miércoles, 24 de septiembre de 2014

Aquí el subversivo es Uribe




Compasión, vergüenza ajena y náusea moral es lo que produce ver en el recinto sagrado de la democracia la recua de elegidos por arrastre –no por mérito propio- que acompaña al senador Álvaro Uribe a todas partes, como dóciles patitos siguiendo en patota todos los movimientos de la madre pata.

En toda agrupación política se debaten diferencias de opinión entre sus miembros, y es esa sana dialéctica del debate interno la que les da lustre y legitimidad a los partidos. Simón Gaviria, Juan Fernando Cristo y Piedad Córdoba, por ejemplo, representan tres tendencias claramente identificables dentro del Partido Liberal: derecha, centro e izquierda respectivamente. Pero, ¿qué pasará el día en que alguien de su bancada osare manifestar siquiera un mínimo desacuerdo con el senador Uribe? Respuesta de Perogrullo: aténgase a las consecuencias.

El disenso ante la majestad de “Yo, el supremo” es algo que nunca se verá dentro del engañosamente llamado Centro Democrático. Allí el único centro es el de la atención que el exmandatario demanda de todos sus áulicos, y no fue democrático ni para escoger su candidato a la Presidencia, aunque entendiendo de antemano el loable propósito que los animó a hacerle la encerrona a Francisco Santos en la convención, para evitar que pudieran caer más bajo.

La bancada del CD ha anunciado que para sacarse el clavo por la avalancha de acusaciones que llovió sobre Uribe (ni Mancuso se quedó por fuera), ahora ellos organizarán el debate de la “Farcpolítica”, con la intención de demostrar que los acusadores de su amo y señor son una partida de aliados de las FARC, en un amplio espectro que cobija por igual al senador Iván Cepeda, al presidente Juan Manuel Santos y a un medio “servil del terrorismo” como Canal Capital. Todos en la misma cochada.
 
Esto se traduce en que el expresidente Uribe pretende graduar de subversivo a todo aquel que difiera de su pensamiento, y en tal dirección le cabe todo derecho de armar un debate en el Congreso, para demostrar sus aseveraciones. Pero no sobra advertir la viga en el ojo, o lo que en sicología se conoce como el “mecanismo de proyección”, consistente en que el paciente se defiende atribuyendo a otras personas sus propios defectos o carencias.

Así como es un hecho inobjetable que su gobierno ha sido el más cuestionado desde lo jurídico y lo penal en toda la historia de Colombia, que sobre él se proyectan graves sombras como la de los ‘falsos positivos’ y que en ocasiones se rodeó de la peor gentuza (Jorge Noguera, Mauricio Santoyo, Flavio Buitrago o Salvador Arana, para solo mencionar reos), también es indudable que desde que desde que Santos anunció el inicio de conversaciones de paz con la más odiada némesis de Uribe, este emprendió una feroz campaña desestabilizadora, de claro tinte subversivo.

No basta ir muy lejos para comprobar que durante la anterior campaña el hacker Andrés Sepúlveda fue contratado para buscar información que pudiera afectar el proceso de paz, y el video donde este aparece con el candidato Óscar Iván Zuluaga lo muestra precisamente  rindiéndole cuentas de la misión asignada, bajo la consigna de que la mejor carta de triunfo electoral sería el fracaso de las conversaciones de La Habana, del mismo modo que el fracaso de El Caguán fue lo que catapultó a Uribe a la presidencia. Lo escandaloso en este caso es que las investigaciones adelantadas por la Fiscalía apuntan a lo que sería el entramado de una serie de organismos de inteligencia militares y policiales trabajando desde la sala Andrómeda y desde otras instancias, diríase que en forma coordinada, con el doble propósito de hacer fracasar el proceso de paz y propiciar el triunfo del candidato títere de Uribe.

Como dijera León Valencia en su última columna, el expresidente Uribe “no puede meterse en una cruzada para dividir a la Fuerza Pública estableciendo relaciones extrainstitucionales con sectores del Ejército y la Policía descontentos con el proceso de paz”. No puede, pero lo hace, y la explicación de su atrabiliario proceder la da el mismo Valencia cuando se refiere a que “abusa de su influencia, de su poder y del temor que suscita”, del mismo modo que el columnista Antonio Caballero considera “sorprendente y grave que nada de todo esto haya tenido consecuencias judiciales”.

En el debate del pasado miércoles 17 la senadora Paloma Valencia dijo en tono energúmeno que “los que militamos al lado del presidente (sic) Uribe no somos un grupo de criminales o de bandidos”. Eso puede ser cierto, pero no es el punto en discusión. En columnas anteriores me he referido a la Mano Negra como a “una organización clandestina de ultraderecha, compuesta por determinado número de miembros que se reúnen si la ocasión lo justifica pero evitan hacerlo, y realizan acciones acordes con su ideario ideológico y político”. Y si algún ‘éxito’ pudiera atribuírsele a esta organización, fue la consolidación territorial de los grupos paramilitares que sembraron por toda la geografía nacional, acordes con el propósito de frenar el accionar guerrillero y “refundar la patria”.  

