martes, 11 de febrero de 2020

Aída Merlano, el exfiscal Martínez y la masacre de Tamalameque




Esta columna le hace seguimiento a una investigación que adelanté para Elunicornio.co, titulada Aída Merlano y una masacre de la que nadie habla.

Centré la atención sobre algo que la exsenadora declaró ante un tribunal venezolano de justicia, a partir del minuto 24’35”, relacionado con un secuestro del que habría sido víctima luego de su fuga: “Quisiera también contar que (…) después de todas las cosas que pasaron, hubo una masacre en Cesar. Me parece grave, me parece un poco sospechoso que mataron a tres personas en un municipio de César. Y no sé si quizás fue en el mismo lugar en el que me secuestraron, y no sé si de pronto son las mismas personas que me tenían secuestrada y a las que me les fugué, en retaliación o quizás para evitar que confesaran quiénes los habían contratado para lo que querían hacer contra mí”.

Considerando que Aída llevaba unos dos meses escondida en Maracaibo, me puse a la tarea de investigar si por los días y por la región en la que ella relató haber estado retenida “cerca de Valledupar”, se había presentado alguna masacre. Y efectivamente, encontré que en zona rural de Tamalameque, a unos 200 km de Valledupar, fueron asesinadas tres personas con tiros de gracia el 18 de diciembre de 2019.

Como primer hecho llamativo, pese a que por esos días de fin de año se venía presentando una racha de asesinatos de líderes sociales y de otra índole, con amplia repercusión mediática, la masacre de Tamalameque no fue noticia en ningún medio nacional, tan solo en dos medios locales. O sea, ese crimen recibió un tratamiento informativo de “bajo perfil”.

Los dos medios locales que reportaron el suceso fueron elpaisvallenato.com y pepeojeda.com, y el elemento en común de las dos noticias es que desconocían algo que hoy se sigue desconociendo: los móviles del crimen y sus autores materiales. La única hipótesis que se ventiló en la región fue que se podía tratar de ladrones de motos, debido a que al lado de los cuerpos se encontraba una motocicleta incinerada, pero igual pudo ser para borrar huellas de los victimarios.
 
No existe certeza en que se trate de los tres “raptores” de Merlano, pero difícilmente puede considerarse mera casualidad o triquiñuela del azar que en su huida hacia Venezuela ella haya sabido que “mataron a tres personas en un municipio de César”, y en coincidencia de lugar y tiempo haya ocurrido esa masacre.

¿Que Duque quería asesinarla? Suena delirante, soy de los que creen que ahí Merlano dice lo que Maduro quiere escuchar, para que le concedan el asilo. Pero deja sobre la mesa un asunto que no deja de sorprender: tras su fuga el 1 de octubre se ofreció una recompensa de 10 millones de pesos por información tendiente a su recaptura, y esta suma se incrementó sorpresivamente a 200 millones dos semanas después, por los días que ella habría logrado liberarse no sabemos si del cautiverio, pero sí de la vigilancia a la que era sometida, para pasar luego a Venezuela.

Aída también señaló al exfiscal Néstor Humberto Martínez de haber urdido el plan para incriminarla, y este le respondió con un decálogo de puntos al que esta columna no puede sustraerse, si de llegar a la verdad se trata.

Dice Merlano que el allanamiento a su sede fue “viciado” por la Fiscalía y la Policía, que “sembraron pruebas” para involucrarla, y Martínez responde: “MENTIRA: El general Mariano Botero, de la Policía Metropolitana de Barranquilla, informó que el 11 de marzo de 2018 había actuado la Sijín en caso de flagrancia”. Aquí miente, pues en este video de Noticias Uno se ve a dos policías haciendo eso, “sembrando” pruebas durante la diligencia.  Martínez alega a su favor que “ninguna fiscal participó en la diligencia que adelantó la Policía el 11 de marzo de 2018”, pero esto no es óbice para que no se hubieran sembrado pruebas.

En lo que sí tiene razón el exfiscal de marras, es en que Merlano miente cuando afirma que la condenaron a 15 años “por delitos que no cometí”. Son numerosas las pruebas -de video y documentales- que demuestran que formaba parte de la red de compra de votos que motivó su condena, la cual tiene a su vez a Arturo Char respondiendo a la justicia, pero deja aún con total impunidad (¿o inmunidad?) a quien fuera su más seguro protector y amante, Julio Gerlein, a su vez cercano a los afectos políticos del exfiscal Martínez.

Volviendo a la masacre de Tamalameque, el artículo de Elunicornio.co decía que “es de suponer que durante la necropsia se tomaron fotos del rostro de las tres víctimas, y este punto es crucial para determinar la veracidad de lo dicho por la supuesta víctima del secuestro. Si hubiera cooperación judicial entre las autoridades de Colombia y Venezuela, Aída Merlano podría colaborar en el esclarecimiento de los hechos”.

