viernes, 23 de julio de 2010

Urge el voto obligatorio



Parecen sanas las intenciones que abriga el proyecto de Unidad Nacional de Juan Manuel Santos, y los nombramientos que hasta ahora ha hecho apuntan en esa dirección. En particular el del ministerio de Agricultura para Juan Camilo Restrepo, acérrimo opositor del programa Agro Ingreso Seguro que tanto defiende Álvaro Uribe. Ahora bien, a riesgo de que se nos tome de aguafiestas, no se puede desconocer que tan ambiciosa empresa política no las tiene todas consigue en cuanto a representatividad, como matemáticamente se deja probar:

http://www.semana.com/noticias-opinion-on-line/urge-voto-obligatorio/142173.aspx

De acuerdo con el último Censo Electoral, 29’530.415 es el número de colombianos aptos para votar, y 9’004.221 fueron las personas que depositaron su voto por el candidato que, hoy elegido, pretende armonizar con todos los sectores. Esos nueve millones y piquito de votos corresponden a la más alta votación que hasta ahora ha habido por candidato alguno en Colombia, es cierto. Pero si miramos el otro lado de la moneda, encontramos que esa cifra corresponde a sólo el 30,5 por ciento de votantes potenciales. Esto significa que 20’526.194 ciudadanos –y ciudadanas, para no pecar de machistas- habilitados (y habilitadas, uf…) para ejercer su derecho al sufragio no votaron por Juan Manuel Santos, o se abstuvieron de hacerlo por cualquier candidato. El 69,5 por ciento del censo electoral, para ser exactos.

Este porcentaje cobija al 51 por ciento de personas que religiosamente en cada elección practican el abstencionismo: esa masa de ciudadanos indolentes para quienes no votar constituye una auténtica virtud, porque sencillamente no les interesa la política. Lo cual en realidad es una auténtica idiotez, como ya dijimos en columna anterior, donde juzgábamos a los abstencionistas como los verdaderos idiotas útiles de la corrupción reinante.

El meollo de la discusión radica entonces en que los abstencionistas constituyen la primera fuerza política del país, en una proporción de la mitad más uno contra los que sí votamos. Ellos siembran la semilla de la ilegitimidad en cada voto que no se deja contar a favor –o en contra- de alguien o de algo, porque incluso les da pereza decidirse por el voto en blanco, que tanto recomendó Saramago en su Ensayo sobre la lucidez. Pero no les importa, quizá porque son mayoría.

Es aquí donde la solución podría consistir en imponer el voto obligatorio, algo que visto en esos términos suena antidemocrático, pero que se suaviza al ver que se trata simple y llanamente de derrotar la abstención por decreto. Una democracia es más actuante cuando se sustenta en la libertad del individuo para votar o abstenerse de hacerlo, es cierto, pero la nuestra es una democracia imperfecta (imperfectísima, para perfeccionar la idea), en la que la abstención es patente de corso para los que alegan no sentirse representados por políticos elegidos con menos de la mitad de los votos potenciales.

El voto obligatorio terminaría por taparles la boca a los violentos, porque sólo así se sabría a ciencia cierta qué es lo que la mayoría quiere, y “cuando el pueblo habla, hasta Dios calla”. Si los ciudadanos tienen el deber de pagar impuestos, también deberían tenerlo para votar y expresar su real voluntad y su real elección. Un voto obligatorio no a perpetuidad, sino hasta que se consoliden formas de participación política más representativas y atractivas para el grueso de la población.

Hay quienes dicen que el voto obligatorio nunca será aprobado, porque la aprobación tendría que provenir precisamente de los políticos a quienes no les conviene, en la medida en que sus votos están ‘amarrados’ a prácticas clientelistas que desaparecerían si se expresaran las verdaderas mayorías, no las que resultan de una tercera parte de los votantes. El único gobernante que en los últimos 20 años se atrevió a proponerlo fue Horacio Serpa Uribe, siendo el ministro de Gobierno de Ernesto Samper, cuando dijo que “el Ejecutivo es partidario de analizar más a fondo la posibilidad de instaurar en Colombia el voto obligatorio”, y agregó que “no operaría como una estrategia coercitiva para que los ciudadanos participen más de los debates electorales, sino como una forma pedagógica y temporal de adentrarnos en la cultura de la participación”.

