Han pasado ya diez días desde que el jovencito senador Juan Manuel
Galán se echó atrás en una apuesta pública que hizo y que perdió, por lo que alguien
debería recordarle la máxima del poeta persa Omar Khayyam según la cual “tres
cosas no se devuelven: la flecha lanzada, la lluvia que cae, la palabra pronunciada”.
El 29 de noviembre de 2013 Galán escribió sobre mármol en su cuenta de
Twitter que “si no soy la primera votación el 9 de marzo, el 10 de marzo
renuncio a mi credencial”. Eran los días en que se enfrentó como niño chiquito a
Horacio Serpa y armó una pataleta porque no le querían dar el # 1 en el
tarjetón, y no contento con lo anterior se puso de sobradito y dijo lo que dijo
y, como dicen en mi pueblo, “tome pa’ que lleve”.
El muchacho debió exclamar “trágame tierra” en la noche del domingo 9
de marzo, cuando supo que no había sacado la primera votación dentro del
Partido Liberal, ni la segunda, sino… ¡la tercera!. O sea que perdió por
partida doble.

Ya en
Blu Radio le habían preguntado si pensaba presentar renuncia oficial
mediante carta a la Secretaría General de su partido, y su respuesta fue “pues…
yo le manifesté eso al doctor Simón Gaviria, lo hice públicamente, me reuniré
por supuesto con él”. Y a continuación agregó que “yo ese reto, ese desafío lo
lancé pensando en unas ideas que buscan que la política recupere un sentido
ético.”
Si le sumamos otro trino de ese mismo día (12:09, tres trinos en diez
minutos) donde dijo que “¡en política hay que correr riesgos y lanzar desafíos!”,
debemos concluir que ‘lanzó’ tan retadora apuesta a sabiendas de que asumía un
riesgo “de mentiritas”, como dicen los niños, pues contaba con que en caso de
perder, su entrañable amigo y coetáneo le habría de ayudar a tapar semejante
embarrada.
Pero está además el sentido de lo “ético” que invoca, que fue donde más
la embarraron tanto Galán como Gaviria: la única salida ética que le quedaba al
primero era presentar renuncia irrevocable –por escrito, como corresponde a
todo adulto hecho y derecho- y al segundo aceptársela, en respeto tanto a su
voluntad como a la colectividad liberal, ahora sumida en la confusión por
cuenta del lamentable espectáculo que protagonizaron estos dos jóvenes delfines
y exponentes de dicha colectividad.

La decepción sin embargo no es por este único episodio, pues conviene
recordar que Juan Manuel Galán siempre se ha distinguido por ir a contrapelo de
un pensamiento verdaderamente liberal, como lo demuestran su férrea defensa del
fuero militar –del que fue ponente- o la manera como desde el Senado contribuyó
a la reelección del ultragodo procurador Alejandro Ordóñez.
No se trata de oponerse a que el hijo de un importante dirigente pueda
también incursionar en la política, y la mejor prueba está en su hermano Carlos
Fernando (cinco años menor), quien sí saca la cara por la familia tanto en el
parecido físico con el padre como en lo político, manifiesto por ejemplo en la
‘pela’ que ha debido darse para sacar a más de un indeseable de su partido,
Cambio Radical.
En este contexto, lo deseable sería que el bisoño Juan Manuel cumpliera
con la palabra empeñada y se hiciera a un lado (que era lo que ayer Ernesto
Samper le pedía a Petro), con la tranquilidad de conciencia de que dentro de
cuatro años esos mismos electores sabrán premiarle su coraje, su valentía a
toda prueba, su “sentido de lo ético”.
En caso contrario, habría que formularle una respetuosa pregunta: ¿acaso
cree que después de tan infantil reculada en su apuesta, aún le queda alguien
dispuesto a reelegirlo?
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