domingo, 22 de enero de 2023

Con Petro se avecina algo grande

 


Tomado de ElUnicornio.co

No sabemos cuál será el resultado final del gran acuerdo nacional que propuso el presidente electo Gustavo Petro, pero es evidente que se respira un ambiente general de optimismo, la concreción de un anhelo que pasaba de utopía en el gobierno del subpresidente Iván Duque, a afianzarse hoy en el terreno de lo posible.

Es algo quizá comparable a lo que debieron sentir los colombianos tras la firma del acuerdo de Benidorm en 1956, entre Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez Castro, que dio paso a la conformación del Frente Nacional, fórmula de arreglo entre liberales y conservadores para dejar atrás la violencia partidista y acabar con la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla. Así luego todo hubiera terminado en la más terrible decepción, pues solo se tradujo en el reparto de la marrana burocrática cada cuatro años y en la semilla de la corrupción administrativa que hoy carcome a la nación entera.

En el caso que hoy nos ocupa, es también como si estuviéramos dejando atrás una dictadura, la dictadura del uribismo, sin negar que estuvo encarnada en un individuo badulaque, puesto ahí como simple correveidile del verdadero poder soberano detrás del trono, Álvaro Uribe Vélez.

La extrapolación cobra más sentido con Laureano Gómez al constatar que Uribe durante el gobierno del liberal Juan Manuel Santos se dedicó a “hacer invivible la democracia”, mientras sus huestes aplicaban la consigna de “calumniar, calumniar, que de la calumnia algo queda”. Ambas, fórmulas laureanistas de desestabilización del que estuviera gobernando.

Si lo miramos por el lado pesimista, la preocupación de algunos frente al gobierno venidero reside en que Petro está nombrando a personas provenientes de los partidos tradicionales -un Álvaro Leyva conservador, una Cecilia López liberal o un Alejandro Gaviria de centro-, y es entonces cuando hasta el segundo a bordo del petrismo, Gustavo Bolívar, pareciera sentirse incómodo con lo que está pasando.

Vistas las cosas desde una óptica analítica, habría que diferenciar entre los que han sido escogidos para integrar el gabinete ministerial… y los que se están arrimando. Como dije en columna anterior, si yo fuera Petro recibo a todos los que se han acercado, excepto al Partido Conservador, por dos razones básicas: primera, porque con los votos de los partidos que ya forman parte de la coalición de gobierno, no se requeriría de los godos para hacer mayoría en el Congreso. Y segunda, porque estos están en el lugar equivocado, pues son la antítesis ideológica de la izquierda y en tal medida detrás de esa adherencia (antes que adhesión) tan solo se advierte un apetito clientelista, el de engullir burocracia.

Ahora bien, la pregunta clave sería: ¿hay cama pa’ tanta gente? ¿Se trata de cambiar apoyo político por puestos de conducción del Estado? En tal caso, ¿no se estaría desvirtuando el anhelo de cambio que encarna Gustavo Petro como motor de un verdadero cambio social y económico? Mejor dicho, ¿era un tecnócrata de raigambre también tradicional como José Antonio Ocampo el indicado para el ministerio de Hacienda y Crédito Público?

La respuesta está por verse en los resultados, pero un primer acercamiento a la conformación del nuevo gobierno permite apreciar un talante claramente liberal, donde hasta el mismo conservador Álvaro Leyva posee una trayectoria progresista, como abanderado que ha sido de muchas causas a favor de la paz, del diálogo entre contrarios, de la reconciliación nacional.

“Vengo del futuro de Colombia”, dije en trino de hace unos días, donde agregaba lo siguiente: “Estuve allá un rato y pude percibir por el ambiente social y económico que se respiraba, que en 2029 Gustavo Petro adquirió una trascendencia superior a la de Pepe Mujica y hermanada con la de Nelson Mandela. No les miento, fue lo que vi”. (Ver trino).

Bueno, mentí cuando dije que no mentía, pues eso de viajar al futuro pertenece al reino de ficción. Pero en Colombia la realidad supera la fantasía, y es un hecho palpable que se respira un aire de optimismo, al que hay que tratar de darle alas para que crezca. Que, parodiando al más grande escritor colombiano de todos los tiempos, Gabriel García Márquez, no perdamos esta segunda oportunidad sobre la Tierra.

Buenas noticias son saber por ejemplo que para hacer más justa la tributación, ahora los que ganen menos de 10 millones mensuales no pagarán impuestos. O que según anuncio del propio Petro, las vías terciarias de Colombia, las que llevan a las veredas, serán contratadas directamente por las juntas de Acción Comunal campesinas. (Ver trino).

