miércoles, 22 de octubre de 2014

Amor, religión y política: cuando se deja de creer



Son básicamente tres los campos en los cuales una persona que conservaba una fe ciega hacia algo o alguien, se ve de pronto obligada a dejar de creer: la religión, el amor y la política.

Para el caso de la religión, el columnista Giuseppe Caputo cuenta en El Heraldo el caso de una mujer cuyo momento más triste de la vida fue cuando descubrió que estaba equivocada en sus creencias religiosas. Hay otros a quienes ese descubrimiento les produce más bien la felicidad de haber salido de un error. En mi caso particular, por cuenta de las enseñanzas de mis mayores viví una infancia casi mística y estudié el bachillerato en un seminario de jesuitas. Luego llegué a una universidad donde aprendí lo que muchos años después, frente al poder del convencimiento, habría de explicar con epifánica lucidez el científico Rodolfo Llinás: “Dios es un invento del hombre y, como todos los inventos humanos, se parece a él. Dios tiene tres razones de ser: a los inteligentes les sirve para gobernar a los demás, a los menos inteligentes para pedirle favores, y a todos para explicar lo que no entendemos de la naturaleza”.

Esta revelación produjo en mí el efecto de un cataclismo, pues se me derrumbó la creencia en ese “ser  superior” y tuve la impresión de haber sido víctima de un engaño. Pero me recuperé, a Dios gracias.

Hablando de engaños, estos se presentan con mayor frecuencia en el terreno amoroso, por cuenta de que se cae solito (o solita) de su pedestal esa persona a la que habíamos idealizado, o por una traición que nos obliga a dejar de creer en los pajaritos que nos habían pintado. Si hay algo de donde salimos con la sensación de haber sido ‘apaleados’, es de una desilusión amorosa.

Pero donde más se puede hablar de pajaritos pintados es en la actividad política, y no hace falta ser activista para declararse víctima de más de un desengaño, que es lo que ocurre cuando ese dirigente en quien habíamos puesto nuestros mejores votos y complacencias termina por decepcionarnos. En Colombia es casi imposible encontrar a un político que nunca haya ‘desinflado’ a alguien, porque la política en gran parte se construye sobre la base de promesas rotas. Es como en el amor, que mentimos con tal de obtener lo que queremos.

Volviendo al suscrito, mi mayor decepción política lleva el nombre de Belisario Betancur Cuartas: sobre sus hombros el país puso la esperanza de una paz pintada con palomas y pajaritos en la Plaza de Bolívar, pero terminó en ese mismo lugar, estrellada contra la brutal toma y retoma del Palacio de Justicia, una orgía de sangre y destrucción durante la cual el presidente en ejercicio fue relevado de su mando y volvió como monigote después del golpe de Estado que le propinaron las Fuerzas Armadas entre el 6 y el 7 de noviembre de 1985.

Sigo creyendo que Belisario Betancur actuó de buena fe, solo que fue avasallado por los “enemigos agazapados de la paz” de los que habló Otto Morales Benítez. Ahora bien, frente a lo ocurrido en el Palacio de Justicia le faltó actuar con grandeza histórica. Fueron dos días en los que no estuvo al mando, porque se lo arrebataron y lo enviaron a la trastienda mientras duró la barbarie, y al término de esta actuó con cobardía para no perder el puesto, el cual de todos modos habría perdido si hubiera ordenado el alto al fuego que tanto suplicaba el presidente de la Corte Suprema, Alfonso Reyes Echandía, antes de perecer bajo las balas asesinas.

Betancur no hizo lo que sí hizo por ejemplo Salvador Allende, quien prefirió inmolarse antes que permitir semejante ultraje, en el caso de Chile a la majestad de la Presidencia y en el caso de Colombia a la dignidad de la más alta esfera de la justicia, que fue arrasada sin compasión bajo el silencio cómplice del (supuesto) Presidente.

Un caso más reciente de un líder en el que también mucha gente ha dejado de creer, lleva por nombre Álvaro Uribe Vélez. Contrario a su coterráneo Belisario, llegó a la presidencia prometiendo aplastar a las FARC, organización de la que el país se había cansado hasta límites indecibles durante el gobierno de Andrés Pastrana. Colombia dejó de creer en la paz y comenzó a creer en la guerra, pero en lugar de haber sido la solución el problema se acrecentó a límites inimaginables, pues Uribe no fue capaz de derrotar a las FARC y el país cayó bajo el influjo de un hechizo mediático muy parecido al que vivió Alemania durante el régimen de Adolfo Hitler, cuyo Holocausto tuvo su propia versión en los ‘falsos positivos’: a falta de judíos, se dedicaron a asesinar jóvenes indefensos por toda la geografía nacional para hacerlos ver como bajas propinadas a la guerrilla. (Por cierto, a sus autores el expresidente sigue defendiéndolos como “héroes de la patria” y “perseguidos por la Fiscalía”. ¿Será que algún día habrá castigo para semejante genocidio?).

Sea como fuere, el lado positivo de la moneda es que por primera vez en más de una década dos encuestas independientes realizadas por las firmas Cifras y Conceptos e Invamer Gallup mostraron una imagen desfavorable de Uribe superior a la favorable, la primera con una diferencia de 15 puntos y la segunda de cuatro, según informe presentado por La Silla Vacía y titulado Se le rayó el teflón a Uribe.

