lunes, 30 de marzo de 2015

martes, 24 de marzo de 2015

Ni me mires, ni te acerques




“Un manotazo duro, un golpe helado, 
un empujón brutal me ha derribado”.

El tema de esta columna podría parecer de índole personal, pero no lo es del todo. Intenta describir el sentimiento de impotencia y abandono que se vive cuando eres víctima de un robo en el que no te sacan puñal, no se meten a tu casa, no invaden tu vehículo, incluso parecería que pones de tu parte para que el robo se consume.

Ocurrió el pasado viernes 20 de marzo en un cajero automático, no importa la ciudad ni el lugar. Eran cerca de las 6:30, comenzaba a caer la noche, yo tenía prisa porque parecía que iba a llover, y me faltaba ir a una papelería cercana a imprimir las 135 páginas de un libro que acababa de terminar. Eso me tenía contento. Había un tipo dentro del cajero, separado por una puerta de acrílico transparente, y pegada sobre el andén una moto con su conductor, quien parecía esperar al que hacía la transacción y me miraba fijamente.

Hubo un momento en que tuve el impulso de seguir hasta la papelería y luego regresar, pero me preocupaba que a mi regreso hubiera más gente en el cajero. No haber obedecido a ese impulso es algo que no dejo de reprocharme. Estando ahí comencé a notar que el ocupante se demoraba más de lo debido, y en esas llegó una señora conocida que trabaja en la misma cuadra donde está el cajero. No habíamos pasado del ‘¿cómo le va?’ cuando el tipo salió con un fajo de billetes y yo, como todo un caballero, dejé pasar primero a la dama. El que acababa de salir no se fue sino que se quedó a mi lado, me dijo que el cajero estaba poniendo problemas y que le faltaba hacer “una última cosita”. En ese momento debí haber sospechado, pero mi mente estaba en otra cosa, en la emoción del libro recién terminado.

Ahora tengo claro que el fajo de billetes en su mano tenía la misión de infundir confianza. La señora salió y mientras nos despedíamos el tipo volvió a entrar al cajero, comenzó a quejarse de nuevo y me dijo “entre a ver si a usted sí le funciona”. Tenía una sonrisa de persona amable. Yo ingresé, metí mi tarjeta en la ranura y algo debió haberle hecho al cajero, porque justo después de que tecleé mi contraseña apareció el letrero “transacción declinada”. En ese momento el hombre se metió sin darme tiempo a reaccionar, retiró mi tarjeta mientras decía “déjeme ver pruebo con la mía”, y supongo que fue ahí cuando en un acto de prestidigitación se quedó con ella y me entregó una falsa, aunque de idéntico color y del mismo banco.

Por supuesto que a él tampoco le funcionó la que metió, pues se trataba de una pantomima. El hombre se fue, no sé si en compañía del de la moto, no miré para atrás. Hice otros dos intentos infructuosos y, pensando que el problema era del cajero, guardé en mi billetera la tarjeta (recuerdo que me pareció desgastada pero ni por esas entré en sospecha), y me fui a la papelería a lo del libro. Estando en esas mi celular sonó dos veces, en señal de mensajes o notificaciones, pero no le paré bolas, estaba ocupado en otro asunto. Cuando miré ya era tarde, e indicaba en dos ocasiones consecutivas que “su retiro en cajero automático fue aprobado el 20/03/15 por valor de $400.000…”, etc.
 
Si hubiera mirado cuando entró el primer mensaje tal vez habría podido frenar el desfalco, pues el cajero estaba a unos cien metros del lugar. Sea como fuere, salí corriendo para allá y cuando llegué ya no había nadie, y había comenzado a llover, y el mundo se me vino encima cuando al consultar el estado de mi cuenta por Internet descubrí que en menos de cinco minutos el maldito estafador había hecho cuatro retiros de $400.000, para un total de $1’600.000.

Justo el día anterior había escrito esto en mi muro de Facebook: “Somos esclavos del azar. Uno puede estar muy preparado y tener todo bajo control, pero un ramalazo del azar puede transformar todo en un santiamén”. Pues bien, esa cita con el azar (no con el destino, otro invento de origen religioso) me advirtió que si yo hubiera llegado cinco minutos antes o cinco minutos después no habría perdido ese dinero. Y el embaucado habría sido otro, u otra, o ninguno, en cuyo caso tendría razón una amiga mía cuando dijo que el tipo me vio cara de... y no digo la palabra porque estoy ante un respetable público.

Ahora se viene un dispendioso proceso de reclamación ante la entidad bancaria, en busca de dilucidar una posible falla en la seguridad que hubiera permitido manipular el teclado o algún  otro componente para que ese sujeto se hubiera apoderado de mi contraseña.

