del plan orquestado, hablemos del que comenzó a gestarse el día que la Corte Suprema anunció la detención domiciliaria Uribe, expresado en una exacerbación de la violencia ya advertida por Vicky Dávila que ocurriría si ponían preso a su admirado líder: "Si a Uribe lo ponen preso, les doy una pésima noticia a sus malquerientes: no se acabarán los problemas que tiene Colombia. Tampoco llegará la paz que todos deseamos. Quizás la violencia se agudice”.

Y se agudizó a niveles insufribles, y el mayor cinismo de este gobierno -dueño del Ejército, la Policía, los organismos de seguridad y hasta los de control- reside en echarle la culpa al expresidente Juan Manuel Santos de las masacres sin control y los asesinatos selectivos de líderes comunitarios. Como dije en columna anterior, “esta violencia salvaje que el Estado es incapaz de controlar, en muestra no de ineptitud sino de deliberada omisión y negligencia, se asemeja a los días en que los grupos paramilitares asolaban con sus masacres la geografía nacional y numerosas Brigadas o bases militares se hacían los de la vista gorda o cooperaban, como está documentado por muy variadas fuentes y testimonios”.

¿A qué obedece entonces esta nueva espiral de violencia? A que se avanza hacia la consolidación de un régimen fascista cuyo propósito es poner el país patas arriba, como condición sine qua non para asegurarle al comandante en jefe de la extrema derecha su impunidad a perpetuidad. ¿O acaso ustedes creen que en dos años el uribismo entregará el poder tras ser derrotado en una elección limpia, sabiendo que perder la presidencia podría conducir a que Uribe termine preso -de nuevo-?

Así las cosas, no nos hagamos ilusiones: esos salvajes llegaron para quedarse.

DE REMATE: Me atrevo a pensar que en las pendejadas lambonas que hoy escribe Felipe Zuleta Lleras obra el mismo fenómeno que produjo el sorpresivo viraje ideológico de años atrás en un exprogresista como Alfredo Rangel: simple conveniencia.