Esto indica que el país comienza a dejar de creer en quien nunca debió haber creído, y que se vislumbran aires positivos para una nación que ahora, bajo el sano influjo de la paz, podría terminar por derrotar a los violentos de ambas extremas: la izquierda de la guerrilla, y la derecha de Álvaro Uribe y sus conmilitones.

DE REMATE: Hay un cuarto elemento –también extremo- en el que es posible dejar de creer. Hablamos de la familia o de algún miembro de esta, un hermano por ejemplo, o incluso la propia madre. En este caso tendríamos que emparentarlo más con la literatura que con la vida real, pero casos se han visto.

En Twitter: @Jorgomezpinilla

miércoles, 15 de octubre de 2014

Santos le está poniendo el cascabel al gato




Tiene razón la representante Ángela Robledo en que Juan Carlos Pinzón parece más ministro de Defensa de Álvaro Uribe que de Juan Manuel Santos, pero ella lo ve como algo negativo, porque no se ha pillado la estrategia. La que sí alcanza a pillársela es La Silla Vacía en minucioso análisis de Juanita León titulado “¿A qué juega Pinzón?”, donde pone el dedo en la llaga al señalar que “el malestar de los militares (o un sector poderoso de ellos) con el proceso de paz aumenta”.

Solo que el malestar no es con este proceso de paz ni con el más reciente, sino con todos los procesos de paz que se han intentado en Colombia en los últimos 30 años. Si hay un Ejército que se ha forjado en el combate es el de Colombia, y es una guerra que no quiere ‘perder’ en una mesa de negociación, convencido como está hasta los tuétanos de que la única paz posible es mediante la derrota militar del enemigo. Es por ello que la cúpula militar le ‘copia’ más al expresidente Uribe que a su actual Comandante en Jefe, como quedó en evidencia con el escándalo de los hackers que trabajaban para la campaña de Óscar Iván Zuluaga en aparente coordinación con miembros de la Dirección Nacional de Inteligencia (que reemplazó al DAS) y la jefatura de inteligencia del Comando General de las Fuerzas Militares.

Digámoslo sin ambages: la paz es el peor negocio que le pueden proponer al Ejército Nacional, y en tal medida han asumido casi como misión institucional impedirla, y para comprender esta desoladora verdad está el recuento cronológico que trae Juanita de las acciones adelantadas en cumplimiento de ese objetivo. Con razón dice la aguda analista que “hay más de un boicot por cada proceso intentado”, y que “la oposición de los militares a los anteriores procesos de paz ha sido uno de los aspectos más difíciles de manejar para los respectivos presidentes”. ¿Uno de los más difíciles? No. El más difícil. El inamovible.

En este contexto se entiende a cabalidad el papel de ‘torpedo’ al proceso de paz que ha venido desempeñando el actual ministro de Defensa, pues si hay un requisito para que la cúpula militar lo acepte como su superior es que hable como un erguido general, que sea el vocero de sus intereses y no de los blandengues que pudieran estar a favor de brindar concesiones, dádivas o eventual inmunidad a unos “bandidos” a los que siempre quisieron hacerles morder el polvo de la derrota. Si dos ‘civiles’ como el procurador Alejandro Ordóñez y el expresidente Uribe piden penas privativas de la libertad para los guerrilleros de las FARC, y si ambos pusieron el grito en el cielo cuando se supo que Timochenko estuvo en Cuba, imaginemos no más lo que puede estar pensando la comandancia del Ejército en pleno…

Mientras Ángela Robledo y un buen puñado de analistas críticos le piden con justificado soporte a Pinzón que diga de qué lado está, si con la guerra o con la paz, lo que quizá no han entendido es que le toca estar con ambas, pues es el único modo ‘políticamente correcto’ de ser a la vez ministro de Defensa de Juan Manuel Santos y jefe directo de unas Fuerzas Militares cuyo ‘mejor amiguis’ sigue siendo Álvaro Uribe.

Es de sobra conocida la fábula de los ratones que vivían atemorizados por un gato que los tenía a raya, hasta que uno propuso la brillante idea de colgarle un cascabel que delatara su presencia, pero el proyecto fracasó porque no apareció el voluntario que le pusiera el cascabel al felino. Volviendo al recuento de los anteriores procesos que fueron empujados al fracaso, el mayor mérito de Juan Manuel Santos podría estar en que es el mandatario que ha logrado por primera vez (hasta ahora, al menos) ponerle el cascabel al gato de la intransigencia militar en torno al tema de la paz.

Coincide con este planteamiento una caricatura de Osuna en El Espectador del domingo pasado, donde Pinzón se queja porque no le contaron del viaje de Timochenko a La Habana y Santos le contesta: “a usted lo necesitábamos furioso”. Ramiro Bejarano, por su parte, ve al Mindefensa convertido en un Angelino II por lo de su oposición desde adentro, y dice que “por cuenta de esta errática estrategia de mantener una voz disidente en el interior del Gobierno (…) Santos casi pierde las elecciones”. Pero no las perdió, e incluso podría pensarse que fue por cuenta de esta arriesgada estrategia que ganó las elecciones, como arriesgado fue haber apoyado rabiosamente al entonces presidente Uribe para luego, tras remplazarlo, tomar la decisión de jugársela por la paz y graduar así como su peor enemigo a quien fuera su jefe cuando ocupó el puesto que precisamente hoy ocupa Pinzón, el de ministro de Defensa.