Hoy escribo esto y no el tema que originalmente iba a tratar (respuesta a una elegante queja de Alejandra Azcárate por mi última columna) y lo asumo como una catarsis para exorcizar el malestar que me invadió hasta lo más profundo del epidídimo, no tanto por el duro golpe que le representó a mis finanzas como a ese orgullo herido que carcome desde la nuez del remordimiento y te aplasta el ánimo cuando comprendes en dolorosa revelación que caíste en la trampa como un imbécil.

Si alguna moraleja o lección se puede sacar de todo esto, es que uno no debe permitir la más mínima distracción frente a un cajero, y ante el primer extraño o persona conocida que aparezca la reacción siempre debe ser la misma: ni me mires, ni te acerques.

Y que sirva de lección para todos, esperanzado en que de ese modo me perdonen por haber usado este espacio en desahogar mis cuitas por la ocurrencia de tan ‘azaroso’ trance.

DE REMATE: La mejor prueba del estado de postración en que ha caído la justicia colombiana es que Jorge Pretelt no se defendió alegando, sino tratando de demostrar que los demás magistrados son tan cochinos como él. Como dijo María Jimena Duzán en su última columna, "el espectáculo no pudo ser más repugnante, indigno hasta para las ratas de alcantarilla".


miércoles, 18 de marzo de 2015

Serpa podría perder el bigote




Antes del domingo pasado, Horacio Serpa solo había apostado una vez su bigote. Fue cuando en la campaña para la consulta del Partido Liberal en 1994 apostó con Juan Gossaín, de RCN Radio, a que su candidato Ernesto Samper sacaba más del 55 por ciento de los votos. Y obtuvo el 55.5, o sea que salvó su mostacho por un pelo. (Falta saber qué ganó Serpa de Gossaín, pues una apuesta es entre dos).

La nueva apuesta ocurrió este domingo 15 de marzo en la primera emisión del programa “Descárate sin evadir”, también de RCN, con Alejandra Azcárate y Eva Rey, donde esta última le propuso una apuesta: que se quitara el bigote si su candidato a la alcaldía de Bogotá, Rafael Pardo, no salía elegido. Y él aceptó el reto, y digamos de refilón que se le vio en el lugar equivocado, con dos atropelladas presentadoras que hasta lo pusieron a declamar un poema erótico.

Serpa de todos modos tiene motivos para ser optimista en su apuesta, porque Pardo empieza como candidato de dos partidos, Liberal y de La U, sumado a que en las encuestas cada vez se le acerca más a Clara López.


Sea como fuere, no me disgusta para nada la idea de que Rafael Pardo sea el próximo alcalde de Bogotá, pues lo que necesita la capital de Colombia es un ejecutivo serio y responsable, sin veleidades políticas que le enreden el andar, y él reúne sobradamente estas condiciones. Es un hombre más técnico que político. De otro lado, inspira la confianza que no transmite Clara López, quien tiene como encargado del tejemaneje político a Jaime Dussán, el mismo que en la campaña de 2008 logró derrotar la precandidatura de María Emma Mejía (pese a que ganaba en las encuestas) mediante una jugada maquiavélica: logró que el Consejo Nacional Electoral definiera la consulta del Polo como interna, no abierta. Esto se tradujo en que cualquiera que quería votar por el candidato de su preferencia tenía que estar afiliado a ese partido, con lo cual sacó corriendo a todos los que en los estratos más altos simpatizaban con María Emma, pero por nada del mundo se iban a matricular como militantes del Polo para votar por ella.

¿Y, quién salió elegido alcalde gracias a esa artimaña electoral? Samuel Moreno Rojas. Y si hubo un artífice de esa candidatura, fue el mismo Jaime Dussán que hoy funge como estratega componedor de la campaña de Clara, y estos dos a su vez se enfrentan al sector MOIR que comanda el senador Jorge Enrique Robledo, o sea que ni siquiera unidad programática se puede esperar en caso de que el PDA recuperara la alcaldía.

Pero me estoy saliendo del tema, pues se trata es de explicar por qué creo que Horacio Serpa podría perder su bigote el próximo 25 de octubre. Hoy en la arena de esta contienda se dejan ver además de los ya citados, Francisco Santos por el CD, Carlos Vicente de Roux y Antonio Sanguino por los verdes, Hollmann Morris por Progresistas, Martha Lucía Ramírez por los conservadores y Enrique Peñalosa por Cambio Radical.

De ese ramillete de ocho deberían quedar por mucho tres en la recta final, pues en un escenario copado de opciones se repetiría el fenómeno Petro pero desde la otra orilla, encarnada en el díscolo e hiperactivo ‘Pachito’ Santos, quien podría colarse con un 30 por ciento de los votos, que los tiene desde el partidor. Y ese sería el peor escenario para el país, para la paz, para Bogotá y para su primo el presidente, con semejante caballo de Troya de Uribe instalado en la Plaza de Bolívar.