Bienvenido pues el debate de la Farcpolítica, de modo que puedan ser acusados con pruebas y sin falsos carteles de testigos (como el que le montaron a Sigifredo López) los políticos que tengan algún tipo de vínculo con la guerrilla. Pero ante esta cacería de brujas que pretende reactivar la extrema derecha en acto de retaliación, conviene preguntarse si no será que quieren hacernos olvidar lo que se atrevió a afirmar la corajuda Claudia López en el debate de marras: que Uribe fue el primer paramilitar que “coronó la Presidencia”.


DE REMATE: Que el más lacayo de todo el combo, Pachito Santos, diga que “si llegan a ponerle un dedo a Uribe se incendia este país”, eso también es subversivo. Es un llamado a desestabilizar las instituciones en caso de que opere la justicia.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Soy capaz de confesar: mi mejor amigo es uribista




Una de las acusaciones más frecuentes que recibo en los comentarios a mis columnas es que destilan un odio irracional hacia el expresidente Álvaro Uribe, y eso me inhabilitaría para  criticarlo. Un cuñado que vive en Canadá se quejaba de mi “estilo agresivo”, y lo entiendo. Soy consciente de que esa impresión es legítima, pero la persistencia en el tema y el filo de la espada obedecen a que lo asumo como una misión ‘patriótica’, en cuanto a contribuir a que haya luz sobre dicho personaje y algún día se conozca la verdad. No mi verdad, sino la verdad histórica.

Lo que mucha gente no sabe –y hasta hoy he procurado mantener en secreto- es que mi mejor amigo es un uribista convencido y confeso, y estoy seguro de que si él creyera que lo que siento hacia Uribe es odio irracional, ya me habría retirado hasta el saludo. Él me escucha muy a menudo perorar al respecto, y muchos de los temas para mis columnas incluso surgen de encendidas pláticas con mi más apreciado y enconado rival político.

El amigo del que hablo es un habitante de Girón (Santander), miembro de una parentela de arraigada tradición católica, a la que las FARC estuvieron ‘visitando’ en la finca de su padre y ocho días después de la muerte de este llegaron hasta allá y se llevaron una camioneta de la familia. Se llama Julio César Duarte, alguna vez quiso ser concejal en representación de su Partido Conservador y aunque se ‘quemó’ en ese intento, no ha dejado de intervenir con ardentía en la política de su pueblo. Eso le alcanzó para ser nombrado secretario de Cultura en la alcaldía anterior, la del ‘Loco’ Luis Alberto Quintero, cargo que obtuvo porque –dicen los malpensados- escribió una carta al periódico El Gironés donde expresó su inconformidad con un artículo que criticaba al alcalde.

A este amigo le he escuchado hablar del tsunami de optimismo que comenzó a vivir el país a partir de la llegada de Uribe a la presidencia, de cómo sacó a la guerrilla de las carreteras y fue posible ir a la finca a cultivar y hacer empresa, sumado a que rescató de las garras del terrorismo a Ingrid Betancourt y a los norteamericanos secuestrados y a no sé cuántas personas más.

Yo le he concedido a mi buen amigo la razón en eso, sobre todo en que fue gracias a los golpes que les dio a las FARC que hoy están sentadas en La Habana conversando con el gobierno de Juan Manuel Santos.  Pero he tratado de hacerle ver que a la par con esos y otros éxitos comenzaron a aflorar escándalos como el nombramiento del coronel Mauricio Santoyo (miembro activo de la Oficina de Envigado) en la jefatura de Seguridad de la Presidencia, o el de Jorge Noguera en la dirección del DAS (hoy condenado a 25 años por homicidio), o el rosario de políticos y funcionarios suyos enviados a la cárcel o huyendo de la justicia, o la ignominia de los ‘falsos positivos’ a cuyos autores el exmandatario sigue considerando “héroes de la patria” y “perseguidos por la Fiscalía”. Es entonces cuando mi amigo sale con que “esos son temas muy arrechos, mano; dejemos que la justicia se pronuncie”. Y en eso también tendría razón, si no fuera porque hay tantas fuerzas oscuras tratando de torcerle el cuello a la justicia.

En ocasiones anteriores ha hablado de los “equivocados de buena fe” para referirme a aquellos uribistas que no son cómplices ni secuaces, sino personas confundidas por la aureola de santidad que le rodea. Y he advertido que son casi los mismos ingenuos que en 1998 votaron por Andrés Pastrana después de que lo vieron en una foto conversando con ‘Tirofijo', y confiaron en que votando por él Colombia comenzaría a vivir en paz. A eso le apostaron, y perdieron.

El meollo radica en que esos mismos que cuatro años después –llevados por la desesperación y el miedo- votaron convencidos de que Álvaro Uribe conduciría al país por la ruta adecuada, también se equivocaron. Entre esos está el amigo referido, cuyo uribismo –en tratándose de un hombre inteligente- atribuyo en parte a que él y su familia fueron víctimas de la guerrilla, y en parte a esa misma fe católica de la que Uribe hace gala y ostentación, aunque en su caso con el aleve propósito de obtener réditos políticos.

El tema religioso es decisivo pues, como le he insistido a mi buen amigo de Girón, desde el comienzo de su carrera Uribe puso especial celo en exhibirse como un fervoroso católico mediante prácticas como el rosario (que hizo rezar a todo su gabinete tras el rotundo éxito de la ingeniosa Operación Jaque) o su devoción al hermano Marianito, y el resultado fue que durante su gobierno había personas que se ofendían si alguien osaba siquiera criticar a su amado presidente, a quien le profesaban una auténtica veneración, como la que se le tiene al Dios supremo en toda congregación religiosa.