Es evidente que de parte del Gobierno colombiano y de la misma Fiscalía (hoy en manos de un gran amigo del subpresidente Duque), no parece haber el más mínimo interés en repatriarla. Podría tener razón Duque cuando afirma que “esa señora tiene una deuda con la justicia colombiana, es corrupta, bandida y está prófuga de la justicia”, pero cuando uno se entera de que la solicitud de repatriación se la hicieron al "presidente legítimo" Juan Guaidó, comprende que son aspavientos de opereta para impedir su regreso.

Digamos a modo de resumen que no es cierto absolutamente todo lo que dijo Aída Merlano, pero sí es cierto que atesora grandes verdades, y por eso a cualquier periodista se le acrecienta el apetito de solo pensar en la “chiva” de la primera entrevista con un medio colombiano, que algún día tendrá que conceder. Buscando precisamente no ser “chiviado” por la competencia, quizá no sobre contar se adelantan los trámites del caso ante la Cancillería Venezolana, con un doble propósito: entrevista con Nicolás Maduro para El Espectador… y entrevista con Aída Merlano para El Unicornio.

Publíquese y -en la medida de lo posible- cúmplase.

domingo, 9 de febrero de 2020

EXCLUSIVA – Aída Merlano y una masacre de la que nadie habla




Hay una parte del relato de Aída Merlano al que los medios y la opinión pública le han prestado muy poca atención, pero es de gran trascendencia, pues le imprime carácter de veracidad a lo que ella refirió sobre el “secuestro” del que dijo haber sido víctima. En el minuto 24’35” de su declaración a un tribunal venezolano de justicia, dijo esto:

“Quisiera también contar que (…) después de todas las cosas que pasaron, hubo una masacre en Cesar. Me parece grave, me parece un poco sospechoso que mataron a tres personas en un municipio de César. Y no sé si quizás fue en el mismo lugar en el que me secuestraron, y no sé si de pronto son las mismas personas que me tenían secuestrada y a las que me les fugué, en retaliación o quizás para evitar que confesaran quiénes los habían contratado para lo que querían hacer contra mí”.

En El Unicornio nos dimos a la tarea de investigar y descubrimos que en efecto, en circunstancias que cronológica y geográficamente coinciden con la afirmación de la exsenadora, ocurrió una masacre de tres personas, el 18 de diciembre de 2019 en Tamalameque (Cesar), con las siguientes particularidades llamativas:

Pese a que por esos días de fin de año se venía presentando una racha de asesinatos de diversa índole en los más variados sitios del país, y a que estos tuvieron amplia repercusión, este no fue publicado en ningún medio nacional, tan solo en dos medios locales. O sea, ese crimen recibió un tratamiento informativo de “bajo perfil”.

Para los dos medios que informaron sobre lo ocurrido (elpaisvallenato.com y pepeojeda.com) se desconocían -y se siguen desconociendo- los móviles del crimen y sus autores materiales.

Según el primer medio citado, “entre las víctimas hay dos venezolanos y un ciudadano de El Banco, Magdalena, quien sería el jefe de una banda de cuatreros que mantenía su accionar delictivo en el sur del Cesar, sur de Bolívar y sur del Magdalena”.

El segundo medio citado informó que el crimen ocurrió “en la vereda Brisas del municipio en el sur del Cesar. Según las primeras informaciones presuntamente se trataría de tres hombres que azotaban la zona en casos de hurtos, serían dos venezolanos y un banqueño”.

La información que citan procede de alguna autoridad oficial, aunque no mencionan si Policía o Ejército, y es posible concluir que los cuerpos eran de personas que no habitaban allí, pues nadie dio cuenta de su procedencia ni de su residencia en esa región del Cesar. En conclusión, pudieron haber sido trasladados a ese lugar luego del crimen o llevados allí para asesinarlos.

En lo referente al aspecto geográfico, Merlano se refirió a que su retención habría ocurrido en una finca en las afueras de Valledupar. Y, ¿cuál es la distancia entre Valledupar y Tamalameque? Unos 200 kilómetros, que por vía terrestre se recorren en un tiempo aproximado de tres horas.

Es de suponer que durante la necropsia se tomaron fotos del rostro de las tres víctimas, y este punto es crucial para determinar la veracidad de lo dicho por la supuesta víctima del secuestro. Si hubiera cooperación judicial entre las autoridades de Colombia y Venezuela -aunque parece haber intereses orientados a que no la hubiere-, luego de ser extraditada a su país de origen, Aída Merlano podría colaborar en el esclarecimiento de lo que ella misma dijo.

En tal caso -y solo en tal- se le podría preguntar si los cuerpos de las víctimas de esa masacre corresponden a los de sus captores. Los cuales la habrían sometido a abusos físicos, a los que pareciera que ella se prestó para propiciar unas condiciones que le facilitaran su fuga.