En su momento, políticos como él –aunque con menos votos que Serpa- rechazaron la idea con planteamientos como que “la propuesta es irrelevante” (Luis Guillermo Giraldo), “resulta improcedente establecer obligaciones de imposible cumplimiento” (Enrique Gómez Hurtado), o “la abstención es una forma de protesta que no es necesario eliminar” (Carlos Corssi Otálora).

De cualquier modo, si yo fuera Juan Manuel Santos no esperaría a que los Verdes se me adelantaran a proponer el voto obligatorio, en parte por aquello de que “el que pega primero pega dos veces”, pero sobre todo porque la única manera de llevar a buen puerto el proyecto de Unidad Nacional es contando con las mayorías reales, no con las ficticias.

Si en su condición de cerebral jugador de póker Santos decidiera correr el riesgo de apostar sus restos en una elección con voto obligatorio (por ejemplo para la que viene de alcaldes y gobernadores), y al final de la jornada resultara que más de la mitad más uno de los colombianos aprobó su gestión al respaldar sus candidatos, tendría el camino abierto para hacerse reelegir sin que tener que recurrir a prácticas que –si la fe no nos abandona- podrían estar condenadas a desaparecer, como la de coger la Constitución a las patadas para hacer colar determinado articulito.

Por todo lo anterior, urge el voto obligatorio.

jorgegomezpinilla@yahoo.es

lunes, 5 de julio de 2010

Uribe y los bogotanos

Es tan cierto que Álvaro Uribe se lanzará a la Alcaldía de Bogotá apenas deje la Presidencia, como también lo es que no la tiene del todo asegurada. Hay personas que creen lo contrario, entre ellas el oscuro (porque viste de negro, ojo) J.J. Rendón, quien dijo que “si él quiere, nadie le gana”. Pero Uribe podría estar cometiendo un grave error político, como cuando en el referendo de 2003 se le advirtió, se le recomendó, pero no hizo caso. Ahora bien, no se descarta que Rendón le esté 'recetando' precisamente lo que no le conviene, en su condición de asesor de Juan Manuel Santos…

http://www.semana.com/noticias-opinion-on-line/uribe-bogotanos/141339.aspx

De cualquier modo, no debe extrañar que un antioqueño de pura cepa pretenda hacerse al mando de la capital de Colombia, pues está en su derecho democrático. Si no lo estuviera, ya se les habría cerrado el paso a los de origen lituano, por ejemplo. Lo que sí causa extrañeza –y subida de tono- es que pretenda ganarse el favor de aquellos a quienes ha fustigado con dureza verbal en repetidas ocasiones, al extremo de haber motivado en la muy uribista María Isabel Rueda una columna titulada “¿Por qué Uribe odia a los bogotanos?”, donde se expresaba en estos términos: “Que Uribe gobierne con los paisas, está bien. Pero que no insulte a los bogotanos cada vez que puede”. Por cierto, ella ya anunció que a Uribe en versión alcalde no le jala, quizá para sacarse la espinita.

De todas las cosas que el aún Presidente ha dicho de los bogotanos (¿y bogotanas?), hay tres que demandan atención: la primera, cuando habló –al menos en dos ocasiones- de “sepulcros blanqueados”; la segunda, donde afirmó que la dosis personal la defendía “la socialbacanería bogotana que se mete a consumir coca a los baños"; y la tercera, en la que se refirió a ese "circulito de amigos sociales de Bogotá que dirigen unos medios de comunicación y se la pasan cuestionando al hombre de la periferia".

