La compasión es un sentimiento que practican
los cristianos y los budistas, con una diferencia: los primeros lo hacen para
alcanzar el cielo, los segundos como norma de vida. La compasión podría
entenderse también como sinónimo de amor al prójimo, y es lo que siente un
agnóstico sensible al ser testigo del grado de esclavitud mental inherente al
pensamiento religioso.
Las primeras esclavizadas fueron las mujeres,
desde el día en que a algún israelita con alto poder de convicción, aburrido quizás
de la dificultad que se presentaba para tratar con las caprichosas féminas de la
tribu, se le ocurrió la brillante idea de meterles culpa teológica y se inventó
la fábula de una pareja compuesta por Adán y Eva a la que Dios había puesto sobre
el paraíso terrenal para que fueran felices y comieran perdices. Pero la
compañera del obediente hombre no había resistido la tentación de comerse la manzana
prohibida que le acercó una serpiente, y desde ese día una y otra –hembra y
serpiente- quedaron emparentadas.
Lo trágico del asunto es que por algo tan
insignificante como la satisfacción de un nimio antojo femenino (algo que Dios
habría podido resolver con una amonestación o una simple nalgada, qué sé yo),
se armó un zaperoco de padre y señor mío y quedamos todos atados por el cuello
a la noria de la culpa. Sobre todo las mujeres, a quienes por cuenta de ese
desliz se les decretó “sumisión y obediencia al varón”, según el mandato divino
consignado en el Antiguo Testamento.
Desde esos días nefastos para la humanidad asumimos
a Dios como un ser que gobierna nuestras vidas, toda una autoridad sacramental
a la que después de muertos tendremos que ir a rendirle cuentas para que él en
su magnánima sabiduría decida si nos manda a arder en las llamas del infierno o
nos invita a compartir su beatífico reino…
En este contexto, el gancho que agarra a católicos,
evangélicos y cristianos con Jesucristo reside en que "Él murió por
nuestros pecados". Lo asumen como verdad incuestionable, y cuidadito si usted
la pone en duda, porque les estaría faltando al respeto. Están sumergidos en el
pantano de una culpa heredada de generación en generación, como algo congénito,
y eso –dicen- es algo que hay que respetarles. Visto el asunto con ojos
analíticos, ahí se aprecia una especie de chantaje: naciste pecador, pero
Cristo te redimió con su muerte. Y lo peor del asunto es que “sin Cristo no te
salvas”. Suena abominable. ¿Cómo así que nací pecador? ¿De cuándo acá debo yo
cargar con culpas ajenas por el solo hecho de haber nacido? Ahora bien, si se
dice que él murió para salvarnos del pecado, ¿cuál es el rollo? ¿No significa
eso que se acabó la película de la culpa por el pecado original? ¿O fue que
quedaron algunos intereses pendientes de la deuda contraída en el paraíso…?
Estas reflexiones vienen de una publicación que
hice en mi muro de Facebook el pasado Viernes Santo, a raíz de una imagen donde
el canal TRO anunciaba el cubrimiento de la Procesión Infantil de Pamplona con
una imagen de una niña cargando en sus brazos al Jesucristo crucificado sobre
una cruz de madera, y detrás se ve a otras dos niñas vestidas de monjas. Publiqué
la foto, acompañada de este texto: “Además del bautizo en estado de
indefensión, esto debería ser considerado como abuso infantil: los encarrillan
en una religión cuando aún no tienen criterios para definir sus creencias por
cuenta propia. En lugar de que los pongan a cargar la imagen de un hombre
sometido a salvajes padecimientos, deberían estar jugando”. (Ver foto).
Pues quién dijo miedo, un católico al que conozco
y aprecio se lanzó en imprecaciones diciendo que yo debería ser declarado
persona non grata del mismo pueblo donde ambos vivimos, y que no era digno de
haber sido recibido en la casa de una mujer (también católica ella) cuyo hijo
me brindó hospedaje durante los días aciagos en que yo era objeto de una persecución
de la que ahora no quiero acordarme. Esto me sirvió de lección, de todos modos:
pude apreciar que alguien cercano se sentía agraviado en lo más íntimo de su
ser, y fue cuando decidí ‘respetar’ ese día santo para los católicos y silenciar
mi publicación.
Por simple coincidencia, el Sábado Santo apareció
entre mis recuerdos algo que había publicado tres años atrás en Semana.com: una
columna donde manifestaba mi asombro ante el hallazgo de lo que a todas luces
parecía ser –y sigue pareciendo- la tumba perdida de Jesucristo, y remataba con
esto: “¿Qué podría ocurrir en el mundo católico occidental si hechas las
comprobaciones de rigor resultara que esa tumba contuvo en efecto los restos de
Jesús de Nazaret y su familia? Elemental, mi querido Watson: habría que
comenzar por reescribir la Historia”. (Ver columna).
La respuesta de otro ofendido hasta los
tuétanos dice así: “Cuando tú te mueras (…) estoy seguro que nadie te llorará
pues con un carácter tan vinagre como el tuyo, solo alegría y entusiasmo
despertará tu partida sin regreso. Si queman tus restos, solo serán ceniza
negra como tu alma (si es que la conservas). Si te entierran, estarás tan
podrido y maloliente como ahora, cuando pretendes quitarle su divinidad a Nuestro
Señor Jesucristo y dejarlo reducido a su condición humana”. (Ver
anatema).
Ahí observé que estaba frente a alguien
inteligente y culto, pero arrebatado por un sentimiento de ira que se anidó en
su alma, producto de la lectura de mi columna. Comprendí su dolor y alabé la
calidad literaria de su diatriba, y por eso la conservo en mi egoteca. Hay
personas que no están en condiciones mentales de prestar oído a argumentos
demoledores desde el lado de la razón, porque si se convencieran de que han
vivido atadas a un engaño se les vendría abajo la estantería de la Fe que les
brinda seguridad espiritual, emocional y psicológica a sus vidas. Apenas
comprensible entonces una reacción como esa, la de quien no encuentra salida
diferente a la de desear la muerte. Ese hombre, entonces, me despertó compasión
cristiana.
Jesucristo fue un gran hombre, con un valioso
mensaje centrado en la caridad, pero aquí tiene cabida lo que una vez le dijo
Mahatma Gandhi a un inglés que lo visitó: "Me gusta el Cristo de ustedes, pero
no me gustan los cristianos. No se parecen en nada a Cristo". O como dijo Napoleón
Bonaparte: la religión es lo que evita que los pobres asesinen a los ricos.
DE REMATE: La reunión entre Donald Trump,
Álvaro Uribe y Andrés Pastrana que nunca ocurrió, como ya desmintió
la Casa Blanca, revela el
grado de desesperación en que se halla este par de sujetos, cada día más avasallados
por el ímpetu incontenible de la paz. Flagrante mentira para consumo nacional,
torpemente fabricada por dos protagonistas de un oso internacional.









