martes, 21 de abril de 2015

“Y Uribe a la cárcel, ¿cuándo?”


Con motivo de la condena que profirió la Corte Suprema de Justicia contra dos exministros (Sabas Pretelt, Diego Palacio), dos exsecretarios de Casa de Nariño (Bernardo  Moreno, Alberto Velásquez) y la exdirectora del DAS María del Pilar Hurtado, mucha gente se preguntaba en las redes sociales por qué la justicia no ha caído sobre el que les habría dado a estos las órdenes para delinquir.

El título de esta columna resume ese sentir, y por eso va entre comillas: porque no lo digo yo, es un interrogante que se convirtió en tendencia, y basta con buscar en Twitter por “Uribe a la cárcel” para que se confirme la validez del enunciado. O como dijo Aceneth en su cuenta @periodista19: “Si Corte dice que Uribe ordenó a Pretelt y Palacio ofrecer prebendas para asegurar su reelección, ¿qué esperan para meterlo a la cárcel?”

La periodista no se equivoca, pues la Corte Suprema en efecto hizo extensiva la culpa al jefe de los condenados cuando así sentenció: “Siguiendo instrucciones del entonces presidente Álvaro Uribe, el exsecretario general de la Presidencia y los exministros de Protección Social y del Interior dispusieron del poder que les conferían sus altos cargos para pagar con una serie de nombramientos el voto favorable de Yidis Medina y la ausencia de Teodolindo Avendaño”. Así las cosas, si la máxima autoridad jurídica de la nación lo señala de ser quien instruyó a sus subalternos para la comisión de esos delitos, la pregunta es de Perogrullo: ¿por qué no han ido por él?

En busca de una respuesta, se debe anotar que en su condición de expresidente ‘disfruta’ de un fuero que lo blinda de ser juzgado por los tribunales ordinarios de justicia y descarga la responsabilidad en la Comisión de Acusación de la Cámara de Representantes, de carácter netamente político, a la que con justa razón llaman de ‘Absoluciones’.

Un nuevo interrogante abriría una rendija a la esperanza, y es éste: ¿si la Comisión de Acusación está a punto de desaparecer en manos de la reforma al Equilibrio de Poderes, que creó un Tribunal de Aforados y cuya composición está por definirse, podría dicho Tribunal juzgarlo? Todo indica que no, pues a los que hoy son investigados por la Comisión no se les puede cambiar el juez en forma retroactiva, debido a lo que se conoce como el “principio de juez natural”: nadie puede ser juzgado por un tribunal creado ex post facto. O sea que habría que crear un régimen de transición que permitiera juzgarlo con base en la juridicidad anterior, manteniendo una instancia de naturaleza política que lo investigara y eventualmente le formulara una acusación ante el Senado, en cuyo único caso –si le retiran la inmunidad al ser declarado “indigno”- quedaría a disposición de la Corte Suprema para ser juzgado. En otras palabras, misión casi imposible.

Y en cuanto a que fuera la Corte Penal Internacional (CPI) la que actuara ante la inoperancia de la justicia colombiana, la posibilidad es aún más remota: si está demorada para intervenir en países como Irak, Afganistán, Libia, Siria o Kenia, más se demorará para hacerlo en Colombia, donde en apariencia habría un equilibrio de poderes. Y si a lo anterior le sumamos la propuesta de César Gaviria de Justicia transicional para todos, apague y vámonos: Uribe morirá impune (e inmune).

Esto significa que no será posible probar si supo en detalle de lo que bajo la mirada complaciente de altos oficiales del Ejército se conoció como los ‘falsos positivos’, consistentes en la ejecución extrajudicial de más de 4.000 personas para hacerlas pasar por guerrilleros caídos en combate, y a cuyos autores el exmandatario sigue llamando “héroes de la patria” y “perseguidos por la Fiscalía”. O si sabía a qué se dedicaban sus dos consecutivos jefes de Seguridad en la Presidencia, generales Mauricio Santoyo y Flavio Buitrago, antes de que se descubriera el extenso prontuario delincuencial de ambos.