Pero ‘don Julito’ –como acostumbro decirle- no se ofende cuando así me expreso, y la primera vez que escuchó de mis labios eso de que “los católicos creen en lo que no ven y los uribistas no creen en lo que ven”, se iba desternillando de la risa. Esa paciencia de franciscano de la que hace gala me ha servido inclusive para tirarle algunas líneas de agnosticismo, y ante la falta de réplica que recibo, me parece que quizá el mensaje pudiera estar calando.

Sea como fuere, aquí se cumple el precepto de Anthony Bourdain: “No tengo que estar de acuerdo contigo para quererte o respetarte”. Los amigos son los hermanos que uno escoge, y es por eso que uno es capaz hasta de perdonarles a algunos su irresponsable uribismo.


DE REMATE: Con Uribe ocurrió que muchos creyeron ver luz al final del túnel, pero fue como cuando “inauguró” el túnel de La Línea el lunes 4 de agosto de 2008. En un evento propagandístico transmitido por radio y TV anunció que se daban por terminados “70 años de proyectos e ideas en torno al megaproyecto que modernizará las carreteras en el país”. Pues ver para creer: la obra sigue embolatada, esta es la hora en que tampoco vemos luz al final de ese túnel. Y aunque sí la estamos viendo en torno al tema de la paz, también lo vemos a él tratando con porfía de regresar el país a los días de la oscuridad.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¿Es el hacker Sepúlveda un charlatán?



Un hecho político que pasó desapercibido en días pasados fue la coincidencia de opiniones entre tres mujeres que mueven la opinión pública –Claudia López desde la izquierda, María Isabel Rueda desde la derecha y Paloma Valencia desde la extrema derecha- en torno al hacker Andrés Fernando Sepúlveda, a quien las dos primeras definieron como “un charlatán”.

Que así se exprese la columnista conservadora es apenas comprensible, pues ella se ciñe al libreto uribista (ver meme adjunto), por ejemplo cuando dice que “Sepúlveda resultó ser un charlatán incluso en su reprobable misión de difamar”, o que “ojalá no se siga en esta peligrosa senda de montar libretos para criminalizar a la oposición”. Pero sorprende –casi hasta el escándalo- escuchar a la senadora López acompañada de la ultragoda Paloma Valencia en La Noche de RCN decir esto: “resulta escalofriante para la democracia colombiana que los medios, la Fiscalía y toda la opinión pública estén girando en torno a un charlatán de pésima categoría”.


Charlatán es sinónimo de mentiroso, y eso haría pensar que quienes le hemos dado credibilidad a lo que contó Sepúlveda a Semana y a La FM somos una partida de ingenuos o tontos de capirote, pues –al contrario de la muy sagaz e iluminada Claudia López- fuimos engañados en nuestra buena fe por un personaje fantasioso o mitómano, al que la Fiscalía en contubernio con el gobierno de Juan Manuel Santos le habría dado un libreto para hundir al Centro Democrático.

Lo sorprendente es ver cómo Claudia López descarga todo el peso de la culpa sobre el hacker y exonera de responsabilidad a la campaña de Óscar Iván Zuluaga, a quien ve como otro ingenuo que “le comió el cuento”. ¿Cree acaso la senadora de Alianza Verde que las pruebas que anunció o ya presentó Sepúlveda son pura patraña? ¿O es que el hombre se cree un Supermán capaz incluso de engañar a un polígrafo, al que dijo estar dispuesto a someterse? ¿Y los cuatro intentos que le habrían hecho de matarlo para silenciarlo son entonces un montaje de la Fiscalía, como dice Óscar Iván Zuluaga del video donde se ve al hacker suministrándole información de Inteligencia Militar sobre el proceso de Paz en La Habana, lo cual según este era el tema que se le había asignado?

"El testimonio del hacker al único que incrimina es a él mismo, con los demás no hay posibilidad", dice la brillante investigadora y excolumnista a quien siempre he admirado, al punto de haberle dedicado el 9 de mayo pasado una columna donde pregunté “¿qué pasaría si renuncia Peñalosa y lo remplaza Claudia?” Pero esta vez no le creo, porque pareciera que se le fueron las luces al aparecer sirviendo de idiota útil a la causa uribista. Prefiero más bien creerle a Julio Sánchez Cristo cuando en entrevista a Zuluaga dijo que el presidente Juan Manuel Santos no se habría arriesgado a decir que estamos ante una “empresa criminal”, si no hubiera sido porque fue debidamente ‘dateado’ en torno a las pruebas que habría entregado el hacker a la Fiscalía.

Contrario a lo que piensa la muy valiente y corajuda Claudia López, por quien habría votado al Senado si no fuera porque voté liberal, me atrevo a pronosticar que se avecina un remezón que permitirá identificar parte de esas fuerzas oscuras que de un tiempo para acá le han venido colaborando tras bambalinas al proyecto político engañosamente conocido como Centro Democrático. “Habrá llanto y crujir de dientes”, mejor dicho.