Podría pensarse entonces que cesó la Uribe noche, que hay una especie de confluencia de los astros en función de algo muy grande, muy positivo para el futuro de Colombia. En tal medida, ya de remate, habría que enviar este mensaje al nuevo presidente: Gustavo Petro, por favor, no nos defraude. Las esperanzas de todos los colombianos están puestas en usted.

Fin del comunicado.

POST SCRIPTUM: No es posible retirarse de aquí sin comentar la más reciente declaración del Partido Liberal, según la cual hará parte de la bancada oficialista que buscará sacar adelante la agenda legislativa del nuevo gobierno. Aquí entre nos, en lo que respecta a César Gaviria, hay cierto aire de indignidad cuando luego de rechazar al Pacto Histórico se fue con Fico Gutiérrez, y después de que este perdió en primera vuelta pasó a apoyar a Rodolfo Hernández, y tras el triunfo de Petro regresó humilde a tocar a su puerta. Aquí entre nos, lo más digno de su parte sería si atendiera el llamado que le hizo el expresidente Samper de hacerse a un lado.

@Jorgomezpinilla

Colombia con Petro: ¿será posible tanta belleza?

 


Tomado de El Unicornio (Julio 7 de 2022)

En contravía al ambiente de optimismo que respira Colombia tras la elección de Gustavo Petro, en días pasados dos personas con pensamiento político diferente opinaban sobre sendos aspectos donde conviene mantener el ojo crítico.

Por un lado, Daniel Coronel advertía sobre los peligros implícitos en el acercamiento que tuvieron Gustavo Petro y su hasta ese día archirrival político: “Uribe, con asombrosa sagacidad, terminó convirtiendo la invitación del presidente electo en su resurrección política”, dijo Coronell. (Ver columna).

Desde otra orilla el senador Gustavo Bolívar -el segundo a bordo del petrismo-, no se mostraba complacido con la clase de gente que ha corrido a refugiarse bajo el alero protector del Pacto Histórico: “me preocupa que los nadies (…) no aparezcan aún en el horizonte y en cambio sí figuren personajes que no creían en el proyecto, que no llevan esta causa en el corazón y que llegaron unos días después del triunfo”. (Ver columna).

Sanas preocupaciones en uno y otro, que con toda seguridad serán tenidas en cuenta por el nuevo presidente. A Petro lo que menos le falta es inteligencia y manejo estratégico de las cosas, como lo demostró el hecho de que se hizo elegir bajo las más adversas condiciones, no solo con todo el gobierno y hasta el comandante del Ejército en contra, sino además con el rechazo de ese “centro exquisito” de dedito parado que con su prurito clasista tanto contribuyó a crecer el antipetrismo en el momento menos indicado.

Si preguntaran mi opinión diría que Petro nunca debió haberse reunido con Uribe, básicamente porque se trata de un imputado por la justicia, y eso desdice de la majestad de un presidente de la República, reunirse con sujetos sub judice. Ahora bien, supongo que si le cursó la invitación fue convencido de que Uribe nunca por ningún motivo se la iba a aceptar. Era cuestión de orgullo, advertiría el sentido común. Pero sí se la aceptó, por lo que dice Coronell: porque sabía que acercársele con toda humildad a Petro era la llave que necesitaba para su resurrección política.

Del mismo modo, suena razonable la advertencia de Bolívar sobre la clase de gente que se ha ido acercando (o más bien adhiriendo como lapa) al Pacto Histórico. Es más, si yo fuera Petro habría recibido a todos los que se acercaron, menos al Partido Conservador, por dos razones básicas: primera, porque ante el unanimismo de los demás partidos no se requerirían de esos votos para hacer mayoría en el Congreso. Y segunda, porque están en el lugar equivocado, pues son la antítesis ideológica de la izquierda y en tal medida se hace evidente que detrás de esa adherencia solo les anima un apetito clientelista, el de engullir burocracia.

Y vamos ahora a la parte positiva, que hace referencia los primeros miembros conocidos del nuevo gabinete ministerial, escogencia que demuestra que estamos ante un verdadero viraje en la conducción del Estado, sumado a que resulta incluso agradable su preferencia por ministras mujeres. Coincido entusiasmado con el nuevo presidente, prefiero a las mujeres para todo.

Pero empecemos por los hombres. José Antonio Ocampo al frente del ministerio de Hacienda, de todo nuestro agrado. Un columnista de El Unicornio que se hace llamar H. G. Rueda afirma de Ocampo que está “llamado a ser el muro de contención de cualquier ímpetu populista. El siguiente milagro será pasar la reforma tributaria sin que el país estalle”.