Si de coaliciones se ha de hablar, es previsible que Ramírez y ‘Pacho’ terminen compartiendo cobijas, mientras que la izquierda persistirá en su empecinada división suicida –petrismo versus Polo-, así que la carta del triunfo habría que buscarla por los lados del centro político, suponiendo que en el propósito de “salvar a Bogotá” pudieran ponerse de acuerdo los liberales, los verdes, y los radicales: Rafael Pardo, Carlos Vicente de Roux (no Sanguino, a quien le falta ‘cancha’), y Enrique Peñalosa.

En este escenario hipotético podría pensarse en una consulta popular entre los tres, donde los dos coleros le brindaran su decidido apoyo al ganador, de modo que de esta atractiva emulación surgiera un trío imbatible. Esta fórmula ya se empleó exitosamente en 2010 entre Peñalosa, Lucho Garzón y Mockus, y si no hubiera sido porque a este último se le fueron las luces, Santos no habría sido el presidente.


Un aspecto adicional que debería entender Peñalosa es que su nombre polariza, en parte porque la gente lo percibe culpable de haber preferido Transmilenio al metro, y en parte por ese rabo de paja que exhibe en su profesa admiración a Uribe Vélez. Por ello, su mejor contribución a la ‘salvación’ de la ciudad sería si manifestara su apoyo a uno de sus dos rivales, de modo que se nos invitara a escoger entre Pardo o de Roux, con la casi plena seguridad de que quien salga escogido en dicha consulta será a su vez el próximo alcalde de Bogotá.

Es aquí donde llega uno a pensar que si Serpa se le midió a tan atrevida apuesta, es porque sabe dónde ponen las garzas. Además, no tendrían por qué fallarle las matemáticas: los votos de dos partidos con músculo político (Liberal y de la U) suman más que los de la Alianza Verde, si bien los de Cambio Radical más los de opinión podrían inclinar la balanza hacia cualquier lado. Sea como fuere, el osado apostador quizá no contempló la posibilidad de que mucha gente que iba a votar por Pardo se abstenga ahora de hacerlo, solo para satisfacer la inmensa curiosidad de conocer a Horacio Serpa sin bigote…

DE REMATE: Lo que está pasando con la empresa Uber en Bogotá no tiene presentación desde el terreno de la tan cacareada libre empresa. El gobierno se puso a favor de los taxistas porque estos manejan muchos votos y pueden paralizar la ciudad cuando les venga en gana, pero no pueden utilizar ese poder político y de presión para tratar de aplastar a la competencia.

En Twitter: @Jorgomezpinilla

miércoles, 11 de marzo de 2015

El trabajo intelectual es la puta del paseo




Hace algún tiempo una amiga de origen guajiro que vive en Europa me contactó por Facebook para pedirme un favor: que si yo que escribía “tan bonito” le podía mirar y corregir un artículo que había escrito para una revista española. Era el comienzo de un sábado, día sagrado para el suscrito, pero por tratarse de una amiga decidí dedicarle unos minutos a complacerla en la revisión de lo que supuse serían dos o máximo tres páginas.

Pero cuál no sería mi sorpresa cuando comprobé que el tal artículo no tenía dos ni tres ni cuatro sino… ¡nueve páginas! Mejor dicho, no era un artículo sino un ensayo sobre las artesanías Wayuu. Ya no podía echarme atrás porque me había comprometido, y mi error fue no haber preguntado antes por la extensión del “artículo”, así que acometí la ardua tarea pero me prometí a mí mismo que algún día habría de escribir (con voz lastimera, en la medida de lo posible) una columna que se titulara “El trabajo intelectual es la puta del paseo”.

Digamos que eso fue ‘la tapa’, como dicen las señoras bogotanas, pero me sirvió de acicate para hablar hoy sobre el karma del que adquiere fama de buen redactor, al que todo el mundo le cae para pedirle que si por favor pudiera revisarle esto o aquello, y el modo en que lo plantean conlleva cierto chantaje: comienzan por decir “usted que escribe de forma tan admirable”, y asumen entonces que uno debió quedar agradecido con lo que dijeron, y es cuando mandan el sablazo: “esto que escribí, me gustaría conocer su opinión y cómo lo podría mejorar”, etc. (Y hay que ver la cara lastimera que ponen, que es en últimas la misma que yo estoy poniendo ahora).

