Aún permanecen claras en la retina las imágenes de la más
multitudinaria marcha que ha habido en la historia de Colombia, el 4 de febrero
de 2008, cuando ríos humanos colmaron las principales ciudades del país exigiendo
a grito herido “No más FARC”, en apoyo al gobierno de Álvaro Uribe que con
fiereza las combatía.
Fui uno de los que salió a marchar, indignado por la ‘forma de lucha’
que practicaban, la de secuestrar civiles para forzar a un Intercambio
Humanitario consistente en trocar a su rehenes por guerrilleros presos. Ese fue
el mayor error que las FARC cometieron en su accionar subversivo, pues con el
trato inhumano que les dieron a sus cautivos mandaron a la bancarrota su proyecto
político. Al final, fueron ellos los que se vieron forzados a sentarse con Juan
Manuel Santos a hablar de paz.
Ocho años después de esa marcha la situación se invierte, y con el
mismo cariz trágico-dramático. Si hemos de creerle al genial caricaturista
Matador, “Álvaro Uribe y su pandilla secuestraron literalmente a la paloma de
la paz. Teníamos un proceso y ya no está. Estamos en un limbo, en una
incertidumbre, en una encrucijada, y veníamos de un sueño”. (Ver entrevista
a Matador y ver paz secuestrada).
Si hace ocho años el sueño era liberar a Íngrid Betancourt, a los once
diputados del Valle y a centenares más, ese sueño se transformó en la pesadilla
que comenzó el domingo 2 de octubre, cuando el rencor del hombre urbano que ve
la guerra por televisión le ganó la partida al perdón del campesino víctima del
conflicto. Absurdo, a más no poder.
Pesadilla también para el incisivo columnista Adolfo Zableh, quien
comenzó a ver la trama política como un filme de terror, coincidente con el
Halloween: Uribe “parece uno de esos asesinos de películas que tiene amarrada a
su víctima y la víctima somos nosotros. Podremos suplicar, llorar, tratar de
hacerlo entrar en razón, que no va a servir”. (Ver
columna).
Y para no permitir que se cerrara el telón de lo macabro, así se
expresó Daniel Samper Ospina: “desde hace dos semanas en Colombia todo sucede
al revés: el estamento pide guerra y la guerrilla pide paz; Pacho Santos ofrece
declaraciones que brillan por su sensatez; el presidente no logra hacer la paz,
pero obtiene el Nobel; los uribistas que antes pedían acelerar el proceso,
ahora piden calma para renegociarlo; y el gobierno, que se tomó años en sacarlo
adelante, ahora exige celeridad”. (Ver
columna).
Es bien llamativo que Matador, Zableh y Samper Ospina, tres personas talentosas
y divertidas que desde sus respectivas tribunas de opinión ponen a pensar al
país, hayan coincidido en mostrar el mismo panorama terrorífico, espantoso, sobrecogedor.
Si no fuera porque lo expresan desde las trincheras del humor, no daría espacio
para la risa sino para la desazón y el crujir de dientes. Estamos ante una
situación muy delicada, y parece que la única salida para impedir que nos roben
la paz es la movilización popular. En tal dirección son reconfortantes las
marchas que han comenzado a gestarse, sobre todo entre la juventud y el
estamento universitario, pero no es suficiente.
Luego del vuelco de 180 grados que desde aquel domingo aciago tiene a
Colombia en semejante atolladero, está haciendo falta la contramarcha que nos
permita pasar del ‘No más FARC’ al ‘No más Uribe’. Qué bueno sería entonces
para la salud democrática de nuestra nación si pudiéramos juntar en el sitio
más concurrido de cada pueblo y ciudad de Colombia a los que quieren cantarle
al senador Álvaro Uribe “toda la hartura, todo el fastidio, todo el horror que
almacenan nuestras odres” cada vez que sabemos de la última triquiñuela que se inventó
para seguir haciendo invivible la República. Si ayer la zozobra o el pánico
colectivo lo causaban las FARC, hoy lo producen con la misma o mayor intensidad
este exmandatario y su dañino combo.

Cuando estábamos a milímetros de darles cristiana sepultura a las FARC
e incorporarlas sin armas a la vida política, se presenta este confuso avatar
donde ni los promotores del NO sabían que iban a ganar. Ellos tampoco creían en
los engaños que con confesa
mendacidad y en estrecha complicidad con centenares de pastores evangélicos
inventaron para confundir al electorado. Esto es tan cierto que varios miembros
del Centro Democrático tienen demandado el plebiscito, y después de haberlo ganado
quisieron echar las demandas atrás pero no pudieron, y la única luz al final
del túnel estaría en que la Corte Constitucional o el Consejo de Estado desde
el lado de la juridicidad les dieran la razón a los demandantes…
Pero vamos al grano, como dijo el dermatólogo: hay alguien dedicado a ensuciar
el agua donde todos nos bañamos, para que no se note lo sucio que él está. en
busca de alcanzar este objetivo necesita desmontar la Jurisdicción Especial de
Paz (JEP) y su táctica consiste en dilatar, prolongar, estirar, armar el caos
de aquí a 2018, para luego aparecer como el salvador con su candidato a la
presidencia.
Ante tan alarmante, agobiante, deprimente y aberrante situación urge poner
la escoba detrás de la puerta y exigir, o si fuera el caso implorar: Señor
expresidente Uribe, permítanos por favor disfrutar de la paz con la que están de
acuerdo la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Comunidad Europea, los
gobiernos de EE UU, China y Rusia, el Comité Noruego del Nobel de Paz, el Dalai
Lama y hasta el mismísimo Papa Francisco. No más, señor Uribe, ¡deje a Colombia
en paz!
Si la memoria no me falla, la marcha está anunciada para el 2 de Diciembre.
DE REMATE: Al presidente Nicolás Maduro hoy le pasa lo mismo que al
expresidente Uribe: está subido sobre un tigre del que si se baja, el tigre se
lo come.