La primera de las acusaciones no es nueva, pues coincide con la visión que gentes de otras partes tienen sobre los bogotanos, a quienes unos juzgan como solapados o taimados, y otros con santandereana franqueza como hipócritas, al punto de definir a Bogotá como la capital mundial de la hipocresía. (En Vivir para contarla, García Márquez dice que “los distinguíamos por sus ínfulas de emisarios de la Divina Providencia”). Así que en esto, alguna razón podría caberle a Uribe.

En torno a la segunda imputación, es sabido que el hombre tiene una pelea casada con la socialbacanería nacional, sólo que la bogotana no le huele a simpatía con la guerrilla, sino a droga. Pero es el tercer señalamiento el que reviste especial interés, porque habla de “ese circulito de amigos sociales de Bogotá que dirigen unos medios de comunicación”, a sabiendas de que él trajo o atrajo a su círculo de poder a dos bogotanísimos primos copropietarios de medios, el vicepresidente Francisco Santos primero y luego a quien nombró su ministro de Defensa, Juan Manuel.

¿Acaso su vindicta pro periférica y anti altiplánica se refería a otros, no a este par? Pues si la cosa es así y el círculo en realidad es “circulito”, sería muy fácil identificar a quiénes aludía con sólo exceptuar a los citados. Pero eso no ocurre, misteriosamente.

Por lo mismo y tanto, si hiciéramos un ejercicio mental –no exento de picardía- y asumiéramos que en efecto Uribe se refería a esos dos Santos (y de pronto a un tercero), cobraría sentido la infidencia que por allá en 2007 soltó el Presidente, cuando dijo que su hoy vicepresidente había llegado a la campaña no a pedirle empleo, sino ese puesto. Y hasta donde sabemos, ni el primero se retractó ni el segundo lo ha desmentido. Sea como fuere, la conveniencia siempre ha sido mutua, pues a Uribe también le sirvió abrirse espacio en los conventículos de esa oligarquía bogotana que tanta desconfianza le produce.

Vistas las cosas desde este ángulo, se debería concluir que Uribe no trajo ni atrajo a ‘Pachito’ a su redil, sino que éste se le habría metido al rancho. Y si perseveramos en el mismo esquema hipotético-analítico, Juan Manuel Santos sería la comprobación de que al que no quiere caldo se le dan dos tazas, pues es sabido que después del hundimiento de la segunda reelección Uribe confiaba –ahí sí- en dejar en las ‘buenas’ manos de su coterráneo y discípulo predilecto Andrés Felipe Arias la sucesión de su mandato, hasta que el escándalo de Agro Ingreso Seguro se le convirtió en la cuota inicial de su propia hecatombe, que le abrió las compuertas del poder a un bogotano de espíritu colaborador y maneras (iba a decir marrullas) exquisitas, pero quien podría terminar, según dicen reputadas malas lenguas, por traicionarlo.

Lo anterior explicaría entonces por qué Uribe tendría tanto interés en ser el próximo alcalde de Bogotá: en parte porque no puede abandonar su pregonada “vocación de servicio”, pero en parte significativamente mayor por razones de supervivencia.

Para rematar, el motivo por el cual no tiene del todo asegurada la alcaldía, es el mismo que hoy le sirve de lección política: porque como se escucha en algunas regiones de Colombia, sobre todo en la costa Caribe, “en los bogotanos no se puede confiar”.

Y si no nos creen pregúntenle a Juan Lozano, quien ocho días antes de la elección para Alcalde ganaba en todas las encuestas.

lunes, 28 de junio de 2010

Barrer para afuera


No acostumbro el uso de la primera persona en una columna periodística. Considero que asumir el análisis político como un asunto personal nos hace perder el punto de mira. Además, suena pedante. Pero la ocasión obliga, porque debo hablar de alguien que hasta hace unos días me caía mal (en realidad muy mal), pero que de un tiempo para acá viene mostrando una sospechosa independencia de su antecesor, cual si luciera empecinado en lograr que todos los que antes de la elección no lo queríamos para nada, hoy cambiemos de idea.