Esto se compagina además con que ahora aparezca Pinzón convertido en presidenciable, algo que Bejarano interpreta como que “a ciertos altos funcionarios se les aparece un lagarto que les susurra al oído que ellos pueden ser presidentes, y hay algunos ingenuos lunáticos que se lo creen”. Espero no estar pensando con el deseo, pero creo más bien que ahí pudiera estar el ‘cañazo’ que un consumado tahúr como Juan Manuel Santos está desplegando para enfrentar las cartas con que juega la partida una poderosa extrema derecha partidaria de las soluciones de fuerza sobre las negociadas. Para el caso que nos ocupa, es con una buena dosis de imaginación y temeridad como vemos al presidente actual enfrentar a un rival que acostumbra recurrir al ‘todo vale’ para imponer sus propósitos.

Volviendo a la columna de Bejarano, puede que tenga razón el abogado y lúcido columnista de El Espectador en que “el día menos pensado el pragmático de Santos saca a Pinzón a sombrerazos”, en concordancia con que él mismo ha manifestado, que es “traidor a su clase”. Pero eso es algo que no debiera preocuparle a ningún demócrata, por muy liberal u opositor que fuere, mientras la historia de Colombia pueda contar algún día que hubo una vez un presidente que después de muchos esfuerzos malogrados pudo por fin ponerle el cascabel al gato…

DE REMATE: Qué campaña tan chichipata la de Bavaria con lo de “La tapa paga”. Las tapas premiadas no pagan ni siquiera una cerveza (cuando podrían rifar hasta casas y yates) sino $200, $500 o $1.000. Me cuenta un tendero que las de 500 y 1.000 nunca se ven, y las de 200 aparecen una por cada caja. Claro, como son monopolio se dan el lujo de tirarles a sus clientes cualquier monedita para premiarles su ‘fidelidad’. Preferible que no ofrezcan nada, si van a lucir como avaros. Mr. Scrooge personificado en la industria cervecera.


martes, 7 de octubre de 2014

María Jimena Duzán y su ‘adefesio’ a favor de la abstención



Tomado de Semana.com

La última columna de María Jimena Duzán es prueba palpable de que hasta el más lúcido columnista puede equivocarse, en cumplimiento del refrán según el cual “al mejor panadero se le quema el pan”.

La corajuda periodista y amena entrevistadora comienza diciendo que “por cuestión de principios, la idea (del voto obligatorio) no me atrae. Siempre he considerado que el voto debe ser libre y que el derecho a la abstención es una forma de protestar que hace parte de las democracias”. Coincidencia total, el voto debería ser libre y voluntario, es casi de Perogrullo. Pero los defensores del voto obligatorio –y por tanto de la propuesta presentada por la senadora liberal Viviane Morales- creemos que es muy difícil hablar de democracia cuando en Colombia no vota ni siquiera la mitad más uno de los votantes potenciales, y esto anularía cualquier votación, en aplicación de la irrebatible lógica que dicta el sentido común: si la mayoría no votó, ¿por qué no declarar ilegítima la elección y barajar de nuevo? Por eso decimos que la nuestra es una democracia imperfecta, o ‘imperfectísima’, para perfeccionar la idea.

Baste considerar que Juan Manuel Santos fue elegido para su primer periodo con la más alta votación que ha habido en la historia de Colombia, 9’004.221 votos; pero si comparamos ese guarismo con los 29’530.415 colombianos que según el censo electoral había aptos para votar en 2010, significa que 20’526.194 personas no votaron por Juan Manuel Santos ni por ningún otro candidato. El 69,5 por ciento, para ser exactos. Así las cosas, ¿puede estar revestido de legitimidad un presidente elegido por apenas el 30,5 por ciento de los electores potenciales?

Para la siguiente votación presidencial (junio de 2014) el margen de abstención se redujo al 60 por ciento y Santos se quitó el sambenito de haber sido elegido por una mayoría uribista. Pero la abstención sigue siendo lo más repudiable del sistema electoral, mucho más que el repudio que María Jimena pudiera sentir frente al voto obligatorio, el cual se propone solamente para las tres próximas elecciones y con propósito “pedagógico”, así a la columnista le moleste este término y el proyecto en general le parezca “un adefesio”.

Lo más grave, dice Duzán, es que el voto obligatorio “nos dejará a los ciudadanos sin la posibilidad de utilizar la abstención como una protesta ante esta realidad tan apabullante”.  Es aquí donde uno tiene la impresión de que ese día (o noche) se le fueron las luces, porque uno no se explica que respalde y avale como opción válida el abstencionismo, siendo que es ahí donde reside la madre de todos los males del actual sistema electoral, pues son quienes no votan los que con su desidia contribuyen a la elección de los políticos corruptos.

Más adelante dice la Duzán que “el voto obligatorio no va a hacer desaparecer la apatía frente a esta clase política que ha demostrado su incapacidad por (sic) seducir al electorado a través de las ideas y de los principios”. Eso puede ser cierto, pero hay un efecto positivo que la columnista soslaya –no sabemos si adrede- y es que el voto obligatorio fortalece el voto en blanco.