Tampoco será posible dilucidar si instruyó o no a Jorge Noguera para poner el DAS al servicio de los grupos paramilitares de la costa Caribe, o si aprobó el asesinato del profesor Alfredo Correa D’Andreis (ordenado por Noguera), o si sabía que su primo Mario Uribe andaba de ‘uña y mugre’ con los paracos de Córdoba.

Sea como fuere, la Corte acaba de sentar un drástico precedente cuando lo señala de haber dado las “instrucciones” para “pagar” los votos que le dieron vía libre a su reelección, con lo cual aparece nítida la ilegitimidad de su segundo período y entramos en un nuevo embrollo jurídico: tratándose de un hecho cumplido, ¿sería viable al menos presentar recurso de tutela para que la Corte Constitucional le ordene devolver los cuatros años de sueldo devengado en forma ilegal?

La Silla Vacía mostró una infografía donde se evidencia que de las 30 personas más cercanas al círculo de poder de Uribe cuando era Presidente, 10 tienen investigaciones serias o juicios en proceso, nueve fueron condenados penalmente, uno tiene fuertes sanciones disciplinarias pero ninguna investigación penal y solo 10 (o sea una minoritaria tercera parte) no afronta una situación jurídica comprometida.

Esto debería encender las alarmas, pero lo que se aprecia es que los más grandes medios de comunicación caen en la irresponsable y cómplice propensión a reproducir cuanta barbaridad se le ocurre espetar frente a un micrófono o desde su incendiaria cuenta de Twitter. ¿Qué más pruebas necesitan esos medios de la “empresa criminal” (expresión de la Corte) conformada si no por Uribe al menos en sus narices, que la cantidad de gente que está siendo juzgada/investigada o que arrastró hasta la cárcel en su propósito de eternizarse en el poder, a costa de la libertad para esos colaboradores y de la tranquilidad para las familias de estos?

Claudia López dijo en un trino que “El que debería estar respondiendo en la cárcel por chuzadas, corrupción, falsos positivos es Uribe. Lo amparan su cobardía y fuero de impunidad”. Si tan grave acusación no fuera cierta (lo acusa de criminal, nada menos), la senadora se vería expuesta a ser juzgada por injuria y podría terminar ella en la cárcel. Pero no pasa nada, quizá porque el país asume como verdad tácita esa condición criminal. Ahora bien, Uribe mira hacia otro lado (¿se han fijado que nunca le responde a Claudia?) y sigue siendo un tipo muy importante…

Algo huele a podrido de aquí hasta Dinamarca cuando a alguien lo acompañan desde avezados criminales hasta obsecuentes lacayos y sobre él recaen las peores acusaciones por diversos procederes delictivos, pero recibe el beneplácito de los mismos medios que utiliza como idiotas útiles para la ejecución de sus maquia-bélicos planes de desestabilización, ahora con la devota colaboración del Procurador y sus obedientes huestes conservadoras, para mayor zozobra.

Pero me iba saliendo del tema, así que resumo: primero, Uribe nunca irá a la cárcel; segundo, gracias al asesinato de once “héroes” a manos de las FARC en Cauca, la extrema derecha quedó más fortalecida que nunca; tercero, el Procurador sigue en activa campaña a la presidencia, y la prueba es que ya hasta se toma fotos con gente LGBTI; y cuarto, Dios nos coja confesados: había una fiera herida, pero de la noche a la mañana presenta asombrosos signos de recuperación.

“Un fuerte nubarrón se alza en el cielo, ya se aproxima una fuerte tormenta”.

DE REMATE: Frente a la escena de cualquier crimen, todo investigador forense se pregunta: "¿A quién le sirve?". En el caso que nos ocupa, ¿a quién le sirvió el asesinato de esos soldados? La respuesta es obvia: a los enemigos de la paz. Mi hipótesis –ojo, hipótesis- es que los mandaron allá para que los matara y rematara la díscola columna Miller Perdomo, y eso casaría con el fuerte rumor de que no recibieron apoyo aéreo. Pero no habría sido el gobierno Santos el que los desprotegió, sino ese sector (numeroso, por cierto) del estamento castrense alineado con Uribe.