http://www.semana.com/noticias-opinion-on-line/barrer-para-afuera/141077.aspx

Las sorpresas comenzaron desde la noche del 20 de junio, ante lo que Semana definió como “un triunfo limpio y contundente”, cuando pronunció un discurso centrado en la paz (así la palabra esté en desuso), donde dijo que “llegó la hora de la unidad nacional” y en consonancia afirmó –dirigiéndose a Antanas Mockus- que “no renunciaré a que usted y sus coequiperos nos acompañen a trabajar por una Colombia unida”, y a que “juntos mantengamos en alto sus banderas” (transparencia, legalidad, respeto a la vida).

La siguiente sorpresa fue cuando invitó a Gustavo Petro a su sede de campaña, en respuesta a una carta que éste le dirigió para discutir sobre tres temas: tierra, agua y víctimas. Este encuentro es de importancia capital, primero porque demostraría que el llamado a la unidad nacional que hizo Santos no es de dientes para afuera, y segundo porque debe tener a Álvaro Uribe en profundas cavilaciones, en la medida en que muestra a su ‘polluelo’ (el mismo que le iba a cuidar sus huevitos) en tratos con un personaje que mandó a muchos de sus aliados políticos a la cárcel, y a quien el Presidente nunca bajó de “guerrillero vestido de civil”.

Si a la anterior le sumamos la reunión que con ánimo conciliatorio sostuvo el Presidente electo con los presidentes de las altas cortes, y los nombramientos –más técnicos que políticos- que anunció antes de viajar a Europa, y la cálida acogida que le brindó a Germán Vargas Lleras el mismo día en que Uribe lo criticó en una reunión con su bancada, no queda opción distinta a afirmar que el nuevo Presidente parece avanzar en el camino correcto, y en tal sentido es de caballeros reconocer la positiva transformación que en él viene obrando –a partir de su triunfo, específicamente- y que auguraría buenos vientos para la democracia.

Hoy la pregunta del millón ya no es la que le hicieron a Antanas Mockus sobre cuánto debería ganar un médico, sino cómo habrán de desenvolverse las relaciones entre Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos a partir del 7 de agosto. La respuesta es crucial, pues si bien es cierto que Uribe no saldrá por la puerta de atrás (sino revestido incluso de una aureola de victoria), también lo es que se lleva en coletazo una seguidilla de escándalos, que habrán de amargarle buena parte del tiempo que quisiera dedicarle al reposo.

Contrario a Ernesto Samper, que casi no pudo gobernar por andar a la defensiva y cuya entrega del poder debió representarle un alivio supremo, la verdadera defensa de Uribe empezará a darse después de su partida.

Es aquí entonces donde se convierte en enigma lo que haría Santos si –para mencionar sólo uno de casi una decena de casos- se reabre el proceso contra Santiago Uribe Vélez, hermano del Presidente, con base en las contundentes pruebas que el mayor (r) Juan Carlos Meneses acaba de aportar a la unidad de Derechos Humanos de la Fiscalía Argentina, según reveló un informe especial de Noticias Uno del domingo 27 de junio, que incluyó fragmentos de grabaciones incriminatorias y que sólo tuvo tímida repercusión en Semana.com, y en ningún otro medio.

Lo cierto, de todos modos, es que a pesar de las sorpresivas muestras de independencia que Juan Manuel Santos viene dando, todavía no es fácil colegir el papel que éste jugaría ante una eventual acusación de algún tribunal (nacional o internacional) contra el próximo ex Presidente: ¿respaldo incondicional a Uribe? ¿Apoyo institucional a la justicia? Sea como fuere, si llega a la Casa de Nariño a aplicar el refrán según el cual “escoba nueva barre bien”, quedaría por resolver si barrerá para afuera, o para adentro.

