Hay un capítulo de Los Simpson que
plantea una posible relación entre religión y salud mental. Es el octavo
episodio de la octava temporada, se llama El
huracán Neddy, tiene su propia página en Wikipedia (el capítulo) y cuenta
cómo el muy piadoso, creyente, devoto y practicante Ned Flanders pierde su fe
en Dios.
El argumento encierra una profunda carga
filosófica y psicológica, y no sobra contarlo aquí. Como se sabe, Flanders
tiene la particularidad de que siempre está de buen humor, por lo que no hay
absolutamente nada que logre enojarlo, y menos hacerlo entrar en cólera. Pero
un buen día un huracán ataca con fuerza a Springfield, y la única casa que
destruye es la de Flanders, de la que solo deja en pie las lápidas familiares
del patio trasero. Queda intacta por ejemplo la casa de su vecino más próximo,
Homero Simpson (quien odia a Flanders) y cuya esposa –Marge, la de Homero- ha
rezado esta oración minutos antes de la tromba: "Querido Dios, soy Marge
Simpson. Si detienes el huracán y salvas a nuestra familia, te estaremos
eternamente agradecidos y te recomendaré con mis amigas".
Pasado el cataclismo (que se asemeja al
huracán Katrina), Ned agradece que al menos su familia estuviera bien de salud,
pero le entristece saber que tendrán que mudarse al Centro de Rescate de la
iglesia, ya que no estaban asegurados, pues él consideraba que los seguros son
como un juego de azar, algo contrario a sus creencias.
Flanders procura no desanimarse cuando se
entera de que su negocio, el Leftorium (todo para zurdos), también ha sido
destruido por el huracán y saqueado por maleantes. Ante tanta calamidad,
comienza a creer que Dios lo castiga. En busca de una respuesta se va a la
iglesia a leer la Biblia, pero se corta un dedo –de su mano izquierda- con un
marco dorado. Interpreta esto como un castigo más, y se lamenta por lo
ocurrido, pero no entiende por qué justo a él le pasa eso, pese a ser tan
creyente y reconocido como un profundo conocedor de la Biblia.

Allí Flanders es visitado por el mismo
siquiatra que lo había tratado en su infancia, el doctor Foster, quien cuenta
que él era un niño malcriado debido a que sus padres no creían en la
disciplina, y que para solucionar su problema le había aplicado un tratamiento
conductista consistente en ocho meses de nalgadas, día y noche. La terapia en
apariencia funcionó, pero Flanders se había convertido en un ser incapaz de
expresar ninguna clase de ira. Su furia había permanecido reprimida por muchos
años, hasta que estalló cuando su casa se derrumbó por segunda vez.

- Odio a mis padres.
- ¿Oíste? ¿Sabes lo que eso significa?-
le dice el siquiatra a su ayudante. ¡Significa que está curado!
Esto no significa que todo el que odie a
sus padres está curado, no. Significa más bien que llegar al origen de una alienación
puede resultar terapéutico, e incluso permitiría entender por qué la ira y un
deseo irracional de venganza se llegan a apoderar de alguien cuando por ejemplo
le asesinan a su padre. En cuyo caso, mientras no logre elaborar el duelo por
la pérdida del ser querido, el paciente nunca estará curado. En su corazón
siempre anidará el huracán de ese recuerdo.
En Twitter: @Jorgomezpinilla
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