El muy uribista Fernando Londoño me concede la razón en su última columna para Las 2 Orillas: “eran muy pocos, estaban muy mal preparados para esa lucha, muy pobremente comandados y sin ningún contacto con tropas que los auxiliaran. Y por supuesto, sin aviación que los cubriera”. Y remata con esto, en lo que sí difiero: “El que fraguó ese plan es un grandísimo incompetente”. Por el contrario, es un genio de la táctica militar, pues con solo once bajas colaterales logró el objetivo buscado: bombardear desde el Cauca el proceso de La Habana y dejarlo tambaleando. La aberrante paradoja reside en ver a las FARC prestándoles tan valiosa ayuda a sus propios enemigos. Imbéciles útiles, mejor dicho. Una pírrica victoria militar, a cambio de una estruendosa derrota política. Eso solo lo hacen los imbéciles.


miércoles, 15 de abril de 2015

Uribe, Ordóñez y el travestismo político




En los últimos días el uribismo viene dando una serie de bandazos con claro sello travesti, entendido como el vestirse con ropas de otro género, y esta situación debería preocupar a los defensores de la moral y las buenas costumbres políticas. Primero fue cuando Álvaro Uribe le expresó a Angelino Garzón su apoyo a la alcaldía de Cali mediante carta pública (“Cuente con nosotros como partido político…”), pese a que solo puede postularse a nombre de La U y a que él mismo le pidió el aval a esa agrupación.

Ahí hay un intríngulis que debe ser resuelto, porque tiene razón Roy Barreras –presidente de La U- en que Uribe estaría invitando a votar por el candidato de un partido diferente al suyo, y falta ver si eso acarrea alguna sanción electoral.

Al día siguiente la sorpresa fue aún mayor cuando en el Senado Uribe le lanzó un salvavidas a Germán Vargas Lleras para que pudiera ser candidato presidencial en 2018, con lo cual enfrentó a Armando Benedetti –senador de La U-, y de donde se desprenden dos hechos llamativos: uno, que hizo quedar como un cuero a sus congresistas Alfredo Rangel, José Obdulio Gaviria, Paloma Valencia y Jaime Amín, quienes acompañaban la inhabilidad de cuatro años que proponía Benedetti. (Como dijo Roy, “volvimos a saber quién es el gallo del gallinero en el CD y cómo los pollitos obedecen”, aunque omitió contar que él también fue pollito en el gobierno anterior, cuando La U le pertenecía a Uribe). Y dos, que en menos de 24 horas se le vio a Uribe salir al rescate de los dos vicepresidentes que ha tenido Juan Manuel Santos, ambos candidatos de… La U. ¿Será que Uribe se quiere tomar ese partido? No nos incumbe, pero lo cierto es que se metió donde nadie lo había llamado.

Sea como fuere, ahí no paró el travestismo político: al día siguiente el más cercano aliado de Uribe en la tarea de reconquistar la Presidencia, Alejandro Ordóñez, sorprendió a su modo cuando le solicitó a la Corte Constitucional que no reviva la revocatoria del alcalde de Bogotá. Propuesta de claro tinte oportunista (procurador profiere palabras protectoras para Petro), pues habiendo sido él quien armó semejante tierrero por unas basuras mal recogidas, debía declararse impedido de intervenir en tan traumático episodio, traumático en cuanto fue perjudicial para la buena marcha de la nación y porque solo perseguía un objetivo político: inhabilitar a Petro como candidato presidencial en 2018, sacar del ruedo a un contendor.

Si los ‘reversazos’ de Uribe y Ordóñez se hubieran dado en el marco de una democracia civilizada, uno alabaría el gesto de nobleza con sus contendores. Ahora bien, cuando parten de dos encarnizados perseguidores de todo pensamiento contrario (recuérdense Chuzadas del DAS y persecución contra gais) sus intervenciones aparecen como actos de travestismo político y conducen a que hasta el más confiado se pregunte qué se traen entre manos. Porque es como si en La U comenzara a operar la consigna del Chapulín Colorado, pero al revés: ¡síganme los malos! Malos no como condición per se, sino porque en el bus (o sea en su proyecto político) se les colincha gente a la que no quieren llevar, pero que resulta políticamente incorrecto rechazar.