Mucha gente en acto de protesta cometerá la imbecilidad de rayar o dañar el tarjetón, pero habrá los más inteligentes que manifiesten su rechazo a la obligatoriedad mediante el voto en blanco, el cual traduce “no hay por quién votar”. Así, podría incluso ocurrir que en la primera elección con voto obligatorio triunfara esta opción y por tanto ‘obligara’ a barajar de nuevo, pues los candidatos que fueran objeto de ese repudio colectivo no se podrían presentar en la siguiente contienda. ¿Será que esta ‘obligatoriedad’ sí es del agrado de María Jimena, o tampoco?

Ahora bien, ¿qué puede haber de malo en que se asuma no como una opción sino como un deber el voto, del mismo modo que estamos obligados a cumplir con el deber de pagar impuestos? Colombia vivió durante 16 años (una generación entera) bajo un Frente Nacional en el que cada cuatro años se rotaban el poder los partidos Liberal y Conservador, con distribución equitativa de ministerios, contratos y burocracia. Esto trajo como consecuencia que la gente se hastió de la política, porque de antemano se sabía quién iba a ganar. Y como carambola en billar, condujo a los aberrantes niveles de abstención que hoy les pavimentan el camino a los clanes políticos que en muchas regiones operan como mafias y se hacen elegir con un número bajísimo y ‘amarrado’ de electores.

Dice también María Jimena que “el voto obligatorio nos forzaría a votar por unos partidos que cada vez nos representan menos”. Eso tampoco se le entiende. ¿Acaso estamos en los tiempos de la Unión Soviética, cuando solo se podía votar por los candidatos de un único partido? Y menos sentido tiene cuando sale con que “de pasar esta propuesta se terminaría cuestionando al ciudadano que no vota”, como si hubiera que premiarlo por ser cómplice de los corruptos con su indiferencia. A Colombia ya no la rigen los dos partidos tradicionales que antaño se repartían la marrana. Hoy hay opciones de todos los colores y tendencias, y no es descalificando al Polo Democrático ni ignorando a la Alianza Verde y otras alternativas como se le tuerce el pescuezo a la realidad para dibujar un repertorio electoral sombrío.

La prioridad del momento es derrotar la abstención, así sea por decreto. A grandes males, grandes remedios. Ya después se verá qué hacer con la plata que el Estado paga por la reposición de cada voto, o con cualquier otra arandela que se le quiera agregar o resolver. Lo importante es que por fin sepamos quiénes son los que las verdaderas mayorías quieren que los gobiernen, y sin descartar –como ya se dijo atrás- que en acto de protesta colectiva gane el voto en blanco, en cuyo caso habría un legítimo triunfador: la democracia.

¿Por qué algo tan simple de entender se convierte en “un adefesio” para María Jimena Duzán, ah?


DE REMATE: El uribismo está a favor del voto obligatorio porque espera arrastrar mucho voto de opinión a favor de su caudillo, pero el tiro les puede salir por la culata, pues el pedestal ha comenzado a mostrar el cobre y la oxidación del metal parece irreversible.

jueves, 2 de octubre de 2014

"Porque te quiero, te mato"




Con el paso de los días la ocurrencia de crímenes pasionales viene en aumento, en una proporción que invita a preguntarse a qué obedece que esta modalidad de asesinato tenga ahora tantos practicantes o ‘afectos’.  

Para citar los dos casos más recientes en Colombia, en Pereira un vendedor de carros mata a sus dos pequeños de 2 y 4 años de edad y luego se suicida, y en Vélez otro individuo en un ataque de celos hace lo mismo tras disparar sobre su esposa, su hija de 14 años (en la boca) y el hijo menor, de 7 años. Mientras tanto, desde el otro lado del género una eminente médica colombiana del MD Anderson Cancer Center (Houston, Texas), Ana María González, es condenada a diez años de cárcel por envenenar al también médico George Blumenschein, con quien sostenía una relación de sexo casual a pesar de que este tenía novia.

Aunque no fue posible encontrar estadísticas claras sobre el crimen pasional, un informe de Medicina Legal sobre el comportamiento del homicidio en 2013 muestra que de los solamente 3.780 casos donde se pudo establecer el motivo (entre los 14.294 ocurridos ese año), el 48,28% correspondió a “violencia interpersonal impulsiva”. Y de los 110 casos que se presentaron específicamente de “violencia de pareja”, en 97 casos las víctimas fueron mujeres y sólo en 13 casos lo fueron hombres.

En este contexto lo ocurrido con Ana María González sería una excepción a la regla, solo que bien llamativa, por tratarse de una de las más importantes oncólogas de Estados Unidos y porque su conducta se ajustó con ‘fidelidad’ a la Atracción fatal que expuso la película del mismo nombre, en la que un encuentro clandestino entre el abogado neoyorquino Dan Gallagher (Michael Douglas) y una madura pero atractiva Alex Forest (Glenn Close) desarrolla en esta última una obsesión que termina en tragedia.