Y aquí conviene traer a colación otra parte de su relato: “Si de verdad ellos hubiesen cuadrado una fuga, mis captores no habrían hecho lo que hicieron conmigo todo el tiempo que yo estuve secuestrada. Me hubiesen dejado ir en el instante que les dije que yo me quería ir. Y no fue así. Tuve que hacer muchas cosas para escaparme de ellos”.

Llegados a este punto, conviene brindar claridad en lo siguiente: al margen de las diferencias políticas entre dos regímenes en apariencia dictatoriales -Colombia y Venezuela-, si hubiera cooperación entre ambos Gobiernos o entre ambas Fiscalías sería muy fácil, al menos en lo referente al supuesto secuestro al que Aída Merlano dice haber sido sometida tras su fuga de un consultorio odontológico, saber si dice la verdad o si está mintiendo.

martes, 4 de febrero de 2020

Como en la ópera de Verdi, ¿Aída cantará?




Si hemos de creerle a El Tiempo, que cita “una fuente enterada del caso”, tras su captura Aída Merlano pidió ser contactada con Nicolás Maduro y, ante la negativa de este a recibirla, elaboró dos videos que pidió le fueran transmitidos. Según dicha fuente, ahí “le decía que en Colombia iba a ser asesinada y que tenía información sensible sobre influyentes miembros de la clase política, que incluso le dieron dinero para que permaneciera en silencio. Mencionó apellidos como Gerlein, Char y sus aliados en la política, y la distribución de lo que llamó unos cupos indicativos por parte de los últimos gobiernos”. (Ver noticia).

En contraste con el manejo que le ha dado Maduro al asunto, ha sido tal la torpeza con la que el subpresidente Iván Duque manejó la recaptura de la exsenadora, que un medio neouribista como la revista Semana y una columnista prouribista como Vicky Dávila prefirieron tomar enfática distancia: la primera tituló en portada La diplomacia del absurdo, mientras la segunda afirmó que “el Gobierno hizo el oso al anunciar que pedirá la extradición de la Merlano a Guaidó”. (Ver columna: Maduro 2 – Duque 0).

Esto se traduce en que a Duque le salió el tiro por la culata, pues en lugar de cumplirse su profecía de meses atrás según la cual “Maduro tiene las horas contadas”, el affaire Merlano terminó por apuntalar y legitimar al Gobierno venezolano y dejó en el más sonoro ridículo internacional al nuestro.

Ni bobo que fuera, Maduro saltó al ruedo para proponer lo que la cordura o la sensatez o las buenas maneras obligan entre contendientes: abrir relaciones consulares que faciliten la repatriación de la capturada, consciente él del carácter “explosivo” -dentro del ambiente político colombiano- en caso de hacerse efectivo su regreso a la prisión de la que el mismo Inpec ya le había facilitado su huida.

Llegados a este punto, se le debe conceder de nuevo la razón a doña Vicky: “aquí hay más de uno que quisiera borrarla del mapa para que nunca hable. Aunque suene horrible, Aida Merlano vale más muerta que viva para los que tienen rabo de paja, algunos de categoría presidencial”. ¿Quién o quiénes podrían estar interesados en callarla? Averígüelo Vargas…

Es obvio que cuando la reportera habla de “algunos de carácter presidencial” alude sobre todo al exalcalde de Barranquilla Álex Char, en quien la derecha uribista ha puesto sus ojos complacientes para competirles en 2022 al centro y a la izquierda, por ahora encarnados respectivamente en Sergio Fajardo y Gustavo Petro, casi inamovibles.

Pero hay un escenario que no se ha contemplado: ¿y si es la misma Aída la que no quiere “cantar” porque es objeto de amenazas y no desea perjudicar a personas de su familia, o porque no tiene vocación de sapa- o sea de delatora-, o porque piensa que su silencio podría verse retribuido a futuro o en un presente mediato?

No nos llamemos a engaños, las ‘fichas’ que hasta hoy ha movido el Gobierno Uribe-Duque dan para pensar que este se esforzaría en brindarle todas las comodidades y gabelas posibles a doña Aída para que no incrimine a sus aliados de la Costa.

Aquí entre nos, en mi condición de periodista interesado como corresponde en llegar a la verdad desnuda, yo sería el primero en viajar hasta Caracas o a la misma Cochinchina para buscar una entrevista con tan atrayente y enigmático personaje, y ya llegado hasta su celda le diría de entrada que su mejor seguro de vida sería contar lo que sabe, porque “después del ojo afuera… no hay Santa Lucía que valga”.

El artículo de Semana que mencioné al comienzo trae una frase que podría entenderse como un antepenultimátum para Duque: “El Gobierno no puede limitarse a una ingenua defensa de la democracia venezolana, haciendo caso omiso de los múltiples intereses colombianos en juego. Ha llegado el momento de inyectarle una dosis de realpolitik a las relaciones exteriores del país”.