Andrés Fernando Sepúlveda afirma haber sido puesto en la tarea de obtener información que permitiera acabar con el proceso de paz, y todo lo que confiesa o revela lo expresa con mucha propiedad, y parece tener pruebas que sustentan sus aseveraciones. Diríase que en la campaña electoral estuvo precisamente al servicio de esa misión desestabilizadora, como lo fue también (desestabilizadora) la revelación que hizo Álvaro Uribe en su cuenta de Twitter de las coordenadas del lugar donde el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) facilitaría el traslado de un miembro de las Farc a Cuba, con base en información que le habría suministrado el entonces jefe del Comando Conjunto de Operaciones del Ejército, general Javier Rey, si es que hemos de creerle al hacker.

En mi columna anterior dije que “es mucha la tela que falta por cortar, pero lo interesante de las declaraciones de Andrés Sepúlveda es que permiten distinguir con relativa nitidez las huellas que durante la pasada campaña electoral fueron dejando los dedos de una especie de Mano Negra puesta al servicio del proyecto de ultraderecha encarnado en la ‘majestad’ del expresidente Álvaro Uribe”. Con base en los últimos acontecimientos, me sostengo en lo dicho.

DE REMATE: Coincido con Mauricio Vargas en que el hacker español Rafael Revert pudo ser un infiltrado -él sí- de la Fiscalía o del gobierno en la campaña de Óscar Iván Zuluaga. Pero tengo la  nítida impresión de que Andrés Sepúlveda no es ningún charlatán, que decidió colaborar con la Fiscalía cuando vio que era el mejor seguro de vida para que no lo mataran, y que algunas de las pruebas que tiene pondrán en aprietos a más de uno. 

miércoles, 27 de agosto de 2014

El hacker y el destape de la Mano Negra




La tormenta mediática y política que se desató con las explosivas confesiones del hacker Andrés Felipe Sepúlveda a la revista Semana constituye quizá la más fuerte estocada que ha recibido la credibilidad de Álvaro Uribe y su proyecto político, engañosamente conocido como Centro Democrático. La diferencia con anteriores acusaciones o señalamientos era que provenían de opositores suyos o de paramilitares que se sintieron engañados, mientras que ahora salen de la boca de alguien que era “más uribista que Uribe”, pero un día descubre que lo quieren matar porque sabe demasiado.

En Colombia mucho se ha hablado de la Mano Negra como de una muy poderosa organización clandestina de extrema derecha que actúa coordinada en la realización de sus planes o atentados, y la noticia positiva es que nunca antes se había llegado tan cerca de los tentáculos que parecieran conducir no solo a su destape, sino a la posible judicialización de algunos de sus miembros.

La Mano Negra (si es que en efecto se trata de la Mano Negra) quiso actuar de modo rápido y ‘quirúrgico’ eliminando al hacker, pero la Fiscalía logró evitar los cuatro intentos que le hicieron de llegar a él, y fue entonces cuando comprendió quiénes son los que quieren matarlo y por qué su mejor seguro de vida era revelar lo que sabe, antes de que fuera demasiado tarde. Como le dijo Sepúlveda a La FM, “ellos sin quererlo me volvieron una pieza clave, porque soy de las pocas personas en este país que puede desvertebrar esa estructura criminal que existía”. Y cuando Vicky Dávila le pregunta si hay alguien en particular que quiera verlo muerto, responde que sí, y que “empieza por U”. Y cuando Juan Carlos Giraldo le inquiere si esa U es el apellido o el nombre”, así responde: “el apellido”.

Sepúlveda ha anunciado que “hay pruebas de todo”, y eso haría pensar que el golpe podría ser demoledor. Pero en la misma medida el país debería prepararse para lo que podría ser una respuesta demoledora –un magnicidio, por ejemplo- que actúe como mecanismo distractor tanto de la gravedad de las acusaciones como de la ‘jerarquía’ de los implicados.

Lo más llamativo de las coherentes confesiones del hacker es que develan un entramado de acciones y planes en el que habrían participado el procurador Alejandro Ordóñez, la contralora Sandra Morelli, el expresidente Uribe, Óscar Iván Zuluaga y su hijo David, el ‘director espiritual’ Luis Alfonso Hoyos, María Fernanda Cabal, José Obdulio Gaviria, los generales Javier Rey y Rito Alejo del Río, altos mandos militares “activos”, Jaime Restrepo (el mismo que retó a Iván Cepeda a batirse en duelo), la Dirección Nacional de Inteligencia… y faltan datos de otros municipios. ¿Y cuál era el propósito común que reunía a tan abigarrado ramillete de celebridades? Algo que Sepúlveda tuvo claro desde el principio, por las instrucciones que recibió: “No al proceso de paz”.

En este contexto no deja de ser llamativa la mención al general Rito Alejo del Río, a quien algún analista comparó con el perejil, porque está en todas las recetas. Es sorprendente que mientras paga condena por sus vínculos con el paramilitarismo de Urabá y se le relaciona con sonados casos como los asesinatos de Álvaro Gómez Hurtado o Jaime Garzón, reaparece a la cabeza de un grupo de oficiales del Ejército cuya consigna era “una respuesta a una posible firma del proceso de paz, y la respuesta era la creación de un grupo armado ilegal”.

El mismísimo presidente Juan Manuel Santos en más de una ocasión ha hablado de la Mano Negra, y tras el descubrimiento de la sala Andrómeda dijo que “fuerzas oscuras están detrás”, y lo que reveló el hacker le concede plena validez a las palabras del mandatario. Son precisamente fuerzas oscuras las que siempre han confluido en la conformación y accionar de los grupos paramilitares sembrados por toda la geografía nacional, y a ellas se refirió Carlos Castaño en su libro Mi confesión, donde habló de un Grupo de Notables que lo asesoraba y le daba instrucciones: “al grupo de los seis ubíquelo durante un espacio muy largo de la historia nacional, como hombres al nivel de la más alta sociedad colombiana”.