Con el apoyo de Uribe a Angelino y Vargas Lleras, por un lado, y por otro el de Ordóñez a Petro para el desmonte de la revocatoria, se confirma que estos dos actores de la política andan dedicados a confundir al electorado, con un propósito claro: armar el caos, despojar a los partidos de sus identidades, sembrar cizaña, fomentar el miedo y… a continuación aparecer como los redentores.

Eso que los marxistas llamaban la ‘agudización de las contradicciones’, es lo que hoy practica la todavía impune extrema derecha colombiana. Muchas de sus cabezas más visibles (¿o debería decir cabecillas?) predican la rectitud donde más torcidos están. Para la muestra, un botón protuberante: Uribe sale en defensa de Vargas Lleras porque “es un daño al país cambiar la Constitución con nombre propio”. ¡¿Habrase visto mayor grado de insolente cinismo?!

Pero esto es un piropo al lado de lo que se ve venir, en aplicación del refrán según el cual “por el desayuno se va sabiendo cómo será el almuerzo”. Si ahora andan de travestis, es señal de que cualquier cosa puede pasar. O como dijo Murphy: “Toda situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar”. Y en Colombia hay gente experta en eso de empeorar las cosas.

DE REMATE: El procurador dijo en Bucaramanga que están locos los que creen que será candidato presidencial. Allá estuve, le oí citar al exmagistrado Nilson Pinilla para coincidir con él en que “se ha perdido el temor de Dios” (y dizque estamos en un Estado laico…), aunque omitió contar que Pinilla dice temer un atentado contra su vida por parte de Jorge Pretelt, consentido de Ordóñez, cuya esposa trabaja con él en la Procuraduría. Eso también es travestismo –y cinismo-, pues invoca como aliado al que acusa a un protegido suyo. Y en cuanto a su eventual candidatura, ya veremos quién es el orate. Ni bobo que fuera revelar su aspiración a tan temprana hora, para que todo el mundo le caiga encima y le toque renunciar. Pero que le tiene ganas, eso lo notan hasta los tuertos y los que van a caballo. ¿O alguien se atreve a dudar que el hombre está en campaña?


miércoles, 8 de abril de 2015

¿Ordóñez Presidente? Dios nos coja confesados…




Nadie debe poner en duda que el ciudadano católico Alejandro Ordóñez Maldonado, hoy Procurador General de la Nación, está utilizando su cargo como trampolín para acceder a la Presidencia de la República. Conviene resaltar lo de su fe católica, pues sus dogmáticas convicciones de origen religioso sobre temas como el aborto terapéutico, las drogas, la eutanasia o los homosexuales podrían convertirlo en Presidente, en consideración a que la inmensa mayoría de los colombianos –católicos y cristianos- comparte esas creencias.

Por ello, es hora de lanzar una alerta roja que congregue a las fuerzas democráticas y civilistas de la nación frente a lo que pinta como un embate de la derecha cavernaria contra lo que se ha logrado restaurar de la institucionalidad después de los nefastos ocho años de gobierno de Álvaro Uribe Vélez, cuando imperó la corrupción administrativa y hasta su más cercano círculo del poder llegó una camarilla de delincuentes de la peor ralea, como el primer director del DAS, Jorge Noguera (hoy condenado a 25 años por el asesinato de Alfredo Correa D’Andreis) o los dos sucesivos jefes de seguridad presidencial, los generales Mauricio Santoyo y Flavio Buitrago (también condenados por nexos con narcos y paramilitares), los tres actuando bajo órdenes directas de Uribe y sin que la justicia hasta ahora le haya podido cobrar su responsabilidad por tan aberrantes relaciones.

Si de aberraciones se ha de hablar, una de talla mayor residiría en que Alejandro Ordóñez llegara a la presidencia, pues si bien es cierto que a diferencia de Óscar Iván Zuluaga no sería un títere del expresidente Uribe, sí habría logrado culminar la misión que se impuso desde su tesis de grado, titulada Presupuestos Fundamentales del Estado Católico, la cual dedicó “A nuestra señora la Virgen María… suplicándole la restauración del orden cristiano y el aplastamiento del comunismo ateo, para que brille por doquier la Fe Católica, pues sin ella no hay esperanza para las sociedades y para los hombres”. (Y soy consciente de que esto que acabo de decir le puede dar más votos, en lugar de quitárselos).