Es aquí donde veremos si Duque seguirá dando los mismos palos de ciego que parecieran favorecer a los políticos de la Costa incriminados, o si decide regresar la diplomacia a los cauces de la cordura y la sensatez, hoy extraviadas en el laberinto de la sinrazón y el absurdo.

DE REMATE: Se ha sabido que el dueño de El Tiempo, Luis Carlos Sarmiento Angulo, le vendió a la Universidad del Rosario el emblemático edificio de la carrera 7 con Avenida Jiménez. Pero ahí no para la cosa, porque según Las 2 Orillas la sede de la avenida Eldorado también será vendida y en el lote se construirá un proyecto inmobiliario, el cual sin duda le será más rentable al banquero que lo que le da un pinche periódico, hoy con su credibilidad por el piso. Sin el ánimo de ponernos de burlones o capciosos, como gran moraleja de esta historia se podría concluir que “El Tiempo sí se detiene”.

lunes, 27 de enero de 2020

Petro debería reinventarse




A Gustavo Petro la derecha está tratando de crecerlo, y en esa tarea cumplen eficaz papel la periodista uribista Vicky Dávila y sus jefes de Semana: mientras en lo editorial la revista le da palo (ver ilustración), ella le hace condescendientes entrevistas con una frecuencia que ya se torna sospechosa.

¿Por qué hacen algo que parecería contrario a sus intereses? Porque están convencidos de que Petro es portador de un alto grado de toxicidad, y en tal medida lo alientan como elemento disociador, rol que él mismo contribuye a fortalecer con su discurso beligerante, profundizando así la brecha cada día más irreconciliable entre el centro y las fuerzas de izquierda: en una orilla Petro, en la otra todos los demás: Claudia López, Fajardo, Robledo (Jorge y Ángela) Sanguino, Navarro, Lucho Garzón, De Roux, Angélica Lozano, Goebertus, etc.

En medio de tan enrevesado panorama, las viandas quedan servidas para que de nuevo se cuele la derecha siniestra, la cual por un lado practica “el divide y vencerás” y por otro perfila como su más seguro “servidor” al pintoresco y dinámico Alex Char, conspicuo representante del poderoso clan Char de la alegre Curramba.

Así las cosas, la derecha sigue empeñada en que a Petro se le identifique como un nuevo Álvaro Gómez Hurtado, tres veces infructuoso candidato a la Presidencia, por quien solo votaban los conservadores y el resto del país votaba contra él.

(Y aquí un paréntesis: a Gómez Hurtado lo mataron sus aliados cuando dejó de serles útil y se convirtió en un hombre que sabía demasiado, como explico en libro que lanzaré en la FILBO 2020, Los secretos del asesinato de Álvaro Gómez).

Volviendo a Petro, podríamos aplicarle el refrán según el cual “al árbol que da más frutos es al que le tiran piedras”. No creo incurrir en error si afirmo que el suyo es el mejor programa de gobierno, y el subpresidente Duque con sus permanentes torpezas no hace sino proyectar sobre su más enconado rival todos los reflectores. Ahora bien, Petro a su vez pareciera incurrir en error cuando se le ve dedicado más a restar que a sumar fuerzas, casando peleas con todo el que se le atraviese, en plan de ¡muera yo con los filisteos!, como le pasó a Sansón.

Cuando digo desde el título de esta columna que Petro debería reinventarse, sugiero que en lugar de andar de picapleitos podría estar tendiendo lazos de unión, en armonía con los vientos de paz y reconciliación que afloraron desde que las Farc depusieron sus armas. Contrario a esta tendencia, se le ve aplicando la consigna marxista de agudizar las contradicciones, pero ya no con el enemigo de clase sino con quienes en apariencia deberían ser sus aliados, como los recién posesionados alcaldes de Medellín y Bogotá, quizá “apostándole al fracaso de las opciones independientes que han surgido en las elecciones territoriales, a que esas expectativas se frustren y agudicen la polarización que vive el país”, según interesante criterio del abogado y politólogo Ernesto Borda.

A título personal diría que me gustaría ver a Gustavo Petro convertido en presidente, pues creo que él encarna el verdadero cambio o revolcón estructural que requiere el país. En alguna columna anterior dije que “entiendo el temor de (Daniel) Coronell a una eventual presidencia de Petro por los desaciertos que mostró como ‘gerente’ de Bogotá, mientras que mi temor es por su dificultad para trabajar en equipo. Pero a diferencia de Coronell, yo sí estaría dispuesto a jugármela por Petro frente a Duque, luego de elevar mis oraciones al Altísimo para que haya superado su síndrome de caudillo y entienda que hay gente dispuesta a aportarle, y si acepta que él también puede equivocarse”. (Ver columna).