Recuerdo que cuando iba en el comienzo del cuarto párrafo de esta columna caí en cuenta de que la metáfora del título no era la acertada, pues las putas cobran por lo que hacen, mientras que a uno (¿o debo decir una?) le quieren pagar con cariñitos falsos, como si el hecho de que le digan que escribe bien sirviera para pagar el arriendo. Es la triste condición del que regala su trabajo, peor que la de meretriz, porque al menos las fufurufas salen reconfortadas en lo monetario.

Ahora, pregunto: ¿Acaso el amigo del odontólogo le dice “tú que eres tan buen profesional de la salud, hace días vengo con una muela destemplada, será que tú…”? ¿O el vecino del albañil le alaba el buen uso de la plomada para pedirle a continuación que si le levanta gratis una pared? ¿O el que dibuja bonito está obligado a hacerles retratos a los hijos de sus amigos a cambio de que le elogien su fino trazo o el exquisito manejo de la perspectiva?

El problema se ha agudizado desde que existe Facebook, porque ahora los aspirantes a Pulitzer de periodismo o a Nobel de literatura ya ni siquiera esperan a que les diga si tengo tiempo de “mirar” (y mirar es corregir, por supuesto,) sino que asumen que uno es algo así como el Mahatma Gandhi de la redacción y de una vez le van enchufando sus escritos, y si uno les dice que no queda como cualquier presuntuoso y camorrero Nicolás Gaviria.

La culpa del lastimero tono que estoy exhibiendo no obedece solo a lo anterior, sino a que esa perversa propensión a creer que el trabajo intelectual es gratuito se ha extendido también a mi profesión, y eso es algo que… ¡ay, no resisto más!

Aquí donde usted me ve, hace diez años vengo escribiendo columnas gratis primero para El Tiempo, luego para Semana y ahora para El Espectador. Lo más cruel es que solo en este último caso se justifica, pues es sabido que El Espectador –que renació de sus cenizas- hace honor a su lema según el cual “la opinión es noticia”, y esto se traduce en que bate récord mundial como el que más columnistas tiene por kilómetro cuadrado en todo el planeta, de modo que si les pagaran a todos, el periódico se quebraría al día siguiente. Lo cierto es que les pagan a los columnistas del diario impreso, y que estos no tienen motivos para quejarse.


El intríngulis sin embargo reside en que poderosos medios que sí tienen con qué pagar a todos sus columnistas así fuera una suma simbólica, asumen que les pagan con el prestigio de aparecer en sus páginas, en lo que me recuerda al dueño del restaurante que quiere que el músico toque gratis en su establecimiento para que los clientes conozcan sus composiciones y así se haga “más famoso”, que es como si el músico lo invitara a su casa a cocinarle gratis a ver si así sus comensales se animan a visitarle el restaurante.

Siempre me he preguntado por qué a los caricaturistas (que hacen lo mismo que yo, opinar) sí les pagan su trabajo, siendo que se divierten más y se demoran menos, y no por ello los estoy tildando de precoces. A una buena cantidad de columnistas, por el contrario, una buena cantidad de medios se da el lujo de no renumerarles su talento, su esfuerzo intelectual y su gasto de tiempo, y si estoy equivocado que levante la mano y tire la primera piedra el primer caricaturista que hoy esté regalando su trabajo.

Pero no se trata de llorar sobre la leche regalada sino de sentar una enfática (aunque lastimera) voz de protesta por esta situación a todas luces anómala, frente a la cual se requiere generar conciencia y congregar voluntades que aporten a la búsqueda de una solución urgente a tamaña injusticia, de modo que en el campo del periodismo y la producción intelectual dejen de tratarnos como las putas del paseo.

¡Columnistas de todos los países, uníos!

DE REMATE: Lo que está ocurriendo con la Corte Constitucional excede los límites de la vergüenza. Un ganadero que llega allá a hacer negocios y a pedir coimas, y cuando lo atrapan se atornilla en su puesto. Con razón el magistrado Luis Ernesto Vargas dijo que “la Corte está de luto”. Requiescat in pace.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Hay que abolir el matrimonio



“Las cosas son como son y no como deben ser”.
Autor anónimo


La principal contradicción que encierra la férrea oposición de Viviane Morales a la adopción de hijos por parejas homosexuales es que quien enarbola esta bandera proviene de una familia disfuncional, en cuanto se aparta del modelo que ella misma propone a seguir como “familia óptima”. Esto en parte tiene que ver con lo cuenta Yohir Akerman en su primera columna para El Espectador, respecto a que tiene una hija de su primer matrimonio con el pastor cristiano Luis Gutiérrez, “que orgullosamente pertenece a la comunidad LGBTI”.