Son precisamente tragedias pasionales las que con mayor frecuencia se vienen presentando en Colombia, y las cifras de Medicina Legal con toda seguridad se incrementarán para el año en curso, porque así lo vienen  mostrando los titulares de prensa. Sea como fuere, llama la atención su incidencia cada vez más alta sobre mujeres, en lo que ahora se conoce como “feminicidio” y sin que la palabra homicidio represente el antónimo, por cuenta de la también en boga inclusión idiomática de género.

En busca de una palabra que dé explicación a lo que viene ocurriendo, encontramos dos: liberación femenina. Es un hecho indubitable que en los últimos 30 años, de algún modo contagiadas por el hipismo de los años 70 y su revolución del amor libre, mujeres de todos los confines del planeta han desencadenado una revolución sexual que está afectando profundamente sus relaciones con los hombres.

Se trata de una cita a la que muchos ‘machos’ llegaron tarde, porque se niegan a entender que la mujer ha ocupado unos espacios en los que antes desempeñaba un rol de sumisión o inferioridad, los cuales van desde el ámbito laboral hasta la conquista de su propia libertad sexual (todo ello ligado a la práctica de su derecho a la felicidad), mientras que un sentimiento atávico de posesión machista impulsa al sexo opuesto a impedirlo. En Colombia el fenómeno se ha venido presentando con especial crudeza, por cuenta de unas estructuras de pensamiento arcaicas ligadas incluso a dogmas religiosos, donde la mujer le debe obediencia, sometimiento y fidelidad al hombre.

Hay casos de casos, claro está: está el del celoso patológico Samuel Viñas que en Barranquilla durante  la celebración del Año Nuevo asesina a su exesposa Clarena Acosta delante de sus hijos (pero el muy cobarde no se suicida), hasta el del rey de burlas que después de 20 años de matrimonio descubre que su señora mantuvo relaciones íntimas con tres de sus amigos, y al enterarse se debate entre matarla, suicidarse o dejarla, y escoge la tercera opción, para salvación de todos los involucrados.

Según Françoise Giroud (Hombres y mujeres, Editorial Planeta) “el drama de los celos consiste en que mientras más vigilada y espiada se halla una, más se ahoga y más tentada se siente a alimentar la sospecha”. A lo cual responde en el mismo libro el pensador Bernard-Henri Lévy, ubicando la discusión en un contexto humano, demasiado humano: “desde que hay amantes, hay celosos. Y los celos son inconfesables. Y hay hombres, eventualmente filósofos, que estrangulan a su mujer”.

Se trata de un fenómeno cuyas raíces son incluso étnicas, pues en Occidente seguimos atados a una moral judeocristiana que subyace en el inconsciente colectivo y le teme al “poder desmesurado del placer femenino”. Al respecto dice la Giroud que “si se dejara actuar a la mujer, agotaría la energía del hombre”. De otro lado, es sabido que los chinos –y las chinas- tienen una vida erótica más intensa y refinada, quizá debido a que ignoran la noción de pecado. Para no hablar de los esquimales, quienes no conocen los celos y por tanto, cuando un extraño llega a su iglú, lo más refinado de la hospitalidad es prestarle la mujer.

El llamado a la serenidad hay que hacérselo sobre todo a los varones, pues son esos condicionamientos culturales incorporados como un chip a estereotipos machistas los que a veces convierten a un hombre culto y respetado en un asesino, por culpa de una ‘canita’ que quiso echarse su mujer, cuando la solución al problema pudo haber estado en tomarse unos días de descanso en Groenlandia, donde abundan los iglúes.


DE REMATE: La lluvia de amenazas que se ha desatado contra líderes de izquierda y defensores de Derechos Humanos, parecería el coletazo de una bestia herida. Como llamativa coincidencia, los más amenazados son quienes más duro han hablado contra Álvaro Uribe.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Aquí el subversivo es Uribe




Compasión, vergüenza ajena y náusea moral es lo que produce ver en el recinto sagrado de la democracia la recua de elegidos por arrastre –no por mérito propio- que acompaña al senador Álvaro Uribe a todas partes, como dóciles patitos siguiendo en patota todos los movimientos de la madre pata.

En toda agrupación política se debaten diferencias de opinión entre sus miembros, y es esa sana dialéctica del debate interno la que les da lustre y legitimidad a los partidos. Simón Gaviria, Juan Fernando Cristo y Piedad Córdoba, por ejemplo, representan tres tendencias claramente identificables dentro del Partido Liberal: derecha, centro e izquierda respectivamente. Pero, ¿qué pasará el día en que alguien de su bancada osare manifestar siquiera un mínimo desacuerdo con el senador Uribe? Respuesta de Perogrullo: aténgase a las consecuencias.

El disenso ante la majestad de “Yo, el supremo” es algo que nunca se verá dentro del engañosamente llamado Centro Democrático. Allí el único centro es el de la atención que el exmandatario demanda de todos sus áulicos, y no fue democrático ni para escoger su candidato a la Presidencia, aunque entendiendo de antemano el loable propósito que los animó a hacerle la encerrona a Francisco Santos en la convención, para evitar que pudieran caer más bajo.

La bancada del CD ha anunciado que para sacarse el clavo por la avalancha de acusaciones que llovió sobre Uribe (ni Mancuso se quedó por fuera), ahora ellos organizarán el debate de la “Farcpolítica”, con la intención de demostrar que los acusadores de su amo y señor son una partida de aliados de las FARC, en un amplio espectro que cobija por igual al senador Iván Cepeda, al presidente Juan Manuel Santos y a un medio “servil del terrorismo” como Canal Capital. Todos en la misma cochada.
 