No es posible olvidar que Petro fue alcalde de Bogotá gracias a la coalición de la que formaron parte amigos suyos como Antonio Navarro, Carlos Vicente de Roux, Daniel García-Peña o Guillermo Alfonso Jaramillo, pero ya posesionado no pudo entenderse con ninguno de ellos. Eso es lo que quienes queremos verlo de presidente, esperaríamos que ya hubiera superado. Inclusive nos tomaríamos el atrevimiento de sugerirle que tuviera su propio J.J. Rendón (o sea un asesor estratégico de imagen) que le recomiende desde cosas en apariencia baladíes como usar una vestimenta más atractiva para el grueso público, o mirar a su interlocutor a los ojos antes que de soslayo, hasta mejorar la redacción de sus trinos.

Gustavo Petro Urrego es al día presente el legítimo poseedor de los 8’040.449 votos que obtuvo en la segunda vuelta, mientras que a Duque no le deben quedar ni tres millones de los 10’398.689 que obtuvo en esa misma elección.

Lo deseable entonces sería que, en lugar de dilapidar tan importante capital político en reyertas improductivas y desgastantes, Petro se dedicara a cuidar esos ‘ahorritos’. En otras palabras, que si de verdad quiere ser el próximo presidente de la República y no quedarse en el papel de eterno opositor respondón, se impusiera como tarea mostrar más talla de estadista que de rufián de esquina.

DE REMATE: Más dudas que certezas quedan tras la grave denuncia que publicó El Espectador el lunes 27 de enero, de donde parece colegirse que los exguerrilleros que fueron abatidos por la Policía porque supuestamente iban a atentar contra ‘Timochenko’, habrían sido previamente torturados y asesinados en circunstancias de lugar y tiempo diferentes, para luego presentar sus muertes como el resultado de un exitoso -aunque en realidad falso- positivo. (Ver denuncia).

lunes, 20 de enero de 2020

Petro o Fajardo: ¿Claudia entre dos amores?




Pese a que la arena política nacional muestra dos tendencias antagónicas -el uribismo y los demás- en la orilla antiuribista hay una pelotera tan enconada entre sus dirigentes, que en la práctica responde complaciente a la consigna “divide y vencerás”, atribuida al emperador romano Julio César: divide et impera.

De todos modos, la consigna pareciera más bien del orden maquiavélico, pues resume la estrategia con la que muchos líderes o gobernantes logran imponerse sobre sus rivales, consistente en indisponer a los unos contra los otros.

Maquiavélico es por ejemplo el lanzamiento precoz de Jorge Robledo como candidato a la presidencia, a tres años de la elección, porque no lo abriga propósito diferente al de ahondar la división en las filas de la centro-izquierda, justo cuando acaba de mostrarse partidario de la salida de Uber de Colombia, en sorprendente coincidencia con el gobierno de Iván Duque.

Robledo no da puntada sin dedal, pues del mismo modo que Duque saca a Uber del mercado para que el gremio de los taxistas no se una al paro, a Robledo le sirven esos votos en sus aspiraciones futuras, sea una eventual reelección al Senado o su candidatura presidencial, la cual de todos modos nació en modo coitus interruptus. (Ver video de Robledo con taxistas).

Pero ahí no paran las coincidencias con el uribismo, porque a su aspiración Robledo la bautizó con el rimbombante nombre de Gran Pacto Nacional, lo cual de inmediato nos remite a la Gran Conversación Nacional que Duque se inventó para embolatar las exigencias del Comité del Paro. Coincidente con el uribismo fue también su rechazo en 2016 al impuesto a las bebidas azucaradas, tan llamativo que Semana tituló Gaseosas logran lo imposible: poner de acuerdo a Robledo y Duque (ver noticia).

Para entender por qué la candidatura de Robledo encarna ante todo un propósito divisionista, basta aplicar regla de tres: Robledo apoyó a Claudia López a la alcaldía de Bogotá, quien a su vez apoyó (y sigue apoyando) a Sergio Fajardo a la presidencia; de otro lado, el mismo Robledo en 2018 declinó su candidatura para apoyar a Fajardo, y en la segunda vuelta coincidió con este en lo del voto en blanco. ¿Por qué entonces ahora pretende atravesársele a Fajardo e ir en contravía de su “socia” política, quien el día de su lanzamiento a la alcaldía -acompañada de Robledo- alzó el brazo de Fajardo para señalarlo como “el futuro presidente de Colombia”?