No es que Akerman ni Claudia López ni el suscrito pretendan meterse con su familia –sin duda respetable y honorable-, sino que en su propio nicho familiar germina la antítesis que destruye su propuesta, y la deja en uno de dos planos posibles: una fe religiosa ligada a la ceguera (tratándose de una tesis que discrimina a su propia hija), o un cálculo premeditado sobre el caudal de votos que una postura con tan alto ‘rating’ le puede aportar a su carrera política. Esto podría ser en últimas lo que la mantiene aferrada a la convocatoria del plebiscito, pues le significa subirse al Jumbo de una mayoritaria visión católica de tinte homofóbico a la que se le suman las iglesias cristianas, incorporada a fuerza de púlpito en las mentes de una población ignorante e ignorada de la mano de Dios desde los tiempos de la colonia española.

Lo cierto es que asistimos a la disolución acelerada de la familia en su esquema tradicional, y esto no ocurre porque nos hayamos alejado de Dios ni porque el Diablo esté haciendo de las suyas, sino porque está mandado a recoger el modelo de un hogar en el que un varón imbuido de autoridad y una mujer obediente y sumisa son obligados a permanecer ‘atados’ hasta que la muerte los separe.

Ese paradigma autoritario comienza a fallar desde que la fidelidad se impone como obligación y la contravención a la norma se castiga como si fuera delito, siendo que es de humanos el deseo, que el amor entre dos no se puede decretar para siempre y que la rutina de la convivencia diaria es el veneno que mata primero la pasión, luego el amor, a continuación la armonía y por último la paciencia mutua.

No deja de constituir aberrante paradoja que sean precisamente los que no se casan quienes legislan y deciden sobre lo divino y lo humano en las relaciones de pareja, pese a que son precisamente los que disfrutan del privilegio de no estar sometidos a la fatigosa vida conyugal (con-yugo, ¿sí captan?), la cual en los términos de obligatoriedad en que está planteada se convierte para muchos en un infierno que los atrapa, y del que no se atreven a salir porque lo impide el sentimiento de culpa que una rígida moral judeocristiana les ha inoculado desde la cuna.

Un error histórico de fondo ha estado en creer que la razón de ser del matrimonio es la procreación como mandato divino (“id y multiplicaos”) y la más directa consecuencia de tan absurda práctica es que aumentó la población mundial hasta niveles ya cercanos a la autodestrucción del planeta.

Hoy se advierte como imperativo categórico la urgencia de replantear las relaciones de pareja, de desacralizarlas en cuanto a despojarlas de imposiciones religiosas como la de que siempre hay que tener hijos, pero ante todo de ponerlas sobre un terreno ético, donde la libertad individual y la ausencia de ánimos posesivos sobre el otro (“eres mío”, “quiero hacerte mía”, etc.) marquen la pauta.

Es aquí donde podrían venir a su rescate los poliamorosos, corriente de pensamiento y de acción propiciada por la nueva dimensión de conocimiento que genera la Internet y que propone (contraria a la muy confesional Viviane Morales) una no monogamia consensual y responsable, séase ella heterosexual u homosexual, donde unos y otros posean el derecho a no tener hijos o a tenerlos, o a adoptarlos para darles amor, y se establezcan relaciones románticas o sexuales de carácter no exclusivo y menos posesivo, por la sencilla razón de que es humanamente imposible excluir de nuestros gustos lo que no sabemos si más adelante nos va a gustar o no.

En otras palabras: yo te amo pero no puedo saber si dejaré de amarte o si empezarás a amar a otra persona, y por lo tanto lo más sano será que nos amemos hasta que uno de los dos diga ya no más, respetando siempre la independencia y la libertad mutuas, y sin olvidar de todos modos que lo más bello sería si tú y yo nos amáramos para siempre.

Quizá no se ha ahondado suficiente sobre los peligros que acarrea para la estabilidad emocional la obligatoria convivencia diaria, que por sentido común tiene que conducir a la monotonía y se expresa en actos tan repetitivos como compartir todas las insalvables noches la misma cama y todas las madrugadas el mismo baño, con los mismos olores íntimos y los mismos pelos caídos de quién sabe dónde –y de quién sabe quién- sobre el piso de la ducha. Y es entonces cuando más de uno se pregunta si no habría sido más conveniente para la buena marcha de la relación que desde un principio hubieran acordado que vivirían en el mismo edificio o en el mismo barrio pero no en las mismas cuatro paredes, como hicieron Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, o Mía Farrow y Woody Allen y luego este con su hijastra Soon Yi, 35 años menor que él, en lo que constituye una inusual pareja pero como prueba de que en asuntos del amor no hay nada escrito sobre la Tierra.

Todo lo anterior conduce a la impostergable urgencia de abolir el matrimonio tal como hoy se concibe, para dar paso no a nuevas normas sino a todo lo contrario: a abrir las compuertas hacia una sana y plena libertad en las relaciones de pareja, donde nadie sea dueño del otro y el cariño o el amor no posesivo impongan la parada, de modo que si el amor se extingue no se armen los terribles dramas pasionales que estallan cuando alguien que se creía dueño del otro (o de la otra) se entera de que no era así, y es la propia realidad la que se encarga de aterrizarlo.