Y no es por pretender influir en el asunto, pero hay quienes dicen que barrer para adentro trae mala suerte.

jorgegomezpinilla@yahoo.es

domingo, 13 de junio de 2010

Llegó el Comandante y mandó a callar


Hubo una declaración reciente del Comandante de las Fuerzas Militares que podría entenderse como una insubordinación contra el Presidente de la República, pero que misteriosamente no tuvo ninguna repercusión en los medios. Se dio el pasado viernes 11 de junio en horas de la mañana, cuando el general Freddy Padilla de León consideró –en realidad sentenció- "muy peligroso pretender abrir procesos y revertir decisiones judiciales del pasado", en respuesta a la alocución presidencial de la noche anterior, que comenzó así: “el Gobierno y las Fuerzas Armadas recuerdan que el Holocausto de la Justicia, ocurrido hace 25 años, fue un delito de lesa humanidad cometido por la alianza perversa entre el narcotráfico y una de las guerrillas de la época”.

http://www.semana.com/noticias-opinion-on-line/llego-comandante-mando-callar/140401.aspx

En contravía al presidente Uribe, Padilla de León manifestó que la sentencia de la jueza María Stella Jara (contra el coronel Alfonso Plazas, por la salvaje retoma del Palacio) “debe ser acatada”. A continuación recordó que "al M-19 se le indultó y ello ha resultado benéfico, porque se incorporó a la sociedad colombiana", y remató con que el proceso de paz con esa guerrilla "es un ejemplo de lo que tienen que hacer los grupos armados".

Cuando el Presidente calificó lo ocurrido en el Palacio de Justicia como “delito de lesa humanidad”, se entendió como una invitación a revisar el indulto que se le dio al M-19, pues los crímenes de lesa humanidad no prescriben. De modo que las palabras de Padilla de León entraban en abierta contradicción con las de su jefe, y es lo que nos permite hablar de insubordinación.

Lo sorprendente de la jornada fue que en lugar de producirse la fulminante destitución del Comandante de las Fuerzas Militares, el Comandante en Jefe agachó la cerviz y esa misma tarde reconoció que "el proceso de paz con el M-19 fue un paso muy importante para Colombia. Ese proceso lo tenemos que proteger". Ello indicaría entonces que en menos de 24 horas el presidente Uribe le dio un reversazo de 180 grados a su apreciación sobre un mismo tema, como resultado del ‘tatequieto’ impuesto por un subordinado suyo…

En este contexto, adquiere especial significado la renuncia a su cargo del general Padilla. Una renuncia si se quiere simbólica o para sentar un precedente, en la medida en que fue presentada para hacerse efectiva desde el 7 de agosto, o sea a partir del día en que Álvaro Uribe deja de ser su superior jerárquico. Se dirá que es hilar delgado, pero es aquí donde cogen fuerza las versiones que indican que el destape de los ‘falsos positivos’ –con la consecuente destitución de 27 oficiales del Ejército, entre ellos tres generales- lo pudo llevar a cabo Juan Manuel Santos como ministro de Defensa porque contó con el apoyo firme del general Freddy Padilla, contrariando los designios tanto del presidente Uribe como de su protegido el general Mario Montoya, hasta ese día comandante del Ejército.

Pese a que en la noche de la alocución citada (“el Gobierno y las Fuerzas Armadas recuerdan que el Holocausto de la Justicia…”, etc.) al Presidente lo rodeaba toda la cúpula, quedó demostrado que no había el tal monolítico consenso, en la medida en que al día siguiente, ya mediando respetuosa distancia física, llegó el Comandante de las Fuerzas Militares y mandó a callar. Hablando de monolitos, diríase entonces que en la actual jerarquía de mando se advierte una fisura (por no decir grieta) en torno al tratamiento jurídico que vienen recibiendo los militares, donde por un lado estaría el presidente Uribe con sus incendiarias declaraciones contra los jueces y su vertical respaldo a los acusados, y por otro el general Freddy Padilla de León con su perentorio llamado a respetar –y acatar- las decisiones de la justicia.