Porque quiere sembrar más división de la que ya hay, porque necesita producir un fuerte ruido mediático que perjudique la aspiración de Petro, porque pone su granito de arena para impedir que Petro hacia 2022 siga creciendo, como en efecto ocurre gracias a que el creciente desprestigio del subpresidente Duque terminó por darle la razón al programa de gobierno que el candidato de la Colombia Humana expuso durante su campaña. Programa que, si Fajardo con sus votos hubiera decidido apoyar, habría impedido el regreso de la bestia; pero prefirió ser egoísta y mezquino (como hoy Robledo) y gran parte de sus votos se fueron para Duque.

Hablando de la división que ya hay en el ala antiuribista, genera cierto desconcierto la oposición radical que el petrismo ha desatado contra la recién posesionada Claudia López, pues tiende a concederles la razón a quienes creen que para Petro todo el que no está con él… es uribista. (Ver trino de Daniel Coronell al respecto).

Como ya se sabe -hasta la saciedad- hoy el eje del desacuerdo entre Claudia López y Petro es el metro. En este contexto cito a una pluma lúcida, la de Enrique Santos Molano, cuando pone así los puntos sobre las íes: “Como López ganó la elección, y la suma de los tres candidatos (Claudia, Galán y Uribe) que apoyaron en sus programas el Metro Elevado (ME) arrojó el 81.25% contra el 13% del candidato Morris, defensor del Subte, podría decirse que una gran mayoría de ciudadanos se mostró favorable al ME”. (Ver columna).

Luego trae a cuento la abstención, superior al 50 por ciento, con la que quizá trata de equilibrar las cargas hacia el petrismo, pero lo que hay en el fondo es la invitación a Petro y a Claudia de parte de un hombre sensato y ecuánime, a bajarle a la beligerancia mutua (“a Petro y a Hollman no les gusta el metro elevado porque no es el de ellos”), convencido él de que “deponer las animosidades entre dirigentes, afines por su sentido progresista de la política y por su humanismo, marcará el inicio de una nueva era de prosperidad y progreso en la capital”.

En lo atinente al tema específico del metro, el columnista considera que “Incluir a la ciudadanía, bien informada en la decisión de cuál es el metro que debemos construir, sería lo que corresponde en una sociedad democrática”. Pero el mensaje subyacente es a que se tiendan lazos de acercamiento entre Claudia y Petro, no de confrontación, y entre los considerandos estaría que en la segunda vuelta la hoy alcaldesa de Bogotá, contrariando al tibio Sergio Fajardo y al sectario Jorge Robledo de su misma alianza, despreció el voto en blanco y prefirió adherir a Petro.

Como ya se dijo aquí en columna anterior “es Fajardo y no Petro el verdadero elemento tóxico frente a una eventual coalición de fuerzas de la centro-izquierda hacia 2022”. (Ver columna) Ya que la candidatura precoz de Robledo obligó a abordar el tema, se requiere para marzo de ese año la convocatoria a una consulta amplia de la centro-izquierda, a la que con toda seguridad Fajardo habrá de hacerle el quite, pero a la que se espera puedan concurrir figuras del calibre de un Humberto de la Calle, un Petro o un Camilo Romero, inclusive un Jorge Robledo.

Espero estar equivocado si digo que a esta Robledo también le haría el feo, porque sabe que lleva las de perder, pero lo definitivo aquí es saber qué decisión tomaría Claudia si Petro depusiera su artillería opositora y decidiera apoyarla, en aras de la convivencia democrática y la reconciliación nacional. ¿Acaso ella se vería de nuevo obligada a decidir entre dos amores, si Fajardo o Petro…?

Llegados a este punto, ya nos tocaría parodiar al gran maestro Klim: Di, Claudia, ¿a quién preferirías?

DE REMATE: Podría parecer monotemático, pero al propósito instructivo de esta columna le casa otra de ESM, titulada Yo claudia, una paradoja, donde dice cosas como esta: “Yo no voté por ella, pero creo que aún no es tiempo de atacarla ni de ahogarla en críticas. (…) La ratificación del antiguo gerente de la EMB tiene sentido si el propósito es el de que responda por las irregularidades en su gestión, como las que ya encontró la Contraloría General”. (Ver columna).

lunes, 13 de enero de 2020

Colombia está durmiendo con el enemigo



El pasado domingo 12 de enero fue la segunda ocasión en la que un artículo de prensa puso al país a devanarse los sesos en torno a quién pudo ser el “beneficiario” de una violación. Primero fue una violación física, o estupro que llaman. Ahora se trata de una violación a la vida privada de un grupo de personas, mediante lo que coloquialmente se ha conocido como “chuzadas”.

El primer caso alude a cuando la periodista Claudia Morales denunció en columna titulada Una defensa del silencio, haber sido violada años atrás en la habitación de un hotel por alguien que fue su jefe, a quien solo identificó como “Él” y lo describió como “un hombre relevante en la vida nacional. Ahora lo sigue siendo y hay otras evidencias que amplían su margen de peligrosidad”. (Ver columna).