Si los gustos de Ordóñez en cuestión de misas hablan de su preferencia por el rito lefebvriano, con el sacerdote de espaldas y oficiando en latín, la palabra ‘Fundamentos’ en su tesis doctoral da una idea introductoria de lo que sería un gobierno ‘fundamentalista’ suyo, dedicado a esparcir “la cosmovisión católica del  Estado”. Lo preocupante es que el procurador está dedicado con mística devoción a ambientar por todo el país su venidera candidatura con el Partido Conservador, repartiendo mercados por las zonas más pobres del país o interfiriendo a diario en el manejo del proceso de paz, actividades estas que  de ningún modo forman parte de sus funciones.

La aberrante paradoja reside en que él es el encargado por la Constitución de impedir que los funcionarios del Estado utilicen sus cargos con finalidad política, pero es quien primero se pasa la norma por la faja, convencido como está de que no hay más autoridad que el Dios de los católicos y que él solo obedece al cumplimiento del mandato divino que este le habría impuesto desde la pila bautismal.

La preocupación se hace mayor a sabiendas de que a su candidatura se sumarán entusiastas las huestes domesticadas del Centro Democrático, y sin descartar que políticos otrora uribistas del Partido de la U o de otras ‘congregaciones’ se vayan sumando a la cruzada pro-restauración de la fe a medida que sus posturas religiosas radicales, de hondo calado en el imaginario popular, lo vayan trepando en las encuestas.

No es por coincidencia que al Procurador se le vio muy activo en lo mediático durante la Semana Santa, predicando a diestra y siniestra sus retardatarias tesis doctrinales, concediendo declaraciones y entrevistas por doquier. Entre estas se destaca una para Los Informantes de Caracol justo el Domingo de Ramos, donde según María Elvira Arango el hombre “se confesó”.

Parte de la aberración consistió en ver ahí a Ordóñez haciendo una férrea defensa del “debido proceso” para su copartidario Jorge Pretelt, pero yéndose lanza en ristre contra el muy liberal Fiscal General de la Nación, lo cual permite visualizar una arena política con dos orillas claramente definidas: por un lado la del santista Eduardo Montealegre y por otro la de los muy uribistas Ordóñez y Pretelt, donde uno de los bandos está ceñido al perverso libreto de encochinar a todo el mundo para que los verdaderos cochinos luzcan menos enlodados de lo que ya están.

La alerta roja habla entonces del peligro implícito en que toda la derecha –la extrema y la que asiste a la misa en español- cerrará cohesionada fila en torno a Alejandro Ordóñez, mientras por los lados del centro y la izquierda se abrirá un abanico de posibilidades que incluirá a Germán Vargas Lleras por Cambio Radical, Eduardo Verano o Juan Fernando Cristo por el Partido Liberal (¿o será de nuevo Serpa?), Gustavo Petro por los Progresistas, Sergio Fajardo por Alianza Verde y Jorge Enrique Robledo por el Polo, sin que aún sea posible vaticinar si La U adherirá a Vargas o buscará coalición por otro lado, por ejemplo con los liberales.

Es precisamente gracias a esa variopinta oferta democrática que podría ‘coronar’ presidencia lo menos democrático del paseo, pues a la godarria criolla le bastará con los votos que ya tiene para colarse –sin vaselina- por entre la trapisonda de la centro-izquierda, para desdicha de aquellos mortales que por no haber llegado unidos a tan decisiva cita podrían permitir que tras la firma de los acuerdos de paz las riendas del posconflicto queden en manos de los dos más encarnizados enemigos de la reconciliación, aliados además en la tarea de exterminar a la serpiente por la vía del aplastamiento, e  imponer así su muy particular concepción franquista de la autoridad.