La nueva ministra de salud, Carolina Corcho, otro acierto. Profunda conocedora del funcionamiento de las EPS y del sistema de salud en general, la indicada para el cargo, así haya voces disidentes que quieren asustar como aves de mal agüero.

¿Y qué decir de la ministra de Agricultura? Que el 4 de abril de este año en entrevista con El Unicornio le hizo esta recomendación a Petro: "Lo ideal es que se mueva al centro, que haga lo que hizo Boric en Chile: seguir el consejo de Ricardo Lagos, de moverse hacia el centro o si no el país iba a terminar en la extrema derecha". Y parece que Petro acogió la sugerencia.

La del medio ambiente, Susana Muhammad, chapeaux, es de quitarse el sombrero. La conozco en persona desde la alcaldía de Petro, persona de un trato exquisito y erudito discurrir, inteligente como ninguna, petrista de línea dura.

Y Patricia Ariza en Cultura, con lo cual se pasa el manejo de esta cartera a una persona que le ha entregado su existencia al arte escénico, a la defensa de la vida y la diversidad humana.

En conclusión de todo lo anterior, parece haber motivos para pensar que sí es posible tanta belleza, y que las condiciones están dadas para el renacer de la esperanza en mejores condiciones de vida para todos, con equidad económica, justicia social y reconciliación nacional.

Ya de remate, es conveniente aclarar que el periodismo está para examinar el estado de las cosas, apoyar al gobernante en lo que hace bien y señalar o advertir sobre lo que podría corregirse. No se debe dejar de actuar con ojo crítico desde la distancia como un Daniel Coronell… o propositivamente desde la cercanía como un Gustavo Bolívar.

Pero tratando siempre de ayudar a construir un mejor país.

@Jorgomezpinilla

 

La libertad de expresión según El Espectador… y según Nany Pardo

 


Tomado de ElUnicornio.co (Julio 1 de 2022)

 

Esta columna pretende plantear una reflexión sobre los verdaderos alcances de la libertad de expresión. Como director de El Unicornio en algún momento vinculé a un tipo muy popular en Facebook, quien coincidía conmigo en su rechazo visceral al régimen uribista encarnado en Iván Duque. Pero a él en cierta ocasión las vísceras se le iban alborotando, cuando al final de una columna dijo algo como que “el útero de Lina Moreno engendró dos monstruos, hijos ambos del mismo monstruo”.

 

Ahí, me pregunté: ¿es responsable que un medio permita que un columnista se exprese en esos términos sobre una mujer respetable como doña Lina Moreno? A mi modo de ver no, era irresponsable. Y fue por ello que decidí prescindir de sus servicios, pero lo hice de un modo que no pareciera censura. Le critiqué en su muro cierto comentario sobre Claudia López que me pareció homofóbico, y santo remedio: anunció que no seguía con El Unicornio y procedió a bloquearme.

 

A donde quiero llegar con esto es a que la actitud del director de El Espectador es diferente a la mía: él sí permite los excesos, en aras de garantizar la libertad de expresión de sus columnistas. Recuerdo una vez que dije que Álvaro Uribe desde la trastienda actuaba como el comandante en jefe de las fuerzas oscuras que asolaban a este país, y antes de su publicación él me hizo ver que yo no tenía cómo probar eso, y por tanto se trataba de una afirmación irresponsable. Yo procedí a hacer la corrección, por supuesto, y agradecí su amable reproche. Pero si yo lo hubiera dejado así, él igual habría autorizado la publicación, porque para don Fidel la libertad de expresión es sagrada.

 

Sagrada hasta el extremo, quiero decir. Ahora bien, si él digamos me hubiera recomendado que no publicara la columna que encendió el escándalo en días pasados, yo lo habría acatado. Porque si hay persona que yo respeto en el mundo del periodismo -y seguiré respetando- se llama Fidel Cano. Lo digo pese a las cosas tan duras que expresó contra mí en un video, quizá para salvar su responsabilidad en un suceso que de todos modos, debo reiterar hasta el cansancio, la responsabilidad final fue solo mía.

 

Y sirva lo anterior de asidero para mencionar un duro ataque que lanzó María Antonia Pardo contra mí y contra el director de El Espectador. Como se recordará, ella era la directora de Comunicaciones del Pacto Histórico hasta que gracias a los llamados Petrovideos se vino a saber que llegó allá financiada por el empresario barranquillero Cristian Daes.

 

 

«Tras su deshonrosa salida del Pacto Histórico, ella no tiene la categoría moral ni profesional para exigirle cuentas a don Fidel y menos para denigrar de mí como periodista».