El segundo caso hace referencia a la denuncia de Semana (Chuzadas sin cuartel), cuya lectura pone los pelos de punta al enterarnos de que desde la mismísima comandancia del Ejército se venía adelantando una poderosa campaña de espionaje a magistrados, periodistas y opositores al gobierno del subpresidente Duque, en clara reedición de las chuzadas que se presentaron durante el régimen de la Seguridad Democrática que de 2002 a 2010 presidió el sátrapa Álvaro Uribe Vélez.

Puesto que estamos hablando de “Él”, la intriga surge cuando leemos que según uno de los militares que denunció las maniobras ilegales dentro del Ejército, “nos dieron la orden de continuar el monitoreo, los seguimientos y (…) nos ordenaron entregar esa información directamente a un reconocido político del Centro Democrático”.

Si nos pusiéramos de detectives, la “trazabilidad” daría para pensar que en ambos casos se trata del mismo “violador”. Ahora bien, sin que haga falta revivir los sinsabores que la colega periodista depositó en los anaqueles del silencio, resulta muy fácil identificar el político al cual se refirió Semana (blanco es, gallina lo pone…) haciendo claridad en que la revista sabe de quién se trata pero se abstuvo revelar su nombre. ¿Y por qué no lo revela? Quizá porque, desde que los Gilinsky compraron la mitad de la revista, esta dio un radical viraje hacia el uribismo y prefieren no mencionar a Watergate en casa de Nixon…

Es obvio que el más “reconocido político del Centro Democrático” receptor de la información sobre las chuzadas tendría que ser Álvaro Uribe, pero Noticias Uno en su última emisión habla de uno sus subalternos, el abogado Rafael Nieto Loaiza, miembro activo de ese partido. Esta información es en todo caso irrelevante, pues se trata apenas de un alfil, alguien que goza de la confianza del que sabemos para hacerle llegar el resultado de las pesquisas con la discreción requerida. Igual pudo haber sido Paloma Valencia, Alfredo Rangel o Samuel Hoyos, son simples peones de brega.

Lo verdaderamente preocupante es que tanto el presidente de la República como el ministro de Defensa hayan querido restarle trascendencia al asunto, uno hablando de “manzanas podridas” y el otro declarando que “los responsables deberán responder de manera individual ante la justicia”.

Señores Iván Duque y Carlos Holmes Trujillo, no le mientan al país: no se trata de manzanas podridas ni de responsabilidades individuales, a otro perro con ese hueso. La verdad monda y lironda es que se adelantó un sofisticado operativo de espionaje que involucró un nivel de coordinación institucional desde la comandancia del Ejército y comprendía unidades de dos batallones, el de ciberinteligencia (Bacib) y el de Contrainteligencia de Seguridad de la Información (Bacsi), ambos dependientes del Comando de Apoyo de Inteligencia Militar (Caimi) y del Comando de Apoyo de Contrainteligencia Militar (Cacim).

Digámoslo sin ambages, esto solo es posible en regímenes dictatoriales. Las irresponsables declaraciones de Duque y Trujillo darían para pensar entonces que ellos también son peones de brega, puestos ahí por el senador Álvaro Uribe para propiciar la impunidad de los generales y coroneles activos del Ejército que se prestaron como secuaces para secundarlo en lo que a todas luces pinta como un “concierto institucional para delinquir”.

Holmes Trujillo afirmó en rueda de prensa- rodeado de la cúpula militar- que “el país quiere conocer la verdad”, pero a renglón seguido volvió a mentir cuando dijo lo mismo que el día anterior había dicho el subpresidente Duque: que el general Nicacio Martínez salió de la comandancia del Ejército “por las razones familiares que adujo”.

Como explicó La Silla Vacía, la salida de Martínez se dio diez días después de que “una comisión de la Corte Suprema y casi un centenar de policías judiciales adscritos a la Procuraduría allanaron las instalaciones del batallón de ciberinteligencia en Facatativá, en busca de evidencia sobre las chuzadas (…). También semanas antes del discurso del presidente, el ministro de Defensa ya había sido informado de que la revista estaba investigando un escándalo de chuzadas en el Ejército”. (Ver artículo). En otras palabras, el general Martínez fue retirado porque su permanencia se hizo insostenible.

Si desde la misma cúpula del otrora glorioso Ejército Nacional se adelantan acciones ilegales y tanto el presidente de la República como su ministro de Defensa tratan de proteger con su vacua retórica a los culpables, significa que Colombia está durmiendo con el enemigo. En tal medida, el jurista Ramiro Bejarano da en el clavo cuando en trino reciente afirma que “La gigantesca operación de espionaje orquestada desde los cuarteles con talante e intereses uribistas, evidencia que @ivanduque no es el hombre para conducir los destinos de la Nación. Es la hora de empezar a contemplar su renuncia, así el remedio resulte peor que la enfermedad”. (Ver trino).