Esto se traduce en que el expresidente Uribe pretende graduar de subversivo a todo aquel que difiera de su pensamiento, y en tal dirección le cabe todo derecho de armar un debate en el Congreso, para demostrar sus aseveraciones. Pero no sobra advertir la viga en el ojo, o lo que en sicología se conoce como el “mecanismo de proyección”, consistente en que el paciente se defiende atribuyendo a otras personas sus propios defectos o carencias.

Así como es un hecho inobjetable que su gobierno ha sido el más cuestionado desde lo jurídico y lo penal en toda la historia de Colombia, que sobre él se proyectan graves sombras como la de los ‘falsos positivos’ y que en ocasiones se rodeó de la peor gentuza (Jorge Noguera, Mauricio Santoyo, Flavio Buitrago o Salvador Arana, para solo mencionar reos), también es indudable que desde que desde que Santos anunció el inicio de conversaciones de paz con la más odiada némesis de Uribe, este emprendió una feroz campaña desestabilizadora, de claro tinte subversivo.

No basta ir muy lejos para comprobar que durante la anterior campaña el hacker Andrés Sepúlveda fue contratado para buscar información que pudiera afectar el proceso de paz, y el video donde este aparece con el candidato Óscar Iván Zuluaga lo muestra precisamente  rindiéndole cuentas de la misión asignada, bajo la consigna de que la mejor carta de triunfo electoral sería el fracaso de las conversaciones de La Habana, del mismo modo que el fracaso de El Caguán fue lo que catapultó a Uribe a la presidencia. Lo escandaloso en este caso es que las investigaciones adelantadas por la Fiscalía apuntan a lo que sería el entramado de una serie de organismos de inteligencia militares y policiales trabajando desde la sala Andrómeda y desde otras instancias, diríase que en forma coordinada, con el doble propósito de hacer fracasar el proceso de paz y propiciar el triunfo del candidato títere de Uribe.

Como dijera León Valencia en su última columna, el expresidente Uribe “no puede meterse en una cruzada para dividir a la Fuerza Pública estableciendo relaciones extrainstitucionales con sectores del Ejército y la Policía descontentos con el proceso de paz”. No puede, pero lo hace, y la explicación de su atrabiliario proceder la da el mismo Valencia cuando se refiere a que “abusa de su influencia, de su poder y del temor que suscita”, del mismo modo que el columnista Antonio Caballero considera “sorprendente y grave que nada de todo esto haya tenido consecuencias judiciales”.

En el debate del pasado miércoles 17 la senadora Paloma Valencia dijo en tono energúmeno que “los que militamos al lado del presidente (sic) Uribe no somos un grupo de criminales o de bandidos”. Eso puede ser cierto, pero no es el punto en discusión. En columnas anteriores me he referido a la Mano Negra como a “una organización clandestina de ultraderecha, compuesta por determinado número de miembros que se reúnen si la ocasión lo justifica pero evitan hacerlo, y realizan acciones acordes con su ideario ideológico y político”. Y si algún ‘éxito’ pudiera atribuírsele a esta organización, fue la consolidación territorial de los grupos paramilitares que sembraron por toda la geografía nacional, acordes con el propósito de frenar el accionar guerrillero y “refundar la patria”.  

Bienvenido pues el debate de la Farcpolítica, de modo que puedan ser acusados con pruebas y sin falsos carteles de testigos (como el que le montaron a Sigifredo López) los políticos que tengan algún tipo de vínculo con la guerrilla. Pero ante esta cacería de brujas que pretende reactivar la extrema derecha en acto de retaliación, conviene preguntarse si no será que quieren hacernos olvidar lo que se atrevió a afirmar la corajuda Claudia López en el debate de marras: que Uribe fue el primer paramilitar que “coronó la Presidencia”.


DE REMATE: Que el más lacayo de todo el combo, Pachito Santos, diga que “si llegan a ponerle un dedo a Uribe se incendia este país”, eso también es subversivo. Es un llamado a desestabilizar las instituciones en caso de que opere la justicia.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Soy capaz de confesar: mi mejor amigo es uribista




Una de las acusaciones más frecuentes que recibo en los comentarios a mis columnas es que destilan un odio irracional hacia el expresidente Álvaro Uribe, y eso me inhabilitaría para  criticarlo. Un cuñado que vive en Canadá se quejaba de mi “estilo agresivo”, y lo entiendo. Soy consciente de que esa impresión es legítima, pero la persistencia en el tema y el filo de la espada obedecen a que lo asumo como una misión ‘patriótica’, en cuanto a contribuir a que haya luz sobre dicho personaje y algún día se conozca la verdad. No mi verdad, sino la verdad histórica.

Lo que mucha gente no sabe –y hasta hoy he procurado mantener en secreto- es que mi mejor amigo es un uribista convencido y confeso, y estoy seguro de que si él creyera que lo que siento hacia Uribe es odio irracional, ya me habría retirado hasta el saludo. Él me escucha muy a menudo perorar al respecto, y muchos de los temas para mis columnas incluso surgen de encendidas pláticas con mi más apreciado y enconado rival político.