En cuyo caso habría que exclamar, recurriendo de nuevo a una expresión del propio Ordóñez: “Dios nos coja confesados…”

DE REMATE: En días pasados se destaparon los carteles del papel higiénico, las toallas sanitarias y los cuadernos. En ese oligopolio para mantener los precios altos estaban conchabadas las empresas Familia, Kimberly, Papeles Nacionales, Carvajal y Scribe. La pregunta obligada es: si el engaño al consumidor se destapó, ¿por qué no bajaron los precios?


lunes, 30 de marzo de 2015

No me crucifiques, Alejandra




El pasado jueves 19 de marzo, un día después de haber publicado la columna “Serpa podría perder el bigote”, recibí de Alejandra Azcárate en mi cuenta de Twitter un cuarteto de Mensajes Directos (DM) que agrupados en uno solo decían esto: “Querido Jorge; gracias por tu generoso comentario sobre nuestro trabajo en el programa. Opiniones como las tuyas con tan amable descripción, "dos atropelladas presentadoras", son los que nos motivan para mejorar cada día más, en un formato que apenas estamos comenzando con mucho esfuerzo. Ojalá logremos ofrecer un producto de calidad que esté a la altura de tu gusto. Gracias”.

Alejandra se refería a un pasaje de esa columna donde de refilón dije que durante el programa ‘Descárate sin evadir’ (en compañía de la igualmente bella y talentosa Eva Rey), a Horacio Serpa “se le vio en el lugar equivocado, con dos atropelladas presentadoras que hasta lo pusieron a declamar un poema erótico”.

Del DM citado, dos cosas palpé: la primera, que a Alejandra le dolió en el alma lo de “atropelladas presentadoras”; y la segunda, que estaba ante una persona inteligente, que asimiló el golpe a su ego y respondió con su acostumbrada habilidad para la ironía, en el más ‘British style’. Ahora bien, llamó mi atención que cuando quise responderle había configurado su cuenta para impedirlo, y eso me pareció “una guachada”, como dicen las señoras bogotanas.

El ramillete de mensajes de mi apreciada y nunca bien ponderada Alejandra llevaba una carga agridulce, pues me sentí halagado con su atención –así hubiera sido efímera-, pero a la vez cometió el feo desplante de impedir que yo le respondiera, como diciendo “ni me mires, ni te acerques”. En otras palabras, me hacía objeto de su desprecio, con lo cual dejaba ver una actitud intolerante ante lo que no pasaba de ser una ‘crítica constructiva’ a su programa de entrevistas.

Diría entonces para compaginar con la Semana Santa que me sentí crucificado con su silencio, y fue entonces cuando juzgué pertinente evocar una columna que escribí en 2008, titulada La crucifixión rosada de Alejandra Azcárate, donde denunciaba la actitud intolerante del entonces magistrado del Consejo de Estado Alejandro Ordóñez (en representación de un grupo de católicos ofendidos) por unas fotos de la revista SOHO donde ella aparecía personificando a Jesucristo crucificado.

Las fotos desataron la ira divina de Ordóñez, quien alegando “daño o agravio a las personas o cosas dedicadas al culto” (artículo 203 del Código Penal) quiso meter a la cárcel al escritor Fernando Vallejo, al director de la revista SOHO, Daniel Samper Ospina, y a los ‘modelos’ allí retratados, entre ellos (y ella) el magistrado Carlos Gaviria. En esa ocasión dije que “la ofensa no estaría en que la recreación gráfica de La última cena o de La Crucifixión puso a un hombre desnudo, sino en que remplazaron a Jesucristo por una mujer torsidesnuda. Eso llenó la copa y despertó la ira de un fanatismo ciego, incapaz de tolerar que la imagen intrínsecamente masculina de su Dios hubiese encarnado en un cuerpo femenino, así se tratase de un cuerpazo”.

Para no salirnos del tema, fue ante la comunicación unilateral que estableció Alejandra con el suscrito, de esas que no permiten feedback, cuando consideré estar en el derecho y el deber profesional de ampliar en esta columna mi apreciación sobre ese ítem que tanto la había martirizado.

Con la misma santandereana franqueza que se le conoce a su primer entrevistado, debo reconocer que quizá me precipité al hablar de “atropelladas presentadoras”. Para entrar en el terreno picante que las caracteriza, digamos que fueron los nervios de la primera vez los que de pronto las hicieron lucir un tris atropelladas, no al punto del coitus interruptus pero sí del corto circuito, como cuando sentaron a Endry Cardeño al lado de Serpa y este no sabía con quién estaba tratando, si con un hombre o con una mujer, pero hacía un gran esfuerzo para no lucir en el lugar equivocado.