Poniéndose en plan de “usted no sabe lo inteligente y preparada que yo soy”, le dice esto a don Fidel: “Te lo advertí, Fidel. Te alerté sobre la falta de rigurosidad de este columnista, pero no me creíste. Contribuiste para que utilizara a El Espectador como su medio de venganza personal desde donde montó ataques selectivos para destruir moralmente a quien le diera la gana”. (Ver trino)

 

Aquí y ahora, tengo cómo probar lo contrario: que en ese trino la señora Pardo utilizó El Espectador y el nombre de don Fidel para fraguar una venganza personal. Y procedo a suministrar las pruebas.

 

El 21 de diciembre del año pasado publiqué una columna titulada Queríamos tanto a Nany, donde contaba del atropello que sufrió la aspiración de quien había sido escogido como cabeza de lista a la Cámara por el Pacto Histórico, el ilustre abogado Miguel Ángel del Río. Aspiración ni siquiera propuesta por él mismo, sino por el diputado Nicolás Petro y ratificada por la Asamblea de Delegados de ese departamento, con el propósito de “jalonar un proyecto regional que enfrentara las mafias en cabeza de los Char”.

 

Dije además que de ese atropello se había encargado la entonces directora de comunicaciones del Pacto Histórico, María Antonia Pardo, quien intrigó para que la cabeza de lista le fuera entregada a su exesposo el actor de farándula Agmeth Escaf.

 

Yo salí de El Espectador por decisión propia ante un error que reconocí, pero es conveniente saber por qué doña Nany fue retirada del cargo que ocupaba en el petrismo. Y las conversaciones del anillo de asesores de Petro permiten captar la inconformidad que había con ella. Según Eduardo Noriega, “ella se toma la libertad de hacer lo que le parece y deja de hacer otras”. Según Gloria Flórez, había que “amarrarle la lengua” a la periodista tras despedirla, porque conocía información confidencial. Según el mismo Gustavo Petro, “el señor Daes tiene una amistad con esta señora, no sé hasta qué nivel es”. Y según Verónica Alcocer, esposa del presidente electo, se debía actuar rápido para sacarla: “es urgente”, se le escucha decir a ella. (Ver noticia).

 

 

¿Y qué hicieron entonces? La sacaron. Y si hoy traigo esto a colación es para brindar claridad en que mientras yo permanecí más de cinco años como columnista de El Espectador, la señora María Antonia Pardo duró apenas unos meses en el pomposo cargo de directora de Comunicaciones, para el que no dio la talla, hizo mucho daño y solo sembró división.

 

No sé si actuó como infiltrada de los Daes o los Char o cualquiera de esos clanes corruptos de la costa con los que se sabe que ella y Agmeth Escaf han tenido cercanía, pero finalizo citando un informe del portal 070 de la Universidad de los Andes donde se lee esto: “Como sucede con los Char, a José y Christian Daes los persigue la sombra del narcotráfico. En 1993 ambos fueron acusados junto a otro centenar de personas por cargos de conspiración de crimen organizado, tráfico de cocaína y lavado de dinero en el Tribunal del Distrito Sur de Florida”. (Ver informe).

 

Así las cosas, parodiando el trino donde nos ataca a mí y a Fidel Cano, es aquí donde puedo decir: “Te lo advertí, Gustavo Petro. Te alerté, pero no me creíste. Contribuiste a que Nany Pardo utilizara al Pacto Histórico en beneficio personal”.

 

En resumen, debe quedar claro: tras su deshonrosa salida del Pacto Histórico, ella no tiene la categoría moral ni profesional para exigirle cuentas a don Fidel y menos para denigrar de mí como periodista.

 

Como dicen en Barranquilla: ¡manda es cáscara!

 

@Jorgomezpinilla

 

Cuando todo se daba por perdido

 


Tomado de ElUnicornio.co (Junio 24 de 2022)

 

Es sabido cómo cuatro días antes, el miércoles 15 de junio, se presentó una situación desafortunada que se salió de mi control, cuando no supe manejar la presión de un matoneo mediático expresado en forma de avalancha. Convertido en un manojo de nervios, cometí el craso error de solicitarle a El Espectador que retirara un artículo mío. Esa decisión nunca debí haberla tomado, porque me presté para que desde los más variados frentes barrieran con mi prestigio, hasta un punto en el que nunca antes ningún otro periodista había sido tan humillado, solo porque actuaba con honestidad intelectual al reconocer un error. Algo está fallando en la escala de valores de este país cuando la valentía de reconocer que se ha caído en una equivocación es castigada con el escarnio público.

 

Para el día crucial de la elección que aquí nos ocupa y ligado con lo anterior, en mi caso personal había una situación de riesgo inminente que debía sortear. Habiéndomela jugado toda por el candidato del Pacto Histórico, sabía que un triunfo eventual de Rodolfo Hernández me ubicaba en el peor de los escenarios posibles: con el uribismo reencauchado y contemplando la posibilidad de seguir los pasos de Marbelle: emigrar a otro país.