Castaño no reveló nombres, pero sí Diego Fernando Murillo, alias ‘Don Berna’: en versión libre ante fiscales de la Unidad Nacional de Justicia y Paz señaló a Pedro Juan Moreno Villa, exsecretario de Gobierno de Álvaro Uribe en la Gobernación de Antioquia, como uno de los integrantes del Grupo de Notables que asesoraba a Castaño, y quien tras distanciarse de su exjefe sacó la revista ‘La otra verdad’, hasta que un lamentable accidente en 2006 a bordo de un helicóptero le impidió revelar nuevas verdades. ¿Murió acaso porque ‘sabía demasiado’? Averígüelo Vargas…

Ya no está Moreno pero sigue vivo un personaje como el general Rito Alejo, a quien ahora vemos hablando de enfrentar la eventual firma del proceso de paz con un grupo armado ilegal, y lo que allí se aprecia es la recurrencia al mismo modus operandi que tan importantes frutos les ha arrojado a todos los que desde tiempo atrás vienen trabajando unidos –y coordinados- en el proyecto de “refundar la patria”.

Es mucha la tela que aún falta por cortar, pero lo interesante de las declaraciones de Andrés Sepúlveda es que permiten distinguir con relativa nitidez las huellas que durante la pasada campaña electoral fueron dejando los dedos de esa Mano Negra puesta al servicio del proyecto de ultraderecha encarnado en la ‘majestad’ del expresidente Álvaro Uribe.


DE REMATE: ¿Seguirá ‘Pachito’ Santos empecinado en negar el espionaje que le montaron desde la campaña de Óscar Iván Zuluaga, a sabiendas de las pruebas que vienen en camino? ¿Será que se puede llegar más bajo en carencia de dignidad y amor propio?

viernes, 22 de agosto de 2014

Breve tratado moral sobre el asesinato terapéutico




La revista Semana reveló en días recientes una conversación telefónica donde dos hombres se ponen de acuerdo para darle muerte al hacker Andrés Felipe Sepúlveda dentro de la cárcel La Picota, mediante la programación de una visita femenina que lo hiciera salir de la celda donde se hallaba. Es asombrosa la frialdad con que planeaban el asesinato, a tal punto que el hombre que parece dirigir la operación manifiesta no tener inconveniente en “hacerle” con la dama acompañada de una niña. Pero del asombro se pasa al escándalo cuando al final este invoca a Dios, quizá porque al invocarlo encuentra una justificación moral al asesinato que planean: “bueno mi niño, mi Dios me lo bendiga”. (Audio 2)

Es la frialdad del que mata convencido de que lo hace por una buena causa, y que para el caso en mención sería –hemos de suponer- “por el bien de la Patria”. El hacker Sepúlveda es un hombre que al parecer sabe demasiado, y la pregunta del millón es la que con tacto diplomático plantea Semana en el artículo citado: ¿Quién quiere matar al hacker? El quién parecería evidente, pero igual dicen que no conviene mencionar a Watergate delante de Nixon.

Matar a otro por una buena causa no es nada nuevo, pues es el sustento de las guerras entre religiones o entre naciones desde el principio de la humanidad, donde actuar por un sentimiento patriótico o en representación de un Dios airado brinda patente de corso a ejércitos, legiones o comandos (según sea la ocasión) para hacer y deshacer. Incluso hasta el horror, como fue por ejemplo el intento de exterminio de Adolfo Hitler sobre el pueblo judío. La ‘buena causa’ consistía en que los judíos debían ser exterminados de la faz del planeta, y punto.

Pero no hay que ir tan lejos en la historia para descubrir que eso de matar por una buena causa se sigue aplicando, y en Colombia tenemos un ejemplo –también horroroso- de hace apenas algunos años: los mal llamado ‘falsos positivos’. Las vidas de esas más de cuatro mil víctimas inocentes se convirtieron en simples instrumentos de propaganda al servicio de una causa, la de exterminar a la guerrilla de las Farc en nombre de una doctrina de clara inspiración fascista, la de la Seguridad Democrática. Una cifra por cierto bastante superior a la de muertos y desaparecidos durante la dictadura de Augusto Pinochet en Chile, que rondó los tres mil.

Durante buena parte del gobierno de Álvaro Uribe ocurrió que cada cadáver era expuesto como el de otro guerrillero muerto, y así la cifra de ‘positivos’ aumentaba a un ritmo vertiginoso y se incentivaba la moral del guerrero con “ríos de sangre”, que era lo que les pedía a las tropas (y conseguía) su comandante el general Mario Montoya, quien debió abandonar el cargo cuando su jefe directo el entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, descubrió el sistemático genocidio y tuvo el coraje de destaparlo y adoptar las medidas correctivas pertinentes.

En este contexto ¿cómo entender que alguien como el procurador Alejandro Ordóñez, quien se proclama defensor de la vida –una misión en apariencia noble-, es partidario de conceder beneficios judiciales a los autores de los ‘falsos positivos’ mediante la calificación de estos delitos no como de lesa humanidad, sino como “crímenes de guerra”? ¿Por qué cárcel para la mujer violada que no quiso darle residencia en su cuerpo al embrión que le engendraron con violencia, pero sí trato jurídico preferente para los soldados y oficiales que asesinaron a sangre fría a miles de inocentes?