De todos modos, el gran acierto de esa primera emisión estuvo en que lograron que Serpa apostara a que se quita el bigote si el próximo alcalde de Bogotá no es Rafael Pardo, y quince días después -o sea el domingo pasado- remataron la faena con limpia estocada llevando al propio Pardo y convenciéndolo de dejarse el bigote durante cuatro meses si no sale elegido.

Ahí ya se les vio jugando de locales, más desenvueltas tras haber cogido cancha, enfrentadas a un Pardo al que parecía que iban a hacer trizas con su cítrica seriedad, pero este se les puso dicharachero cuando les contó que se había sometido a un trasplante de carisma y con ese rollo las tuvo y les salió hasta carismático, repentista y punzante. De las tres entrevistas a políticos que han hecho, fue la mejor.

Pero hay algo que sigue sin cuadrar y, a la espera de no ganarme un nuevo sarcasmo, diría que es el formato: una mezcla rara de caviar con hamburguesa, que en la primera media hora muestra a un político y en la segunda a una actriz de la farándula criolla. Y ocurre que quienes van por lo superficial –que son la mayoría- no se esperan a que termine el político y cambian de canal, y durante la entrevista al político empiezan con la minoría ilustrada, que también cambia de canal cuando aparece la chica de la pantalla ídem.

No es fácil predecir si con el paso de los días se quedarán con uno de los dos segmentos (farándula o política), pero es de caballeros desearles una mejoría en el rating, sobre todo al verlas enfrentadas a tan aguerrida competencia.

Sea como fuere, mi admonición de Semana Santa es para Alejandra: arrepiéntete de tu desdén, pecadora. Bájate del pedestal de sobradita desde el que me hablaste y dígnate confrontar pareceres de tú a tú con este humilde pedestre.

DE REMATE: Si alias 'El Desalmado' logró fugarse, es porque sabe más de la cuenta sobre el crimen de los cuatro niños en Florencia. No quieren que hable, y ahora deberá cuidarse de los que quisieron liberarlo. Caracol contó que el cortafrío encontrado en el piso era de utilería: estaba oxidado. Apagaron la luz como parte de la coartada, pero los dos rotos en sendas mallas se los habían abierto antes. Muchos cooperaron. ¿Quién pudo desplegar semejante parafernalia logística para el operativo de fuga? Elemental, mi querido Watson…

La última cena de Alejandra

Aleja se aleja

martes, 24 de marzo de 2015

Ni me mires, ni te acerques




“Un manotazo duro, un golpe helado, 
un empujón brutal me ha derribado”.

El tema de esta columna podría parecer de índole personal, pero no lo es del todo. Intenta describir el sentimiento de impotencia y abandono que se vive cuando eres víctima de un robo en el que no te sacan puñal, no se meten a tu casa, no invaden tu vehículo, incluso parecería que pones de tu parte para que el robo se consume.

Ocurrió el pasado viernes 20 de marzo en un cajero automático, no importa la ciudad ni el lugar. Eran cerca de las 6:30, comenzaba a caer la noche, yo tenía prisa porque parecía que iba a llover, y me faltaba ir a una papelería cercana a imprimir las 135 páginas de un libro que acababa de terminar. Eso me tenía contento. Había un tipo dentro del cajero, separado por una puerta de acrílico transparente, y pegada sobre el andén una moto con su conductor, quien parecía esperar al que hacía la transacción y me miraba fijamente.

Hubo un momento en que tuve el impulso de seguir hasta la papelería y luego regresar, pero me preocupaba que a mi regreso hubiera más gente en el cajero. No haber obedecido a ese impulso es algo que no dejo de reprocharme. Estando ahí comencé a notar que el ocupante se demoraba más de lo debido, y en esas llegó una señora conocida que trabaja en la misma cuadra donde está el cajero. No habíamos pasado del ‘¿cómo le va?’ cuando el tipo salió con un fajo de billetes y yo, como todo un caballero, dejé pasar primero a la dama. El que acababa de salir no se fue sino que se quedó a mi lado, me dijo que el cajero estaba poniendo problemas y que le faltaba hacer “una última cosita”. En ese momento debí haber sospechado, pero mi mente estaba en otra cosa, en la emoción del libro recién terminado.