 

Llegado el día de la elección, a medida que se acercaba el cierre de las urnas yo era consciente de que difícilmente podría sobrellevar la estresante incertidumbre de saber quién sería el ganador con base en los boletines que iría entregando la Registraduría, minuto a minuto. Así que quince minutos de las 4 de la tarde sometí mi humanidad agobiada y doliente a una siesta reparadora, con el despertador puesto para las 5.

 

A esa hora desperté, justo cuando todo el país ya sabía quién era el nuevo presidente, excepto yo. Pero no quise tomar el control del televisor y correr a mirar cómo iban los resultados en Noticias Caracol. Con toda la parsimonia del caso, casi en cámara lenta aunque cagado del susto, prendí mi computador y me dirigí al portal que yo quería que me dijera quién era el nuevo presidente de Colombia: Los Danieles.

 

Y mi corazón dio un vuelco de alegría cuando vi a Ana Bejarano contando que el ganador de la polla que habían apostado en horas de la mañana había sido Daniel Samper Ospina, con una diferencia de 700.000 votos a favor de Gustavo Petro.

 

Esto significó el más grande alivio que pude sentir en el curso de la semana más tormentosa de mi vida, poniendo ahora las cosas en una perspectiva más optimista, más esperanzadora.

 

En resumen, hoy el triunfo de Gustavo Petro muestra sobre el escenario a dos actores visibles: medio país sometido a la agonía de saber que como no ganó el candidato de sus preferencias, todos sus planes se vinieron a pique; y otro medio país celebrando la llegada de un cambio con justicia social y económica, que promete ser histórico. Y en medio de todo, un alborozado periodista al que días atrás habían convertido en papilla y después de las 5 de la tarde de ese día celebraba lo que no dejaba de ser un triunfo personal, aunque el verdadero triunfo reside en que ganó el país.

 

Así las cosas, cuando se creía que todo estaba perdido, surge una convicción: es posible reponerse de los golpes, nada se ha perdido. Lo que no te mata, te fortalece.

 

@Jorgomezpinilla

Patrio o muerte

 


Tomado de ElUnicornio.co (Junio 15 de 2022)

Si la memoria no me falla, una consigna que escuchaba con frecuencia en los mítines universitarios era “¡Patria o muerte, venceremos!”. La había asumido como suya el Ejército de Liberación Nacional (ELN), pero su origen estaba en un documento que se conoció como la Primera Declaración de La Habana, aprobada en multitudinaria asamblea popular en la Plaza de la Revolución el 2 de septiembre de 1960, tras la entrada triunfal de las tropas de Fidel Castro a esa ciudad.

Nunca he sido partidario de la causa guerrillera, aunque sí me precio de ser un hombre con ideas de izquierda, pese a haber nacido en un ambiente familiar ultraconservador y clerical, al punto de tener un tío de nombre Laureano y de que en mi casa se rezaba el “Santo Rosario” todos los días.

Conté con la fortuna de conocer a Horacio Serpa, barramejo como el suscrito. Esto contribuyó a mi formación dentro de una ideología política liberal, sustentada en el compromiso con la justicia social (o sea con los pobres), la separación entre Iglesia y Estado y el respeto a la diferencia, tanto en lo filosófico como en la preferencia sexual.

Esto no significa que solo los liberales respetamos las ideas contrarias, ni que todos los godos practican la intolerancia con el que piensa diferente. En este terreno conté con una segunda buena fortuna, la de un primo mayor de nombre Nilson (Pinilla) que llegó a ser presidente de las cortes Constitucional y Suprema. Él sigue siendo de ideas claramente conservadoras, pero no recuerdo charlas más amenas sobre temas políticos que las que sosteníamos en diversas reuniones familiares, con asado a bordo en el patio de nuestra casa del barrio Lisboa en Bogotá, de gratísima recordación.

En alguna ocasión fui invitado a unirme a las filas del M-19, una tarde de sábado de 1980. Llegaron a mi trabajo -en Inravisión de la avenida Eldorado, donde me desempeñaba como locutor de la Radio Nacional- dos amigos que justo ese día supe que permanecían a esa agrupación. Subimos a la terraza del edificio en busca de privacidad y allá, tras enterarme de su militancia armada, hicieron la propuesta. Pero yo en esos días andaba sumergido hasta los tuétanos en la lectura de los grandes clásicos de la literatura, sobre todo la francesa, en lo que comenzaba a constituir mi más grande descubrimiento vital. O sea, no me interesaba nada diferente a seguir leyendo (desde Baudelaire y Sartre hasta los poetas malditos) y creo no equivocarme si la respuesta que les di fue también literaria: “mi mejor arma es la pluma”.