DE REMATE: María Isabel Rueda escribió en esta su última columna: “Como registra haber sido editado por la Fundación Indalecio Liévano Aguirre, le pedí a mi eficientísima secretaria que lo buscara debajo de las piedras, para no hablar sin conocimiento de causa”. Al final no consiguió el libro del que hablaba pero no le importó, porque no se aguantaba las ganas de repartir maledicencia, y terminó escribiendo “sin conocimiento de causa”. Ah, y su secretaria quedó como una ineficiente.

martes, 24 de febrero de 2015

Todos en la cama y la orgía del olvido




La propuesta de Justicia transicional para todos que lanzó el expresidente César Gaviria es el sapo que todos sabíamos que un día nos tendríamos que tragar, pero del que se hablaba en voz baja, como cuando se menciona la soga en casa del ahorcado.

La idea se inspira en el refrán “o todos en la cama o todos en el suelo”, y no por pragmática deja de ser un engendro, pues al primero que beneficia es a Álvaro Uribe y tras él a todas las fuerzas (claras unas, oscuras otras) que él comanda. Hemos quedado avisados de que el perdón cobijará por igual los crímenes de los guerrilleros que los de quienes se aliaron hasta con el diablo para derrotarlos, o segaron sin contemplación las vidas de rehenes y víctimas colaterales en la retoma del Palacio de Justicia, o supervisaron desde un helicóptero amarillo la espantosa masacre de El Aro, o asesinaron con modus operandi de genocidio a miles de jóvenes que “no estaban precisamente recogiendo café”.

Todo indica que le han dado a la bestia herida la zanahoria que necesitaba para que dejara de encabritarse, y eso explica que ya Uribe no vocifere a los cuatro vientos que el proceso de paz del castrochavista Juan Manuel Santos iguala a su amado Ejército con los terroristas. Como le dieron en la vena del gusto, guarda en Twitter el silencio de los que no pueden aplaudir porque se están frotando las manos. No ha dicho ni fu ni fa, como si no supiera quién es César Gaviria o como si en realidad fuera ‘veneco’ y copartidario de Leopoldo López, para más señas.

El mismo Gaviria nos recuerda que en países como Argentina, Chile o Uruguay fueron enjuiciados o condenados a prisión los que en nombre de luchar contra el comunismo y por el bien de la patria cometieron atrocidades como la ‘Noche de los lápices’, o desapariciones como las más de tres mil en la dictadura de Augusto Pinochet, o torturas como las que soportó Pepe Mujica cuando fue guerrillero con los Tupamaros.

Allá sí fueron enjuiciados, aquí saldrán frotándose las manos. Allá tuvieron al menos el coraje de combatir de frente la subversión y usar el poder militar para aplastar a sus enemigos, mientras acá se camuflaron en la cobarde táctica de auspiciar, armar y capacitar a grupos paramilitares por toda la geografía nacional para que les hicieran el trabajo sucio, o sea las masacres, las desapariciones, los desmembramientos con motosierra en carne viva, los desplazamientos forzados, los hornos crematorios, las fosas comunes y otras arandelas. Y ni por esas lograron derrotar a la subversión, como sí ocurrió en Argentina, Chile o Uruguay, donde hubo dictadores de facto. La diferencia con Colombia fue que aquí tuvimos ocho años de dictadura con vaselina, durante la cual el sátrapa invirtió su inmensa popularidad en tratar de perpetuarse con métodos amañados de mafioso, y donde muchos avezados criminales hicieron parte de su administración pero él no sabía que eran criminales, porque todo ocurrió a sus espaldas.

Su gobierno fue la orgía de las violaciones de cuanta norma o derecho humano se les atravesó, y la mayor de las orgías se dio cuando el entonces comandante del Ejército, general Mario Montoya, pidió “ríos de sangre” para el comandante en Jefe de la Seguridad Democrática, y ríos de sangre desparramada le llevaron en las bolsas con los cuerpos de miles de jóvenes cuyo mayor pecado fue que no estaban recogiendo café cuando los buscaron para conducirlos como borregos al matadero. ¿Alguna diferencia con los judíos que eran subidos inermes a trenes con un solo destino, la muerte? Yo no la veo, pues el propósito era el mismo: matar gente inocente.

