Si algo distingue a la Fiscalía General de la Nación bajo la égida de
Néstor Humberto Martínez es su obsesiva figuración mediática, con rueda de prensa casi diaria, y el efecto político que producen sus más ‘sonadas’ capturas es
evidente, como si todo estuviera fríamente calculado hacia ese propósito.
Está por ejemplo la orden de detención del pasado 20 de febrero contra
los hermanos Mora Urrea (Uriel, Norberto, Alirio y Edna), dueños de los supermercados
Supercundi y Merkandrea, acusados de ser testaferros de las Farc y dos meses
después dejados en libertad por orden del Juzgado 20 de Garantías de Bogotá. (Ver
noticia).
La captura de tres de ellos estuvo precedida por una oleada
de asaltos y saqueos a locales en Bogotá, Melgar, Girardot, El Guamo y
Saldaña, coincidente con que la Fiscalía asoció a esa cadena con las Farc, en
lo que lució como un plan coordinado por fuerzas oscuras y frente a lo cual el abogado
y columnista Ramiro Bejarano dijo una verdad de a puño: “Esto no es obra de una
sola persona sino de un grupo, que extrañamente adolece de una cabeza visible.
Si fuese al menos un remedo de revolución, habría un líder arengando a los
exaltados manifestantes; pero no, se trata de un cuerpo deliberante que curiosamente
prefiere obrar cuando cae la noche”. (Ver
columna).
Es bien llamativo descubrir que el día anterior a esa estampida de
robos hubo una manifestación a favor del candidato Iván Duque en Santa Librada,
al sur de Bogotá, frente a un Merkandrea que horas después sería asaltado.
Según un testigo de los hechos, “en ese sector los disturbios fueron pagados y
alentados por gente del Centro Democrático”. Así lo publiqué en columna
de esos días, y no recibí ninguna aclaración o solicitud de rectificación
de ese partido.
Pero ahí no para el asombro -o la duda, o el misterio- porque ese mismo
testigo envió a mi correo unas fotos en apariencia comprometedoras, donde se ve
a Iván Duque y a su jefe Álvaro Uribe en compañía de Alirio Mora (el único de
los cuatro hermanos que no se dejó apresar), departiendo con ellos. Y pregunté,
luego de publicar las fotos en Twitter y Facebook: ¿testaferros de las Farc
haciéndole campaña a Duque? (Ver
fotos).
El alboroto generado por esas imágenes superó toda expectativa. Solo
en Twitter tuvo más de 62 mil impresiones, mientras en Facebook el post fue
compartido casi 14.000 veces y recibió más de 2.000 comentarios, desatando una
encarnizada batalla campal entre uribistas y antiuribistas.
Sea como fuere, los asaltos a esos almacenes tuvieron la apariencia de
un plan desestabilizador coordinado desde lo logístico por el uribismo e
incitado por las capturas de la Fiscalía, con el objetivo de minar la
credibilidad en el proceso de paz y causarle un daño político a la Farc (entendida
como Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) a escasos días de la elección
del 11 de marzo.
En lo referente a la captura de Zeuxis Hernández Solarte, alias ‘Jesús
Santrich’, son crecientes las dudas que dejó sembrada la Fiscalía en su accionar,
de mano de la DEA, primera interesada en llevarse a EE.UU. como botín de guerra
a un miembro de la cúpula de sus otrora enemigas Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC).
Según el analista Gustavo Gallón en columna para El Espectador (Pilatos,
siglo XXI), “el gravísimo señalamiento hecho contra ‘Santrich’ contrasta
con las cuatro débiles pruebas que se han mostrado a la opinión pública”. Las
dos primeras, una conversación telefónica con Marlon Marín y una foto con el
mismo sujeto, que revelarían “alguna reticencia a una actividad propuesta por
el señor Marín”. La tercera, un cuadro que Santrich le habría enviado a Rafael
Caro creyendo que se trataba de un filántropo de la paz. Y la cuarta, las
declaraciones del propio Marín, hoy testigo de cargo de la DEA, de quien no se
sabe si viajó a EE.UU. por decisión propia o si se lo llevaron.
Las reflexiones de Gallón permiten darle sustento a la hipótesis
de un entramado o montaje contra el proceso de paz, en contubernio con la
agencia antidrogas norteamericana.
El día de la captura el fiscal Martínez Neira condenó a ‘Santrich’ de
antemano, en contravía de la presunción de inocencia, cuando dijo que "los
detenidos traicionaron los valores y los principios de los acuerdos de
paz". Pero no se debe poner en duda la buena fe del presidente Santos
cuando en la misma alocución televisada declaró: "Si cumplido el debido
proceso y con pruebas irrefutables hay lugar a la extradición por delitos
cometidos después de la firma del acuerdo, no me temblará la mano para
autorizarla, previo concepto de la Corte Suprema". (Ver
noticia). Es lo que le corresponde, en sujeción al equilibrio de poderes.
Ahora bien, considerando lo bien ‘dateada’ que está desde el despacho
de su amigo el fiscal general, la última columna
de María Isabel Rueda anuncia que la extradición podría verse embolatada, pero
no por sus suposiciones sino por lo que plantea Gallón: “Después de cumplir la
orden de captura internacional que recibió contra ‘Santrich’, la Fiscalía debía
ponerlo a disposición de la JEP, pues así lo establece la Constitución en el
artículo 19 transitorio del Acto Legislativo 01 de 2017: ante una solicitud de
extradición, “la Sección de Revisión del Tribunal para la Paz evaluará la
conducta atribuida para determinar la fecha precisa de su realización y decidir
el procedimiento apropiado”.
“¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué no lo ha hecho todavía?”, se pregunta Gallón.
En ese contexto, la periodista amiga del fiscal entraría con su columna a
desfacer el entuerto.
En ambos casos, el de los hermanos Mora y el de ‘Santrich’, parece
primar por parte de la Fiscalía el interés de armar un escándalo mediático con
un calculado efecto político, desconociendo (o mejor, pasándose por la faja) que
ni las capturas ni la imputación de delitos pueden estar soportadas sobre
sospechas, aparentes montajes o ambigüedades procesales que a la postre
conducen a la libertad de los acusados.

Moraleja y conclusión: mientras persista el afán del fiscal general
por atravesarle una agenda política al desempeño de su cargo, la anhelada reconciliación
nacional seguirá al borde del desenlace fatal.