En estas condiciones, al próximo Presidente de Colombia (o sea Juan Manuel Santos, si esta vez no se equivocan las encuestas) le correspondería designar en el Ministerio de la Defensa Nacional a alguien con la autoridad requerida para ponerle el cascabel al gato de ese malestar ‘general’. Considerando que Santos sabe apreciar a quienes ya en momentos de crisis le han aportado soluciones, juzgamos pertinente formularle esta inquietud:

¿Si no es Padilla, quién?

Podría pensarse incluso que la precoz renuncia a la comandancia hubiese sido concertada entre ambos (Santos y Padilla), con un doble propósito: que el general no se inhabilite para pasar a ocupar el ministerio, y que el nuevo Presidente no tenga que nombrar en el cargo a un militar en ejercicio, sino ya vestido de civil. Pero eso sí es hilar demasiado finito…

sábado, 5 de junio de 2010

Mockus y los idiotas útiles


Dicen que en Colombia “el sentido común es el menos común de los sentidos”. Los resultados electorales del pasado 30 de mayo le conceden la razón al retruécano, pues ese día fue derrotada en las urnas una propuesta tan obvia –y para nada compleja- como la de regresar al país por los senderos de la legalidad. Al respecto, una columna de Horacio Serpa para El Nuevo Siglo ayuda a entender en pocas palabras lo ocurrido: “El triunfalismo inicial que le dieron los sondeos, la falta de experiencia en cuestiones electorales y errores de comunicación, frenaron la ola verde que muchos llamaron un tsunami”. Sobre todo errores de comunicación, que en su mayoría salieron de la boca del candidato.

http://www.semana.com/noticias-opinion-on-line/mockus-idiotas-utiles/140120.aspx

Vista exclusivamente desde el terreno de la honestidad intelectual, la idea de Antanas Mockus de no hacer alianzas con otros partidos es correcta en lo ético, si bien desacertada en lo práctico, pensando en la urgencia de este 20 de junio. Es la coherencia por encima de la conveniencia, en una puesta en práctica cuyos resultados se esperarían a mediano o largo plazo, nunca al corto.

En tales condiciones, diríase que la segunda vuelta electoral será ‘pelea de tigre con burro amarrado’. Pero es algo que a Mockus parece no preocuparle, y una explicación posible sería que mantiene una fe casi religiosa en que los abstencionistas –más de 15 millones de invisibles- acudirán en su auxilio. Fe concebida si se quiere en su acepción católica, que invita a “creer en lo que no vemos”.

Ya despojados de la fe religiosa hallaríamos otra explicación, cual es la de que el resultado electoral de la segunda vuelta le importa un rábano, pues quizá tiene su mente puesta en hazañas superiores, como por ejemplo la de emular algún día al Mahatma Gandhi, quien sin disparar un tiro y casi sin moverse de su casa derrotó al Imperio Británico. En el terreno que nos ocupa, Mockus esperaría derrotar la corrupción e imponer el imperio de la legalidad sin atender a una sola alianza, mediante la difusión serena de su mensaje, quizá con la convicción de que el tiempo (no El Tiempo, obvio) terminará por concederle la razón.

¿Antanas Mockus, el Gandhi colombiano? Es un punto sobre el cual no hace falta detenerse, pero se relaciona con que en la noche del 30 de mayo comprobamos aturdidos que Antanas Mockus podría ser un buen presidente… de Finlandia. Ya llegados a este punto, la pregunta consecuente es: ¿puede un político que exhibe de todo menos condiciones de ‘político’, y que para colmo de males (¿o de bienes?) no porta en su código genético el más mínimo asomo de malicia indígena, gobernar a un país como Colombia? La respuesta es evidente: NO. Por lo menos de aquí al 20 de junio, pues en caso contrario, a sus cualidades de filósofo y pedagogo habría que sumarle la de hacedor de milagros.