Toda esta historia nacional de la infamia está ad portas de quedar amnistiada, y si bien es comprensible que en aras de la paz y la reconciliación así ocurra, lo que no pueden permitir las víctimas ni la memoria histórica es que semejante holocausto y demás satrapías se envíen como trasto viejo al cuarto del olvido. Si ese es el precio a pagar, el país queda obligado a que se sepa la verdad sobre tantas atrocidades que desde el lado institucional se cometieron, y que hubo terroristas de lado y lado, así los de este lado hayan sido indultados desde el lenguaje por eufemismos como el de apodar ´falsos positivos’ a lo que fueron prácticas genocidas, o el de llamar retoma a lo que fue una demencial operación rastrillo que inundó de dolor y destrucción el Palacio de Justicia en noviembre de 1985, a escasos cien metros del despacho donde el presidente Belisario Betancur permanecía maniatado por el poder de la bota militar, que le impedía detener la barbarie durante las eternas 24 horas de horror que duró el operativo. Después de eso le devolvieron el mando, pero ya con su grandeza de estadista extraviada para siempre.

En Colombia desde décadas atrás se viene hablando de la ‘Mano Negra’ como una organización clandestina de ultraderecha, compuesta por determinado número de miembros que realizan acciones acordes con su doctrina. Se sabe que existe. Una primera revelación de gran peso histórico la soltó Carlos Castaño en el libro Mi confesión, cuando habló de un grupo de notables que lo asesoraba y le daba instrucciones. Pero no dio nombres. El que sí reveló un nombre fue alias ‘Don Berna’, quien señaló a Pedro Juan Moreno Villa, mano derecha de Álvaro Uribe en la gobernación de Antioquia, como uno de los integrantes de ese ‘Grupo de Notables’. Moreno pereció en un helicóptero que se cayó justo cuando se había convertido en una piedra en el zapato para Uribe, accidente del cual el general Rito Alejo del Río aseguró que “no fue accidental”, sino que “él fue asesinado”.

Por ese accidente nos quedamos sin confirmar si con Pedro Juan Moreno se destapaba uno de los dedos de la Mano Negra, pero la oferta de impunidad exprés que ha puesto Gaviria a los ojos de todos los criminales de cuello blanco quizá ayude a develar algún día la identidad de los demás dedos de esa organización terrorista clandestina, para proceder a su desmantelamiento definitivo (como sí ocurrió con la tenebrosa AAA en Argentina) y de paso saber quién era su comandante en Jefe. ¿Será mucho pedir?


DE REMATE: Al cierre de esta columna El Espectador informa que para el procurador Alejandro Ordóñez la propuesta de Gaviria es “un pacto de impunidad con todos los sectores”, e insiste en que los guerrilleros deben pagar penas privativas de libertad. Pero sigue siendo partidario de conceder beneficios judiciales a los máximos responsables de los ‘falsos positivos’, mediante la calificación de estos delitos no como de lesa humanidad sino como “crímenes de guerra”. Lo cual se traduce en que quiere ver a sus criminales de la derecha durmiendo en la cama, y a los criminales de las Farc desvelados en el suelo.

miércoles, 18 de febrero de 2015

¿Qué estará pensando María Jimena?




Tiene toda la razón María Jimena Duzán cuando en su última columna advierte que "a (Rodrigo Lara) lo acribilló el narcotráfico, pero moralmente ya lo había asesinado la clase política que lo igualó y lo rebajó al nivel de los políticos que habían vivido a su sombra". Esto en relación con el asesinato moral que hoy pretende propinarle a Antanas Mockus el senador Álvaro Uribe.

Ahora bien, sería justo que también se mirara cuando desde la orilla del periodismo se acribilla moralmente a un gobierno o a un político con acusaciones que, pese a que han sido desvirtuadas, se tiende un manto de silencio que soslaye la falsedad o el error que se había cometido. Me refiero en concreto al señalamiento que desde hace casi veinte años les vienen haciendo a Ernesto Samper y a Horacio Serpa por su supuesta participación como ordenadores o instigadores del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, ocurrido el 2 de noviembre de 1995.

Precisamente el 25 de noviembre del año pasado escribí para Semana.com una columna titulada María Isabel Rueda y su fábrica de mala leche, donde le pedí explicar por qué el 4 de agosto de 2007 había dicho que “siempre he creído en la teoría de que un crimen de Estado acabó con la vida de Álvaro Gómez, entendiendo por ello la posibilidad de que miembros de las Fuerzas Armadas, aliados muy probablemente con el narcotráfico del Valle y sin conocimiento de Samper, hubieran planeado y efectuado el magnicidio”, pero en noviembre del año pasado sentenció así: “Luis Hernando Gómez Bustamante, alias ‘Rasguño’ (…) ha hablado cuatro veces ante la justicia. Ya dijo quién mató a Álvaro Gómez. Ya dijo por qué”. Esto se traduce en que para la periodista ese quién era Ernesto Samper, y ese por qué era para hacerle un favor, pese a que siete años atrás consideraba que esa misma afirmación de Rasguño “es una falta de respeto con la vida y la memoria” del dirigente conservador.