El amigo del que hablo es un habitante de Girón (Santander), miembro de una parentela de arraigada tradición católica, a la que las FARC estuvieron ‘visitando’ en la finca de su padre y ocho días después de la muerte de este llegaron hasta allá y se llevaron una camioneta de la familia. Se llama Julio César Duarte, alguna vez quiso ser concejal en representación de su Partido Conservador y aunque se ‘quemó’ en ese intento, no ha dejado de intervenir con ardentía en la política de su pueblo. Eso le alcanzó para ser nombrado secretario de Cultura en la alcaldía anterior, la del ‘Loco’ Luis Alberto Quintero, cargo que obtuvo porque –dicen los malpensados- escribió una carta al periódico El Gironés donde expresó su inconformidad con un artículo que criticaba al alcalde.

A este amigo le he escuchado hablar del tsunami de optimismo que comenzó a vivir el país a partir de la llegada de Uribe a la presidencia, de cómo sacó a la guerrilla de las carreteras y fue posible ir a la finca a cultivar y hacer empresa, sumado a que rescató de las garras del terrorismo a Ingrid Betancourt y a los norteamericanos secuestrados y a no sé cuántas personas más.

Yo le he concedido a mi buen amigo la razón en eso, sobre todo en que fue gracias a los golpes que les dio a las FARC que hoy están sentadas en La Habana conversando con el gobierno de Juan Manuel Santos.  Pero he tratado de hacerle ver que a la par con esos y otros éxitos comenzaron a aflorar escándalos como el nombramiento del coronel Mauricio Santoyo (miembro activo de la Oficina de Envigado) en la jefatura de Seguridad de la Presidencia, o el de Jorge Noguera en la dirección del DAS (hoy condenado a 25 años por homicidio), o el rosario de políticos y funcionarios suyos enviados a la cárcel o huyendo de la justicia, o la ignominia de los ‘falsos positivos’ a cuyos autores el exmandatario sigue considerando “héroes de la patria” y “perseguidos por la Fiscalía”. Es entonces cuando mi amigo sale con que “esos son temas muy arrechos, mano; dejemos que la justicia se pronuncie”. Y en eso también tendría razón, si no fuera porque hay tantas fuerzas oscuras tratando de torcerle el cuello a la justicia.

En ocasiones anteriores ha hablado de los “equivocados de buena fe” para referirme a aquellos uribistas que no son cómplices ni secuaces, sino personas confundidas por la aureola de santidad que le rodea. Y he advertido que son casi los mismos ingenuos que en 1998 votaron por Andrés Pastrana después de que lo vieron en una foto conversando con ‘Tirofijo', y confiaron en que votando por él Colombia comenzaría a vivir en paz. A eso le apostaron, y perdieron.

El meollo radica en que esos mismos que cuatro años después –llevados por la desesperación y el miedo- votaron convencidos de que Álvaro Uribe conduciría al país por la ruta adecuada, también se equivocaron. Entre esos está el amigo referido, cuyo uribismo –en tratándose de un hombre inteligente- atribuyo en parte a que él y su familia fueron víctimas de la guerrilla, y en parte a esa misma fe católica de la que Uribe hace gala y ostentación, aunque en su caso con el aleve propósito de obtener réditos políticos.

El tema religioso es decisivo pues, como le he insistido a mi buen amigo de Girón, desde el comienzo de su carrera Uribe puso especial celo en exhibirse como un fervoroso católico mediante prácticas como el rosario (que hizo rezar a todo su gabinete tras el rotundo éxito de la ingeniosa Operación Jaque) o su devoción al hermano Marianito, y el resultado fue que durante su gobierno había personas que se ofendían si alguien osaba siquiera criticar a su amado presidente, a quien le profesaban una auténtica veneración, como la que se le tiene al Dios supremo en toda congregación religiosa.

Pero ‘don Julito’ –como acostumbro decirle- no se ofende cuando así me expreso, y la primera vez que escuchó de mis labios eso de que “los católicos creen en lo que no ven y los uribistas no creen en lo que ven”, se iba desternillando de la risa. Esa paciencia de franciscano de la que hace gala me ha servido inclusive para tirarle algunas líneas de agnosticismo, y ante la falta de réplica que recibo, me parece que quizá el mensaje pudiera estar calando.

Sea como fuere, aquí se cumple el precepto de Anthony Bourdain: “No tengo que estar de acuerdo contigo para quererte o respetarte”. Los amigos son los hermanos que uno escoge, y es por eso que uno es capaz hasta de perdonarles a algunos su irresponsable uribismo.


DE REMATE: Con Uribe ocurrió que muchos creyeron ver luz al final del túnel, pero fue como cuando “inauguró” el túnel de La Línea el lunes 4 de agosto de 2008. En un evento propagandístico transmitido por radio y TV anunció que se daban por terminados “70 años de proyectos e ideas en torno al megaproyecto que modernizará las carreteras en el país”. Pues ver para creer: la obra sigue embolatada, esta es la hora en que tampoco vemos luz al final de ese túnel. Y aunque sí la estamos viendo en torno al tema de la paz, también lo vemos a él tratando con porfía de regresar el país a los días de la oscuridad.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Es el hacker Sepúlveda un charlatán?