Para Ordóñez toda forma de aborto es un asesinato, incluido el aborto terapéutico –o sea el que contribuye a salvar la vida de la madre-, pero pareciera que a los falsos positivos les concede la categoría de asesinatos terapéuticos, en cuanto a que habrían tenido la misión de contribuir a una causa en apariencia justa como la erradicación del terrorismo comunista, así para ello hayan recurrido a la práctica terrorista (solo que derechista) de matar a miles de justos para hacerlos pasar por pecadores.

En el escenario de esa cosmovisión autoritaria y muy cercana en lo religioso al franquismo, el intento –hasta ahora frustrado- de asesinato de Andrés Sepúlveda adquiere esa categoría ídem de noble y terapéutico, pues contribuiría a evitar que se conozca cómo ciertos sujetos estrechamente ligados a organismos de inteligencia militar habrían actuado durante la anterior campaña electoral ‘por el bien de la patria’, o sea tratando de propiciar el regreso de Álvaro Uribe al poder en la figura interpuesta de Óscar Iván Zuluaga y luchando secretamente para impedir la reelección de Juan Manuel Santos, como expuse en otra columna. Ello explicaría entonces los porfiados intentos del procurador Ordóñez para bloquear el proceso que la Fiscalía adelanta en torno al hacker (ver informe de Noticias Uno), y que promete brindar más de una sorpresa.

Si de sorpresas se ha de hablar, también podría arrojarlas la investigación de la Fiscalía por el homicidio en la persona de Jaime Garzón, donde la captura del coronel Jorge Eliécer Plazas sería el eslabón que le faltaba a la cadena para unir en aparente causa común a las AUC comandadas por Carlos Castaño, la banda La Terraza de Medellín, el exasesor de inteligencia y subdirector del DAS José Miguel Narváez (nombrado por Uribe), el coronel Plazas ya citado, el general Rito Alejo del Río y… y de ahí para arriba amanecerá y veremos, como dijo Nixon.

¿Y de qué tipo de sorpresas estaríamos hablando? Bueno, que por ejemplo se llegara a concluir que el de Jaime Garzón fue otro asesinato terapéutico…

DE REMATE: Al cierre de esta columna se supo que “el director del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC) ya no será más el brigadier general de la Policía, Saúl Torres Mojica”. La información de Semana.com agrega que “el oficial se vio envuelto en una difícil situación cuando salió a desmentir la existencia de un plan para asesinar al hacker Andrés Sepúlveda en el interior de la cárcel La Picota, pese a que el fiscal general, Eduardo Montealegre, aseguró lo contrario”. Sin más comentarios.

jueves, 14 de agosto de 2014

¿Por qué asesinar a un humorista?




La explicación más trillada del motivo por el cual Carlos Castaño dio la orden de matar a Jaime Garzón apunta a que los interesados en acabar con el humorista convencieron al jefe paramilitar de que se estaba lucrando con sus mediaciones para liberar a secuestrados de las Farc, y en tal medida era miembro o al menos cómplice de ese grupo terrorista.

Esa antes que una explicación sería la justificación, pues detrás de esta podría haber al menos otras dos explicaciones, una de las cuales sugiere que miembros del alto mando del Ejército habrían cobrado una deuda de honor con sangre. Muchos oficiales se sentían semanalmente ofendidos con la interpretación de chafarote que Jaime hacía ‘desde el Quemando Central’, y en alguna ocasión le escuché privadamente a un coronel decir que “el problema de Garzón es que dispara para todo lado”.

Es sabido que el que sí expresó más de una vez ese malestar –en público y en privado- fue el entonces comandante del Ejército, general Jorge Enrique Mora, de quien Garzón aseguró ser víctima de hostigamientos y al que intentó ver infructuosamente cuando supo que se había puesto en marcha el operativo para acabar con su vida. Al que sí pudo ver fue al general Rito Alejo del Río, comandante de la Brigada XIII del Ejército y superior directo del coronel Jorge Eliécer Plazas, el mismo a quien se acusa de haber entregado a los sicarios la información de inteligencia requerida para ubicar y matar a Garzón al día siguiente. En este contexto, las averiguaciones que viene haciendo la Fiscalía indicarían que a Garzón lo mataron paramilitares en asocio con militares del más alto nivel.

Hay quienes se ilusionan creyendo que la captura del coronel puede ser el eslabón que faltaba para completar la cadena que permita llegar a los autores intelectuales y lograr que por fin se haga justicia. Pero la información publicada por El Tiempo este 10 de agosto hace hundir en el pesimismo al más entusiasta optimista, pues “Plazas hizo saber que quiere decir la verdad sobre el crimen de Garzón y el de Álvaro Gómez Hurtado”; sólo que “su verdad puede terminar desviando de nuevo el proceso”, pues por boca del abogado defensor Édgar Torres se ha sabido que “va a decir la verdad y pide que le crean. Va a señalar gente, lo que puede poner en riesgo su vida, pero no a generales, y menos a Rito Alejo”.