DE REMATE: Para acabar de enredar la pita, ¿qué tranquilidad le puede brindar al país que el nuevo comandante del Ejército sea un general sobre el que recaen serias sospechas, siendo capitán, de haber tenido que ver con la desaparición del papá del futbolista Juan Fernando Quintero…?

martes, 7 de enero de 2020

¿Qué pasaría si a Colombia le "faltara" Uribe?




La última columna que en 2019 publicó el escritor William Ospina, El asombro, estuvo dedicada a los 120 años del nacimiento de Jorge Luis Borges y trajo una frase clarividente, demoledora: “Cuando Hitler fue derrotado, (Borges) advirtió con extrañeza que los que parecían más felices con esa derrota eran sus partidarios. Comprendió que a menudo los fanáticos de una causa horrible son los que están más aterrorizados. Probablemente los que conciben a Dios como un verdugo sólo lo aman por miedo, porque no se atreven a rechazarlo”. (Ver columna).

De inmediato, por asociación de ideas, hube de imaginar lo que ocurriría en Colombia si por algún motivo -y el día esté cercano- Álvaro Uribe desapareciera de la escena política, no necesariamente porque decidiera renunciar al Senado y marginarse de la actividad política (un imposible, como se verá más adelante), ni porque sufriera una muerte repentina (el hombre en apariencia goza de buena salud), mucho menos porque  fuera derrotado del modo que le ocurrió a Hitler (según la versión oficial se envenenó con cianuro en compañía de su amante Eva Braun y ambos cuerpos fueron cremados), sino por lo que pinta como la eventualidad más cercana a la realidad: que la Corte Suprema actuando en Derecho le dictara al expresidente la orden de detención que lo pusiera a buen recaudo, como corresponde.

Retomando la cita borgeana de Ospina, los más aliviados con su salida definitiva serían los mismos uribistas, en consideración a que “a menudo los fanáticos de una causa horrible son los que están más aterrorizados”.

Horrible debe ser, ciertamente, la tensión psicológica permanente que -es de suponer- viven muchos uribistas forzados desde el empíreo a seguir la línea oficial para que no les pase lo que a la primípara ministra de Ciencia y Tecnología, Mabel Torres, quien por manifestarse contraria al fracking acaba de ser sometida a feroz matoneo mediático por parte de los tres más fieles esbirros del caudillo: Rafael Nieto, José Obdulio Gaviria y Ernesto Yamhure. (Ver noticia).

Horrible es a su vez la palabra que mejor define la situación que vive Colombia desde que Uribe asumió su tercer periodo presidencial mediante persona interpuesta, con una exacerbación de la violencia y la criminalidad a todo nivel, como nunca antes se había visto, del mismo modo que la palabra que mejor define el ambiente que comenzaría a regir tras su retirada sería “alivio”. Un alivio generalizado.

El primer resultado en lo social se vería plasmado en que Colombia retomaría la senda de la paz y la reconciliación, y la JEP dejaría de ser torpedeada por el Gobierno, tendría más libertad para actuar y se conocerían escabrosas verdades y nuevas fosas comunes; y en lo militar sería posible depurar la tan cuestionada cúpula actual, uribista hasta el tuétano, tropera y de claro sello ‘pinochetista’.

En lo político, los partidos sufrirían un verdadero remezón ideológico: Alianza Verde perdería preminencia -o al menos se vería muy competida- porque al centro regresarían los partidos Liberal, Cambio Radical y La U, antes “enmermelados” por la derecha en el poder; y habría dos partidos conservadores, el así llamado y el Centro Democrático. Pero este último se iría extinguiendo paulatinamente, pues su única razón de ser hasta hoy ha sido mantener vigente el nombre del patrón para sacar adelante el perverso propósito que los inspira: ensuciar el agua donde todos nos bañamos para que no se note lo cochinos que ellos están, incluido el que los puso ahí.

Y en lo gubernamental, habría un resultado casi de Perogrullo: Iván Duque dejaría de ser el subpresidente y quizás hasta pudiera hacer un buen gobierno, mediante el desarrollo y ejecución de su propio proyecto, no el que le dicta su jefe desde la trastienda y él debe obedecer a pie juntillas.

Por todo lo anterior, mi mayor deseo para 2020 es que Colombia pueda por fin desembarazarse de ese tumor canceroso que tanto daño le hace a la salud nacional, llamado Álvaro Uribe Vélez.

¿Alguien sabe por qué ese señor no ha querido retirarse definitivamente de la política, como muchos le han pedido, incluso equivocados de buena fe cercanos a él? Les tengo la respuesta, sin temor a equivocarme: porque primero necesita incendiar el país y armar la hecatombe que le garantice impunidad jurídica a perpetuidad.

He ahí el meollo del quid que resuelve el intríngulis.