Dejando pues atrás el delirio de ganar en la segunda vuelta, en el curso de los próximos cuatro años Mockus tendrá que dedicarse a pulir su discurso y su estrategia, pero sobre todo a confeccionar un Partido Verde a su imagen y semejanza. Porque más que partido, lo que hasta ahora hubo fue un movimiento anticorrupción con fuerte raigambre juvenil, que terminó por fallar –tanto el movimiento como los jóvenes-, a la hora de las definiciones.

Antanas Mockus es un personaje que desconcierta y a ratos incomoda, pero cuyos actuar y pensar revelan un sello inconfundible de autenticidad. Hoy muchos de sus contendores –y algunos de sus seguidores- podrían considerarlo incluso un auténtico ‘suicida’ de la política, no tanto por sus declaraciones a veces contradictorias como por su terquedad en querer preservarse “sin mácula” (para usar una expresión de Noemí, la verdadera gran derrotada), al punto de despreciar a todo el que se le acerca a proponerle algún trato.

En la ecuación matemática de este 20 de junio se aprecia entonces una variable A, donde todo está perdido para Mockus, por cuenta de un Juan Manuel Santos bien apadrinado y además con fama –y resultados- de tahúr. Y una variable B, compuesta por esa inmensa masa de ciudadanos indolentes para quienes no votar constituye una auténtica virtud, porque sencillamente no les interesa la política. (Lo cual en realidad es una auténtica idiotez, si juzgamos a los abstencionistas como los verdaderos idiotas útiles de la corrupción reinante).

Si se unieran A + B, el resultado sería la aplicación de una pedagogía orientada a inculcar en los ‘alumnos’ la importancia de votar, por el bien de todos. Es un hecho incuestionable que ese salto –ya no al vacío, sino hacia la madurez política- no se dará este 20 de junio, cuando se suma en agravante la transmisión de tres partidos del Mundial de Fútbol. Pero el día que el país por fin vote en mayoría para imponer el reino de la legalidad, habremos convenido en que el profesor Antanas Mockus –más tarde que temprano- estaba en lo cierto.

Por ahora no tiene afán, como ya lo ha demostrado, hasta el límite de la impaciencia. “Despacio que tengo prisa”, decía Napoleón Bonaparte a su barbero antes de entrar a la batalla.

jorgegomezpinilla@yahoo.es

domingo, 30 de mayo de 2010

Santos es, gallina lo pone


El pasado lunes 24 de mayo el presidente Uribe comparó a su gobierno con una gallina que pone “tres huevitos de prosperidad: el de la seguridad, el de la promoción de la inversión y el de la política social”. Y pidió, en tono parroquial: “cuidemos esos huevitos”. Es de Perogrullo que se trataba de una –otra- expresión pública de apoyo a Juan Manuel Santos, quien durante toda la campaña habló de pasar de la seguridad a la prosperidad democrática. Como dice el refrán: blanco es, gallina lo pone…

http://www.semana.com/noticias-opinion-on-line/santos-gallina-pone/139599.aspx

Lo cierto es que Uribe no se expresa así por posar de metafórico, sino para provocar un efecto político. En eso, estamos ante un genio de la propaganda. Y la estrategia le funcionó, si nos fijamos en los resultados que le dan a su ‘polluelo’ candidato un primerísimo lugar, muy por encima de Antanas Mockus, a quien dejó casi con respiración artificial. En esta campaña el Presidente se vio ante el imperativo de endosarle a Santos una buena tajada de su popularidad, tarea nada fácil (por la falta de charme de su pupilo), pero no hay duda en que lo logró.

Diríase que las primeras derrotadas fueron las encuestas, pues ninguna mostraba una votación tan alta para el candidato de la U, lo cual podría incluso prestarse para especulaciones. Habrá que ver ahora cómo se justifican los encuestadores, que en lo único que acertaron fue en el último lugar de Rafael Pardo, en la medida en que para el primer lugar daban un empate técnico entre Santos y Mockus.