¿Y quién es ese señor Torres que hace tan ‘esperanzador’ anuncio y se refiere al general confianzudamente como “Rito Alejo”? Pues nada más y nada menos que el abogado de ambos, del coronel acusado y del general llamado como testigo por la Fiscalía. Así las cosas, este abogado ‘coincidente’ es evidencia crasa de que se busca unificar las versiones de los dos oficiales involucrados, y a eso mismo atribuyen que José Miguel Narváez, exsubdirector del DAS nombrado ahí por Álvaro Uribe y exasesor de inteligencia del Ejército –procesado por el mismo crimen– esté pidiendo el expediente de Plazas. ¿Es esto ética y jurídicamente permisible? Averígüelo Vargas…

Pero decía arriba que detrás del porqué del asesinato de Jaime Garzón puede haber más de una explicación, y faltaba una tercera: unos días antes de caer bajo las balas asesinas le contó a su amigo Fernando Brito, asesor de paz de la gobernación de Cundinamarca y antiguo director del DAS, que había descubierto que policías y militares les vendían secuestrados a las Farc. Se dirá que esto es hilar delgado, pero no sobra recordar que el coronel Jorge Eliécer Plazas precisamente fue llamado a juicio y condenado a 40 años de cárcel por el secuestro y asesinato en cautiverio del industrial israelí Bejamín Khoudari, pero estaba libre porque se había ‘fugado’ en 2003 de las instalaciones de la Escuela de Artillería en Bogotá, como sale Pedro de su casa.

Otro motivo por el cual las señales que se perciben invitan al pesimismo, radica en que ya son siete los testigos clave que han sido asesinados: Juan Simón Quintero Baena, detective del DAS; alias ‘Yiyo’, integrante de la temida banda ‘la Terraza’ (el que disparó contra Garzón o manejaba la moto); Ángel Gaitán Mahecha, narcotraficante cercano a Carlos Castaño; Robinson Ramírez Peña, alias ‘Chulo’, exguerrillero de las Farc; Luis Guillermo Velásquez, alias ‘Memo’, quien alcanzó a reunirse con detectives del DAS antes de ser asesinado; Rafael Antonio Moreno Moreno, quien dijo conocer un plan para asesinar a los sicarios que asesinaron a Garzón, y también fue asesinado; y Edward Jaír Medina Gallego, miembro clave de la logística para cometer el atentado.

¿Significa este rosario de ejecuciones que la vida del coronel Plazas corre inminente peligro? Sí y no. Sí porque sin duda es un hombre que ‘sabe demasiado’, y no porque con las declaraciones de su abogado ha brindado claridad prístina en que acatará la ley del silencio que los congrega en la misma causa. Sea como fuere, no estaría de más recomendarle que por razones de salud evitara subirse a un helicóptero.


DE REMATE: Aún falta saber en qué  medida nuestro glorioso Ejército Nacional estará ‘rodeando’ al general Rito Alejo del Río y al coronel Jorge Eliécer Plazas frente al juicio por el asesinato de Jaime Garzón, para tratar de dilucidar qué tan baja es la posibilidad de que esta vez sí se haga justicia, o qué tan alta es que nuevamente reine la más oscura e ignominiosa impunidad.


martes, 5 de agosto de 2014

Historia de tres patos que en patota metieron la pata

¿Qué tienen en común el asesinato de Jaime Garzón y el escándalo que se desató tras la captura del hacker Andrés Sepúlveda, el mismo que fue grabado por su colega español Rafael Revert en comprometedora reunión con el entonces candidato del uribismo a la presidencia, Óscar Iván Zuluaga? La respuesta cabe en dos palabras: Inteligencia Militar. Dos hechos recientes atraen la atención sobre ambos casos, por eso que llaman ‘modus operandi’.

En el caso de Jaime Garzón las averiguaciones hasta ahora adelantadas permitirían concluir que se trató de un operativo de inteligencia militar con amplias ramificaciones, en un escenario donde nada parece contradecir al hermano de este, Alfredo Garzón, cuando asumió plena responsabilidad para decirle al programa Los Informantes de Caracol que el crimen se tejió desde el alto mando militar.

Todo indica que el recién capturado coronel Jorge Eliécer Plazas Acevedo, quien manejaba el alias de ‘don Diego’ y dirigía la Brigada XIII de Inteligencia Militar, desde un año antes de la muerte de Jaime Garzón escuchaba todas sus llamadas y le pasó algunas grabaciones a José Miguel Narváez, asesor de inteligencia del Ejército que le dictaba a la cúpula de las AUC unas conferencias tituladas ‘Por qué es lícito matar comunistas’, y es Narváez quien le entrega a Carlos Castaño la información que habría de justificar el asesinato del comunicador. ¿Hubo alguien en la cadena de mando del Ejército que por encima de Plazas y Narváez dio órdenes en tal sentido? Si hemos de creerle al bien informado hermano de Jaime Garzón, sí.

Como dato llamativo, dos días antes de su muerte Garzón se entera de que Castaño ha dado dado la orden de matarlo, y le habla al ministro de Defensa Rafael Pardo para que intervenga ante el alto mando militar; luego busca una cita (infructuosa) con el comandante del Ejército, general Jorge Enrique Mora, pero consigue hablar con el general Rito Alejo del Río, comandante de la Brigada XIII del Ejército donde trabajaba bajo su mando directo el coronel Jorge Plazas, el mismo que les habría entregado a los sicarios llegados de Medellín la información de inteligencia requerida para asesinarlo al día siguiente. Como quien dice que Garzón ya sabía por dónde iba el agua al molino, pero no pudo detener su caudal.