Ahora tengo claro que el fajo de billetes en su mano tenía la misión de infundir confianza. La señora salió y mientras nos despedíamos el tipo volvió a entrar al cajero, comenzó a quejarse de nuevo y me dijo “entre a ver si a usted sí le funciona”. Tenía una sonrisa de persona amable. Yo ingresé, metí mi tarjeta en la ranura y algo debió haberle hecho al cajero, porque justo después de que tecleé mi contraseña apareció el letrero “transacción declinada”. En ese momento el hombre se metió sin darme tiempo a reaccionar, retiró mi tarjeta mientras decía “déjeme ver pruebo con la mía”, y supongo que fue ahí cuando en un acto de prestidigitación se quedó con ella y me entregó una falsa, aunque de idéntico color y del mismo banco.

Por supuesto que a él tampoco le funcionó la que metió, pues se trataba de una pantomima. El hombre se fue, no sé si en compañía del de la moto, no miré para atrás. Hice otros dos intentos infructuosos y, pensando que el problema era del cajero, guardé en mi billetera la tarjeta (recuerdo que me pareció desgastada pero ni por esas entré en sospecha), y me fui a la papelería a lo del libro. Estando en esas mi celular sonó dos veces, en señal de mensajes o notificaciones, pero no le paré bolas, estaba ocupado en otro asunto. Cuando miré ya era tarde, e indicaba en dos ocasiones consecutivas que “su retiro en cajero automático fue aprobado el 20/03/15 por valor de $400.000…”, etc.
 
Si hubiera mirado cuando entró el primer mensaje tal vez habría podido frenar el desfalco, pues el cajero estaba a unos cien metros del lugar. Sea como fuere, salí corriendo para allá y cuando llegué ya no había nadie, y había comenzado a llover, y el mundo se me vino encima cuando al consultar el estado de mi cuenta por Internet descubrí que en menos de cinco minutos el maldito estafador había hecho cuatro retiros de $400.000, para un total de $1’600.000.

Justo el día anterior había escrito esto en mi muro de Facebook: “Somos esclavos del azar. Uno puede estar muy preparado y tener todo bajo control, pero un ramalazo del azar puede transformar todo en un santiamén”. Pues bien, esa cita con el azar (no con el destino, otro invento de origen religioso) me advirtió que si yo hubiera llegado cinco minutos antes o cinco minutos después no habría perdido ese dinero. Y el embaucado habría sido otro, u otra, o ninguno, en cuyo caso tendría razón una amiga mía cuando dijo que el tipo me vio cara de... y no digo la palabra porque estoy ante un respetable público.

Ahora se viene un dispendioso proceso de reclamación ante la entidad bancaria, en busca de dilucidar una posible falla en la seguridad que hubiera permitido manipular el teclado o algún  otro componente para que ese sujeto se hubiera apoderado de mi contraseña.

Hoy escribo esto y no el tema que originalmente iba a tratar (respuesta a una elegante queja de Alejandra Azcárate por mi última columna) y lo asumo como una catarsis para exorcizar el malestar que me invadió hasta lo más profundo del epidídimo, no tanto por el duro golpe que le representó a mis finanzas como a ese orgullo herido que carcome desde la nuez del remordimiento y te aplasta el ánimo cuando comprendes en dolorosa revelación que caíste en la trampa como un imbécil.

Si alguna moraleja o lección se puede sacar de todo esto, es que uno no debe permitir la más mínima distracción frente a un cajero, y ante el primer extraño o persona conocida que aparezca la reacción siempre debe ser la misma: ni me mires, ni te acerques.

Y que sirva de lección para todos, esperanzado en que de ese modo me perdonen por haber usado este espacio en desahogar mis cuitas por la ocurrencia de tan ‘azaroso’ trance.

DE REMATE: La mejor prueba del estado de postración en que ha caído la justicia colombiana es que Jorge Pretelt no se defendió alegando, sino tratando de demostrar que los demás magistrados son tan cochinos como él. Como dijo María Jimena Duzán en su última columna, "el espectáculo no pudo ser más repugnante, indigno hasta para las ratas de alcantarilla".