Los segundos grandes derrotados fueron los partidos Liberal y Conservador, cuyas votaciones sumadas apenas superan el millón y medio de votos. En lo referente a Noemí Sanín, no sería exagerado afirmar que durante los debates se sobreactuó y terminó por desdibujarse. Había que verla con su sonrisa forzada y su marcado histrionismo, para sospechar que no iba por buen camino. Fue como la novia que hemos dejado de querer, por lo que se esfuerza aun más en recuperar el cariño perdido, sin saber que ese esfuerzo desmedido la conduce a su perdición. Como en efecto ocurrió.

El último lugar para Rafael Pardo obedece a que aplicó una estrategia altamente riesgosa (“lo que puede ir mal se pondrá peor”, reza una ley de Murphy), cual fue la de apuntarle a conservar su propio ‘nicho de mercado’, o sea el Partido Liberal. Pardo se dedicó a agitar el trapo rojo, confiado en estudios analíticos que así lo recomendaban. Pero le fallaron tanto los análisis como las otrora ‘huestes’ liberales, en parte porque la lealtad de cuerpo partidista está mandada a recoger, y en parte porque a pesar de su brillante inteligencia, su profundidad analítica y su coherencia política –que esperamos conserve-, le faltó lo que le sobra a Horacio Serpa: carisma. Y como dice el refrán popular, no se le pueden pedir peras al olmo. Pardo dejó en libertad a sus seguidores para que voten “a conciencia”, y falta por conocer la decisión de la bancada liberal, compuesta por congresistas necesitados de puestos, después de doce años de orfandad burocrática.

Germán Vargas Lleras y Gustavo Petro pueden darse por bien servidos, en sus respectivos tercero y cuarto lugar. Al candidato de Cambio Radical le representa una victoria táctica hacia la segunda vuelta, pues sus votos son hoy los más cotizados. Pero no es fácil colegir hacia dónde se irán, si hacia la U o hacia los Verdes, en la medida en que Vargas Lleras brilló con luz propia como el ala decente del uribismo, pero Mockus encarna precisamente la decencia. Así que el dilema será entre apoyar la continuidad del proyecto uribista, o decidirse por lo que en efecto sería un ‘cambio radical’.

En lo referente al candidato del Polo, queda demostrado que las continuas embarradas y consecuentes rectificaciones de Mockus –sumado al brillante desempeño de Petro en los debates- le devolvieron buena parte de los votos que al principio de la campaña se le habían marchado hacia el Partido Verde. Petro sale fortalecido de la contienda, con una votación cercana a la de Vargas Lleras, que también cuenta a la hora de las alianzas.

La pregunta del millón, ahora, es cómo harán los Verdes para atraer hacia su causa los votos que no fueron para Santos, y sumarle los de los abstencionistas que no votaron en la primera vuelta pero estarían dispuestos a dejarse ‘seducir’ para la segunda. Es la hora de la reingeniería en esa campaña, donde lo primero a revisar es por qué, pese a que se daba por descontado que fue la unión entre Mockus y Fajardo lo que los puso de primeros en las encuestas, los votos del ex alcalde de Medellín no se vieron reflejados –de nuevo- en los guarismos electorales. (¿Sería porque se cayó de la bicicleta?) De otro lado, viendo que los votos uribistas se quedaron con Santos, a Mockus le corresponde ahora radicalizar su discurso, ya liberado de la camisa de fuerza que le impedía mostrarse como opositor, para no caerles mal a esos sectores.

Lo verdaderamente asombroso de la jornada es comprobar que la cadena de escándalos que volvieron a aflorar en las últimas semanas de la campaña, y que apuntaban por igual a Juan Manuel Santos como al presidente Uribe (chuzadas del DAS, ‘falsos positivos’, affaire Santiago Uribe, etc.), no tuvieron ninguna incidencia en las urnas. Es algo que pone en entredicho la madurez política de la nación, pues basta con que el presidente Uribe les pida a los colombianos que le cuiden sus huevitos, para que casi la mitad de los votantes salga corriendo -como gallina clueca- a votar por el también cuestionado Juan Manuel Santos…

jorgegomezpinilla@yahoo.es