Tan largo prolegómeno por fin me acerca al tema de esta columna, la elección del nuevo presidente de Colombia mañana 19 de julio, en lo que constituye una jornada histórica definitiva. Para el que hoy escribe, el horizonte se bifurca en dos opciones claras (bueno, una clara y otra oscura) en forma de carisellazo: el cambio o la perpetuación del desmadre. Y como en la moneda al aire decide el azar, porque las encuestas hablan de un empate técnico en las preferencias, mitad y mitad.

No nos llamemos a engaño, Colombia no se merece la desgracia de tener como presidente a un tipo indigno de cualquier muestra de respeto como Rodolfo Hernández, quien se presenta como adalid de la lucha contra los corruptos pero carga con una imputación penal de la Fiscalía por corrupción, y cuyo temperamento deja entrever a un astuto anciano cascarrabias que invierte parte de su inmensa fortuna en satisfacer el anhelo narcisista de hacerse elegir presidente de Colombia con videos de TikTok y actos histriónicos que atrapan la simpatía de los más ignorantes, ávidos de entretenimiento. Como cualquier saltimbanqui callejero frente a su público de ocasión.

Cuando hablé arriba de “patria o muerte” no fue en su primigenia concepción guerrillera, sino como constancia de estar abocados a elegir uno de dos senderos: la posibilidad de un triunfo de Gustavo Petro que desde una perspectiva de Pacto Histórico abra las compuertas del poder a la construcción de una patria verdadera para todos, o una opción arcaica, primitiva, fatídica y mortal, la de seguir atrapados en una espiral de violencia y corrupción cuya solución sin duda alguna no se encuentra en las manos del farsante santandereano ya descrito, quien quedaría atrapado por las fuerzas oscuras que hoy luchan afanosamente por sentarlo en el solio de Bolívar, para manejarlo a su antojo.

Digo también patria o muerte porque empeñé mi pluma en la tarea de influir en la voluntad de los colombianos para convencerlos del peligro o la inutilidad de elegir a ese sujeto, pero tuve una salida en falso acompañada de una seguidilla de errores que condujeron a un golpe -diríase también mortal- a mi credibilidad como periodista.

Patria o muerte traduce entonces la posibilidad de continuar mi vida profesional ligado a una propuesta política renovadora de las costumbres y afín a la búsqueda de justicia social, o la consolidación de un gobierno encabezado por un paisano al que no sería exagerado decir que reté a duelo y cuya batalla perdí, por una ejecución de mandoble en la que llevado por una salida emocional en falso me autoinfligí una herida letal, no sé aún si irreparable.

Tengo entonces perfectamente claro que si mañana ganara Rodolfo Hernández, mi vida se haría invivible, valga la redundancia. De modo que ante la imposibilidad física y moral de vivir en semejante asco de país (gobernados por un megalómano bravucón) tendría que ir pensando en emigrar allende las fronteras, o buscar una salida más creativa, desde la óptica de la dignidad.

Post Scriptum: Si hay un segundo daño que necesito reparar -además del que atañe a mi autoestima severamente lesionada- es el que le causé a la casa editorial que con generosidad me acogió durante siete largos años, y cuyo prestigio se vio afectado por la seguidilla de errores que cometí en esa jornada fatal: sobredimensioné las expectativas cuando hablé de pruebas donde había indicios y, al día siguiente, llevado por la ansiedad del feroz matoneo al que me vi sometido, caí en la ingenuidad de pedirle a don Fidel Cano que retirara mi columna, creyendo falsamente que mi honestidad intelectual se vería compensada con comprensión colectiva. Craso error, poque se me vino el mundo encima. Pero esto ya será tema de otra columna.

@Jorgomezpinilla

¿Es un error reconocer un error?

 


Tomado de El Unicornio.co

No sé si sea cierto lo que dicen por ahí, que en el idioma chino la palabra crisis traduce oportunidad, pero en medio de la tormenta mediática y del más feroz matoneo al que he sido expuesto solo me queda tratar de revertir la situación en esos términos.

La primera lección que saco es que en Colombia reconocer un error es peor error que mantenerse en él, pues en lugar de que la gente lo juzgue como un acto de nobleza, te caerán encima a tratar de despedazarte.

¿En qué consistió mi error? En que publiqué una columna en El Espectador donde, producto de una investigación que adelanto para una “biografía no autorizada” sobre Rodolfo Hernández, en medio de la calentura de la campaña electoral y preocupado por la posibilidad de que seamos gobernados por alguien a quien considero emocionalmente inestable, me adelanté a dar como cierto algo que todavía está sujeto a verificación.