En el caso del hacker Andrés Sepúlveda, un artículo de Semana en su última edición prendió las alarmas en torno a lo que sería un entramado de complicidad que involucraría a los principales organismos de inteligencia militar del Ejército, sumado a que la revista devela un plan para asesinar a Sepúlveda, con dos audios que constituyen poderosa evidencia. Según la revista, “Sepúlveda es clave para terminar de armar un complejo rompecabezas de personajes que parecían aislados pero que en realidad tienen múltiples vasos comunicantes, y que han llevado a las autoridades a pensar en una conspiración de gran calado”. La hipótesis que desarrolla la Fiscalía apuntaría a que las interceptaciones de Sepúlveda, la fachada de inteligencia militar de la sala Andrómeda descubierta en Galerías, y el cierre de la ‘sala gris’ de la Central de Inteligencia Militar (CIME) del Ejército unos días antes, serían temas interconectados.

En columna para Semana.com publicada al día siguiente de la primera vuelta electoral que ganó Óscar Iván Zuluaga, dije que “la pregunta de fondo es si Andrés Sepúlveda es o no un agente de inteligencia militar, en consideración básicamente a que si el animal tiene alas de pato, camina como pato y grazna como pato… es un pato”. Unos días después de la captura de Sepúlveda se supo de otro hacker, Carlos Escobar, con quien el detenido trabajó en llave y tenía el mismo perfil cien por ciento uribista (“le manejo la cuenta a Álvaro Uribe Vélez”, “le hacemos seguimientos a guerrilleros”), y le dijo a Las2orillas que manejaba la página alvarouribesenador.com, algo que Uribe nunca desmintió.

Pero faltaba un  tercer hacker, Yesid González Arango, conocido con el alias de ‘Bambino’ y a quien Sepúlveda luego de su captura relacionó como uno de los contactos que tenía en la sala Andrómeda. Y resultó que este último trabajaba en el comando de las Fuerzas Militares, como le reconoció a Blu Radio el propio comandante de la FAC, general Guillermo León. Motivo por el cual se podría concluir que si ya no son uno sino tres los que en patota caminan como patos, graznan  como patos y tienes alas de pato, es porque son patos…

En el entramado que muestra Semana, el hilo conductor parecería ser el general Mauricio Forero, director de la CIME. Pero no se trata de repetir aquí ese artículo, sino de hacer ver que cuando uno de los miembros de la patota es tomado preso se convierte de inmediato en patito feo, porque ‘sabe demasiado’, y es entonces cuando aparecen unas grabaciones que no dejan duda sobre un plan para asesinar a Sepúlveda dentro de La Picota. Mientras tanto, desde otro frente el procurador Alejandro Ordóñez ponía su granito de arena tratando de bloquearle el proceso a la Fiscalía con leguleyadas, según reveló Noticias Uno este domingo 3 de agosto.

En la columna citada dije también que en ese contexto de relaciones ‘pecaminosas’ entre Ejército y espías cabría otra pregunta, y es si Andrés Sepúlveda pudo haber sido el vaso comunicante de Inteligencia Militar con la campaña de Óscar Iván Zuluaga. Yendo más lejos, me atreví a aventurar si no sería que durante la campaña electoral los aparatos de inteligencia de las Fuerzas Militares estuvieron dedicados a espiar y hostigar la campaña a la reelección de Juan Manuel Santos, en una especie de activa colaboración camuflada con el candidato de Álvaro Uribe, quien en sus ocho años de gobierno impulsó una política de Seguridad Democrática, de claro corte militarista. Modestia aparte, la investigación revelada por Semana parece concederme la razón en cada una de las hipótesis que formulé.

Volviendo a la investigación por el crimen de Jaime Garzón, este fue asesinado el 13 de agosto de 1999, cuatro meses antes de que Álvaro Uribe le rindiera al general Rito Alejo del Río un suntuoso homenaje de desagravio en el Hotel Tequendama (29 de abril), pese a que ya eran vox populi sus vínculos con el paramilitarismo y a que por eso mismo la embajada de Estados Unidos le había retirado la visa.

Verdadabierta.com cuenta que el paramilitar Jesús Emiro Pereira Rivera, alias ‘Alfonso’, dijo en versión libre ante Justicia y Paz que el general le había ayudado a llegar a Bogotá, a donde los Castaño lo mandaron en 1998. Según Pereira, el general Rito Alejo del Río lo recomendó con el coronel Jorge Eliécer Plazas, jefe de inteligencia de la Brigada XIII del Ejército con sede en Bogotá. “Fue Rito quien nos recomendó al coronel Plazas; cómo éramos nuevos en Bogotá, Rito Alejo me presentó”.

Y entonces, uno se pregunta: ¿conocía el general del Río los planes de su subordinado el coronel Plazas para asesinar a Jaime Garzón? Y aquí entre nos (o mejor, entre ellos), ¿le habría comentado del asunto a su gran amigo el exgobernador de Antioquia y futuro presidente? Porque es que, hasta donde llega nuestra información, los tres hacían parte de la misma patota…

DE REMATE: El general Rito Alejo del Río y el coronel Jorge Plazas también aparecen involucrados por testigos en el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, pero esto será tema de otra patota. Eh, que digo: de otra columna.