Un hecho político que pasó desapercibido en días pasados fue la coincidencia de opiniones entre tres mujeres que mueven la opinión pública –Claudia López desde la izquierda, María Isabel Rueda desde la derecha y Paloma Valencia desde la extrema derecha- en torno al hacker Andrés Fernando Sepúlveda, a quien las dos primeras definieron como “un charlatán”.

Que así se exprese la columnista conservadora es apenas comprensible, pues ella se ciñe al libreto uribista (ver meme adjunto), por ejemplo cuando dice que “Sepúlveda resultó ser un charlatán incluso en su reprobable misión de difamar”, o que “ojalá no se siga en esta peligrosa senda de montar libretos para criminalizar a la oposición”. Pero sorprende –casi hasta el escándalo- escuchar a la senadora López acompañada de la ultragoda Paloma Valencia en La Noche de RCN decir esto: “resulta escalofriante para la democracia colombiana que los medios, la Fiscalía y toda la opinión pública estén girando en torno a un charlatán de pésima categoría”.


Charlatán es sinónimo de mentiroso, y eso haría pensar que quienes le hemos dado credibilidad a lo que contó Sepúlveda a Semana y a La FM somos una partida de ingenuos o tontos de capirote, pues –al contrario de la muy sagaz e iluminada Claudia López- fuimos engañados en nuestra buena fe por un personaje fantasioso o mitómano, al que la Fiscalía en contubernio con el gobierno de Juan Manuel Santos le habría dado un libreto para hundir al Centro Democrático.

Lo sorprendente es ver cómo Claudia López descarga todo el peso de la culpa sobre el hacker y exonera de responsabilidad a la campaña de Óscar Iván Zuluaga, a quien ve como otro ingenuo que “le comió el cuento”. ¿Cree acaso la senadora de Alianza Verde que las pruebas que anunció o ya presentó Sepúlveda son pura patraña? ¿O es que el hombre se cree un Supermán capaz incluso de engañar a un polígrafo, al que dijo estar dispuesto a someterse? ¿Y los cuatro intentos que le habrían hecho de matarlo para silenciarlo son entonces un montaje de la Fiscalía, como dice Óscar Iván Zuluaga del video donde se ve al hacker suministrándole información de Inteligencia Militar sobre el proceso de Paz en La Habana, lo cual según este era el tema que se le había asignado?

"El testimonio del hacker al único que incrimina es a él mismo, con los demás no hay posibilidad", dice la brillante investigadora y excolumnista a quien siempre he admirado, al punto de haberle dedicado el 9 de mayo pasado una columna donde pregunté “¿qué pasaría si renuncia Peñalosa y lo remplaza Claudia?” Pero esta vez no le creo, porque pareciera que se le fueron las luces al aparecer sirviendo de idiota útil a la causa uribista. Prefiero más bien creerle a Julio Sánchez Cristo cuando en entrevista a Zuluaga dijo que el presidente Juan Manuel Santos no se habría arriesgado a decir que estamos ante una “empresa criminal”, si no hubiera sido porque fue debidamente ‘dateado’ en torno a las pruebas que habría entregado el hacker a la Fiscalía.

Contrario a lo que piensa la muy valiente y corajuda Claudia López, por quien habría votado al Senado si no fuera porque voté liberal, me atrevo a pronosticar que se avecina un remezón que permitirá identificar parte de esas fuerzas oscuras que de un tiempo para acá le han venido colaborando tras bambalinas al proyecto político engañosamente conocido como Centro Democrático. “Habrá llanto y crujir de dientes”, mejor dicho.

Andrés Fernando Sepúlveda afirma haber sido puesto en la tarea de obtener información que permitiera acabar con el proceso de paz, y todo lo que confiesa o revela lo expresa con mucha propiedad, y parece tener pruebas que sustentan sus aseveraciones. Diríase que en la campaña electoral estuvo precisamente al servicio de esa misión desestabilizadora, como lo fue también (desestabilizadora) la revelación que hizo Álvaro Uribe en su cuenta de Twitter de las coordenadas del lugar donde el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) facilitaría el traslado de un miembro de las Farc a Cuba, con base en información que le habría suministrado el entonces jefe del Comando Conjunto de Operaciones del Ejército, general Javier Rey, si es que hemos de creerle al hacker.

En mi columna anterior dije que “es mucha la tela que falta por cortar, pero lo interesante de las declaraciones de Andrés Sepúlveda es que permiten distinguir con relativa nitidez las huellas que durante la pasada campaña electoral fueron dejando los dedos de una especie de Mano Negra puesta al servicio del proyecto de ultraderecha encarnado en la ‘majestad’ del expresidente Álvaro Uribe”. Con base en los últimos acontecimientos, me sostengo en lo dicho.

DE REMATE: Coincido con Mauricio Vargas en que el hacker español Rafael Revert pudo ser un infiltrado -él sí- de la Fiscalía o del gobierno en la campaña de Óscar Iván Zuluaga. Pero tengo la  nítida impresión de que Andrés Sepúlveda no es ningún charlatán, que decidió colaborar con la Fiscalía cuando vio que era el mejor seguro de vida para que no lo mataran, y que algunas de las pruebas que tiene pondrán en aprietos a más de uno.