Entrando al terreno de lo emotivo, lo primero a reconocer es que terminé por emparentarme con el objeto de mi crítica, pues fue mi inteligencia emocional -o la ausencia de esta- la que terminó por ganarle la partida a la inteligencia racional. Actué precipitadamente y hoy estoy pagando las consecuencias, del mismo modo que el señor Hernández estuvo pagando las consecuencias (electorales) de haber dicho que “yo recibo a la Virgen Santísima y todas las prostitutas que vivan en el mismo barrio con ella”. Hasta que reconoció el error en un video. Y que conste, no es la única barbaridad que se le ha escuchado.

En todo caso, este al parecer ya pagó su culpa y he de suponer que fue perdonado por las ofendidas beatas que integran la Legión de María, pero me preocupa que en mi caso obró el efecto contrario, pues no fue sino reconocer el error para que rodolfistas y uribistas (y hasta centristas indignadas como Angélica Lozano) me cayeran en ánimo de vindicta, como si me hubieran sorprendido violando a una monja o asesinando a un hermano. Y digo esto último porque es como si quisieran ponerme a cargar con el estigma de Caín en lo que me resta de vida y de carrera profesional.

No pretendo victimizarme, pero sí conviene brindar claridad en que no he cometido ningún crimen. Quise tan solo actuar con entereza de carácter y con responsabilidad ética al pedir a El Espectador que retirara mi columna, y lo que obtuve a cambio fue una especie de lapidación pública, como las que practican en el Islam contra una mujer infiel.

Esta reflexión apunta entonces a preguntarme si quizá el error estuvo en reconocer el error, en lugar de justificar el texto sobre consideraciones como que en más de una ocasión quise entrevistar al personaje aludido para que diera explicaciones y nunca las dio, o que allí tan solo narré los pasos que di en busca de confirmar o negar si Juliana Hernández estuvo o no recluida en esa institución psiquiátrica, sin haber acusado a nadie ni hacer señalamientos personales. Que pude haber sacado conclusiones no comprobadas, es cierto, y fue eso lo que decidí reconocer.

¡Pero tampoco es para que me estén tratando como al peor de los criminales! ¿Acaso sobredimensioné el error cometido, culpabilizándome hasta el punto de dar papaya para el más feroz matoneo? Es posible.

 

Reitero que el motivo básico por el cual pedí el retiro de la columna fue para no causarle ningún daño a El Espectador, donde escribo desde febrero de 2015. Ahora bien, es también mi obligación sostenerme en algo que allí dije: lo que debería ser una información reservada a la familia por lo que significa el dolor del secuestro y desaparición de un ser querido, saltó a la luz pública no por indebida intrusión de los medios y periodistas que se han referido al suceso, sino por las contradicciones en las que el mismo Rodolfo ha caído. Cuando se lanzó a la alcaldía de Bucaramanga sostuvo que había sido plagiada por las Farc, y tras lanzarse a la presidencia cambió su versión y pasó a decir que fue el ELN, algo que ese grupo desmintió.

También me sostengo en que ahí no para el rosario de incoherencias, pues en días recientes sumó otra cuando le dijo a Univisión que “después de 17 años de estar buscando, dimos ya con unas informaciones que nos dijeron que hacía poquito la habían matado, le pegaron un tiro aquí en la frente’’. Como dije para ese medio, si cree que le pegaron un tiro cae en una nueva contradicción, pues no podría pedir que la definan como desaparecida sino como víctima de homicidio. (Ver informe de Gerardo Reyes).

Sea como fuere, siempre he procurado actuar con rigurosidad en el manejo de mis fuentes, y en esto me reconocen como un periodista serio, que desarrolla un ejercicio genuino de búsqueda de la verdad. Pero “al mejor panadero se le quema el pan”.

Ya para terminar, esperaría de mis lectores su comprensión o benevolencia en lo hasta aquí expuesto, prometiendo enmendar mis errores en función de ser cada día mejor, menos explosivo y más autocrítico.

@Jorgomezpinilla

domingo, 10 de julio de 2022

Colombia con Petro: ¿será posible tanta belleza?

 


Tomado de El Unicornio

En contravía al ambiente de optimismo que respira Colombia tras la elección de Gustavo Petro, en días pasados dos personas con pensamiento político diferente opinaban sobre sendos aspectos donde conviene mantener el ojo crítico.

Por un lado, Daniel Coronel advertía sobre los peligros implícitos en el acercamiento que tuvieron Gustavo Petro y su hasta ese día archirrival político: “Uribe, con asombrosa sagacidad, terminó convirtiendo la invitación del presidente electo en su resurrección política”, dijo Coronell. (Ver columna).