En lugar de explicar tan flagrante contradicción la columnista fue a quejarse ante el presidente de Publicaciones Semana, de modo que Felipe López ordenó cancelar mi columna arguyendo que yo había insultado a su amiga cuando dije que “María Isabel Rueda se está convirtiendo a pasos agigantados en la Negra Candela de la política”. Aquí entre nos, tengo la íntima convicción de que ese no fue el motivo real de mi salida, sino el recurso que Rueda encontró más a la mano para no tener que responder a tan pertinente pregunta, la cual no dejaré de formular hasta obtener respuesta.

El asunto no es de poca monta, máxime cuando en entrevista el pasado 22 de enero para NTN24 el hombre mejor informado durante el gobierno de Ernesto Samper, el entonces embajador de Estados Unidos, Myles Frechette, le dijo esto a Juan Carlos Iragorri sobre quiénes creía que habían sido los autores del asesinato de Álvaro Gómez: “Fueron algunos derechistas y militares los que pensaron en eso, quienes habían hablado con él de un posible golpe que se venía discutiendo mucho en Bogotá, y posiblemente les dijo ‘déjenme poner la cabeza’. Y cuando les dijo que no, ahí sin él hubiera sido visto como una burda intervención de los derechistas. Yo creo que por esa razón uno de ellos mató a Álvaro Gómez”.

Lo llamativo es que esto coincide tanto con lo que María Isabel Rueda pensaba en 2007, como con lo que el 24 de noviembre del año pasado le dijo a la W Radio el hombre mejor informado que hoy existe en Colombia, Daniel Coronell: “Desde el primer momento en que se cometió el delito hay fuertes indicios de que miembros de la Fuerza Pública han estado involucrados en eso. Y resulta que esa versión parece no satisfacer a una rama de esa familia (Gómez Hurtado) y han querido buscar el culpable en otra parte”.

Pero ustedes dirán: ¿y esto qué tiene que ver con María Jimena Duzán? Allá voy: por esos mismos días de noviembre del año pasado, el lunes 10, en el programa de televisión ‘Semana en vivo’ entrevistó a Enrique Gómez Martínez (apoderado de la familia en el caso de su tío inmolado) y a Horacio Serpa, dedicándole 45 minutos al primero y 15 minutos al segundo, en lo que al día siguiente Semana.com tituló como un ‘cara a cara’ siendo que las dos entrevistas se dieron por separado y se notó una abierta preferencia de Duzán por “Enrique” (le faltó poco para decirle Enriquito), debido a que ella le cree más a este y a que desde los días del proceso 8.000 ha manifestado una abierta animadversión contra el exministro del Interior de Ernesto Samper.

Es obvio que entre las dos Marías aquí citadas hay notables diferencias (una reaccionaria y otra progresista), pero las une la convicción de que Samper y Serpa algo tuvieron que ver con ese crimen. Sea como fuere, tratándose de dos periodistas supuestamente interesadas en llegar a la verdad, ya es tiempo de que se pronuncien en torno a lo que Frechette le dijo a Iragorri. Y esto va también para una tercera María, María Elvira Arango, pues todo indica que miembros de la familia Gómez Hurtado le pagaron a Caracol un publirreportaje judicial para que dijera en su programa Los Informantes del 12 de octubre de 2014 que el hombre al que la justicia le comprobó plena culpa de haber disparado contra la humanidad de Álvaro Gómez, el sicario Héctor Paul Flórez Martínez, es un simple “chivo expiatorio”.

Hay quienes me han acusado de ser un correveidile de Samper y Serpa, y lo entiendo como una artimaña para evadir la contundencia de los argumentos que en columnas anteriores he expuesto con un propósito netamente periodístico, el de llegar hasta los que sí cometieron ese crimen. La tarea no es fácil, está minada de riesgos, y la primera de esas minas explotó cuando perdí la columna en Semana.com.

Existen poderosas fuerzas oscuras interesadas en que se siga ocultando a los verdaderos autores intelectuales de ese asesinato, y fueron esas fuerzas las que desde noviembre del año pasado desplegaron una muy bien coordinada campaña de propaganda negra con ese objetivo, en la que han confluido Enrique Gómez Hurtado, su homónimo hijo, María Isabel Rueda y María Elvira Arango, entre otros. En honor a la verdad se debe excluir de esa tarea ‘oscurecedora’ a María Jimena Duzán, pues la veo como una periodista equivocada de buena fe, pero para salir de dudas se podría esperar de ella un pronunciamiento clarificador al respecto.

DE REMATE: Je suis Yohir.