Desde otra orilla el senador Gustavo Bolívar -el segundo a bordo del petrismo-, no se mostraba complacido con la clase de gente que ha corrido a refugiarse bajo el alero protector del Pacto Histórico: “me preocupa que los nadies (…) no aparezcan aún en el horizonte y en cambio sí figuren personajes que no creían en el proyecto, que no llevan esta causa en el corazón y que llegaron unos días después del triunfo”. (Ver columna).

Sanas preocupaciones en uno y otro, que con toda seguridad serán tenidas en cuenta por el nuevo presidente. A Petro lo que menos le falta es inteligencia y manejo estratégico de las cosas, como lo demostró el hecho de que se hizo elegir bajo las más adversas condiciones, no solo con todo el gobierno y hasta el comandante del Ejército en contra, sino además con el rechazo de ese “centro exquisito” de dedito parado que con su prurito clasista tanto contribuyó a crecer el antipetrismo en el momento menos indicado.

Si preguntaran mi opinión diría que Petro nunca debió haberse reunido con Uribe, básicamente porque se trata de un imputado por la justicia, y eso desdice de la majestad de un presidente de la República, reunirse con sujetos sub judice. Ahora bien, supongo que si le cursó la invitación fue convencido de que Uribe nunca por ningún motivo se la iba a aceptar. Era cuestión de orgullo, advertiría el sentido común. Pero sí se la aceptó, por lo que dice Coronell: porque sabía que acercársele con toda humildad a Petro era la llave que necesitaba para su resurrección política.

Del mismo modo, suena razonable la advertencia de Bolívar sobre la clase de gente que se ha ido acercando (o más bien adhiriendo como lapa) al Pacto Histórico. Es más, si yo fuera Petro habría recibido a todos los que se acercaron, menos al Partido Conservador, por dos razones básicas: primera, porque ante el unanimismo de los demás partidos no se requerirían de esos votos para hacer mayoría en el Congreso. Y segunda, porque están en el lugar equivocado, pues son la antítesis ideológica de la izquierda y en tal medida se hace evidente que detrás de esa adherencia solo les anima un apetito clientelista, el de engullir burocracia.

Y vamos ahora a la parte positiva, que hace referencia los primeros miembros conocidos del nuevo gabinete ministerial, escogencia que demuestra que estamos ante un verdadero viraje en la conducción del Estado, sumado a que resulta incluso agradable su preferencia por ministras mujeres. Coincido entusiasmado con el nuevo presidente, prefiero a las mujeres para todo.

Pero empecemos por los hombres. José Antonio Ocampo al frente del ministerio de Hacienda, de todo nuestro agrado. Un columnista de El Unicornio que se hace llamar H. G. Rueda afirma de Ocampo que está “llamado a ser el muro de contención de cualquier ímpetu populista. El siguiente milagro será pasar la reforma tributaria sin que el país estalle”.

La nueva ministra de salud, Carolina Corcho, otro acierto. Profunda conocedora del funcionamiento de las EPS y del sistema de salud en general, la indicada para el cargo, así haya voces disidentes que quieren asustar como aves de mal agüero.

¿Y qué decir de la ministra de Agricultura? Que el 4 de abril de este año en entrevista con El Unicornio le hizo esta recomendación a Petro: "Lo ideal es que se mueva al centro, que haga lo que hizo Boric en Chile: seguir el consejo de Ricardo Lagos, de moverse hacia el centro o si no el país iba a terminar en la extrema derecha". Y parece que Petro acogió la sugerencia.

La del medio ambiente, Susana Muhammad, chapeaux, es de quitarse el sombrero. La conozco en persona desde la alcaldía de Petro, persona de un trato exquisito y erudito discurrir, inteligente como ninguna, petrista de línea dura.

Y Patricia Ariza en Cultura, con lo cual se pasa el manejo de esta cartera a una persona que le ha entregado su existencia al arte escénico, a la defensa de la vida y la diversidad humana.

En conclusión de todo lo anterior, parece haber motivos para pensar que sí es posible tanta belleza, y que las condiciones están dadas para el renacer de la esperanza en mejores condiciones de vida para todos, con equidad económica, justicia social y reconciliación nacional.

Ya de remate, es conveniente aclarar que el periodismo está para examinar el estado de las cosas, apoyar al gobernante en lo que hace bien y señalar o advertir sobre lo que podría corregirse. No se debe dejar de actuar con ojo crítico desde la distancia como un Daniel Coronell… o propositivamente desde la cercanía como un Gustavo Bolívar.

Pero tratando siempre de ayudar a construir un mejor país.